Josep Lluís Esteras: «Montamos la Coordinadora de Geganters para que todos los barrios tuvieran una fiesta más grande»

Testimonios de la fiesta.

Josep Lluís Esteras Gimeno, conocido como el Iaio, es el portador de gigantes en activo más veterano de la ciudad. Empezó a implicarse en los gigantes en 1960, con la recuperación de los Gigantes del Pi y, desde entonces, su vida ha estado vinculada a la de Mustafà y familia. Alma viva de la cultura de los portadores de gigantes de la ciudad, fue fundador y presidente de la Coordinadora de Geganters de Barcelona, padre de los Gigantes de la Ciudad, impulsor de la recuperación del bestiario histórico barcelonés, promotor de las fiestas de Santa Eulàlia e ideólogo de la Federación de Entidades de Cultura Popular y Tradicional de la Barcelona Vella – la Casa de los Entremeses. Ahora que ya está jubilado, sigue muy comprometido con el tejido social del barrio Gòtic y todavía hoy es presidente de la Asociación de Amigos de los Gigantes del Pi.

¿En qué año entró a bailar en los Gigantes del Pi? ¿Qué le llevó a entrar?
—En el año 1960 se recuperaron los Gigantes del Pi. Yo tenía nueve añitos y vinieron a buscarnos, a los chiquillos del Esplai del Pi. Pasábamos la barretina y llevábamos el pendón. Más tarde llevamos los gigantes pequeños y finalmente, los grandes. El año que viene se cumplirán sesenta desde que entré en los gigantes.

¿Qué papel tenía en la colla?
—En aquellos tiempos, el alcalde del barrio, Josep Mas, era de la colla. Con 17 años me hizo llevar la giganta de la Ciudad y, al cabo de dos años, me dejó llevar los Gigantes del Pi. De hecho, los portadores de los Gigantes del Pi éramos los que llevábamos los Gigantes de la Ciudad. Entonces, con diecisiete años, me hicieron ser el secretario. Todo lo hacíamos en castellano.

¿Qué caracterizaba las fiestas que vivió usted durante la época franquista?
—Como éramos pocas colles, el Ayuntamiento nos trataba muy bien. Yo iba al despacho y me decían: «¿Cuánto quieres cobrar por los gigantes?». Y yo: «Mira, igual que el año pasado y, si puede ser, un poquito más, que ha subido el seguro». Y me daban los cuartos, tanto por La Mercè como por Corpus, que salíamos el día antes para ir a saludar al obispo, al capitán general y al gobierno militar. El día de la Mercè, como éramos cuatro gatos, nos llevaban a comer al Comedia Club, allí en Diagonal con Gran Vía. Estábamos los Gigantes de la plaza Nova, los de Sant Pere de les Puel·les y los del Tibidabo, además de nosotros, que llevábamos los de la Ciudad y los cuatro del Pi. Por Corpus, allí donde fuéramos a bailar nos daban un sobre de dinero para el Pi y para la Ciudad, que nos servía para pagar la comida. Y, cuando tenía que repararse algo, no había problema: el Ayuntamiento llamaba a Casserras y él bajaba y lo arreglaba.

¿Tiene alguna anécdota de la época del alcalde Porcioles? ¿Y de Socias Humbert?
—Hombre, unas cuantas. Mira, con Porcioles de alcalde, yo iba al Ayuntamiento a hablar con Xavier Mulet, el jefe de protocolo, y le decía que tenía que subir al Poble Espanyol a mirar como estaban los Gigantes de la Ciudad, porque se guardaban allí. Miraba qué tenía que hacerse, buscaba presupuestos y me lo pagaban. Después del Poble Espanyol, se guardaron en las Drassanes y yo tenía la llave, porque en aquella época todo se basaba en la confianza. Y, al cabo de unos años, volvieron a Montjuïc, a la calle de Lleida. De la época de Socias Humbert, la última de la dictadura, no hay mucho que destacar.

Entonces, ¿era usted el responsable de los Gigantes de la Ciudad?
—Durante muchos años, en tiempos de Franco, fui el responsable, sí. Antes el jefe de la colla era Valls, que solo quería tocar dinero y Mulet ya no quería darle más. Luego, hubo un año que fuimos muy pocos y vinieron los portadores de gigantes de Mataró y Terrassa a ayudarnos.

Porque, aparte de lo que les daban en las salidas o de lo que recogían con la barretina, ¿de dónde salían los recursos?
—Íbamos a hablar con el Ayuntamiento. Sé que los Gigantes de la plaza Nova también estaban bien considerados, porque íbamos juntos con Xavier Cordomí a pedir dinero. Con la llegada de la democracia y la creación de los Gigantes del Raval, se unió a nosotros Quique. Con él ya éramos tres colles en el distrito de Ciutat Vella, porque a los de Sant Pere de les Puel·les ya no les dejaban salir. Fuimos a hablar dos veces con los párrocos y no cedían. Y eso que a uno le dije: «Oiga, hable con el párroco del Pi, que allí no nos ponen ningún impedimento». Pero nada. Y, con el tercer párroco, ya se abrieron los gigantes y se volvieron a sacar.

