Acerca de Michele Catanzaro

Doctor en física y periodista

Clandestinas e insumisas: mujeres y ciencia en la Barcelona moderna

Foto: Fundació Museu d'Història de la Medicina de Catalunya

Una de las primeras investigadoras catalanas, Teresa Bracons, miembro del equipo del doctor Ferrer i Cajigal, creador del Museo Anatómico Patológico de la Facultad de Medicina, en una imagen de 1930. Bracons aparece sentada al lado de Ferrer i Cajigal,en el centro.
Foto: Fundació Museu d’Història de la Medicina de Catalunya

La ciencia oficial en Barcelona ha sido cosa de hombres hasta hace muy poco. Así lo documenta, por ejemplo, la galería de académicos ilustres del Paraninfo de la Universidad, donde solo aparece un nombre de mujer: la filósofa del siglo xvii Juliana Morell. Pero bajo la superficie se descubre que las mujeres han plasmado la vida científica y técnica de la ciudad de muchos modos: a menudo como clandestinas, desde espacios menos hostiles que el académico; o como insumisas, cuestionando los componentes patriarcales de los paradigmas científicos.

Si bien en los años veinte y treinta del siglo pasado la mujer logra un papel sin precedentes en el mundo de la ciencia barcelonesa, la irrupción del franquismo supone un nuevo retroceso que no se revertirá hasta los años setenta. Bajo la dictadura, no obstante, las mujeres hallan vías insólitas para hacer ciencia. El fin del franquismo y la concienciación ideológica marcan un cambio fundamental: se multiplican las matriculaciones femeninas en las facultades de ciencias y los nombres de científicas destacadas. Pero el impacto del cambio va mucho más allá, porque también modifica la consideración social de la ciencia y la salud.

El impacto de las mujeres en la ciencia en la Barcelona moderna (desde finales del siglo xix hasta hoy) va más allá de algunas investigadoras famosas. Conviene fijarse en las pacientes de las clínicas del Eixample; en las prostitutas del Barrio Chino y su papel en las políticas de salud pública; en las aficionadas a la astronomía; en las trabajadoras de los laboratorios; en las “señoritas del Museo” de Ciencias Naturales bajo el franquismo; en los colectivos interesados en la legalización del aborto durante el postfranquismo…

“Las mujeres no pudieron entrar en el ámbito académico durante muchos siglos: en España necesitaron la autorización paterna hasta 1910. Pero también es cierto que la historia ha ignorado sus contribuciones: no es hasta los años noventa cuando la historia de la ciencia empieza a preguntarse qué pasa con el conocimiento femenino”, observa Mònica Balltondre, investigadora del Centro de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Barcelona (CEHIC-UAB). “Las contribuciones de las mujeres son más que notables a partir del siglo xix. Pero se produce un fenómeno de invisibilización: a menudo las mujeres tenían otra manera de cultivar la ciencia, dadas las limitaciones con las que se enfrentaban”, coincide Pedro Ruiz Castell, investigador del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero de la Universidad de Valencia.

“En Cataluña tenemos un déficit historiográfico de atención sobre este tema. Es una asignatura pendiente”, afirma Alfons Zarzoso, conservador del Museo de Historia de la Medicina de Cataluña. “El Dr. Miquel Fargas se convirtió en el padre de la ginecología catalana gracias a artículos, por ejemplo, como el que se basa en un millar de ovariotomías. Sabemos muy poco sobre las mujeres que sufrieron esas intervenciones. ¿Quiénes eran? ¿Por qué se operaron? ¿Eran necesarias esas operaciones? ¿Cómo se pagaron la estancia en la clínica?”, se pregunta Zarzoso.

Otro ejemplo son las campañas sanitarias contra las enfermedades venéreas que se llevaron a cabo desde finales del siglo xix hasta las cuatro primeras décadas del siglo xx. “En todas las campañas, las mujeres, y especialmente las prostitutas, son identificadas como causantes del problema. Este colectivo queda desdibujado, anonimizado”, explica el conservador del Museo de Historia de la Medicina.

Foto: Frederic Ballell / AFB

Hacia los años veinte del siglo pasado la presencia de las mujeres en el mundo de la ciencia comienza a ser habitual; abundan las fotografías de laboratorios con mujeres, si bien en segundo plano y sin identificar. La imagen muestra a un grupo de asistentes a una conferencia del célebre doctor Josep Agell, fundador de la Escuela de Directores de Industrias Químicas, en el laboratorio de esta entidad, en 1916.
Foto: Frederic Ballell / AFB

Hay que buscar de otro modo

“No siempre ha habido una voluntad de invisibilizar. El problema es que las mujeres no aparecen tanto [como los hombres] en las fuentes. Pero existen modos de tirar del hilo: detrás de esta aparente inexistencia, había actividad y valor”, afirma Emma Sallent del Colombo, investigadora de la Universidad de Barcelona y presidenta de la Sociedad Catalana de Historia de la Ciencia y de la Técnica. “No es que los historiadores sean ciegos; es que hay que buscar de otra forma”, indica Oliver Hochadel, investigador de la Institución Milà i Fontanals (CSIC), en Barcelona.

“Es preciso fijarse en papeles supuestamente subalternos, pero realmente importantes: esposas que ayudan a los maridos investigadores, coleccionistas, conservadoras de museos, profesoras de secundaria, activistas… O en organizaciones, como ateneos, asociaciones de astronomía, grupos de excursionistas…”, detalla el investigador. Hochadel apunta que la investigación, a principios del siglo xx, aún no estaba tan institucionalizada como ahora: muchos perfiles que hoy se caracterizarían como de aficionados realizaron contribuciones fundamentales para el avance de la ciencia.

“Sabemos que las mujeres asistieron a menudo, como organizadoras o participantes, en las actividades de los ateneos, las tertulias de los salones aristocráticos o los banquetes de sociedades científicas. Esta cultura oral tuvo un papel importante, pero ha quedado invisibilizada”, explica Agustí Nieto, investigador de ICREA de la Universidad Autónoma de Barcelona.

“También se hace ciencia en espacios que no son el laboratorio”, insiste la historiadora Mònica Balltondre. Uno de los primeros ámbitos en que ello se hizo patente, a principios del siglo xx, fue la pedagogía, una disciplina más tolerante respecto de la participación femenina. “Tenemos constancia de que un gran número de mujeres asistían a congresos, pero no realizaban investigación en los laboratorios, sino en las aulas de las escuelas”, añade Balltondre. Un ejemplo fue María de la Rigada, una pedagoga andaluza que enseñó, entre otras, en la Escuela Normal Superior de Maestros de Barcelona. De la Rigada fue pionera en introducir en las aulas medidas objetivas de lo que entonces se consideraba la inteligencia de los niños. “Estos test representaban una forma de superar la vieja clasificación subjetiva de los niños en listos y tontos”, explica la investigadora del Centro de Historia de la Ciencia.

Foto: Archivo Antonia Fontanillas

La trabajadora anarquista Teresa Claramunt en Sevilla, con el fotógrafo Antonio Ojeda y sus hijos.
Foto: Archivo Antonia Fontanillas

El mundo del amateurismo es otra de las vías de acceso de las mujeres a la ciencia. “[En 1890,] en el Reino Unido nació la British Astronomical Association como alternativa a la Royal Astronomical Society: la suscripción era muy cara, sus comunicaciones eran demasiado técnicas y… las mujeres no se podían apuntar”, explica Pedro Ruiz Castell.

En 1910 y 1911, nacen en Barcelona la Sociedad Astronómica de Barcelona y la Sociedad Astronómica de España y América, ambas fundadas por el astrónomo Josep Comas i Solà. “Muchas mujeres acudían a las conferencias de estas sociedades. Comas i Solà cuenta con mujeres colaboradoras: por ejemplo, su mujer le hace de asistente durante los eclipses de 1900 y 1905, y en el grupo que forma en el Observatorio Fabra en 1920 figura la matemática Assumpció Ferrer”, añade el investigador de la Universidad de Valencia.

“La estrategia de participación de las mujeres en la ciencia depende también de su situación. Quien es de una casa burguesa puede leer, estar al día y participar en debates. En otros colectivos, en cambio, las mujeres no persiguen una carrera científica, sino que la ciencia les sirva para lograr una mayor autonomía, para hacerse dueñas de su propio cuerpo”, observa Hochadel. “La categoría de clase no debe menospreciarse respecto a la de género”, subraya Nieto.

