Barcelona Cultura
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Los Grecs que nacieron en el año 1979, Joan-Anton Benach.

El inicio del Grec

Organizar un Grec en menos de cinco semanas: no creo que actualmente pudiéramos encontrar en la profesión teatral y en la Administración pública gestores dispuestos a una insensatez semejante. Por suerte, hay que añadir. En circunstancias normales, la improvisación acostumbra a ser una mala consejera. La «insensatez » se producía en 1979, año en el que el Grec fue, más que nada, fruto de un arrebato. Las primeras elecciones municipales de la democracia se habían celebrado el 3 de abril, pero la necesidad de articular el nuevo consistorio de acuerdo con el denominado Pacto de Progreso, que exigía consensuar el reparto de áreas de gestión y también el nombramiento de delegados de servicios, no permitió que las primeras actuaciones de gobierno se pudieran llevar a cabo antes del final de mayo. Normalmente, los Grecs comenzaban en junio o, como muy tarde, en la primera quincena de julio. El de 1977 había sido muy tempranero: se había inaugurado el 3 de junio y el de 1976, que marcó un hito histórico irrepetible para el teatro catalán, el 1 de julio, con aquellas 7 Horas de Rock que anunciaban la gran celebración autogestionaria.

El calendario político de 1979 legitimaba perfectamente la renuncia a cualquier temporada estival, sobre todo si se aceptaba el compromiso de estudiar un modelo de festival para ser implantado a partir de 1980. ¿Qué habría pasado entonces si no se hubiera hecho el Grec 79? Seguro que nada. Ni una queja. Ni una protesta.

En 1978 no se había hecho el Grec y esto añadía todavía más dificultades a la hora de pensar en poner en marcha a toda prisa la temporada estival de 1979. Puesto que se actuaba con un presupuesto prorrogado, la partida correspondiente al Grec era inexistente y, además, el recinto de Montjuïc y sus instalaciones se encontraban en una situación de abandono lamentable. A pesar de todo, los que nos estrenábamos como responsables de la política cultural del Ayuntamiento no habríamos sabido resignarnos a un segundo año consecutivo sin una temporada estival de teatro y música. Poco después de producirse el arrebato, este ya era irreversible. La decisión ya estaba tomada: habría un Grec 79.

Hay que decir que el hecho de que se conmemorase aquel año el cincuentenario del teatro de Montjuïc, inaugurado en el marco de la Exposición Internacional de 1929, no tuvo ningún tipo de incidencia en aquella decisión. Lo que sí la tuvo, en cambio, fue el hecho de que fueran dos periodistas los que estuvieran al frente de la Concejalía y de la delegación de servicios de Cultura. Tanto el concejal Rafael Pradas como yo mismo habíamos seguido en El Correo Catalán, y desde primera fila, las luchas y las reivindicaciones de la profesión teatral a partir de 1968. El Correo, junto con Tele/eXprés, eran los diarios que informaban con más regularidad y amplitud de la agitación que se vivía en el sector, desde la operación más simbólica, aunque no efectiva, que constituyó el Off-Barcelona, pasando por todas las tensiones que suscitó la creación y el funcionamiento de aquella criatura tan extraña que fue el Teatro Nacional de Barcelona y la huelga de 1975, preludio del movimiento asambleario del año siguiente.

Así pues, había en la Concejalía de Cultura una sensibilidad especial hacia las demandas de la profesión teatral, y al mismo tiempo se conocían muy bien las connotaciones que para algunos tenía la simple palabra Grec, todavía una palabra de guerra. A pesar de la crisis de la Asamblea de Actores y Directores, no se consideraban obsoletos los planteamientos que se habían elaborado para una alternativa del teatro en Cataluña, y la nostalgia de 1976 aguijoneaba el corazón de los que habían invertido más energías en la lucha unitaria del sector. Sin embargo, la historia era la que era, y la resurrección de los muertos no entraba dentro del programa del nuevo ayuntamiento democrático por más entusiasmo que este quisiera poner en su gestión.

De todos modos, parece claro que cuando desde el Área de Cultura, gobernada por el PSUC, se comunicó al equipo de gobierno la inminente puesta en marcha del Grec, la imagen de aquella temporada de 1976, con unas connotaciones prácticamente mágicas para algunos regidores no demasiado documentados, favoreció el soporte tácito a la «operación relámpago» que se pretendía. Activista y legalista al mismo tiempo, el primer ayuntamiento democrático alentaba las iniciativas que se pudieran tomar desde las diversas áreas, pero intentaba tomar precauciones para que no vulnerásemos una normativa con la cual no se estaba nada familiarizado. Recuerdo, por ejemplo, la irritación que suscitaba en los que luchábamos cada día contra reloj la demanda reiterada de los órganos centrales de concretar una programación que debía ser aprobada por el pleno municipal cuando todo estaba hilvanado a duras penas y sujeto a una frágil provisionalidad. De hecho, cuando el programa del Grec 79 estuvo acabado, solamente una alcaldada imperdonable hubiera podido modificar una coma. Íbamos con pies de plomo, pero pisando la política de los hechos consumados.

