Barcelona Cultura

Titanes del Grec. Wajdi Mouawad, Àlex Rigola, James Thierrée, Mario Gas


10 Julio 2017, 12:45

La mitología habla de los titanes como de unas divinidades enormes previas a los dioses olímpicos, nombre adecuado para los grandes nombres del teatro actual, puesto que a menudo son incrédulos y saben que de los dioses no te puedes fiar. Por el Grec 2017 ya han pasado figuras gigantescas como Simon McBurney y Dimitris Papaioannou, pero todavía nos quedan cuatro para rendirles homenaje, ya que a los titanes no se los adora como a los dioses.

Wajdi Mouawad
Nacido en Beirut en 1968 y emigrado a Quebec a finales de los años 70, el dramaturgo, director y actor libanés es sin duda el hombre de teatro europeo del momento. Incluso me atrevería a decir que del siglo xxi. La tetralogía 'La sangre de las promesas', que hemos podido ver en Barcelona gracias a Oriol Broggi y Raimon Molins, nos ha puesto delante de un autor épico, enérgico, capaz de reinventar la tragedia griega como nadie –también es un novelista espléndido, que nos heló el corazón con 'Ánima' (Destino)–. No en balde, es un apasionado de Sòfocles. Hace unos años, en una entrevista me lo explicaba: “Lo que me sorprende de él –afirmaba Mouawad– es su obsesión para mostrar cómo lo trágico cae sobre quien, cegado por él mismo, no ve su desmesura. Esto me impulsó a interrogarme sobre qué no veía de mí mismo, sobre qué no veía nuestro mundo de él mismo, este punto ciego que podría, revelándose, rasgar la trama de mi vida. ¿Qué me habría pasado si me hubiera quedado en el Líbano? Mi familia y yo nos fuimos antes de la masacre de Sabra y Chatila[1982], cometida por las milicias cristianas de las que yo soñaba formar parte cuando era un niño. ¿Me habría sumado a ellas? No puedo sobrestimarme”.
Mouawad dejó el Líbano y se estableció en Francia, para después volver a irse a Quebec. Ahora hace una década que está de nuevo en Francia, entre Toulouse y Nantes, primero, y ahora en París, donde dirige el Théâtre de la Colline. La primera vez, dice, que elegía él mismo el destino de su vida. “Es extraño pero en realidad tengo tres exilios dentro de mi cuerpo”, comenta. Y añade: “Mi trabajo se sitúa precisamente en el punto entre la memoria y la deriva de la memoria. ¿Recuerdo o pienso que recuerdo? ¿Fantaseo? Aquí hay casi una especie de doble exilio. Hay el exilio tal como es y después el exilio de uno mismo, de ser incapaz de estar seguro de todo lo que he sentido”.

Àlex Rigola
Este barcelonés de 48 años, ex director del Teatre Lliure, ex director de la Bienal de Venecia y director de los Teatros del Canal de Madrid, acaba de escribir una frase de Lorca en su casa: “¡Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro! No vale silbar en las ventanas”. Y podemos afirmar que él, desde que estrenó 'Titus Andrònic' en el Lliure de Gràcia, no se ha dedicado a silbar por la ventana. Entiende el teatro como una obra de arte viva y no tiene miedo de nada. Fue capaz de llevar a escena, en Barcelona y en Berlín, el '2666' de Roberto Bolaño. E 'Incerta glòria', de Joan Sales. Dos novelas que, sin más, ya dan forma a una manera de entender el mundo y el arte.
En los últimos tiempos, Rigola ha dirigido unos espléndidos 'Público' (Lorca), 'Ivánov' (Chéjov) y 'Maridos y mujeres' (Woody Allen), y recordamos aquel 'Santa Juana de los Mataderos' (Brecht), que lo convirtió en el mejor director joven europeo en Salzburgo, o el 'Rock'n'roll' de Tom Stoppard. Ahora, dice, apuesta por un teatro más íntimo, más cercano, más desnudo. Así lo afirma: “El oficio de actor es casi imposible. La repetición diaria, manteniendo unos niveles de verdad, cada día con el mismo texto, es casi imposible. Es de locos. Hacen un trabajo que pide enfrentarse contra lo imposible: el ser humano tiende a la recta, al ahorro máximo de energía. Y esto sucede siempre, en todo. El problema de la repetición es que tiendes a hacer los mínimos. Los actores tienden a mantener el texto, cuando para mí es mucho más importante que el actor esté vivo. Prefiero que pierda el texto que lo contrario. Una de las cosas que tiene que suceder también es que el actor debe explicar cómo se siente, cómo se siente el personaje”. La vida en el teatro.

