25 años de Festival: 1976 -2001, Carlos González

La creación de un Festival

 

 

 

Barcelona celebró en el año 2001 el vigésimo quinto aniversario del festival de verano, el Grec. El 1 de julio de 1976 el Teatre Grec de Montjuïc acogía el primer festival Temporada, lo llamaron entonces celebrado en democracia, una fiesta escénica que tomaba el nombre del teatro inaugurado con motivo de la Exposición Internacional de 1929. Aquel Teatre Grec tenía un pasado marcado por las escasas representaciones (unos 160 montajes hasta 1975), el olvido de años sin funciones (veintiuno), la indiferencia municipal y los oficialistas Festivales de España. La titularidad municipal de aquel espacio disponía que el encargado de decidir las programaciones fuera el Ayuntamiento. Así, durante muchos años, las temporadas teatrales se adjudicaban por concurso público: programaba quien conseguía tener el mejor cartel con menos costes.

Unas semanas antes de que el Grec 76 alzase el telón, pocos podían imaginar que aquel festival acabaría celebrándose. La escasez de tiempo menos de cinco semanas para confeccionar el programa era la razón de ello. En febrero de 1975 la profesión teatral es irónico hablar de profesión con el paro que había en aquellos años fue a la huelga. Al margen de la situación de penuria que vivía el colectivo teatral catalán, existía un sentimiento de solidaridad con los compañeros de Madrid, también en huelga.Al final de año, además, el Teatro Nacional de Barcelona cerró sus puertas después de una lenta agonía. Se extendió entonces la idea de que el teatro debía comenzar a entenderse como un servicio público. Todo este capital el desencanto, la reivindicación sirvió a la profesión para redactar un documento, un texto que muchos consideran el primer intento de poner orden en la vida escénica del país y de planificar su futuro

 Y si hablamos de profesión, hemos de hablar de la Asamblea de Actores y Directores. Nacida bajo el signo de la politización y de la unidad ideológica y corporativa, la Asamblea, que agrupaba a los profesionales del mundo del teatro, nació en la primavera de 1976. Una de sus prioridades era intentar poner fin a la colonización teatral de la cartelera barcelonesa, programada y gestionada desde Madrid, por donde se paseaban compañías españolas con montajes insípidos que dejaban las salas vacías de público. En la Barcelona de los años setenta convivían dos maneras de hacer teatro: el comercial y el que, después de denominarse teatro de cámara, se ha conocido como teatro independiente. Es en este en el que militaba la mayoría de la profesión. Un teatro joven, entusiasta, valiente, rebelde; hecho con sacrificios y sesiones únicas. El programa fundacional de la Asamblea se recicló en la letra de unos Segadors muy teatrales: «Barcelona, ciutat gran / massa temps sense teatre / Per tenir-lo en llibertat / la professió vol combatre: / un cop de mà, un cop de mà, ciutadans democràtics… / El teatre que farem / va a favor de qui no mana / Cal que sigui popular / la cultura popular / No serà un teatre per rics / ni per quatre catedràtics / Serà un teatre sempre obert / als ciutadans democràtics» (Barcelona, ciudad grande / demasiado tiempo sin teatro / Para tenerlo en libertad / la profesión quiere combatir: / una ayuda, una ayuda, ciudadanos democráticos... / El teatro que haremos / va a favor de quien no manda / Tiene que ser popular / la cultura popular / No será un teatro para ricos / ni para cuatro catedráticos / Será un teatro siempre abierto / a los ciudadanos democráticos).

Aquellos días, el señor Esteve tuvo que compartir protagonismo en el mundo de las siempre ocurrentes aleluyas. Corría por los teatros de Barcelona L’auca dels actors parats o la cançó de l’enfadós. Dos actores, nacidos del trazo preciso de Perich y escondidos tras unas caretas, se dirigían a los ciudadanos. El texto, escrito por la misma Asamblea, formaba parte de una campaña de agitación ciudadana. Los actores querían que todo el mundo conociera cuál era su situación, y querían hacerlo en clave de humor: «Sobre nuestra situación, queremos llamar la atención. La Administración central ha cerrado el Nacional. De Madrid los empresarios nos birlan los escenarios. Y el buen burgués catalán prefiere especular. Los actores más honrados saben que han de luchar unidos. La profesión más activa prepara una alternativa. Y dado que quieren trabajar, la herramienta se les ha de dar. Un teatro municipal propio de la Ciudad Condal. Que los actores que tienen gracia apoyan la democracia. Incluso en el Sindicato nos hemos salido con la nuestra. Bien cogidos por las manos queremos salir triunfantes. He aquí la profesión, pidiendo vuestra adhesión».

Aquellos fueron días de trabajo, de mucho trabajo. La Asamblea preparaba su documento reivindicativo, un texto considerado por muchos el primer documento de política teatral, no solo en Cataluña, sino en toda España. En los papeles se solicitaba la creación de un Teatro Municipal de Barcelona, de un Teatro de Cataluña y la promulgación de una ley del teatro «adecuada a las necesidades actuales». Y una de estas necesidades era intentar poner fin al paro. La redacción de este documento fue una más de las acciones teóricas protagonizadas por los actores desde 1974. Con la llegada de la democracia, esta teoría empezó a ponerse en práctica. Y la práctica, entonces, pasaba por potenciar en Barcelona una temporada popular de teatro de verano.

