La ciudad tomada

Ilustración ©Rebeka Elizegi

El espacio urbano ha dejado de ser un lugar para vivir, relacionarse o albergar actividades productivas y comerciales para convertirse en una mercancía con capacidad para crear valor por sí misma y para competir en el mercado. Como en un tablero de Monopoly donde todo está en venta, los visitantes y los inversores toman el espacio y desplazan a los residentes, generando un malestar que nace de una pregunta clave: ¿Qué es una ciudad?

“Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo”. Irene le pregunta a su hermano si está seguro de lo que acaba de suceder y este asiente. “Entonces, tendremos que vivir en este lado”. Julio Cortázar publicó Casa tomada en 1946, y, leído hoy, el cuento refleja perfectamente la dinámica de la gentrificación: la expulsión paulatina de los residentes para dejar paso a nuevos habitantes de mayor poder adquisitivo. Esas calles que, como la casa del relato, guardan “los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia” son tomadas por los flujos de capital o de personas.

La pregunta de partida es: ¿Qué es una ciudad? Las pasadas navidades, un miembro de una administración local respondía a las protestas por las aglomeraciones diciendo que “la ciudad es como un gran espectáculo para el que habría que cobrar entrada”. Es decir, no es un lugar para vivir y relacionarse, sino un espacio privado que debe crear valor. Es la ciudad neoliberal. Nuestro modelo obliga a que todo lo que existe se convierta en mercancía, que compita en un mercado, y ello incluye el territorio y los seres que lo habitan. Así, la ciudad es un espacio económico que necesita flujos de capital, productos, información o personas con capacidad para crear valor. Es un tablero de Monopoly. Todo se vende.

La urbe siempre ha sido un espacio económico, pero el cambio en las últimas décadas es que ha dejado de ser un lugar en el que se localizan actividades productivas y comerciales para convertirse en una mercancía con capacidad de crear valor por sí misma gracias al movimiento. Es algo que hay que vender. Incluso desarticulando las actividades productivas y comerciales que existían previamente.

Este modelo nació como solución a la crisis de la industria, que ya no garantizaba la tasa de ganancia. Las antiguas zonas productivas evolucionaron hacia la economía de servicios para atraer los flujos globales: el capital, a través de los distritos financieros, o el consumo, en los espacios de ocio. Las antiguas fábricas y acerías dejaron paso a centros comerciales, auditorios, museos, centros culturales, centros de convenciones, acuarios, casinos, cines, galerías de arte y mucha oferta de hostelería. Los ríos dejaron de conectar fábricas y almacenes, y pasaron a ser una atracción turística. Todo es para el exterior.

La clave de la nueva economía urbana es el movimiento. Las administraciones tratan de captar esos flujos de inversión ofreciendo infraestructuras, deducciones fiscales o competitividad laboral; es decir, precariedad y salarios bajos. En ese modelo, la principal tarea de los poderes públicos ya no es la gestión política hacia dentro, sino la gerencia empresarial hacia fuera. La gente importante ya no es la que vive ahí, cuya capacidad de trabajo es sustituible, sino la que pasa por ahí, que tiene capacidad de creación de valor. Hay que competir con otras ciudades para atraer el movimiento y ofrecer las mejores condiciones. En el nuevo modelo urbano, la ciudad tiene que convertirse en un producto para competir en el mercado. Para ello, hay que desposeer de ella a sus habitantes.

El ganador se lo lleva todo
El principal malestar urbano es la vivienda. El modelo basado en el movimiento provoca que los residentes no solo tengan que competir entre ellos, sino con los flujos globales de personas. Pueden ser turistas, nómadas digitales o analógicos, o las élites del sur global que aprecian la estabilidad y seguridad que ofrece España, un país que concede un visado especial a cambio de una inversión inmobiliaria. No solo cambia el espacio sino el tiempo. La legislación permite que el espacio urbano pueda convertirse en un producto financiero y tenga capacidad de creación de valor sin ser habitado.

Desde la crisis de 2008, el sector inmobiliario no solo se ha reactivado, sino que las decisiones políticas lo han convertido en uno de los más rentables. La inversión total en vivienda en Europa ha aumentado más de un 700% entre 2009 (7.900 millones de euros) y 2020 (66.900 millones de euros). La mayoría de los países europeos tienen regímenes fiscales que favorecen la inversión en ladrillo y los fondos inmobiliarios de la zona euro alcanzaron en 2021 el billón de euros bajo gestión, frente a los 350.000 millones de 2010. El sector es un mini paraíso fiscal que no solo ha aprovechado la legislación, sino que también ha captado los estímulos de los bancos centrales teóricamente destinados a revitalizar la economía. Es decir, compran nuestras ciudades con nuestro dinero. Para entender la evolución política europea de los últimos quince años, cabe recordar que ese proceso fue simultáneo a las políticas de austeridad generalizadas.