Dominio público / WIKIMEDIA

La escritora y carismática espiritista Amalia Domingo.
Dominio público / WIKIMEDIA

La explosión del espiritismo

En este marco de clase y género a la par, se entiende la explosión del espiritismo en Barcelona, en las primeras décadas del siglo xx. Hoy el espiritismo es una especie de superstición, pero en aquellos años se veía justamente lo contrario: una teoría científica plausible, que planteaba una alternativa racional y moderna a la religión. Según Balltondre, “el espiritismo se presentaba como un conocimiento científico para intentar averiguar si el alma era inmortal. Durante años se intentó llevar a cabo la comunicación con los espíritus con pruebas y controles científicos”. El movimiento vivió un momento álgido antes de quedar arrinconado.

Las investigaciones de esta historiadora han revelado que el espiritismo fue un fenómeno mayúsculo en Barcelona, arraigado con fuerza en los barrios de obreros cualificados y profesionales liberales, como el Raval, Gràcia y Sant Andreu. “Eran grupos que habían desconectado de la religión católica y veían en el espiritismo una alternativa moderna, solidaria de los movimientos anticlericales y de los intentos de secularizar la sociedad”, señala.

Las mujeres tienen un papel central en el espiritismo. En primer lugar, por tradición, las médiums suelen ser mujeres. “Las médiums empiezan a tener cierto poder en las sociedades espiritistas y un lugar en el espacio público: dan charlas, escriben en revistas. A través de los espíritus transmiten su visión de la moral y del progreso de la humanidad”, explica Mònica Balltondre. Una de las más carismáticas, Amalia Domingo, funda incluso una revista, La Luz del Porvenir.

En segundo lugar, el espiritismo se esfuerza por desposeer a la Iglesia del control de los colegios. Entre sus reivindicaciones destacan la igualdad de oportunidades educativas de ambos sexos y la coeducación.

En tercer lugar, el espiritismo promueve un movimiento obrero de mujeres. “Las mujeres trabajadoras no eran bien vistas a mediados del siglo xix: se consideraban casi unas prostitutas, alguien a quien el marido no podía mantener”, indica la historiadora de la UAB. Los intentos de los anarquistas de formar grupos de mujeres trabajadoras habían fracasado. Quien lo logra de nuevo es Amalia Domingo. Junto con la trabajadora textil anarquista Teresa Claramunt y la escritora libertaria y masona Ángeles López de Ayala, funda en 1890 la Sociedad Autónoma de Mujeres, que más tarde se llamará Sociedad Progresiva Femenina. En palabras de Balltondre, “el movimiento de mujeres librepensadoras que existe en Barcelona a finales del siglo xix es pionero en España: es difícil decir si eran las primeras feministas, pero seguramente sí que eran las primeras de todo el estado que realizaban demandas femeninas”.

Los colectivos alternativos

La ciencia es un tema de debate candente entre otros colectivos contrahegemónicos en las primeras décadas del siglo xx, desde los naturistas hasta los herboristas. Uno de los más activos es el anarquista. En sus revistas, por ejemplo, se debatió en profundidad la contracepción. Entre 1930 y 1937 la revista anarquista Estudios mantuvo una animada sección de “Preguntas y respuestas” en torno a temáticas de salud. En esta sección se produjo un vivo debate entre dos médicos y los lectores sobre el método Ogino de control de los nacimientos. Finalmente, uno de los médicos pidió la ayuda de los lectores para llevar a cabo una estadística sobre el método. En general, los militantes anarcosindicalistas tenían una actitud recelosa hacia los expertos, a los que consideraban como parte del engranaje contra el que luchaban.

Hacia los años veinte y treinta, la presencia de las mujeres en el mundo de la ciencia comienza a ser difícil de esconder. “Tenemos muchas fotografías de equipos de laboratorios en las que, a partir de la segunda o tercera fila, se ven mujeres. ¿Quiénes eran? ¿Dónde se formaron?”, se pregunta el conservador del Museo de Historia de la Medicina de Cataluña, Alfons Zarzoso. Entre 1924 y 1939 opera en la Universidad de Barcelona un Museo de Anatomía Patológica. “En él trabajaban mujeres que eran más que técnicas, puesto que realizaban trabajos de investigación”, comenta la presidenta de la Sociedad Catalana de Historia de la Ciencia y de la Técnica, Emma Sallent.

Incorporación progresiva a los estudios superiores

Este papel cada vez más explícito de las mujeres se debe a su incorporación progresiva a los estudios superiores a partir de 1910. Mientras la doctora Abreu (una de las primeras médicas de Barcelona, que se licenció a principios de siglo) debía acudir a la universidad acompañada para no tener problemas, el libre acceso de las mujeres a los estudios superiores fue una de las banderas de la Mancomunitat, primero, y de la República, después (“aunque, sin duda, había también un esfuerzo publicitario sobre este tema”, observa Emma Sallent).

Foto: Fundació Museu d'Història de la Medicina de Catalunya

Integrantes del Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de Barcelona, hacia 1925; entre ellos, en segunda fila, Antonia Papiol, Montserrat Farran, Maria Bosch y Josefa Barba. Esta última, licenciada en Farmacia y Derecho, fue una personalidad emblemática de la iinvestigación de su tiempo.
Foto: Fundació Museu d’Història de la Medicina de Catalunya

En las primeras décadas del siglo xx “hay más crecimiento de matriculación en facultades científicas, sobre todo en Farmacia, que en otras, como Derecho”, apunta Alfons Zarzoso. Una personalidad emblemática de estos años es la investigadora barcelonesa Josefa Barba. Licenciada en Farmacia y Derecho, se especializó en la Residencia de Señoritas de Madrid –el grupo femenino de la Residencia de Estudiantes, la de Dalí, Lorca, Buñuel… Gracias a becas de la Junta de Ampliación de Estudios (que formaba parte de la Institución Libre de Enseñanza) y de la Fundación Maria Patxot, en los años treinta realizó estancias de investigación en el Reino Unido y en la Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos. Barba era una mujer que rompía las convenciones de su tiempo: por ejemplo, viajaba sola y no quiso tener hijos.

Foto: Fons Brangulí / Arxiu Nacional de Catalunya

La doctora Maria Lluïsa Quadras-Bordes, en su consulta ginecológica del Instituto Electrológico y Radiológico de Barcelona, en 1921.
Foto: Fons Brangulí / Arxiu Nacional de Catalunya

Pero no todas las mujeres con estudios superiores eran progresistas. Las hermanas Maria Lluïsa y Victòria Quadras-Bordes, por ejemplo, mostraron iniciativa empresarial y lograron papeles hegemónicos en instituciones médicas, pero eran ideológicamente conservadoras, recuerda Zarzoso. En todo caso, apunta, “durante los años treinta se registra en Barcelona una modernidad inequívoca y avanzada” que situó a la ciudad a niveles más modernos que el de muchas otras urbes europeas.

El franquismo contra las mujeres

El investigador explica que “el franquismo supuso una especie de colapso de la mujer, del que no se recuperaría hasta los años setenta”. Durante la Guerra Civil, Josefa Barba se marcha a Estados Unidos, donde proseguirá una larga carrera que la llevará a publicar en revistas como Science. En 1939, el Museo de Anatomía Patológica de la Universidad de Barcelona cierra repentinamente. “Algunos de los hombres implicados continúan en la profesión médica. Las mujeres se dedican a sus labores”, ironiza Emma Sallent. “Después de la guerra, las mujeres se confinan en la pediatría y la obstetricia, unas disciplinas relacionadas con la mujer como madre y esposa, o el mundo de los análisis clínicos, en el que trabajan aisladas, sin relación con los pacientes y invisibilizadas socialmente”, explica Zarzoso.

Foto: Frederic Ballell / AFB

Estudiantes y personal docente del Instituto de Segunda Enseñanza para la Mujer en una visita al Observatorio Fabra, el 5 de marzo de 1911, atendiendo a las explicaciones del director del centro, el astrónomo Josep Comas i Solà.
Foto: Frederic Ballell / AFB


Foto: Aster

Inauguración de los locales de Aster, Asociación Astronòmica de Barcelona, el 3 de junio de 1949; en la imagen se aprecia una abundante presencia femenina.
Foto: Aster

Sin embargo, durante la dictadura se abren en el mundo de la ciencia algunas oportunidades proscritas en espacios más politizados. “Algunas organizaciones hacen como de espacio de refugio. Son unas pequeñas burbujas de libertad”, señala Hochadel. Un ejemplo: Aster, Agrupación Astronómica de Barcelona, fundada en 1948, como modelo alternativo a la Asociación Astronómica de España y América, ya muy profesionalizada. “La Agrupación Astronómica de Barcelona (Aster) está relacionada con una sociabilidad alternativa; representa un espacio en el que las mujeres tienen cabida”, observa Ruiz Castell. La presencia de mujeres en la junta es mínima, pero hay un número importante de socias, especialmente en algunas comisiones, como la de bólidos. Las mujeres también realizan diversas donaciones para la construcción de la cúpula del observatorio de la Asociación. Una parte del éxito de esta entidad se debe a las famosas fiestas que organizaba después de las conferencias. Algunas quejas sobre la supuesta promiscuidad de estos actos revelan la presencia de mujeres en estas ocasiones, apunta el investigador de la Universidad de Valencia.

