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El triunfo de la forma. Grandes tendencias del teatro europeo contemporáneo

Vie 12/01/2018 | 11:47 H

Por Andreu Gomila

El teatro contemporáneo es poroso como una esponja: asume los cambios tecnológicos, se adapta a las nuevas corrientes artísticas, al pensamiento, y los filtra para derramarlos encima de la escena, sin olvidar que es un arte con una tradición de más de 2.500 años de historia. Michel Foucault dice en 'Las palabras y las cosas', sin embargo, que el teatro fue el último arte que entró en la modernidad, más concretamente, en la abstracción. Y es, quizás, el único ritual que nos queda como sociedad contemporánea: el hecho de acceder a un espacio normalmente cerrado, sentarse en una butaca, permanecer en silencio y disponerse a contemplar una ficción que representan personas como nosotros travestidos en personajes. Pero el teatro contemporáneo hace al menos 50 años que evoluciona y hoy en día tenemos a nuestro alcance todo tipo de teatro, con expresiones dominantes, otras emergentes, con la forma como epicentro. No se trata de que dices, sino de cómo lo dices.

Teatro documental: es tal vez la tendencia que más ha evolucionado y más nos ha impresionado en los últimos años, gracias al trabajo del suizo Milo Rau. Aquí, en Barcelona, ??tenemos una de las compañías internacionales que mejor ha levantado documentos escénicos de gran poder visual, la Agrupación Señor Serrano. Tanto uno como los otros revuelven la historia reciente para ofrecernos testigos, a menudo reales, servidos con una estética vanguardista. Y con la política como punto cero, siempre con un discurso ideológico muy poderoso. No nos olvidamos de mencionar a los madrileños La Tristura. A nivel textual tenemos, en casa, a Esteve Soler. Y, fuera, a Lucy Prebble.

Teatro irregular / interferencias: siguiendo la denominación brossiana para el teatro más experimental, quizás el que bebe de más fuentes, el que no tiene un punto de partida claro y diáfano, sino que surge de la imaginación más descarada, tenemos un teatro que mezcla texto, movimiento y contemporaneidad, con espectáculos multidisciplinares, choques visuales y estéticos. En Europa, es con el teatro documental, la tendencia más al alza, dominante en los festivales y, sobre todo, en Bélgica, Francia y Alemania. En Aviñón, lo denominan 'interferencias'. Hablamos de compañías como la catalana El Conde de Torrefiel y la belga Peeping Tom, del coreógrafo Jan Fabre, o de la compañía de Rodrigo García Carnicería Teatro.


Teatro de la experiencia: un ejemplo reciente de lo que denominamos teatro de la experiencia lo encontramos en un 'Living with the lights on', visto en noviembre pasado en el Lliure, donde el actor inglés Marck Lockyer nos explicaba su relación con la bipolaridad. El yo, pues, en el centro de la creación escénica, como contrapartida teatral a la dominante autoficción literaria, donde el autor se convierte en protagonista. A nivel europeo, quien mejor ha explorado los terrenos de la experiencia es la compañía belga Needcompany, que siempre incorpora las vivencias propias de la 'troupe' en sus montajes. Angélica Liddell también es una exponente vital, ya que su obra es su vida. Roger Bernat se sitúa por fuera (busca la experiencia del espectador), pero sin alejarse de su propia experiencia, aunque se mueve a la perfección entre esta corriente y el teatro documental. Fabrice Murgia y Helena Tornero son dos dramaturgos que podríamos incluir aquí.

Teatro de la desnudez: Àlex Rigola está llevando a cabo una nueva revolución teatral, tal vez puesta en marcha a primeros del siglo XXI por el argentino Daniel Veronese, comparable a la que protagonizó Peter Brook hace 50 años, en la que forma y fondo se funden en espectáculos donde desaparece el artificio para plantarnos delante intérpretes de carne y hueso que dan vida a textos clásicos. Es una evolución del minimalismo, pero sin la estética minimalista de pulcritud monástica. Requiere dramaturgias milimétricas, recogimiento y un trabajo de actores de vida o muerte, ya que todo es tan débil, tan frágil, que una chispa puede hacer saltar el castillo. Asume la humanidad del teatro.

Teatro cinematográfico:
el teatro visual por excelencia, el que aprovecha mejor lo que nos han regalado más de cien años de imágenes en movimiento y la tecnología escénica actual. El gran artista del género es, sin duda, el quebequés Robert Lepage, capaz de introducirnos en obras que son delirios visuales, experiencias cinematográficas en vivo. El argentino Mariano Pensotti, el inglés Simon McBurney, la brasileña Christiane Jatahy y el australiano Simon Stone, cada uno dentro de su singularidad, más artesanales, más íntimos, también nos ofrecen obras estereoscópicas.