Es así como, después de ponerlo en común, la Asamblea decidió hacerse cargo de la temporada del Teatre Grec, el que ha pasado a la historia como el primer festival de verano celebrado después de la muerte de Franco. La votación fue de 150 votos a favor, 45 en contra y 16 abstenciones. A pesar de que era un sector marcado por el individualismo, la profesión se hizo cargo del Grec de una manera autogestionaria. La justicia distributiva, el espíritu progresista y contestatario y la autogestión presidieron el festival. Era la primera vez y de momento, la última que los actores se hacían cargo de la organización del festival, aunque bien mirado, ya había habido un precedente muy lejano de este tipo de iniciativa autogestionaria, como señala Xavier Fàbregas en la introducción de Grec 76: al servei del poble (Editorial Avance), de Antoni Bartomeus. Recuerda Fàbregas: «En 1911 el Sindicato de Autores Dramáticos Catalanes dio a Barcelona dos temporadas que todavía hoy se destacan por su interés y vivacidad». Dos temporadas celebradas en el desaparecido Teatro Eldorado (plaza de Catalunya / Vergara).

La Comisión Gestora y Ejecutiva del Grec 76 estuvo integrada por Mario Gas, Jaume Nadal, Josep Maria Loperena, Josep Torrens, Ricard Salvat y Carlos Lucena. Una comisión que quiso dejar por escrito el significado de esta aventura: «Este año, la Asamblea de Actores y Directores de Barcelona se ha hecho cargo de la organización de la temporada del Teatre Grec. Dentro del panorama de nuestro teatro, la realización simultánea de estos espectáculos es, como ya sabéis, un hecho realmente insólito que solo puede explicarse a partir de la movilización de la profesión teatral barcelonesa por un teatro estable al servicio de la población de los Países Catalanes. [...] Así pues, esta campaña adquiere un significado que sobrepasa los límites de una simple extensión y se inscribe de lleno en los esfuerzos de la Asamblea de Actores y Directores por una renovación de nuestro teatro, lo que exige imprescindiblemente la participación de todos los estamentos de nuestra sociedad, dispuestos a colaborar en el restablecimiento de nuestra cultura».

1976. Sin cojines

 

Dicen del primer Grec celebrado en democracia que es un punto y aparte en el currículum del teatro en Cataluña. El primero que nos dejó escrita su opinión fue Manuel de Pedrolo, en el primer programa, de veinte hojas: «Nos debería parecer natural que un colectivo de actores y directores tenga en sus manos, sin mediaciones, la organización de una temporada. Pero no lo es todavía. Ahora se ha dado un primer paso, creo que podría desembocar en un teatro al servicio de nuestro pueblo, de esta cultura catalana que entre todos arrancamos de nuevo de las catacumbas y vamos renovando».

El texto de Pedrolo acompañaba al firmado por la misma Comisión Gestora y Ejecutiva, una presentación de la que hay que destacar dos ideas. La primera de ellas es el carácter insólito de la temporada del año 1976: «Por primera vez no es un empresario quien asume la organización, sino un colectivo que en poco tiempo ha dado muestras de una combatividad y de una imaginación inesperadas ». La segunda, por dónde iba el futuro: «Proseguir la mobilización a favor de un teatro estable, digno, al servicio de la población». El texto acababa reconociendo que «somos conscientes de las dificultades que supone un ciclo de verano. No esperamos, evidentemente, un éxito esplendoroso y tampoco creemos inevitable un gran fracaso. Sabemos que podemos contar, que tenemos que contar, como para tantas otras cosas, con la complicidad de nuestro pueblo».

El programa del primer festival en democracia fue decidido por la profesión. Y lo que hizo la profesión fue presentar textos prohibidos durante la dictadura y que requirieran repartos amplios. Y es que era necesario que trabajase el mayor número posible de profesionales. De hecho, una de las primeras decisiones fue fijar los sueldos. Prescindiendo de las escalas de sueldo establecidas por el convenio, los actores y los directores que participaron en el Grec 76 cobraron lo mismo: 1.175 pesetas diarias.

La profesión programó el Grec 76 fijándose en el modelo que durante tres años (1973-1975) había utilizado la empresa de Maria Lluïsa Oliveda en lo que fue la primera y última vez que la gestión privada se hizo cargo de la programación del Teatre Grec. ¿El modelo? Alternar sobre el escenario los espectáculos de teatro, los recitales de música y las coreografías de danza. La aventura de Oliveda de aquellos años permitió realizar teatro independiente en el escenario de Montjuïc y demostró que la gestión de este teatro se podía hacer, según la misma Oliveda, «con dignidad y con un mínimo de ayuda oficial». En total, se representaron veintinueve montajes, entre recitales, espectáculos teatrales y coreografías.

La música fue la protagonista del autogestionado Grec 76. De hecho, lo primero que se programó fue música. A las 9 de la noche del 1 de julio comenzaban a sonar las 7 Horas de Rock, ante la presencia de 1.100 personas. Entre ellas,Antoni Batista, que firmaba la crónica publicada al día siguiente en el Diari de Barcelona. Hablaba del teatro, del público, «que llevaba siete horas sentado sobre piedras y con los glúteos prácticamente destrozados puesto que nadie, nadie, compró una almohadilla», y mencionaba dos anécdotas: «El aplauso a Ajoblanco, recién multada y sancionada revista, y el agotamiento de las cervezas a media sesión. Rumores hablaban de prevención más que de falta de stock». También asistió al concierto Carlos Carrero, crítico del Tele/eXprés. Su crónica iba un poco más allá: «Por primera vez en el país, el rock y el teatro, el teatro y el rock, se han dado la mano, se han encontrado, se han conocido de cerca. Ya era hora. Porque el teatro necesita tanto de la aproximación a la plástica y a la estética y a la dinámica de la juventud, como el rock ha de asimilar las técnicas de expresión, luz, volumen, color y corporeidad del teatro». Este artículo se cerraba con una opinión que se ha revelado del todo cierta: «Por los jardines y paseos del Grec, perfectamente sonorizados, daba gusto vivir esas horas, siete, de rock, entre amigos y frente a ese escenario tan teatral que, por lo mismo, se descubrió como rockero al mil por mil».