Otra oportunidad inesperada tiene que ver con la depuración de investigadores y técnicos llevada a cabo por el franquismo, lo que más adelante se denominaría el atroz desmoche, tomando en préstamo una expresión de Pedro Laín Entralgo. “Es horroroso considerarlo, pero esto hizo un poco de espacio para las mujeres”, dice Hochadel.

“Las señoritas del museo”

En el caso del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, había mujeres trabajando desde los años veinte. En 1916 no se menciona a ninguna mujer en el anuario del museo, pero un año más tarde ya son una decena. A menudo empezaban como secretarias, pero luego realizaban cursos de botánica y subían de categoría. Con el tiempo, este colectivo llegará a tener una cuarentena de miembros, hasta el punto de que alguien les pondrá un mote: “Las señoritas del museo”.

“Cuando depuraron a algunos de los hombres, se quedaron las mujeres, que sabían cómo funcionaba el museo, cómo manejar las colecciones. No había mucho espacio, pero algunas aprovecharon este pequeño lugar para desarrollar una carrera impresionante”, explica Hochadel. Destacó entre ellas Roser Nos, una científica valenciana que se estableció de joven en Barcelona. A diferencia de muchas de las señoritas, Nos no entró en el Museo para llevar a cabo tareas administrativas, sino como becaria, dada su formación en Ciencias Naturales. Entre 1947 y 1961 trabajó en el Museo de Zoología, después en el Parque Zoológico hasta 1978 y finalmente, llegó a dirigir el museo hasta 1989.

La recuperación de los años setenta

El fin del franquismo y la concienciación ideológica de las mujeres españolas marcaron un cambio macroscópico en la relación entre la mujer y la ciencia. En los años setenta arranca una tendencia exponencial de matriculación femenina en las facultades de ciencias. A partir de este momento se multiplican los nombres de científicas destacadas. Pero el impacto de este cambio va más allá: modifica la manera de ver la ciencia, y muy especialmente la salud.

“Durante el franquismo se consideraba el sexo básicamente como reproducción, no placer. En los años setenta las mujeres comienzan a reivindicar el derecho al propio cuerpo, a la sexualidad y a la educación sexual”, explica Sara Fajala, archivera del Colegio de Médicos de Barcelona. Unos años antes la estudiante de Medicina Assumpció Villatoro coincidió con profesores de ginecología de tradición franquista, pero que mostraban distintas actitudes. El catedrático con el que se especializó, Victor Cònill Serra, que era católico prácticante, se había dado cuenta de que la planificación familiar era una necesidad. En cambio, otro catedrático, Jesús González Merlo, inicialmente no había aprobado estas ideas.

Desde los años sesenta, Santiago Dexeus ofrecía en su clínica un servicio de planificación de forma privada y oculta. En los años setenta surge en Barcelona un movimiento de médicos en apoyo de la difusión de la planificación familiar, formado mayoritariamente por hombres (el mismo Dexeus, Ramon Casanellas, Eugeni Castells, Josep Lluís Iglesias Cortit, Xavier Iglesias Guiu…), del que forma parte Assumpció Villatoro. Muchas de sus ideas se plasman en la colección de libros La Gaia Ciencia, creada por la escritora Rosa Regàs, para la que Villatoro escribe un volumen sobre el aborto (Qué es el aborto, de 1977) antes de su legalización en  1985.

Foto: Archivo Municipal del Prat

Manifestación en defensa de los derechos al divorcio y al aborto, organizada por la Coordinadora Feminista del Baix Llobregat al principio de la Transición.
Foto: Archivo Municipal del Prat

En 1976, un grupo de feministas, entre las que se encuentran algunas enfermeras, crean el colectivo DAIA (Mujeres por el Autoconocimiento y la Anticoncepción). “Consideraban que el feminismo era fuerte como reivindicación, pero que no se ponía manos a la obra”, explica Fajula. El grupo asesoraba a mujeres en un piso de Barcelona y se vio desbordado de consultas sobre aborto. Las integrantes del DAIA, favorables a la educación sexual y al derecho al aborto como última solución, asesoraba a las mujeres sobre cómo abortar con seguridad por canales clandestinos o en el extranjero. El grupo estuvo operativo hasta 1984.

Foto: Archivo Municipal del Prat

El equipo del Centro de Planificación Familiar del Prat de Llobregat, segundo de su tipo en todo el territorio español. Lo fundaron en 1977 las militantes de izquierdas Carmina Balaguer y Maruja Pelegrín, que en la imagen aparecen en pie, las dos primeras por la derecha.
Foto: Archivo Municipal del Prat

Los primeros centros de planificación familiar

En 1976 se abrió el primer centro de planificación familiar en Madrid, y en 1977, el primero en Cataluña, en El Prat de Llobregat. Los primeros centros eran iniciativas de mujeres arraigadas en sus barrios, militantes feministas o del PSUC, como Carmina Balaguer y Maruja Pelegrín. “En estos centros operaban las consejeras, mujeres que podían tener estudios o que se habían formado de manera autodidacta con libros como Nuestros cuerpos, nuestras vidas, traducido al castellano en 1982. Pero también se implicaban doctoras como la misma Assumpció Villatoro, o Rosa Ros i Marta Palau que realizaban la supervisión médica y aplicaban una forma de medicina preventiva”, explica Fajula. Muchos de estos centros comenzaron a producir datos y estadísticas sobre cómo las mujeres vivían la sexualidad y qué métodos anticonceptivos usaban. Los centros perdieron progresivamente la filosofía de “mujeres para mujeres” cuando pasaron a formar parte del servicio médico público, apunta la investigadora.

En una época como la actual en que teóricamente no existe ninguna barrera explícita para el acceso de las mujeres a la ciencia, el relato de la carrera de obstáculos que han tenido que seguir para llegar hasta aquí parece algo de otro mundo. No obstante, las historiadoras creen que de este proceso se pueden extraer lecciones útiles para la gente de nuestros días: que ningún avance es definitivo, que siempre hay un peligro de vuelta atrás. “El capítulo del derecho a la planificación familiar está cerrado, pero el derecho al aborto se tambalea”, recuerda Fajula al respecto. Por su parte, Balltondre añade otro matiz: “Todavía existen muchos campos de la investigación y de la tecnología en los que la mujer casi no tiene ningún papel. ¿Cuántas apps hay que recojan las necesidades de las mujeres? ¿Cuál es la presencia femenina en Silicon Valley?”, se pregunta.

Foto: Dominio público

La psicóloga infantil Milicent Shinn (1858-1940) fue la primera mujer que recibió el doctorado de la Universidad de California, Berkeley, en 1898. En la foto aparece con Ruth, su sobrina, sobre quien realizó sus observaciones en torno a la psicología de los recién nacidos.
Foto: Dominio público

Investigación en la cuna

Milicent Shinn convirtió el espacio doméstico en un laboratorio sobre la psicología de los recién nacidos. Gracias a sus estudios llegó a ser la primera mujer doctorada por la Universidad de California, en 1898.

La aparente ausencia, casi total, de las mujeres del mundo de la ciencia hasta las últimas décadas se debe en parte a las barreras objetivas que encontraron para acceder a él. Pero, según los historiadores, se debe también a un proceso de invisibilización de su labor; y yendo aún más a fondo, a una concepción demasiado restringida de la ciencia, que solo se ciñe al mundo académico, institucional y oficial. Sin embargo, la ciencia va mucho más allá de este círculo e implica otros espacios (no solo el laboratorio, sino también el taller, la cocina, la tienda, la fábrica, etc.) y a otros actores (no solo a los investigadores académicos, sino también a los técnicos, los pacientes, los activistas, los comunicadores, etc.). Si se mira la ciencia con perspectiva histórica, se descubre que tales espacios y actores han tenido siempre un papel fundamental en la construcción del conocimiento científico.

Es precisamente en los lugares menos institucionales y en los papeles menos académicos donde las mujeres han encontrado menor resistencia para hacer ciencia. Un ejemplo extraordinario de este hecho lo aporta Milicent Shinn. Esta ama de casa californiana convirtió el espacio doméstico en un laboratorio para evaluar científicamente la psicología de los bebés. En concreto, creó una red de una cincuentena de madres observadoras que construyeron entre todas el mayor conjunto de observaciones directas del desarrollo de los bebés. Después de graduarse en la Universidad de Berkeley en 1878, Shinn se dedicó a cuidar de sus padres y sus hermanos en el pueblo de Niles, cerca de San Francisco. En 1890 empezó a tomar notas sobre su sobrina recién nacida. Hacía pocos años que Charles Darwin había animado a los científicos a investigar el desarrollo de los niños, en concreto a observar a los bebés como “objetos de historia natural” y “llevar el argumento de la infancia al dominio científico”.