¿Cómo fue la transición a la democracia?
Marta Tatjer fue el primer cargo político que se encargó de las fiestas y nos pidió que alguno de los que estábamos allí en aquellos momentos fuera a ayudarla. Entonces Francesc Fabregat, que era el primer presidente de la Coordinadora de Geganters, entró en el Ayuntamiento. Y después Xavier Cordomí. Yo, como estaba bien en mi trabajo, pensé que prefería no entrar. Y en aquellos años ya se abrió más el abanico de las fiestas. En 1982, Leopoldo Pomés [el fotógrafo que murió hace poco] nos hizo ir a la inauguración de los Mundiales de Fútbol. Y, después del 1985, ya empezaron las subvenciones. El cambio supuso pasar a hacer proyectos, subvenciones, justificantes… Y, actualmente, ya tienes que presentar todo el proyecto.

¿Qué cambios vivieron las entidades con los primeros ayuntamientos democráticos?
—Antes no había distritos, estábamos repartidos con alcaldes de barrio. En vez de ir al ayuntamiento central, pasamos a tener que ir a hablar con los concejales del distrito. Entonces todos los barrios quisieron hacer su fiesta y cada zona se fue organizando. Aparte de Gràcia, la plaza Nova, Sants y Hostafrancs, no había muchas fiestas. También cambiaron los técnicos del barrio. Tuvimos uno al que enviamos a freír espárragos, pero luego ya vino Toni Estopà, que nos ayudó. En el barrio del Pi, unos años más tarde, conseguimos crear las fiestas de san José Oriol.

¿Y la relación con los alcaldes?
—Con Narcís Serra, ya empezaron a pedirnos más papeleo, pero no podíamos quejarnos. Con Maragall, hemos tenido buena relación. Clos incluso nos dio la Medalla de Honor de la Ciudad; fuimos la primera colla en recibirla. Coincidió que también teníamos a Katy Carreras en el distrito, que nos ayudó muchísimo en el cuarto centenario de los Gigantes del Pi.

¿Y qué pensaba la colla de la nueva Mercè?
—Hombre, nos hacía mucha ilusión. Hay que tener en cuenta que solo salíamos por La Mercè, por Corpus, en el barrio de Hostafrancs y en algunos barrios donde nos llamaban. Los gigantes no salían mucho y todo el mundo iba a verlos con mucha ilusión. Cada vez que había una salida, yo tenía que hacer la ronda de llamadas a todo el mundo, hacía la lista de portadores y quedábamos en el Pi. También, en los ochenta, se amplió el calendario e íbamos a Esparreguera, Terrassa, Cardona… Y de Mataró también nos llamaban mucho para ayudarles, porque teníamos una buena amistad.

¿Pero notó algún cambio en la fiesta entre antes y después de la democracia?
—Sobre todo, pasamos a celebrar más fiestas. Con Cordomí, hablamos de recuperar la fiesta de Santa Eulàlia. Además, creamos a la Coordinadora de Ciutat Vella. Entonces, en el archivo del Pi, encontré unos papeles antiguos que explicaban la Mulassa, el Drac… Y le dije a Cordomí que teníamos que hacer algo. Así que él empezó a crear una colla de diables de la plaza Nova para el Correfoc de La Mercè, que era una fiesta que preparábamos con muchas ganas. Mientras, yo le propuse rehacer el bestiario, una figura cada uno. Pero decía que no tenía gente. Nosotros seguimos adelante con la Mulassa. Era la primera del bestiario.

Y luego vino el resto.
—Sí. Entonces hicieron el Drac, que tenía más culo que ahora y se lo cortaron. Cordomí no sabía si hacer la Àliga o la Víbria, pero cuando vio el Drac tan grande, quiso hacer la Àliga más pequeña. Después ya hizo una más grande. En la segunda serie, el Raval hizo el Bou, plaza Nova, la Víbria, y nosotros, el Lleó.

Años después nació el Séquito Popular. ¿Cómo fue? ¿Cómo se creó?
—Dijimos que teníamos que hacer el conjunto, todo el Séquito, y que tenía que ser una cosa coherente y antigua, como en Tarragona. Después entraron los Cavallets Cotoners, la Tarasca, los Gigantes de Santa Maria del Mar, el Baile de Bastons del Séquito y los Falcons. La idea era tener una representación de todas las facetas de la fiesta. Xavier y Francesc, que estaban en el Ayuntamiento, acabaron montando el Toc d’Inici. Aquí ya me despreocupé.

¿El Séquito es la culminación de este cambio?
—Hombre, para mí sí. El cambio habrá podido hacerse mejor o peor, pero ha ido bien. El montaje del Séquito era necesario, porque antes de la República existían las figuras, pero no se sabe cómo actuaban fuera del Corpus. Que haya podido mantenerse durante veinticinco años ha sido un trabajo bastante potente, que da un aspecto de fiesta mayor tal como debe ser: un pregón con su Toc d’Inici, la representación de todos los bailes, los desfiles para ir a misa y volver, y la gran cabalgata de la tarde, el acto más querido. Sobre el Toc d’Inici, nos preocupaba que los bailes se hicieran demasiado largos, pero, si te fijas, en todas partes tardan mucho más en hacer los bailes que nosotros. Y no pasa nada.