De la necesidad de cojines y de algunas cosas más también habla el cronista Altirriba. El 6 de julio el Brusi publica el artículo «La sandía derrotó a la almohadilla »: «Contra aves de mal agüero, ha empezado la temporada musical y teatral más “democrática” de cuantas han sido organizadas desde la triste posguerra hasta nuestros esperanzados días. En solo dos sesiones 7 Horas de Rock y Manuel Gerena los muros del Teatro Griego se han sorprendido más que en cuantos años lleva funcionando. Las sesiones de la mini temporada mini pero abarrotada de actos están llenas de signos que configuran una nueva distinción- función pública del espectáculo. El éxito de la sandía el primer día se repartieron veintiocho y el fracaso de las almohadillas apenas se llegaron a alquilar cinco suponen, para algunos, la puesta en marcha de una nueva política cultural y es, para los más escépticos, un cambio cualitativo de público, un esnobismo. Pero no se puede negar una sorprendente entidad en la campaña llevada a cabo desde la organización hasta el servicio de bar y portería por la asamblea de actores y directores. La temporada ha comenzado sin autoridades y sin bombones. Todo discurso de presentación estuvo concentrado en una pancarta, la mascota: “Teatre i llibertat, temporada popular, per un teatre al servei del poble, la imaginació al teatre, per tots!”. Después de la libertad in situ vino el canto de libertad de Manuel Gerena. Cantó sentado, como en el corral, pero escandalizó a los carcas. Su garganta fue “ese pueblo mío que ya nadie lo pueee engañááá”. Se aplaudió el atrevimiento y el preciosismo. En el Griego se habla un nuevo lenguaje que va de la charanga a los carteles con ideología y que quiere ser reivindicativo. ¡Ahí es ná!».

Lo apuntaba Altirriba en su artículo y lo recogían otros diarios de la época: en el Grec 79, los miembros de la Asamblea hicieron de todo y más. Jaume Melendres escribió en el Tele/eXprés: «Los profesionales del teatro se ven obligados a realizar tareas de intendencia en esta empresa helénica que, por encima de todo, tiene un sentido teatral y democrático. Más bien debería decirse que, pegando carteles y vendiendo cervezas, los actores y directores están demostrando su alto nivel de profesionalidad.Vender cervezas puede ser, a veces, un acto tan artístico como necesario». Y destacaba: «Una empresa que, más allá de su currículum inmediato, es esencialmente teatral, que está destinada a promocionar no tanto el teatro en general como una nueva concepción y una nueva organización de la vida dramática catalana. Unos espectáculos cuya dimensión teatral se encuentra más en la grada que en el escenario».

 

La nota desagradable de la noche de estreno porque hubo una nota desagradable, la pusieron los inspectores de la BIS, los de la «social», que subieron al Teatre Grec y no precisamente a bailar. Lo leemos en los diarios: «Inspectores de la BIS se personaron en la oficina que centraliza la temporada popular del Teatre Grec, situada junto al bar, donde, tras observar la presencia de un paquete de ejemplares de la revista contracultural Ajoblanco, pidieron la presencia de responsables de la Assemblea. Los detenidos eran los que se encontraban allí en ese momento». ¿Y quién se encontraba allí en aquel momento? Pues Jordi Teixidor, Carlos Lucena, Jaume Nadal y Francesc Albiol. Cuatro actores que pasaron la noche en comisaría y tuvieron la asistencia legal de un abogado muy amigo, Josep Maria Gual.

Otro de los hechos que marcaron aquel primer Grec fue la manifestación que la gente del teatro celebró el mismo 1 de julio en la Rambla de Barcelona. «Los numerosos extranjeros que sobre las ocho de la tarde de ayer circulaban por las Ramblas», leemos en la crónica del Diari de Barcelona, «se quedaron tibios de hacer fotos al bullicioso grupo (unas 300 personas) de “gentes de teatro” que, debidamente autorizados, arrancaron del monumento a Pitarra (Ramblas mar) para llegar a la plaza de Catalunya en un acto de animación teatral explosivo y divertido. Se celebraba el inicio de la temporada del Teatro Griego, conseguido gracias al esfuerzo que partió de la Assemblea d’Actors i Directors y que supone la primera gestión colectiva y democrática de la profesión teatral del país». El artículo también habla de las pancartas, en las que se podía leer: «Teatre Grec 76, Temporada popular, Per un teatre al servei del poble, Teatre i llibertat. Per un teatre imaginatiu.» (Teatre Grec 76, Temporada Popular, Por un teatro al servicio del pueblo, Teatro y libertad. Por un teatro imaginativo). Las reinvindicaciones no se concentraron solamente en las pancartas. «Frente al Sepu se corea con fuerza lo del “Volem teatre popular” (Queremos teatro popular) y “Un teatre per al poble” (Un teatro para el pueblo). Ya en la plaza de Catalunya los organizadores solicitaron permiso del coche de policía que seguía la manifestación para dar la vuelta a la plaza y finalizar en las taquillas del Griego, situadas junto al cine Cataluña. Tras el trámite de comisaría, se concede. Junto a las taquillas, un actor lee el manifiesto de la Asamblea y se canta el Pujant a la Font del Gat con letra teatral».