Información inaccesible para los hombres

Pronto Shinn se dio cuenta de que su detallado diario constituía una información excepcional, inaccesible a la mayoría de los investigadores hombres, que no ponían los pies en las habitaciones de los niños. En 1891 ya había contactado con diez madres más de California para llevar a cabo observaciones sobre sus bebés de forma coordinada. La red crecería en años sucesivos al amparo de la Association of Collegiate Alumnae (ACA), una organización de exalumnas  de las universidades más prestigiosas de EE. UU.

En 1893, Shinn presentó los primeros resultados de sus observaciones en el encuentro anual de la National Educational Association, en Chicago, y publicó los dos primeros volúmenes de las observaciones sobre Ruth (que acabarían siendo cuatro en total). Sus conclusiones desmentían la concepción predominante, según la cual los niños desarrollaban primero los sentidos y después la razón. Por el contrario, Shinn establecía que una serie de capacidades complejas guiaba el desarrollo psicológico de los bebés.

Mientras algunos científicos apreciaron su trabajo, otros cuestionaron su legitimidad. El psicólogo James Mark Baldwin argumentó que una madre no podía ser una observadora científica y otros sostuvieron que las mujeres estaban cegadas por su adoración por los niños. Shinn respondió que una mujer no sería capaz de mantener con vida a un niño sin observaciones objetivas sobre sus comportamientos.

La investigadora, que obtuvo el doctorado con estos estudios, plasmó sus resultados en el ensayo de 1907 El desarrollo de los sentidos en los tres primeros años de la infancia. En 1910 se retiró de la dirección de la ACA, que había conseguido entretanto, para dedicarse a cuidar de su madre y sus sobrinos. Sin embargo, durante toda la vida mantuvo correspondencia con las madres de su red.

Descontaminar el cuerpo de los habitantes de las ciudades

Ilustración: Patossa

Ilustración: Patossa

Existe una contaminación más sutil e invisible que la del aire y el agua: la que se encuentra dentro del propio cuerpo humano. Los disruptores endocrinos, sustancias contenidas en la comida, en los objetos del hogar y de oficina, en los productos de limpieza y cosméticos, etcétera, se acumulan en el organismo, alteran el funcionamiento de las hormonas y contribuyen a la aparición de la obesidad, la diabetes y el cáncer, así como de problemas tanto reproductivos como del desarrollo del cerebro.

La evidencia científica es clara, pero la mayoría de los gobiernos miran hacia otro lado. La Comisión Europea misma se ha saltado todos los plazos para poner límites a los disruptores: la cuestión no resuelta es la definición de alterador hormonal, definición que determinará modificaciones en cascada de las leyes comunitarias y del registro de sustancias químicas. Mientras, algunas ciudades se avanzan en la empresa de descontaminar el cuerpo de sus habitantes.

 

Los ayuntamientos suecos de Estocolmo y Gotemburgo exigen la ausencia de disruptores endocrinos en los productos adquiridos con fondos municipales. París ha eliminado de las guarderías públicas los biberones con bisfenol A y ciertos tipos de pañales. Barcelona ya no usa en sus parques y jardines el herbicida glifosato. Y nueve ayuntamientos españoles, empezando por el municipio gerundense de Anglès, se han unido formando una red de ciudades que aspiran a liberarse de los alteradores hormonales, denominada “Mi ciudad cuida mis hormonas”.

“Cuando una ciudad, en especial si es grande, toma una decisión de este tipo, eso puede tener un impacto importante en los fabricantes”, afirma Leonardo Trasande, investigador de la escuela de medicina de la Universidad de Nueva York. “Los políticos tomarán decisiones únicamente si la opinión pública cambia, y las acciones de las ciudades harán que los ciudadanos se informen y se hagan preguntas”, argumenta Barbara Demeneix, investigadora del Centro Nacional de Investigaciones Científicas francés (CNRS). Ambos son investigadores de referencia en disruptores endocrinos.

“Pensemos en el día a día de un niño: si el comedor no se encuentra expuesto a estas sustancias, si cuando sale a jugar no las encuentra en el parque…, realmente se verá reducida su carga de contaminantes”, ilustra Dolores Romano, responsable de políticas de sustancias químicas de Ecologistas en Acción. “Es cierto que a los ayuntamientos les faltan determinadas competencias, pero pueden adoptar iniciativas con un impacto directo sobre los ciudadanos”, añade por su parte Ruth Echeverría, coordinadora de formación e investigación de la Fundación Alborada. Estas dos entidades ecologistas son las promotoras de la red “Mi ciudad cuida mis hormonas”.

Las primeras alarmas sobre los disruptores endocrinos se dispararon hace más de medio siglo. En los años cincuenta y sesenta, los médicos de Estados Unidos observaron que entre las jóvenes que durante el embarazo habían tomado dietilestilbestrol (un estrógeno sintético que solía prescribirse para evitar abortos) había mayor incidencia de cáncer. Por aquellos mismos años se descubrió que ciertas sustancias, denominadas xenoestrógenos, producían la feminización de los animales. Algunas eran naturales, por ejemplo la isoflavona de la soja, pero las que tenían efectos más inquietantes eran las artificiales.

A comienzos de los ochenta, la infiltración de DDT en el lago Apopka de Florida afectó tanto a la capacidad reproductiva de los caimanes que su población se vio reducida drásticamente. Por aquella misma década, los médicos detectaron anomalías reproductivas también en humanos; en concreto, en las víctimas del desastre de 1976 en Seveso (Italia), durante el que se liberó gran cantidad de dioxina. Cuanto mayores eran las concentraciones de dioxina en el cuerpo de los padres, menor probabilidad de que tuvieran hijos varones. Algunas parejas tuvieron solo niñas.

Foto: Dani Codina

El personal de limpieza es uno de los colectivos más expuestos a los productos químicos y, por lo tanto, al riesgo de ser afectados por los disruptores endocrinos.
Foto: Dani Codina

Barcelona tuvo su caso particular. En 1996 un grupo de mujeres de la limpieza del hospital Vall d’Hebron se intoxicó con disolventes y otros productos. Las afectadas tenían más sangrado menstrual, más mastitis, cansancio, hipersensibilidad a los olores, etcétera.

El elemento común a todos estos episodios es que las sustancias implicadas poseen una capacidad especial: la de simular el comportamiento de las hormonas naturales. Las hormonas son producidas por las glándulas del sistema endocrino: una docena de tejidos, desde el hipotálamo del cerebro hasta las gónadas de los órganos reproductores. Las glándulas producen la combinación de hormonas que el cuerpo precisa en cada momento para activar los receptores hormonales de las células y generar los diferentes procesos biológicos.

Un equilibrio muy delicado

El cóctel hormonal tiene un equilibrio delicado: cada ingrediente se encuentra en él en una concentración determinada y muy baja (pocos picogramos o nanogramos por mililitro de sangre). Este equilibrio se va al traste cuando al cóctel se le añade un disruptor endocrino. Las sustancias disruptoras imitan la función de ciertas hormonas o impiden que otras funcionen. Bastan pequeñas cantidades de alteradores hormonales para que estos interfieran en las funciones biológicas.

El cuadro ya estaba claro en 1991, cuando por primera vez un grupo de científicos lo plasmó en la llamada declaración de Wingspread 1. Desde entonces se han ido acumulando evidencias y declaraciones hasta llegar a los documentos de referencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2012 y de la Sociedad Mundial de Endocrinología de 2015.

“Sabemos que las enfermedades endocrinas van en alza. Cada vez hay más evidencia de que están relacionadas con los disruptores endocrinos. Sabemos, pues, que los disruptores tienen un precio, pero también cómo reducir la exposición humana a ellos”, resume Trasande. “Numerosos estudios [...] apoyan la idea de que la exposición a sustancias químicas contribuye a la aparición de desórdenes endocrinos. [...] Existen cerca de ochocientas sustancias de las que se sabe o se sospecha que pueden interferir con las hormonas”, reza el informe de la OMS.

Foto: Dani Codina

Hay cerca de ochocientas sustancias de las que se sabe o sospecha que pueden interferir con las hormonas y causar enfermedades y otros problemas de salud, como por ejemplo problemas reproductivos femeninos y masculinos, problemas del neurodesarrollo, obesidad, diabetes y ciertos tipos de cáncer.
Foto: Dani Codina

El estudio de la Sociedad Mundial de Endocrinología detalla las enfermedades sobre las que existen pruebas sólidas: problemas del neurodesarrollo (como autismo e hiper­actividad), obesidad, diabetes, problemas reproductivos femeninos y masculinos (como baja calidad del semen, malformaciones genitales, nacimientos prematuros…) y cánceres relacionados con hormonas (por ejemplo, de mama, endometrio, ovario, próstata, testículos y tiroides).