James Thierrée
Nacido en Lausana el 1974 es uno de los creadores escénicos más sorpresivos del panorama europeo. El adjetivo de “inclasificable” le va corto de todas todas. Hace diez años, con 'La Veillée des Abysses', ya dejó a todo el mundo boquiabierto en su paso por el Teatre Nacional. Hace seis, pasó lo mismo con 'Raoul', en el mismo teatro. Y hace tres, 'Tabac rouge' hizo enmudecer el Principal de Terrassa. El genio le viene de familia. Es hijo de Jean-Baptiste Thiérrée y Victoria Chaplin, nieto del actor Charlie Chaplin y bisnieto del dramaturgo norteamericano Eugene O'Neill. Empezó a actuar a los cuatro años con la compañía de sus padres, Le Cirque Imaginaire, denominada después Le Cirque Invisible. No hace nada y lo hace todo: circo, danza, teatro y una capacidad de emocionar innata.
Thiérrée intenta construir espectáculos muy cargados de sentido, pero con un sentido abierto. Cuando estrenó 'Raoul' en el TNC me decía: “Es como si utilizara colores muy fuertes en los que los rasgos no están totalmente definidos, pero con trazos muy marcados para que haya un impacto en la retina, en los oídos, en el espíritu de la gente”. Sus espectáculos son pura poesía visual, con el cuerpo, su cuerpo, convertido en una herramienta de trabajo fungible y moldeable, poética. ¿Qué es para él, la poesía? “La poesía rehuye a quién la quiere cazar. Es una criatura totalmente independiente y salvaje. Se presenta dentro de las cabezas de los espectadores en el momento más inesperado. Se presenta en mis sentimientos. La poesía es una bestia salvaje, no es controlable, fabricable... Yo nunca he intentado obtener la poesía. Busco cosas muy concretas, sentimientos muy concretos y me digo que quizás en algún lugar hay un invitado que llega de golpe y que se llama Poesía”. Touché.

Mario Gas
Hablar del Grec y de Mario Gas es como hablar de palabras sinónimas, y aún más si queremos hacer una alegoría de los titanes. Él estuvo en la comisión que puso en marcha el festival, en 1976, y es en buena parte responsable de la modernización del teatro catalán y español de los años 70, 80 y 90. Nació en Montevideo por “accidente” el 1946 y creció en el barrio de la Ribera. Ha hecho de todo, en esto del teatro, desde dirigir festivales, como el desaparecido Festival de Tardor de Barcelona (1988-1991) o el Teatro Español de Madrid (2004-2012), pero también el Condal barcelonés y el Saló Diana. Y entró en el imaginario colectivo gracias a 'Sweeney Todd' y 'Guys and dolls'.
Mario Gas es, en cierta medida, la encarnación del hombre de teatro barcelonés por excelencia. Antes de hacer de Julio César en el Romea, hace cuatro años, me reconocía que le gusta todo: “Me gusta mucho hacer de actor, me gusta mucho dirigir, programar, y también mucho no hacer nada, aunque parezca mentira”. Y es de los pocos que no ha tenido miedo del poder. “¿Quién no ha tratado con el poder? –nos preguntaba–. Cualquier ciudadano recibe las acciones benefactoras del poder y las acciones más destructivas del poder...” Él estaba al frente del Español cuando a Pepe Rubianes le cayeron palos antes de hacer el Lorca eran todos. Plantó cara y estuvo a punto de dimitir. En el Grec dirige, ironías de la vida, el 'Calígula' de Albert Camus. “La tragedia es el enfrentamiento del ser humano con el destino”, nos dice ahora. “En la época griega, la tragedia hablaba del conflicto entre los humanos y los dioses sobrenaturales, pero en el siglo xx, estos se convierten en políticos, en los poderosos”, explica Gas.


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