La encontramos en las páginas del Tele/eXprés: Pujant a la Font del Gat, hi ha un teatre, hi ha un teatre. Pujant a la Font del Gat, al Grec d’aquesta ciutat. Pregunteu-li com se diu, temporada, temporada. Pregunteu-li com se diu, democràtica i d’estiu. Els actors de la ciutat, l’organitzen, l’organitzen. Els actors de la ciutat, que estan per la llibertat. Pugeu a la Font del Gat, que hi passa aire, que hi passa aire. Pugeu a la Font del Gat, l’aire de la llibertat. Subiendo a la Font del Gat, hay un teatro, hay un teatro. Subiendo a la Font del Gat, al Grec de esta ciudad. Preguntadle cómo se llama temporada, temporada. Preguntadle cómo se llama democrática y de verano. Los actores de la ciudad, la organizan, la organizan. Los actores de la ciudad, que están por la libertad. Subid a la Font del Gat, que allí corre el aire, que allí corre el aire. Subid a la Font del Gat, el aire de la libertad.

En el Grec 76, el escenario del teatro de Montjuïc acogió, al margen de las representaciones programadas, un montón de reivindicaciones. En la crítica del concierto de Elisa Serna y Luis Pastor publicada en el Tele/eXprés, Carlos Carrero nos presentaba una: «Se pidió masivamente, enésimamente, la dimisión de Viola [Joaquim Viola, el alcalde de Barcelona entre septiembre de 1975 y diciembre de 1976] y se protestó contra el Plan Comarcal, entre otros gritos ya característicos de estas veladas populares». Un grito, tarareado a menudo en aquellos días, que se sintió en el recital «Cantants de la revolució portuguesa», donde actuaron José Alfonso, José Luis Iglesias y Vittorino. Leemos a Carrero: «Hubo un momento, el mejor de la noche, en el que el público cambió la estrofa que repetía José Alfonso para entonar, siguiendo la fácil musiquilla, los gritos de “Amnistia, llibertat i estatut d’autonomia”, estrofa que se prolongó durante cinco minutos». Sin embargo, no todo fueron reivindicaciones en positivo. La campaña publicitaria encargada a un montón de artistas parece que no le gustó a todo el mundo: «En la tarde del martes [20 de julio de 1976] fueron cubiertas con pintura blanca una veintena de vallas colocadas en distintos puntos de la ciudad, y en las que un grupo de artistas pintores exhibían su desinteresado apoyo a la campaña teatral del Griego». El Ayuntamiento aseguró que la iniciativa pictórica no había sido suya. De todos modos, el responsable de Relaciones Públicas de aquella época, Antonio Catasús Muiño, dio una pista sobre el porqué. Para él era muy claro: «Las frases subversivas que figuran en las vallas». Entre los artistas que vieron sus carteles silenciados con pintura blanca estaban Guinovart, Romeu, Ràfols Casamada, Grimal, Puértolas y Pifarré.

Al margen de aquellas movidas 7 Horas de Rock, que juntaron a Pau Riba, los Iceberg, Oriol Tramvia y Suck Electrònic, en el Grec 76 también actuaron, entre otros,Manuel Gerena;Maria del Mar BonetJoan Isaac, Ramon Muntaner y Quintín Cabrera; los cantantes de la revolución portuguesa José Alfonso, el autor de Grândola, Vila Morena, José Luis Iglesias y Vittorino; Xavier Ribalta, Quart Creixent y Marina Rossell; Jordi Sabatés, Santi Arisa, Ia & Batiste, BAF y Rondalla de la Costa, en unas segundas 7 Horas de Rock; Raimon, que logró reunir a 4.000 personas; Elisa Serna y Luis PastorToti Soler, la Orquestra Mirasol Colors y Oriol Tramvia; las orquestas Plateria y La Principal de la FlorestaManuela VargasPere Tàpies y La TrincaJosé Heredia, y Lluís Llach.

Con respecto al teatro, la Asamblea decidió producir cuatro espectáculos: Faixes, turbants i barretines, de Xavier Fàbregas; El bon samarità, de Joan Abellan, con Alfred Lucchetti, Rosa Novell, Enric Majó y Joan Josep Puigcorbé; Roses roges per a mi, de Sean O’Casey, con traducción de Carles Reig y un reparto encabezado por Contxita Bardem, Josep Minguell y Rosa Maria Sardà. En castellano se presentaron Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga, de José M. Rodríguez Méndez. Se hicieron cargo de las obras direcciones tripartitas. Completaron la programación de aquel 1976 las Divinas palabras, de Valle-Inclán, que firmaba la Companyia Núria Espert y dirigía Víctor García; Tirant lo Blanc, una adaptación de Maria Aurèlia Capmany montada por la Acció Cultural Associació del Personal de ”la Caixa” y dirigida por Josep Anton Codina; Plou i fa sol, de Comediants; La Pau (...retorna a Atenes), del Grup Casal de Mataró; Les Trouvadours, de Robert Arnaut, y las actuaciones que ofreció el Ballet Nacional de Cuba en el Palacio Nacional de Montjuïc.