El estudio señala las principales sustancias sobre las que existen estudios concluyentes: la atracina y el DDT se encuentran en herbicidas y pesticidas; el bisfenol A (BPA) está presente en latas alimentarias y en la tinta de los tickets del supermercado; los ftalatos, en envoltorios alimentarios, cosméticos, champús y pavimentos de vinilo, y los bifenilos policlorados (PCB) y los éteres difenílicos polibromados (PBDE), en retardantes de llama y dispositivos electrónicos.

La huella química

“Cada país tiene una especie de huella dactilar [de disruptores] en función de sus actividades [industriales]. Una placenta con mucho PCB es probablemente danesa; otra con abundancia de endosulfán, francesa, y otra con mucho monoetil ftalato, española”, explica Nicolás Olea, catedrático de Medicina de la Universidad de Granada.

“Se ha vuelto habitual que la gente lleve dentro suyo ciertas concentraciones de compuestos tóxicos”, constata Miquel Porta, investigador del Instituto Municipal de Investigación Médica (IMIM) de Barcelona. “De diecinueve compuestos tóxicos que hemos analizado, nadie cuenta con menos de tres: de media detectamos once por persona”, explica en referencia a una muestra de ciudadanos catalanes de entre dieciocho y setenta y cuatro años. “El DDT, que se prohibió hace treinta y cinco años, se detecta hoy en el 88 ⁠% de la población. El exaclorobenzeno, un fungicida, en más del 90 %”, detalla.

Los disruptores endocrinos funcionan de manera especialmente sutil. En primer lugar pueden resultar peligrosos incluso en dosis muy bajas, puesto que las hormonas que emulan operan también en dosis bajas y dado que los alteradores se potencian entre sí. Por este motivo, la Sociedad Mundial de Endocrinología considera que “no existe umbral de exposición seguro”.

Los disruptores, además, actúan de distinta forma en función de la fase de la vida y del sexo. La OMS y la Sociedad Mundial de Endocrinología coinciden en que los años de infancia son los más delicados, aunque la exposición comienza incluso antes del nacimiento. “Hace muchos años que venimos detectando estas sustancias en el líquido amniótico en el que flota el feto. Existen evidencias de que los disruptores pueden causar una programación prenatal de obesidad, sobrepeso, resistencia a la insulina, diabetes de tipo 2 y enfermedades cardiovasculares”, afirma Porta.

Las mujeres sufren más exposición por varias razones. En primer lugar, por el tipo de trabajos: maestras, personal de limpieza, instructoras de piscinas y técnicas de laboratorio, por ejemplo, están más expuestas. En segundo lugar, por el mayor uso de cosméticos y maquillaje. Y finalmente, porque la mezcla hormonal de las mujeres es más sensible a efectos adversos que la de los hombres.

Interés en generar dudas

Pese a la carga de evidencias sobre los alteradores hormonales, este campo sigue abierto a disputas. Por ejemplo, en 2015 la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y la OMS discreparon sobre la naturaleza cancerígena del glifosato.

“El estado de la ciencia y de la reglamentación es similar al que había sobre el cambio climático hace un decenio. [...] Ante la evidencia [...] un reducido grupo de cientí­ficos –muchos de ellos con conexiones documentadas con la industria– se han dedicado a generar un clima de duda que no guarda proporción con el nivel real de desacuerdo científico”, escribió Trasande en la revista Nature.

El último documento de la Sociedad Mundial de Endocrinología recibió la aprobación previa de trece mil expertos. “Hay entre ocho y doce científicos, con conflictos de intereses, que están en contra”, apunta Ángel Nadal, catedrático de Fisiología de la Universidad Miguel Hernández de Elche y coordinador del grupo asesor sobre disruptores endocrinos de la Sociedad Mundial de Endocrinología.

“El impacto de los disruptores endocrinos sobre la salud es más importante que el que tendría sobre la industria química el reglamentar su uso”, observa Demeneix. Un estudio de 2016 de Trasande estima el impacto económico de los descriptores endocrinos –en términos de costes asociados a las enfermedades por ellos causadas– en 217.000 millones de dólares en Europa y 340.000 millones en los EE.UU.

La situación, según algunos científicos, se asemeja al caso del plomo en la gasolina. Al eliminarse progresivamente este ingrediente entre los años setenta y noventa disminuyó su concentración en el aire y en la sangre de los niños (al principio, el 88 % de los niños de EE.UU. lo tenían en cantidad peligrosa, y al final solo el 1 %). Durante los mismos años, el coeficiente de inteligencia de los niños estadounidenses subió entre 2 y 5 puntos, en parte porque antes el plomo había afectado al cerebro. Traducido en términos de PIB, se estima que la mejora de este coeficiente gracias al descenso del nivel de plomo en sangre supone unos beneficios económicos de entre 110.000 y 319.000 millones de dólares anuales.

Pese a ello, la Comisión Europea ha dejado pasar todos los plazos destinados a poner coto a los disruptores. La cuestión por resolver es la definición de alterador hormonal. En función de la definición que se emplee, habrá modificaciones en cascada de las leyes comunitarias sobre plaguicidas, biocidas y cosméticos, así como del registro europeo de sustancias químicas (REACH).

Foto: Dani Codina

Reducir el uso de recipientes y envases de plástico en la comida diaria es una de las medidas indicadas para protegerse de los disruptores endocrinos.
Foto: Dani Codina

En junio de 2013 la Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea presentó un borrador de definición basado en el trabajo de un grupo de expertos. La aprobación estaba prevista para diciembre de 2013. “Pero el borrador no fue del agrado de la industria, que emprendió maniobras para pararlo. Entonces, en invierno de 2013, la Comisión Europea encargó un estudio sobre el coste socio­económico de aquellos criterios”, explica Dolores Romano. También trasladó el asunto a la Dirección General de Sanidad y Consumo. Pasó el tiempo y, en 2014, Suecia denunció a la Comisión ante el Tribunal Superior Europeo por incumplimiento. A finales de 2015 el tribunal falló que la definición debía publicarse de inmediato. Finalmente, en junio de 2016 la Comisión presentó un nuevo borrador.

La propuesta causó decepción en activistas y expertos. “Se exige un nivel de evidencia mucho más alto que para cualquier otra sustancia”, explica Dolores Romano, de Ecologistas en Acción. Ángel Nadal añade que ese nivel es “superior al que se pide para declarar que una sustancia es carcinógena. En este caso basta demostrar que provoca anomalías en células y animales. Lo mismo quisiéramos para los disruptores”.

Pero tampoco basta con demostrar los efectos negativos de la sustancia, sino que se pide, además, conocer su modo de acción. “Nos encontramos con unos modos de acción muy complejos, como por ejemplo la producción de cambios epigenéticos durante el período fetal o la lactancia, con efectos que aparecen al cabo de los años. ¿Cuánto tardaremos en efectuar todas las pruebas sobre decenas de miles de compuestos?”, argumenta Nadal. Por otra parte, la propuesta europea introduce una exención a priori para los insecticidas.

“La Comisión Europea está demasiado influida por la industria química”, resume Demeneix. Pese a que ya ha modificado la definición cuatro veces, varios países (encabezados por los nórdicos) han impedido su aprobación. En un movimiento que algunos activistas consideran sospechoso, la citada Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria creó en diciembre de 2016 un grupo de trabajo para desarrollar una guía de aplicación de la definición, aunque esta no estuviera aprobada.

Ayuntamientos con iniciativa

No han ido mejor las cosas en los ámbitos estatal y autonómico. Como gesto simbólico, en 2004 la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, hizo analizar una muestra de su sangre: contenía decenas de contaminantes. En 2010 se planteó un plan nacional de salud ambiental, que quedó arrinconado en un cajón. Por lo que se refiere al gobierno de Cataluña, desde 2012 no se han vuelto a monitorizar los disruptores endocrinos en la población, aunque más recientemente se han iniciado conversaciones sobre la reanudación de estos controles, según informa Miquel Porta.

“A escala municipal, todo va más deprisa”, opina Ruth Echeverría. En noviembre de 2016 la Fundación Alborada y Ecologistas en Acción constituyeron la red “Mi ciudad cuida mis hormonas”, que agrupa a nueve ciudades y pueblos que han aprobado mociones para la reducción de la exposición a los disruptores endocrinos: Alcalá de Guadaíra (Sevilla), Anglès (Girona), Brunete (Madrid), Estella-Lizarra (Navarra), Onda (Castellón), Quijorna (Madrid), Robledo de Chavela (Madrid), San Fernando de Henares (Madrid) y Zaragoza. Algunas más, entre ellas Barcelona, lo tienen en trámite. También tres comunidades autónomas (Comunidad Valenciana, La Rioja y Aragón) han aprobado proposiciones no de ley sobre el mismo tema. Es notable que los gobiernos de estos ayuntamientos y comunidades abarquen todo el espectro político español, desde el Partido Popular hasta Podemos.