¿Cómo han cambiado los actos de La Mercè en estos cuarenta años del nuevo modelo?
—Lo que ha cambiado menos es el día de la Mercè, que, al principio, era el único día que salíamos. Como éramos pocos, al volver de misa todos los gigantes bailábamos en Sant Jaume. Hasta que llegaron los castellers y ya se complicó la cosa. Por la tarde se hacía la Cabalgata. Íbamos por el paseo de Gràcia, de Gran Vía a la Diagonal. Había tribunas de hierro y madera con sillas, y de ahí salían carrozas y los gigantes que hubiera. Años más tarde, ya se amplió con las colles que iban surgiendo en los barrios. E incluso íbamos a hacer la cabalgata a Montjuïc. Puesto que llevar todas las figuras hasta allí costaba mucho dinero, la cabalgata pasó a celebrarse en la plaza de Catalunya, acabando en la plaza de Sant Jaume. Después ya se salía de la calle Pelai. En los años noventa, del paseo de Gràcia y la plaza de Catalunya. Y ahora, se ha vuelto a Pelai otra vez.

En los años ochenta, se pasó de seis parejas de gigantes a más de veinte. ¿Cómo se gestionó ese boom?
—Todo ese aumento fue a partir del año 1982. Está muy bien que cada barrio quiera negociar con sus vecinos y crear los gigantes para su fiesta.

¿No hubo recelos?
—No; de hecho, montamos la Coordinadora de Geganters para que todos los barrios tuvieran una fiesta más grande, con sus gigantes. Estaban los de Sant Andreu, Gràcia, Sants y el Clot, el Guinardó, Sarrià, la Marina… Había mucha colaboración. Eran pocas salidas, pero el día que salías se organizaba una salida grande. Yo cogía el camión y llevaba todos los gigantes a todas las fiestas. Nos pasábamos varios días trasladando gigantes. En aquella época, aprovechando que Ferran Mascarell estaba de director del ICUB, entre Francesc Fabregat y yo conseguimos hacer bajar a los Gigantes de la Ciudad de la calle de Lleida a la Virreina. Le dijimos que pusiera una vitrina, que así siempre tendría una exposición. También aprovechamos para hacer el traspaso de los Gigantes de la Ciudad del departamento de Protocolo al de Cultura.

Actualmente los gigantes gozan de gran popularidad en la fiesta.
—Creo que quienes tienen que desfilar son todos los gigantes de la ciudad, de todos los distritos, porque es la fiesta de la ciudad. Eso sí, debería intentarse invitar cada año a distintas colles de fuera. En el transcurso de los años, se han probado muchas cosas y lo que gusta más a la gente son los gigantes y el bestiario. Es lo más tradicional de Barcelona. Y eso no impide que haya bailes de bastons, de cercolets

De hecho, durante muchos años se celebró la Cabalgata Mediterránea con culturas de todas partes.
—Sí, era ideal para los gigantes o grupos de cultura que vienen de fuera y que no salen el día de la Mercè. Cuando el día de la Mercè cae en domingo todos los gigantes quieren venir y por eso iba bien que se hiciera la Cabalgata Mediterránea en fin de semana: podíamos llevar gigantes de fuera sin que importara qué día era la Mercè. Algo que también daba mucha sensación de fiesta eran las bandas. La de la escuela Pare Manyanet no ha fallado casi nunca, pero la Banda Municipal se quejaba de tener que caminar y ahora solo sale por la mañana.

¿Y cómo veis La Mercè de hoy?
—Yo suprimiría algunas cosas, porque lo que no sea cultura popular podemos hacerlo cualquier otro día que no sea el 24. Y para La Mercè tendríamos que trabajar en lo que nos es propio. Aparte de eso, las fiestas están bastante consolidadas y funcionan bastante bien.

¿Cuál es el momento que más le gusta de La Mercè?
—Hombre, el Toc d’Inici. El desfile y la salida desde la Virreina y los bailes en Sant Jaume, para mí, son lo que nos es más propio y lo que más valor tiene de la fiesta. Es la actuación más especial de los miembros del Séquito, además del día de la Mercè, que es el día más nuestro y el más esperado del año.

Para terminar, ¿de dónde le viene el apodo de Iaio («Yayo»).
—Resulta que un día, cuando yo era jefe de los monitores del esplai, fuimos a una casa de colonias y los chicos, que no tenían tele ni nada, se entretenían poniendo cubos en las escaleras para que los monitores tropezáramos. Y yo, que ya lo sabía, no caía en las trampas. Y un día hubo uno que saltó y dijo: «Este parece un yayo, lo sabe todo». Y como «Iaio» quedé.