El Grec 76 finalizó el 1 de septiembre con el siguiente balance: veinticuatro días con espectáculos, 28.125 espectadores y 2.882.300 pesetas de recaudación. La hemeroteca, junto a las informaciones y las críticas de los espectáculos, nos trae el perfume de la época en forma de alguna pintoresca curiosidad, como la carta al director publicada el 31 de agosto y firmada por Rodolfo Sendra Cavero: «Sr. Director: con ruego de publicación y en gran estado de indignación le escribo esta carta después de contemplar durante dos horas largas cómo se atentaba contra la Patria y la Unidad Nacional en el lamentable espectáculo de Faixes, turbants i barretines, estrenado ayer en el Teatro Griego de Montjuïc. ¿Qué pretende realmente la Asamblea de Actores de Barcelona? ¿Qué oscuras manos mueven los hilos de sus movimientos? ¿Qué ocultos fines persiguen realmente los miembros que se escudan solapadamente en el anonimato? Durante casi dos meses hemos tenido que soportar cantantes de claro matiz separatista, cantes importados de países supuestamente democráticos como Portugal, unas obras que atentan claramente contra el orden establecido, el penoso espectáculo esnob y amoral de Núria Espert y, por último, estas Faixes..., engendro teatral que no puede pretender otra cosa que socavar los cimientos de la religión, la unidad entre los pueblos de España y que atenta al propio tiempo contra la sensibilidad del espectador. [...] Vivimos tiempos de apertura, y a todos nos gusta echar una canita al aire contemplando señoritas ligeras de ropa en las portadas de las revistas. Pero de aquí a provocar la desunión, fomentar el escarnio de la bandera y burlarse de principios tan elementales como los de patria, religión y moral bajo el pretexto de “un teatre al servei del poble” media un gran abismo».

El año 1976 fue el del primer festival celebrado en democracia. También fue el año en que se comenzaba a disolver la incerteza sobre el futuro del Teatre Grec. Ante él, un cielo claro, esperanzador.Maria Aurèlia Capmany hablaba en el año 1986 del teatro de Montjuïc y de lo que había pasado una década antes: «Un buen día, con los vientos democráticos, actores y directores decidieron resuscitarlo.No sé con toda seguridad si era una resurrección, porque muerto del todo no había estado nunca. Pero a veces también hay que resuscitar a los vivos que dormitan».

1977. Pan y ninots

 

 

El 3 de junio, el mismo día que en Roma moría Roberto Rossellini, comenzaba a caminar el Grec 77. La programación se abrió con Joana d’Arc, el matador del cavall blanc, un montaje creado por los combativos Bread and Puppet Theatre y dirigido por Peter Schumann. En el espectáculo se fundía fiesta y denuncia. De ello hablaban los anuncios publicados aquellos días: «El teatro como denuncia y como fiesta: circo, música, marionetas gigantes, acrobacia».

El 3 de junio, el mismo día que en Roma moría Roberto Rossellini, comenzaba a caminar el Grec 77. La programación se abrió con Joana d’Arc, el matador del cavall blanc, un montaje creado por los combativos Bread and Puppet Theatre y dirigido por Peter Schumann. En el espectáculo se fundía fiesta y denuncia. De ello hablaban los anuncios publicados aquellos días: «El teatro como denuncia y como fiesta: circo, música, marionetas gigantes, acrobacia».

El 3 de junio, el mismo día que en Roma moría Roberto Rossellini, comenzaba a caminar el Grec 77. La programación se abrió con Joana d’Arc, el matador del cavall blanc, un montaje creado por los combativos Bread and Puppet Theatre y dirigido por Peter Schumann. En el espectáculo se fundía fiesta y denuncia. De ello hablaban los anuncios publicados aquellos días: «El teatro como denuncia y como fiesta: circo, música, marionetas gigantes, acrobacia». A pesar de que el balance final del Grec 77 no fue demasiado positivo, el espectáculo inaugural sí que fue aplaudido por muchos. Joaquim Vilà es uno de los que lo hizo en el diario Avui: «Pan y ninots. El teatro es tan importante para el hombre como el pan. He aquí el inicio brillante de la Temporada Grec 77. El espectáculo de Bread and Puppet que abre la campaña municipal de teatro es extraordinario y cualquier persona que se interese por el hecho teatral no lo puede ignorar».

La programación de este segundo festival se alargó hasta el 14 de agosto, es decir, el Grec comenzó en plena campaña electoral estatal y se cerró con la formación del primer gobierno democrático de España en cuarenta años. El programa del festival desdoblado en dos escenarios: el del Teatre Grec y el de un puntualmente recuperado Mercat de les Flors lo volvió a firmar la Asamblea de Actores y Directores. Lo integraban poco más de veinte espectáculos. El teatro, a diferencia del Grec 76, dominaba por encima de la música y de la danza. El Grec continúa con la voluntad, firme y decidida, de desempolvar textos silenciados a lo largo del franquismo, condenados al ostracismo, como El labrador de más aire, de Miguel Hernández, que subía a escena el 11 de junio bajo la dirección de Jaume Nadal; la Primera història d’Esther, de Salvador Espriu, elenco de lujo y dirección de Ricard Salvat, y un buen puñado de poetas catalanes que se reunían bajo un mismo Home amb blues, con música de La Locomotora Negra y actores del Grup d’Estudis Teatrals d’Horta y la compañía Teatre de l’Escorpí. La atención a la cultura catalana también es una realidad. El duc Meu. Meu, de Xesc Barceló; Aigües encantades, de Joan Puig i Ferrater, y Rebombori 2, de Jordi Teixidor, son tres de las obras que se presentaron y que contaron con el impulso del Congreso de Cultura Catalana. Un texto clásico, Èdip, de Sófocles, con dirección de Josep Anton Codina, cerró la programación del Grec 77. A pesar de que, como decíamos, el teatro fue la disciplina artística más programada, no faltaron ni la música ni la danza. La actuación de Ovidi Montllor en el hemiciclo de Montjuïc fue un gran éxito.