El pequeño municipio gerundense de Anglès fue el primero en aprobar este tipo de moción en España, en febrero de 2016. “Tenemos una secretaria con hipotiroidismo, al igual que yo”, explica Astrid Desset, alcaldesa elegida bajo la sigla de CiU. “Ella sugirió que desde el Ayuntamiento instásemos a las autoridades de salud a elaborar una guía para administraciones locales”. Anglès ha eliminado los utensilios de teflón en la cocina de la escuela pública y ha cambiado el menú, ha eliminado el glifosato de la jardinería, ha sustituido el agua embotellada por fuentes con filtros de ósmosis y ha sustituido el jabón de manos de todos los edificios municipales. Pero “no tenemos a nadie que nos ayude a ir más allá”, lamenta la alcaldesa.

Foto: Dani Codina

El gobierno municipal ha desterrado el uso de herbicidas químicos en los parques y jardines de Barcelona –en la imagen, el parque de la Ciutadella– desde enero de 2017.
Foto: Dani Codina

En marzo de 2016 Ecologistas en Acción publicó una guía para eliminar los contaminantes hormonales dirigida a las administraciones locales. Las experiencias de municipios de todo el mundo están definiendo un conjunto de prácticas de disminución de la exposición. La medida más popular es la eliminación de herbicidas químicos en parques y jardines. El gobierno de Barcelona (BeC) los ha desterrado desde enero de 2017. Hasta el año anterior se empleaban, por ejemplo, 2.500 litros de glifosato en los tratamientos anuales, en doscientos mil alcorques de árboles y en áreas cubiertas con grava, según informa Izaskun Martí, directora de conservación de Parques y Jardines. En la actualidad, el Ayuntamiento dispone de cuatro máquinas que matan las malas hierbas con vapor calentado y de veinticuatro personas que intervienen manualmente, contratadas por seis meses con un plan de empleo para parados. Además, algunos alcorques se han cubierto con corteza de pino, que evita que crezcan hierbas, o se han sembrado con plantas que son enemigas naturales de las plagas de los árboles.

El Ayuntamiento de Madrid (Ahora Madrid) también ha eliminado el glifosato para el tratamiento de las hierbas de las carreteras. Pero algunos ayuntamientos han ido más allá y han aplicado el mismo enfoque a las plagas. Es el caso del pequeño municipio de Brunete: además de prohibir ciertos herbicidas, su gobierno (PP) está sustituyendo los plaguicidas y, así, por ejemplo, los nidos de las procesionarias del pino se eliminan mediante métodos mecánicos, como redes o discos de recogida de las orugas.

En febrero de 2017 Brunete también se comprometió a introducir alimentación orgánica en las guarderías, los comedores escolares y las residencias municipales, y a comprar productos libres de disruptores para las instalaciones públicas. Aunque a pequeña escala, estos son otros dos grandes ejes de las políticas municipales contra los disruptores: eliminarlos de los comedores colectivos y de los suministros públicos de productos, como los de limpieza y los materiales de construcción.

“Los habitantes [de Brunete] están contentos hasta cierto punto. A veces no entienden las medidas. Se precisa mucha labor educativa”, observa la coordinadora de formación e investigación de la Fundación Alborada, Ruth Echeverría, que ha asesorado a este ayuntamiento de la Comunidad de Madrid. Por tal motivo otros municipios, como el navarro de Estella-Lizarra (EH Bildu), han comenzado su proceso de cambio con unas jornadas para formar a los profesionales y comunicarse con los ciudadanos.

Entre las ciudades de fuera de España que están introduciendo cambios se encuentran París e Irvine (California). Las dos últimas administraciones socialistas de la ciudad de París han prohibido los biberones con bisfenol A y ciertos tipos de pañales en las guarderías públicas. La alcaldía actual ha adoptado un plan de salud ambiental (Paris Santé Environnement) que incluye un servicio de asesoramiento en las oficinas municipales sobre compras libres de alteradores de hormonas.

En cuanto a Irvine, la iniciativa surgió de un grupo de cuatro padres comprometidos, que se asesoraron con tres científicos locales y formaron el colectivo Non Toxic Irvine. Después de presentar una petición, el grupo consiguió en febrero de 2016 que la ciudad sustituyera todos los pesticidas y plaguicidas por productos orgánicos.

“Aquí se valora mucho el aspecto de la ciudad y se tolera poco las malas hierbas”, explica Ayn Craciun, una de las madres promotoras. “Pero la gente entendió que no tenía sentido emplear sustancias tóxicas en los jardines donde juegan los niños y los animales domésticos”, añade Bruce Blúmer, profesor de Biología de la Universidad de California-Irvine y asesor del proyecto. Los cinco concejales de la ciudad californiana (cuatro de ellos republicanos) votaron a favor de la eliminación de los tóxicos. “La presión de un grupo potente de padres como el nuestro y los argumentos de los científicos fueron esenciales para convencerlos”, explica Craciun. “Otras ciudades de nuestra región están siguiendo el ejemplo de Irvine”, apunta la concejala Christina Shea, con una experiencia personal previa de cáncer, que desde el inicio apoyó el proyecto. El uso de productos orgánicos ha supuesto un encarecimiento de los tratamientos no superior al 6 %, informa Craciun.

Biomonitorización de sangre

Otra actuación que ya han aplicado varias ciudades del mundo, pero única hasta ahora en España, se está llevando a cabo estos meses en Barcelona. Se trata de la biomonitorización de muestras de sangre de unas 240 personas representativas de la población de la ciudad. El análisis de las muestras, coordinado por el investigador del IMIM Miquel Porta, permitirá estimar la presencia de disruptores en los organismos de la ciudadanía. El proceso se había llevado a cabo con anterioridad en 2002 y 2006. “Habrá que ver si sigue la tendencia a la baja que se registró entre las dos mediciones anteriores”, indica Porta.

“La falta de reglas de alcance europeo deja la pelota en el tejado de las administraciones locales. Estas pueden reducir el uso de ciertas sustancias, fomentar el mercado de alternativas más seguras y, en suma, dar buen ejemplo a los ciudadanos. Las ciudades tienen mucho que hacer en relación con los disruptores endocrinos”, concluye Dolores Romano.

Acciones individuales para protegerse frente a los disruptores endocrinos

Hay una serie de reglas sencillas y bien comprobadas para reducir la exposición de un habitante de ciudad típico a los alteradores hormonales.

Foto: Dani Codina

Una aplicación móvil desarrollada en Barcelona permitirá obtener, a partir del código de barras de un producto, todos sus datos relativos a efectos sobre la salud, impacto ambiental y responsabilidad corporativa.
Foto: Dani Codina

“El problema de los disruptores es global y debe solucionarse a escala global: con una reglamentación a un nivel lo más alto posible. Sin embargo, mientras no se disponga de esta normativa, pueden tomarse medidas individuales para reducir la exposición a los disruptores endocrinos”, afirma el catedrático de Fisiología de Elche Ángel Nadal.

“Las medidas individuales requieren trabajo. Leer las etiquetas es cansado y no puedes pedir a los ciudadanos que sean expertos. Además, algunos productos sin disruptores tienen precios más elevados”, reconoce Ruth Echeverría, que en la Fundación Alborada imparte cursos sobre productos sin disruptores. De todos modos, los expertos consultados coinciden en una serie de reglas sencillas que pueden ayudar a reducir la exposición de un habitante de ciudad típico a los disruptores.

En cuanto a la comida, por ejemplo, se recomienda comprar fruta y verdura de producción ecológica, y lavar y pelar siempre las que no lo sean; cocinar en casa y emplear cazuelas y sartenes de acero inoxidable (evitar las antiadherentes); comer menos productos envasados en plástico y latas o conservados en táper: mejor el vidrio o la cerámica; no calentar la comida en táperes, ni beber café en vasos o tazas de plástico; no lavar el plástico en el lavavajillas, y durante el embarazo, no comer atún o salmón más de una vez por semana.

En el apartado de limpieza y cosmética, es mejor evitar los cosméticos (en especial los que contengan ftalatos, triclosán y parabenos) y reducir el uso de cremas solares (mejor emplear sombreros y camisetas) y de toallitas húmedas, sobre todo en el caso de niños pequeños. Otra recomendación es lavar la ropa recién comprada antes de ponérsela.

Ventilar bien la casa y no usar insecticidas y plaguicidas para las plantas domésticas también reducen la presencia de disruptores. Si podemos escoger, es preferible tener objetos de madera, papel, metal, cristal o cerámica en lugar de plástico (por ejemplo, en el caso de los juguetes). Y hay que tener cuidado con la tinta de los recibos de compra.