Al Ayuntamiento le costaría años y años convencerse de que solamente a través de un instituto o un organismo similar se podrían gestionar los asuntos culturales con la autonomía imprescindible. Por entonces, muchas actividades se tenían que hacer contra corriente o, dicho sin eufemismos, contra la propia maquinaria municipal. Pocas veces tantos bastones hubieran querido trabar tantas ruedas. No fue fácil, en algunos casos, entrar en la lógica democrática que habría de invertir usos y costumbres. Con anterioridad a los años setenta, y durante una larga etapa, las temporadas del Grec se habían hecho por concurso público y se adjudicaban a quien ofrecía una programación más lucida con el presupuesto mínimo que garantizaba el Ayuntamiento. Algunos años, se habían establecido acuerdos con festivales de España. Después de tres años de inactividad desde 1970 hasta 1972, las tres temporadas siguientes fueron gestionadas por María Luisa Oliveda, que estableció los primeros contactos con grupos independientes y ofreció a lo largo de diez funciones una reposición memorable de Ronda de mort a Sinera por la Escola d’Art Dramàtic Adrià Gual (EADAG) que dirigía Ricard Salvat. En cualquier caso, el Ayuntamiento no se implicaba nunca en las temporadas estivales ni invertía un duro en publicitarlas. Y romper aquella inercia suponía entrar en un juego de ficciones que no podía ser más rocambolesco.

Como era obvio, el Ayuntamiento podía utilizar un recinto cuya propiedad poseía, pero para hacerlo, era necesario contratar al artista o artistas que debían actuar y, si el acto, representación o concierto era de pago, intervenir la taquilla para resarcirse de los gastos. Naturalmente, sin una sola peseta para contratar a nadie, teníamos que hacer como si el Grec y otros recintos municipales «se cedieran» a grupos de teatro y música a los cuales se dispensaba por decreto de pagar el canon preceptivo. Para conseguir la tranquilidad de espíritu de los servicios jurídicos de la casa, el Área de Cultura debía quedar como la buena samaritana que ayudaba a los pobres cómicos desvalidos, sin que hiciera falta mencionar que había una taquilla abierta, cuya recaudación, evidentemente, iba a parar a los artistas que actuaban. Con unos precios políticos pactados en cada caso, no creo que lo que acabaron cobrando la compañía o los artistas que actuaban fuese nunca equivalente o superior al cachet que tenían estipulado o a lo que razonablemente les habría correspondido. También es cierto, sin embargo, que solamente con la ocupación de un 33 % del aforo del anfiteatro de Montjuïc unos setecientos cincuenta espectadores muchos grupos conseguían una audiencia extraordinaria para lo que eran sus actividades habituales.

Sea como sea, con unas condiciones tan duras ya se comprende que el estreno de producciones pensadas expresamente para el Grec era del todo imposible aunque hubiese habido tiempo para prepararlas adecuadamente. El Grec 79 se inauguró el 9 de julio con la Antígona, de Salvador Espriu, en la versión que de ella había hecho el Grup d’Estudis Teatrals d’Horta bajo la dirección de Josep M. Segarra y Josep Montanyès. Se trataba evidentemente de una reposición, pero la respuesta del público, mucho más favorable de lo que se podía esperar a raíz de la miserable publicidad que tuvo el espectáculo, evidenciaba las ganas de participar en la temporada estival que había en algunos sectores del público local.No obstante, la Antígona de Espriu venía de un espacio marginal, es decir, de un centro de barrio que tenía una clientela limitada y, a pesar de los claros que hubo en las gradas del anfiteatro de Montjuïc, en dos sesiones el montaje de Segarra y Montanyès pudo ser visto por bastante más gente de la que lo había visto en Horta en régimen de temporada normal. Para otras reposiciones no era necesario, en cambio, buscar justificaciones de este tipo. El Grec 79 sirvió para revalidar, entre otros, los éxitos de Antaviana, de Pere Calders, con Dagoll Dagom; el de Sol solet, de Comediants; el de M-7 Catalònia, de Els Joglars; el del Hamlet, en la versión de Terenci Moix, etc. Todo el mundo se sentía feliz de poder ver o de volver a ver aquellos espectáculos, e incluso alguien afirmó que un Grec con reposiciones era lo mejor que se podría hacer.