 

La complicidad de la crítica teatral de Barcelona fue fundamental en estos dos primeros festivales. La crítica prestó apoyo en todo momento al Grec y a su celebración. De hecho, un grupo de profesionales firmó en 1976 su adhesión al proyecto puesto en marcha por la Asamblea, en una actitud, aseguran los mismos críticos, «que no se ha de entender como una renuncia del crítico a su independencia de criterio, sino al contrario, es esta independencia la que hay que salvaguardar y la que, en definitiva, ha de ser útil tanto en el resto de la profesión teatral como en el espectador». Firmaban el documento, entre otros, Joan-Anton Benach, Àlex Broch, Joan Castells, Salvador Corberó, Gonzalo Pérez de Olaguer, Josep Anton Vidal y Joaquim Vilà.

A pesar de esta sincera adhesión, la crítica no dejó nunca de hacer su trabajo. Y como muestra de ello, la crítica de Lucrècia Borja, el espectáculo que Josep Anton Codina dirigió en el Teatre Grec, que firmaba Xavier Fàbregas en el Avui: «Lucrècia Borja aburrió a la clientela y en la segunda parte el número de espectadores que abandonaban las gradas del Grec y se iban a dormir fue considerable. El jaleo final, con predominio de silbidos, ayudó a más de uno a quitarse el sueño. Y buena noche y tápate. De Lucrècia Borja, la “valenciana universal”, sabíamos tanto cuando entramos como cuando salimos. O sea, bien poca cosa».

En 1977 se realizaron los primeros, y tímidos, balances de prensa, una práctica hoy en día generalizada y que al final de los años setenta todavía era poco habitual. El Grec 77 fue una edición marcada por la situación política y el ambiente que se respiraba en la profesión. «Hay que advertir que la gran diferencia de interés, de vitalidad, de empuje, de público y de proyección entre la temporada pasada y la actual», escribía Jaume Comellas en el Avui. Los motivos los exponía en el artículo «Grec: molta més pena que glòria»: «Bozzo indicó cómo las desavenencias, ya surgidas durante el verano pasado entre las dos asambleas la anarquista y la de postulados políticos digamos más ortodoxos hizo que la fuerza de la profesión como tal para enfrentarse con un programa coherente y con todo el peso de la organización de dos meses de espectáculos quedase disminuida », «solamente un auténtico espectáculo interesante, el del Bread and Puppet. Después, un ir tirando como se podía, con dos sesiones de ballet totalmente indignas, con escasa presencia de la cançó, ningún espectáculo montado específicamente para la campaña el año pasado hubo tres y todos ellos sobradamente suficientes. Todo de una mediocridad extraordinaria». «Y el caso », asegura Comellas, «es grave». Y expone el motivo: «La campaña llevaba este tan desacreditado eslogan de “Un teatro al servicio del pueblo”. Un eslogan nacido hace un año, en un momento en el que estaba tan lejos como ahora del teatro, pero al menos entonces hubo un intento serio de llamarlo, de convocarlo, de motivarlo. Este año, ni eso. Unos millones de todos han servido para unos cuantos sensibilizados a los que tampoco se le ha hecho la boca agua. Y también habrán servido para que la nueva imagen de la Casa Grande pueda ganar prestigio con los veinticinco millones que han aportado a dos meses de mediocridad en el Grec».

Las palabras de Comellas en el Avui iban en la misma línea de las de Treball. También para hacer balance, el órgano del PSUC pedía un artículo al equipo de crítica Cul d’Olla 2: «No hay que decir que el marco político en el que tenía lugar el Grec 77», se asegura,«era diferente del de la experiencia anterior. Ir al Grec 77 no era igual, políticamente, que hacerlo en el Grec 76; ni tenía el mismo sentido. Pero también estaba en el ánimo de buena parte del público destinatario el hecho de que la actual gestión no tenía el sentido unitario o autogestionario que tuvo la anterior campaña. Además, la desunión entre la misma profesión que estaba al frente de la comisión responsable apareció a menudo en el transcurso de la actividad del Grec 77». «El fracaso de este Grec», sentencia Cul d’Olla 2, «no lo tenemos que calibrar solamente en función de la escasa asistencia ni del hecho de que un espectáculo fuese peor que otro, ni tampoco en la opinión de que no se comprende por qué determinados trabajos fueron programados. El fracaso de la actual gestión de la Asamblea de Actores y Directores es tal por haber programado una actividad pública como es el teatro sin un previo debate sobre aquello que ha de ser un teatro al servicio del pueblo».Un balance crítico que acaba haciendo referencia al saldo negativo del Grec 77: «Un saldo negativo no solamente en el aspecto económico, sino también en el terreno de la experiencia, del trabajo, de la gestión y del acercamiento del pueblo al teatro. Y esto es lo que es grave».

En el verano de 1978 las críticas no fueron buenas. Tampoco fueron malas. De hecho, no hubo críticas.Ni críticos, ni compañías, ni actores, ni espectadores... En el verano de 1978 no hubo Grec. Escenarios mudos, gradas desiertas, taquillas silenciosas... La profesión, que durante dos años había permanecido unida como nunca, acabó el Grec 77 dividida. La cohesión desapareció e hizo imposible un Grec 78. Fue necesario esperar hasta el verano de 1979 para volver a ver artistas por Montjuïc.Unos artistas que, desde entonces, no han dejado de visitarnos cada verano.