Estos consejos se basan en estudios que han demostrado su efectividad. Por ejemplo, una investigación de 2011 mostró que los indicadores de la presencia de disruptores en la orina en veinte individuos que limitaron el uso de comida en plástico o lata durante tres días se redujeron entre el 50 % y el 100 %.

Aplicación móvil

El trabajo de seleccionar productos libres de disruptores podría verse simplificado dentro de poco gracias a una aplicación de móvil realizada en Barcelona, actualmente en fase de prototipado, que se lanzará pronto a un mercado más amplio. Se trata de Abouit, una aplicación promovida por el empresario Tabaré Majem Olivera, que ha contado con el asesoramiento del Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals (ICTA) de la Universidad Autònoma de Barcelona, entre otros. La aplicación escanea el código de barras del producto y da información sobre aspectos de salud, impacto ambiental y responsabilidad corporativa. Su base de datos contiene información sobre decenas de miles de productos, basada en publicaciones científicas y experimentos llevados a cabo ex profeso en el laboratorio de la empresa catalana Inkemia.

Por más que se adopten soluciones individuales, la protección frente a los disruptores nunca será completa. Se trata de un problema sistémico: por ejemplo, en 2011 se hallaron dioxinas incluso en huevos ecológicos producidos en Aragón.

“La solución debería consistir en una combinación de regulación y de acciones individuales. La regulación puede producir cambios instantáneos y a gran escala. Al mismo tiempo, los consumidores pueden desempeñar un papel presionando a los productores”, opina Leonardo Trasande, investigador de la escuela de medicina de la Universidad de Nueva York. “Los disruptores son un problema, pero también una oportunidad para innovar en agricultura, alimentación y química verde: no favoreceríamos solo nuestra salud, sino también la economía”, concluye por su parte Nadal.

Isabelle Anguelovski: “Inversores poderosos se han apropiado de la agenda ecológica”

La creación en los barrios de parques urbanos, cinturones verdes y corredores ecológicos atrae a inmobiliarias de lujo y a nuevos habitantes con un poder adquisitivo mayor que el de los residentes históricos. El aumento de los precios de la vivienda acaba desplazando a la población original: es el frustrante fenómeno conocido como “gentrificación verde”.

Foto: Pere Virgili

Isabelle Anguelovski, investigadora en ecología política
Foto: Pere Virgili

El parque del Poblenou de Barcelona es un proyecto que todo el mundo querría detrás de su casa: un gran pulmón verde en un barrio popular de pasado industrial. Sin embargo, la aparición del parque está teniendo efectos inesperados. El número de habitantes con educación universitaria ha aumentado en un 700 % en un radio de cien metros alrededor del equipamiento. Y se ha reducido el número de los residentes de edad avanzada y de los inmigrantes del sur del mundo. También han aparecido viviendas de lujo y los precios de la vivienda se han disparado. En resumen, la población que tenía que beneficiarse del parque se ha visto desplazada en favor de nuevos habitantes más ricos, más jóvenes y más blancos.

Este caso es el ejemplo más clamoroso en Barcelona de un frustrante efecto boomerang: la “gentrificación verde”. La creación de parques urbanos, cinturones verdes, corredores ecológicos, etc., atrae a nuevos habitantes con mayor poder adquisitivo y a inmobiliarias de lujo. El aumento de los precios de la vivienda acaba desplazando a la población original de clase baja. Las comunidades marginadas luchan para que sus barrios sean más verdes, pero cuando alcanzan lo que reivindicaban se ven expulsadas nuevamente a entornos menos atractivos.

El fenómeno se ha dado en el nuevo cinturón verde de Medellín (Colombia), en el restaurado frente marítimo de Portland (Oregón, Estados Unidos) y en el flamante High Line (un parque emplazado en un antigua vía de tren elevada) de Nueva York, entre otros lugares. Es como si los mecanismos más agresivos de la economía de mercado hubiesen puesto a su servicio el ambientalismo, la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático.

“Antes, el factor económico era contrario al factor ambiental, pero ahora los grandes grupos inmobiliarios saben aprovechar la agenda verde de las ciudades”, afirma Isabelle Anguelovski (Reims, Francia, 1978), investigadora en ecología política del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB). Anguelovski, que después de detectar casos de “gentrificación verde” a ambos lados del océano se ha convertido en la experta de referencia del fenómeno, trabajó en la Sorbona, en Harvard y en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), antes de establecerse en Barcelona en 2011. En 2013 recibió el Premio Nacional de Investigación al Talento Joven de la Generalitat de Cataluña. Durante los próximos cinco años analizará el proceso en cuarenta ciudades de todo el mundo, en el marco del proyecto Greenlulus (Green Locally Unwanted Land Uses: usos verdes del suelo no deseados localmente), financiado con 1,5 millones de euros por la Unión Europea (Consejo Europeo de Investigación, ERC). La investigadora espera encontrar también casos de éxito en los que se haya logrado conciliar justicia y naturaleza en las ciudades. Estas experiencias pueden ser valiosas para gestionar los próximos candidatos a la gentrificación verde en Barcelona: el parque del cajón ferroviario de Sants y las supermanzanas. Anguelovski está asesorando al Ayuntamiento de la ciudad sobre este tema.

Usted se define como investigadora activista: ¿qué significa?

Significa entender en profundidad las realidades sociales que estudio y contribuir a la resolución de algunas de las tensiones más agudas. En Boston trabajé en Dudley, un barrio marginalizado que ha sufrido durante décadas incendios provocados para vaciar pisos alquilados, acumulación de basuras y desinterés de los inversores. Las comunidades afroamericanas, afrolatinas y de Cabo Verde se movilizaron para mejorar la calidad del barrio. Trabajé con ellos y les transmití los resultados de mi investigación. En Barcelona no he tenido un papel tan activista: con dos hijos pequeños, es complicado. Pero siempre comparto información con las organizaciones que estudio, organizo talleres, escribo en la prensa. Y también estoy trabajando con el Ayuntamiento para evitar la gentrificación verde en las supermanzanas y en los jardines de Sants.

¿Siempre ha combinado investigación y participación en primera línea?

A los dieciséis años aproveché el castellano que había aprendido en el instituto para viajar a Cuba con la ONG Sodepaz, de Madrid. Me sorprendió mucho el tema de la desigualdad en el desarrollo. Durante la carrera [de Ciencias Políticas en el instituto Sciences Po Lille (Francia)] y el máster [en Cooperación en la Sorbona] viajé a menudo a América Latina en proyectos de cooperación. Más tarde trabajé con Oxfam sobre cómo las mujeres se enfrentan a los impactos de la explotación minera: fue mi primer contacto con la injusticia ambiental. También fundé una ONG que hacía consultoría a comunidades indígenas afectadas por la minería.

¿Desde entonces se dedicó a estudiar la relación entre justicia y medio ambiente?

Algunos años más tarde, en 2006, empecé un doctorado en el MIT sobre la resolución de conflictos entre malhechores  ambientales y comunidades afectadas. El resultado fue un libro que se publicó en 2012 [Neighborhood as refuge: Community Reconstruction, Place Remaking, and Environmental Justice in the City (Barrios como refugios: reconstrucción de comunidades, rediseño de lugares y justicia ambiental en las ciudades)] en el que se comparan los casos de tres barrios: Dudley en Boston, Sant Pere i Santa Caterina en Barcelona y Cayo Hueso en La Habana.

¿Qué comparten Barcelona, Boston y La Habana?

Me había dado cuenta de que muchas poblaciones marginalizadas se movilizan para hacer trabajos ambientales: limpian terrenos, crean espacios verdes, realizan talleres con material reciclado, trabajan la energía renovable. Eso sucede en comunidades que no tienen nada que ver unas con otras. Quería entender por qué y cómo se movilizan las comunidades históricamente estigmatizadas y marginadas, pero no comparando barrios de la misma ciudad, sino situaciones políticas muy diferentes.

¿Por qué eligió Barcelona como caso de estudio?

Ya en el año 2000 había visitado la ciudad y había paseado por sus barrios. Desde entonces volví varias veces y fui siguiendo su desarrollo urbano. El objetivo de mi trabajo era comparar los movimientos en tres entornos distintos: una democracia establecida y con un alto grado de desarrollo urbano –Boston–, una democracia joven y con un desarrollo intermedio –Barcelona– y un régimen autocrático poco desarrollado –La Habana.

¿Qué tienen en común los movimientos medioambientales de los tres casos?

