Barcelona Cultura

Teatro y poder. Política en escena


22 Julio 2017, 15:23

 Por Andreu Gomila.

 
Hablar de la relación entre el teatro y el poder es como hablar de la historia de la humanidad. Los griegos ponían en escena su historia a través de los mitos, siempre con la rebeldía de los hombres contra los dioses en el centro de la tragedia, pero no se olvidaban de las disputas entre gobernantes, dentro de las familias, siempre con el argumento de ocupar el poder, y de las miserias y servidumbres de los gobernantes y los gobernados. Shakespeare se ríe del poder, pero también juega a su favor: todo el mundo sabe que escribió 'Macbeth' porque a la reina Isabel I de Inglaterra le convenía mostrar a los escoceses como seres malvados y crueles. Y podrían seguir desde Racine y Molière hasta Brecht, Camus, Pinter o Stoppard. En el ámbito catalán, tenemos a un dramaturgo, Jordi Casanovas, que no ha rehuido el tema en piezas como 'Pàtria' o 'Ruz-Bárcenas'.
 
En el Grec, tenemos cuatro obras en cartel que nos hablan del poder, en todas sus dimensiones. De entrada, Calígula, obra maestra de Albert Camus que Mario Gas lleva a escena. “En la época griega, la tragedia hablaba del conflicto entre los humanos y los dioses sobrenaturales, pero en el siglo XX, estos se convierten en políticos, en los poderosos”, explica Gas. Calígula, dice Gas, es “una tragedia contemporánea”, estrenada por el que sería premio Nobel de literatura, en 1945. Añade que tiene elementos de teatro del absurdo y “una gran profundidad nihilista”. “Mi Calígula no se enfrenta a los dioses sino a sí mismo”, matiza Gas. Aquí, el tercer emperador romano, Cayo Julio César Augusto Germánico, someterá a la población al terror como respuesta a su infortunio. Es el poder arbitrario.
 
En la misma línea, pero del lado de las víctimas, tenemos Troyanas, pieza de Eurípides que dirige Carme Portaceli, una directora, como Gas, que con frecuencia ha tratado al poder de tú a tú en sus puestas en escena. Las víctimas de la guerra entre griegos y troyanos, las mujeres que sufrieron la invasión del ejército de Agamenón, explican su desdicha. 
 
Más contemporáneo es el caso de No se registran conversaciones de interés, de Roger Bernat, que ha montado un espectáculo teatral a partir del caso de los once taxistas ceutís que se fueron a Siria a combatir con el ISIS. Ha tenido acceso a las conversaciones de los islamistas grabadas por la policía y nos las sirve en crudo, para que podamos escuchar los mecanismos “de seducción” de los yihadistas para hacer que personas normales y corrientes abandonen su familia y se vayan a la guerra. Bernat cita a Walter Benjamin, un gran teórico del poder del siglo XX, para explicar que “todo levantamiento fascista remite a una revolución frustrada”. Y aquí tenemos al nazismo, el franquismo, el fascismo de Mussolini...
 
Pau Miró, por su parte, ha recurrido al poder más cercano e íntimo del periodismo en Un tret al cap. El dramaturgo barcelonés habla de posverdad, de cómo nos llega la información, de cómo el poder la manipula, a través de una periodista veterana que acaba de ser despedida y una chica que le quiere vender una historia sobre una empresa alimentaria con prácticas nada éticas.
 
Roger Bernat nos dice que “el poder, o lo deseas o lo tienes”. No hay término medio. El teatro es de los pocos espacios que tenemos para hablar del tema sin intermediarios. El escritor Josep Maria Fonalleras decía en El Periódico que “el teatro es la representación de la vida ajena que se convierte en parte de nuestra vida, pero también puede ser vivencia extrema, sin el tamiz de la técnica”. Hablaba de la obra 'Claudia', la historia de la primera niña argentina que denunció haber sido raptada por la dictadura de Videla. En el Grec, tenemos a Cine, de la compañía madrileña La tristura, que habla de las adopciones ilegales producidas en España durante el franquismo y la Transición. “Solo tenemos que mirar qué ha supuesto en Argentina el tema del robo de bebés para comprobar qué poco caso le hemos hecho aquí, cuando allá se habla de 600 bebés robados durante unos pocos años a finales de los 70 y aquí estamos hablando de miles y miles de niños durante 40 años”, me decía Celso Giménez, coautor y codirector de La tristura. Porque el teatro también sirve para denunciar los abusos del poder. Ya lo decía Artaud: “El verdadero teatro, porque se mueve y utiliza instrumentos vivos, sigue despertando sombras donde la vida nunca ha dejado de abrirse camino”.
 

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