1979. Cinco semanas decisivas

 

 

En abril de 1979 se celebraron en España las primeras elecciones municipales de la democracia. La izquierda PSC y PSUC ganó en Barcelona. Se hizo cargo del Ayuntamiento el Pacto de Progreso, que, a pesar del poco tiempo de que disponía, decidió organizar un nuevo Grec. Así, en el verano de aquel año, mientras medio mundo estaba pendiente del cielo, de dónde debía caer el Skylab, el desvencijado laboratorio espacial de la NASA, los nuevos responsables del Grec pisaban tierra firme y ponían en órbita aquello de «...sóc d’una vella i cansada raça que ha peregrinat i ha escoltat » (...soy de una vieja y cansada raza que ha peregrinado y ha escuchado). Ponían en órbita la Antígona, de Salvador Espriu.Un fragmento del texto, este, que continúa diciendo: «Després del desert i de la set, una mà t’allarga una conquilla plena de l’aigua de la ciutat» (Después del desierto y de la sed, una mano de alarga una concha llena del agua de la ciudad). Sed pasaron mucha los nuevos padrinos del Grec, los responsables del Área de Cultura del Ayuntamiento, con el regidor Rafael Pradas y el delegado Joan-Anton Benach al frente. ¿Los motivos? La escasez de tiempo no más de cinco semanas para terminar la programación. «No abrir el Teatre Grec este año era lo fácil dada la penuria de tiempo con que hemos contado. Sin embargo, consideramos que la programación, a pesar de ubicarse en un marco de transitoriedad, servirá para dinamizar la vida cultural de la ciudad». Quien hablaba en las columnas de Mundo Diario, el día de la presentación del programa del Grec 79, era Joan-Anton Benach, delegado de Cultura del Ayuntamiento (véase el artículo en la página 85).

 

A pesar de todo, a pesar de la escasez de tiempo para programar, el espectáculo inaugural de aquel 1979 fue un verdadero éxito. Estrenada meses antes en Horta, la Antígona de Espriu podía ser vista en Montjuïc. Firmaba la versión el Grup d’Estudis Teatrals d’Horta; la dirección, Josep M. Segarra y Josep Montanyès. El elenco, numeroso, entre otros, Àngels Moll, Rosa Novell y Pep Munné. El montaje, repetimos, fue un verdadero éxito. El presidente de la Generalitat en aquella época, Josep Tarradellas, hizo referencia «a la muy digna, intensa y armónica representación del lúcido y poético texto de Salvador Espriu». El espectáculo, técnicamente, no era un estreno, pero al Teatre Grec, que entonces tenía una capacidad de 1.834 espectadores, subieron en dos días las funciones fueron el 8 y el 9 de julio 2.668 personas. El día de la inauguración fueron a Montjuïc 1.000 personas. Entre ellas, unas cuantas fueron noticia. Lo leemos en el Tele/eXprés: «Al margen del interés dramático del espectáculo, del rigor y el respeto ostensibles en su realización, vale la pena anotar por insólito el hecho de la presencia en la noche inaugural de la temporada de la Corporación Municipal, como quien dice en bloque». Una práctica que dejó de ser insólita para convertirse, desde aquel año, en algo habitual.

La crítica de La Vanguardia, firmada por José Luis Corbet, no solamente hablaba de eso. «Al margen del triunfal resultado artístico creemos que hay que reseñar dos hechos importantes en la noche inaugural de este Grec 79.Hechos que pueden condicionar el futuro de esta temporada, puesta en marcha de forma premiosa, pero creemos que eficaz, por el primer consistorio elegido democráticamente que rige nuestra ciudad en muchos años. El primer hecho, la presencia del propio alcalde,Narcís Serra, y de numerosos miembros de su consistorio en las gradas del anfiteatro. Y el segundo y más importante, a nuestro juicio, es que esas mismas gradas aparecían con una importante masa de público, que no solo mostró su entusiasmo por el espectáculo que se le sirvió, sino que además demostró una confianza en esa temporada o acaso en sus representantes, ya que ellos les eligieron, que la han puesto en marcha».

La celebración del Grec 79 fue posible, en gran parte, gracias al esfuerzo de Joan-Anton Benach. En muchos ámbitos se habla, de hecho, del «Grec de Joan-Anton Benach». El empuje necesario para subir el telón fue sobre todo suyo. «Como dijo el alcalde Narcís Serra en la presentación del ciclo del Grec la semana pasada», leemos en el Tele/- eXprés, «el hecho de que se abra esta temporada demuestra una voluntad política determinada por parte del nuevo ayuntamiento. Se podría, dijo, haber destinado la partida económica dedicada a Cultura a otras urgencias presupuestarias, pero no queremos que el dinero destinado a Cultura se despiste hacia otras finalidades».

 

 

En el ámbito artístico, la programación del Grec 79 fue comentada por Joaquim Vilà para los lectores del diario Avui: «Esta es la primera imagen del nuevo Ayuntamiento de Barcelona en materia teatral. Elaborada con precipitación no había tiempo para más, se ha conseguido una programación ecléctica que pretende contentar a todo el mundo. Para la ciudad de Barcelona los estrenos absolutos serán la superproducción de Esteve Polls y ”la Caixa” sobre Canigó; la versión de La tràgica història de Hamlet de Shakespeare; la visita de los Abrakadabra con Insecta Spectacula; los recitales Alberti-Espert; el espectáculo de Amancio Prada, Libélula; (...). No es un Grec puntero. Sin embargo, no se puede negar el valor de los espectáculos que conforman la programación. ¿Vamos?».

Además de ser el primer Grec organizado por el Ayuntamiento, el de 1979 ha pasado a la historia como el festival en el que se pudieron ver tres de los espectáculos que ya forman parte del imaginario escénico catalán: Antaviana, la aventura teatral que Dagoll Dagom emprendió sobre textos de Pere Calders; M-7 Catalònia, de Els Joglars de Albert Boadella, y Sol solet, de Comediants.