Tras realizar ciento cincuenta entrevistas, puedo decir que mucho. Las experiencias de desatención vividas por la gente de estos barrios generan una conexión entre las personas y los lugares. Crean una especie de doble conciencia: en primer lugar la de los problemas que se sufren, pero paradójicamente también un sentido de pertenencia y comunidad, el orgullo de vivir en aquel barrio. De aquí emerge un sentido de responsabilidad, un interés en mejorar la calidad del ambiente urbano y un crecimiento personal, también en personas sin educación o profesión formalizada. Los objetivos de los movimientos son rehacer el entorno y reforzar su identidad. El cuidado del medio ambiente es una herramienta para alcanzar otras finalidades: se busca la recuperación ambiental, pero también protección frente al racismo o las drogas, el establecimiento de una especie de poblado urbano. Los barrios se convierten en refugios, en santuarios seguros; este un aspecto muy importante, especialmente para los más jóvenes.

¿Cómo se concreta en Barcelona esta idea del barrio como refugio?

Me centré sobre todo en el Forat de la Vergonya [el Agujero de la Vergüenza, un espacio degradado largamente reivindicado por los vecinos, junto al mercado de Santa Caterina, en Ciutat Vella]. Pese a los conflictos con la municipalidad y entre los grupos implicados, se logró un espacio gestionado por los ciudadanos, con diversidad social y cultural, tiendas locales, etc. Ahora las cosas han cambiado. El Forat y las viviendas sociales son una especie de manzana segregada del resto del barrio. En torno a él hay un gran cambio social: no se abren tiendas de productos para los residentes, sino tiendas de arte, clubs de fumadores, alquileres de bicis eléctricas y bares con patatas bravas a ocho euros. La apuesta por la marca Barcelona, la disminución de la participación ciudadana durante el mandato del alcalde Trias y la crisis han contribuido a hacer que los únicos inversores en el barrio sean foráneos. Se han construido nuevos hoteles para atraer turismo, pero hay pocas viviendas de alquiler y la mayoría son de ocupación turística. También hay que reconocer que la gente que estaba al frente de las luchas del Forat ha envejecido o se ha marchado. En cualquier caso, ya están surgiendo nuevos activismos.

Tras mudarse a Barcelona se interesó en las iniciativas contra el cambio climático impulsadas desde la base.

Sí. Fui investigadora principal de TESS, un proyecto europeo que pretendía medir en seis países el impacto de iniciativas comunitarias en movilidad, comida, energía y residuos. En Barcelona estudié asociaciones, cooperativas y empresas como Can Masdeu, La Col, Can Batlló, Trèvol, L’Ortiga, Tota Cuca Viu, Granja Aurora, Som Energia…

Isabelle Anguelovski. Foto: Pere Virgili

Isabelle Anguelovski. Foto: Pere Virgili

¿Cómo nace la idea de la “gentrificación verde”?

Apareció hacia el final de mi trabajo de campo para el libro. Muchos activistas me decían: “Hemos luchado por limpiar nuestro vecindario, que estaba contaminado y descuidado; finalmente disponemos de infraestructuras ambientales, y ahora nos damos cuenta de que el barrio atrae a inversores y nuevos residentes”. Había gente que aseguraba que si ponían un jardín comunitario más, tendrían que irse al cabo de cinco años, o que su barrio ya era bastante verde. En el Forat de la Vergonya pusieron arena en el suelo para evitar que se instalaran terrazas. Muchos movimientos dejaban de lado la justicia ambiental para interesarse por la vivienda. Y entonces me di cuenta de la contradicción y la paradoja a la que se enfrentaban aquellas personas. La literatura científica al respecto era muy incipiente: había algunos casos de estudio individuales muy específicos.

¿Cuándo empieza este proceso en Barcelona?

Los primeros casos documentados son de finales de los años noventa: por ejemplo, la Vila Olímpica. También estoy pensando en investigar casos de los ochenta, como los parques de Joan Miró y de la Espanya Industrial, pero hay pocos datos.

¿Y cuáles son los puntos calientes en la actualidad?

En primer lugar, los jardines de la Rambla de Sants, donde algunos residentes ya sufren porque sus viviendas son más visibles para los turistas y, además, está el precedente del  High Line de Nueva York. En segundo lugar, las supermanzanas: yo formo parte del grupo de estudio creado por el Ayuntamiento para mitigar sus posibles efectos negativos. Pero también hay casos como el del paseo de Sant Joan, que no ha sido nunca un entorno de bajos ingresos, pero que padece supergentrificación, es decir, el desplazamiento de la clase media por personas de ingresos aún más altos.

¿La gentrificación verde es el resultado de una estrategia consciente de los grupos inmobiliarios?

Las empresas son perfectamente conscientes del poder del verde. En Vancouver, poderosos constructores publicitan edificios de lujo con jardines comunitarios en su interior. Las grandes agencias inmobiliarias de Alemania anuncian propiedades en Barcelona haciendo hincapié en lo verde. En cualquier caso, no se trata solo de la construcción o la reforma de edificios de lujo, sino que, sencillamente, se atrae a personas y familias de ingresos altos hacia lugares bonitos de la ciudad.

¿Qué papel tiene en ello la política?

La sostenibilidad se ha despolitizado. Hay una consideración de la planificación verde como tecnocrática, pospolítica, apolítica, top-down. Se crea un parque o una high line y se da por descontado que todo el mundo sacará beneficios. No se realiza un análisis crítico de la situación para averiguar qué actores se beneficiarán de ello realmente. El hecho de que inversores poderosos se hayan apropiado de la agenda ecológica no forma parte del debate político.

Usted ha afirmado que un greenlulu (espacio verde no deseado) puede ser incluso peor que un brownlulu (espacio contaminado o degradado). ¿Cómo se entiende?

Así es en un cierto sentido: la gentrificación verde puede ser peor que una fábrica contaminante, debido al desplazamiento forzado que impone. La gente pierde sus redes sociales y se ve obligada a trasladarse lejos del centro. Además, todo el mundo tiene claro que un brownlulu es malo, mientras que los greenlulus son percibidos como positivos, por lo que es más difícil poner en la agenda el estudio de los problemas que plantean.

¿Estos espacios verdes contribuyen al menos a hacer las ciudades más sostenibles?

La agenda de la verdificación no coincide siempre con la de la sostenibilidad. Esta requiere políticas energéticas, una estrategia agresiva a favor de la movilidad sostenible, redes comerciales internas fuertes, escuelas y estructuras de salud bien repartidas…, que la gente no se desplace tanto.

¿Hay alguna manera de mantener los beneficios del verde en las ciudades sin crear injusticias?

Básicamente se trata de hacer políticas muy rigurosas de vivienda asequible . En Europa hay más de tres millones de viviendas vacías; España es uno de los países con un volumen más elevado. Hay que encontrar modos de repartir el acceso a estos espacios y recuperar los edificios que se han quedado los bancos: por ejemplo, creando nuevas formas de vivienda social. No es necesario construir más, sino que se pueden incrementar los fondos dedicados a reformar edificios existentes. Y en el caso de edificación nueva se pueden implementar zonas de inclusión, como han hecho Berlín o Nueva York, ciudades en las que se tiene que destinar a vivienda social entre el 20 y el 30 % de las viviendas nuevas. También hay que poner en marcha políticas enérgicas de control y ampliación del mercado del alquiler, porque la especulación presente en el mercado hipotecario hace que a veces las personas se vean imposibilitadas de devolver los préstamos. En este sentido se requiere cambiar la mentalidad que antepone la compra al alquiler, pero también reducir el número de licencias de apartamentos turísticos y controlar los alquileres ilegales que se efectúan mediante plataformas como AirBnb.

¿La clave es desarrollar una buena política de vivienda?

Hay más cosas aún. Si la gentrificación tiene algo positivo es que los barrios se regeneran. Entonces, ¿cómo se puede ayudar a los residentes a quedarse? Básicamente, mejorando sus ingresos. Para ello se debería cambiar el ciclo de la pobreza ya a partir de la escuela, financiando las escuelas más desatendidas para dar una oportunidad a los alumnos de encontrar buenos trabajos en el futuro. También es importante disponer de asociaciones fuertes de comerciantes que defiendan las tiendas tradicionales. Por último, los centros sanitarios pueden influir favorablemente en los determinantes sociales de la salud. Es un conjunto de acciones que van unidas: se trata de aplicar un enfoque territorializado de las políticas de regeneración.

Sin embargo, los vecinos de las zonas que actualmente están en peligro necesitan soluciones rápidas…

En Barcelona, el motor de la gentrificación es la combinación del turismo, las inversiones inmobiliarias y la incorporación o el regreso a la ciudad de gente de clase alta. Hay que redinamizar los barrios en crisis, por ejemplo, facilitando préstamos a los pequeños negocios, y controlar qué tiendas se abren: quizás no hace falta un puesto más de alquiler de bicis eléctricas para turistas, y se pueden priorizar negocios que proporcionen servicios a los residentes. Y también sería necesario llegar a acuerdos políticos para poner en marcha zonas de inclusión.