En España, donde el franquismo promocionó la compra de vivienda, la actuación de los fondos es pura gasolina. Los que tienen patrimonio ven aumentar su valor y también buscan su trozo del pastel. El número de hogares que declara recibir ingresos de alquiler pasó del 5% en 2004 al 14% en 2018. Esto produce una concentración que, poco a poco, incluso socava esa sociedad de propietarios. Entre 2011 y 2020, el porcentaje de menores de 35 años con vivienda en propiedad pasó del 69% al 36%. En el periodo 2015-2020, un tercio de las viviendas registradas en España era de grandes propietarios. Los pequeños, con uno o dos inmuebles, cayeron casi un 40%. Las reglas del Monopoly son claras: el ganador se lo lleva todo porque el objetivo es arruinar a los demás.

Una industria sin fábricas
Pese a las cifras, controlar el sector financiero no es un debate que esté sobre la mesa. El turismo, sí. Quizá, porque es el síntoma más evidente del malestar urbano, pero también cabría pensar que el foco siempre acaba en la población. Las prácticas de la élite nunca son un problema. A partir de los años setenta, pasar de la industria a los servicios se presentó como la solución al declive de la producción y, en doce días de 1992, cerró la fábrica de Renault en Billancourt y abrió Eurodisney. Dos modelos de estructura económica y, por tanto, política, social y laboral. La industria turística no tiene fábricas que echen humo. Como los intrusos de Casa tomada, es invisible porque lo ocupa todo. Sus materias primas son cosas como el espacio urbano, las tradiciones, el patrimonio o las calles.

En 1992, Barcelona acogió unos Juegos Olímpicos que se abrieron con un mensaje al mundo: “Hola”. Y el mundo escuchó. Treinta años después, la ciudad recibe a unos doce millones de turistas al año, que provocan numerosos conflictos con los vecinos que quedan. La ciudad ha tenido un desplome de la natalidad y una fuga local. La mitad de las personas empadronadas no ha nacido en Barcelona y el 44% de los residentes de 20 a 39 años son extranjeros. Periódicamente, aparecen estudios sobre el cada vez más bajo uso del catalán en la ciudad que provocan debates alarmistas, pero que siempre olvidan el factor fundamental: el modelo económico. Si pones la ciudad en el mercado, te la compran y ya no es tuya. Si conviertes la ciudad en un resort, no puedes esperar que no se parezca a un resort.

En 1950, los quince primeros destinos turísticos internacionales absorbían el 98% de los desplazamientos. Ya no es así. Las ciudades no se han convertido en los principales focos de atracción de una manera natural, sino porque las administraciones han considerado que la captación de flujos era la mejor opción. Es decir, cada ciudad tiene que albergar un Eurodisney en su centro histórico. Es algo que provoca conflictos con los residentes que, como los dos hermanos del cuento, van desplazándose hacia otras partes de la ciudad o hacia la periferia. Las grandes ciudades españolas no crecen. La población se concentra en las áreas urbanas. En los últimos veinte años, ha habido una suburbanización silenciosa que, en Barcelona, además es invisible porque su primer anillo también es muy denso.

La ciudad se modifica para esa población de paso y los residentes se dividen entre los que pueden sacar partido a través de la propiedad y los que se recolocan en los servicios. Ese sector también atrae a otra población. La desigualdad crece porque ese es el modelo social del resort: el nómada de alto poder adquisitivo y los que le prestan servicio. El esquema es parecido al personal de servicio del siglo xix: cocinero, chófer, limpieza… Al convertirse en un producto, la ciudad se divide por renta, y la privatización de los servicios incide en esa desconexión social. Barcelona concentra la pobreza extrema de Cataluña, pero expulsa a las rentas bajas y medias a una periferia cada vez más alejada.

La ley y la fuerza
En los relatos de Cortázar, el mundo fantástico no tiene explicación. Aparece, y la realidad tiene que convivir con lo extraño. Sin embargo, en nuestras ciudades, los intrusos no son invisibles ni han aparecido de repente. Los hemos llamado. Las administraciones públicas no solo realizan campañas para atraer los flujos globales, sino que modifican la legislación para que sea más atractivo estar de visita que ser residente.

Si de verdad se quiere cambiar el modelo urbano, el primer paso es un ejercicio de imaginación y dejar de ver en la inversión y el turismo la respuesta a todas las preguntas. El segundo paso es intervenir de forma decidida. No es algo extraño. Ya se hace. Simplemente, en lugar de legislar en favor de los fondos de inversión o de las élites que adquieren vivienda como un activo refugio, hacerlo en favor de los habitantes. El tercer paso, más complicado, sería abandonar la creación de valor como medida de todas las cosas. No todo puede convertirse en un producto sin provocar una disolución de los consensos en los que hemos basado nuestra convivencia.

Como sostenía el historiador Tony Judt, una vez que dejamos de valorar más lo público que lo privado, seguramente estaremos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley, el bien público por excelencia, que la fuerza.

Bibliografía

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Publicaciones recomendadas

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  • La España de las piscinasArpa Editores, 2021

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