Teatro épico-operístico: en este terreno se sitúan los más grandes del momento, también los mejor pagados, quizás los herederos contemporáneos del teatro griego, los grandes anfiteatros, con espectáculos totales, que utilizan todas las herramientas disponibles para sacudirnos, más cerca del pop que del rock y sin olvidarse de la dirección de actores, de los detalles que hacen teatro el teatro. Profundos y melancólicos, musicales y operísticos, poseedores de un importante 'background' cultural, épicos, son los grandes héroes del teatro del siglo XXI: el holandés Ivo Van Hove, la inglesa Katie Mitchell, el alemán Frank Castrof, el catalán Calixto Bieito, el suizo Christoph Marthaler y el libanés Wajdi Mouawad.

Antinaturalismo:
es el teatro que marcó los años 90 y que nació en Inglaterra, con nombres como Sarah Kane y Mark Ravenhill, y que un poco antes, en Francia, nos había hecho intuir Bernard-Marie Koltès. Teatro directo, incisivo, que explora la realidad contemporánea sin complejos. Una realidad dura de digerir y de mostrar. Una manera de escribir que ha evolucionado hasta el posdrama. Quien mejor ha llevado a escena esta corriente es el alemán Thomas Ostermeier con montajes que buscan degollar a los espectadores, uno a uno. No se trata de hacer un retrato de un momento, sino de darle la vuelta.

Teatro lírico: la compañía catalano-francesa Baró d'Evel, el suizo James Thiérrée, la belga Anne Teresa de Keesmaeker, los catalanes La Veronal y el griego Dimitri Papaioannou son los más potentes creadores de belleza escénica que tenemos. A menudo provenientes del mundo del circo o de las artes plásticas, construyen escenas de una capacidad de sugestión impresionante. Son los poetas del teatro contemporáneo, los reyes de las metáforas que van directos a la parte creativa del cerebro, los más artesanales, los que nos hacen volar con una polea, el trote de un caballo, una tela blanca.


Teatro de actores: el teatro como trabajo colectivo, nacido del cerebro de un director que piensa para sus actores a partir de un texto y la palabra que escuchará la audiencia. Los Cheek by Jowl de Declan Donnellan, La Perla 29 de Oriol Broggi, el lituano Oskaras Korsunovas, Lluís Pascual y Xavier Albertí se encuentran dentro de esta corriente que ha hecho evolucionar el concepto de espacio vacío de Peter Brook. Necesitan grandes actores muy versátiles, adiestrados en el teatro clásico, capaces de desgarrarlo y seguir unas pautas muy marcadas. Teatro de libreta y de laboratorio, de trabajo intelectual intenso en la sala de ensayo.

Teatro comunitario:
Jerôme Bel y Didier Ruiz son los más brillantes exponentes a la hora de crear pensando para comunidades determinadas. Hacen espectáculos, siempre desde su estética, a partir del material creado por gente no educada en el gesto, el movimiento o la palabra. Pueden ser adolescentes del Raval o los trabajadores del MoMA de Nueva York. Aquí se le llama a menudo teatro inclusivo y disfrutamos de una compañía de Banyoles, Escenaris Especials, capitaneada por la dramaturga Clàudia Cedó, que trabaja con personas en riesgo de exclusión social.

Teatro físico: la experiencia del cuerpo con el texto como disparador y el movimiento como medio de expresión, esto son, cada uno en su terreno, los escoceses Frantic Assembly y los ingleses DV8. Constructores de historias que hieren, que agujerean. Se trata, sobre todo, de dotar de significado a los movimientos, de ofrecer contenido, más allá de la abstracción. Son los semiólogos de la escena, muy críticos con la sociedad contemporánea y los más viscerales, ya que hacen pasar por el cuerpo dolor y belleza, inmensidad y pequeñez.


Teatro literario: la literatura, la novela, no queda al margen, sino que es el centro, de donde surge el pensamiento y la creación artística, desde donde se piensa la escena con todos los elementos que el teatro de hoy pone a su alcance. Estamos hablando del belga Guy Cassiers y del francés Julien Gosselin, que cuentan con una trayectoria marcada por el levantamiento de obras a partir de la narrativa de los siglos XX y XXI. Piezas frontales, discursivas, donde los intérpretes y la escena se colocan en dos planos, a menudo disgregados. Por complicado que parezca representar una novela, ellos no tienen miedo de afrontarla, de Joyce a Houellebecq.

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