El balance del Grec 79 fue el siguiente: veintidós espectáculos, cuarenta y dos representaciones y 38.000 espectadores. Cifras que ayudan a hablar de éxito. En La Vanguardia podemos leer: «El departamento de Cultura es consciente, por tanto, de que el éxito de la presente temporada debe atribuirse, en primer lugar, al alto nivel artístico de los profesionales y grupos de teatro que han actuado en el Grec y al rigor con que han realizado su trabajo».

1980-1983. Flor de un día... y veinte años

 

«Dionisos, el dios alrededor del cual el teatro empezó a tomar forma en la antigua Grecia, ha sido el primero en tomar la palabra en la solemne apertura del Grec 80. De nuevo él ha invitado a la fiesta teatral a la ciudad y al pueblo, reunidos en torno a nuestro clásico escenario y representados por los más dignos notables, que, junto con los ciudadanos que llenaban las gradas, celebran en el esplendor de una noche veraniega el inicio de los festivales que toman nombre y sabor de la más cultivada antigüedad.» Son palabras con un sabor antiguo, desempolvadas de las hojas de El Correo Catalán. Las firma, en el mes de junio de 1980, su crítico teatral, Josep Urdeix. Lo hace para referirse a Les Bacants, la última tragedia de Eurípides y el primer montaje del Grec 80. El 16 de junio, 1.770 personas pagaron las 250 pesetas de la entrada para ver este espectáculo, dirigido por Ricard Salvat; un texto en el que, precisamente, se hace un homenaje a la inmortalidad del teatro. La elección de la obra fue, para muchos, acertada. Joaquim Vilà, crítico del diario Avui, escribe: «Estas Bacants marcan un camino a seguir. Ojalá reconcilien al gran público con los clásicos griegos. Unos amigos de toda la vida que deberíamos ver moverse más a menudo». Una representación que, para el crítico de Tele/eXprés Martí Farreras, significaba «un punto de partida brillante de esta temporada de verano».

Les Bacants representó, además, el debut de Biel Moll en la dirección del Grec, que ejerció hasta el año 1983. Cuatro ediciones en las que el Grec creció en presupuesto, en número de espacios, de espectáculos y de espectadores. Un crecimiento que vino acompañado, también, de la consolidación de un cambio de mentalidad.Maria Aurèlia Capmany, regidora de Cultura, reconocía en el año 1984 que el Grec «ya no es sólo un teatro, el Grec es una propuesta para vivir la entrada del verano en la plenitud de todas las artes escénicas».

 

Para inaugurar las diferentes ediciones de este período, al margen de Eurípides, se eligieron espectáculos dirigidos por Pere Planella (La bella Helena, de Häcks-Offenbach, Grec 81); Ferruccio Soleri (Arlecchino e gli altri, Grec 82) y Mario Gas (L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti, Grec 83). Poco a poco, el festival se fue dejando ver en más espacios de la ciudad. El año 1980 es el primero de la plaza del Rei, un escenario que ya no desapareció de la programación del Grec; un espacio medieval y mágico. En el año 1980 tiene lugar también el primer Grec en los jardines del Antic Hospital de la Santa Creu. La Casa de Caritat debuta en el año 1981, y el Turó Parc formó parte durante dos años de los espacios del festival (1982-1983) y se convirtió en escenario de teatro infantil. El Palacio de la Virreina participó en el año 1984 en el festival como sede de la exposición «El hombre y la máscara».

Pero vayamos paso a paso. El año 1980 fue un año de crecimiento. Después de las prisas y de la improvisación que presidieron la edición de 1979, el Ayuntamiento presentó un festival bien perfilado, bien armado. «El Grec ha de convertirse en el escaparate de lo que se haga durante todo el año». Lo decía en la presentación del festival Narcís Serra, el alcalde de Barcelona en aquella época. El regidor de Cultura, Rafael Pradas, añadía: «El Grec no será flor de un día en los proyectos teatrales del Ayuntamiento».Una afirmación que, por fortuna, se ha revelado del todo cierta.

La expansión física del festival también es artística. El Grec comenzó la década con un aumento importante del número de espectáculos: de los diecinueve programados en el año 1979 se pasó a los cincuenta y tres de este 1980. El crecimiento se llevó a cabo, también, con la voluntad de abrirse a la creación artística de otros países. El Grec 80 invitó a Barcelona a compañías y artistas para que presentasen sus trabajos. Solamente dos, pero sonados: Le Cirque Imperial, del Centre Dramatique de La Courneuve, y Misterio Buffo, de Dario Fo, a cargo del Colletivo Teatrale La Comune. En la programación no faltan, por supuesto, montajes catalanes. Entre ellos se encuentran Laetius, de Els Joglars; El mentider, en versión del Col·lectiu Ignasi Iglesias; Antoni i Cleòpatra, de Teatre de Trànsit, y Titus Andrònic, del Lliure.

 

El año 1980 fue el primero en incorporar el teatro infantil a la programación del festival. Otra novedad, y no es artística, la encontramos en forma de anuncio en los diarios del mes de junio: «los jubilados y los parados podrán beneficiarse de un 40% de descuento en el precio de las entradas». Del balance que Joan-Anton Benach hizo del Grec 80, que tuvo cerca de 90.000 espectadores, destacamos lo que Tele/eXprés denomina «fenómenos sistemáticos»: «Han comprobado [los organizadores del festival] que existen una serie de fenómenos casi sistemáticos como, por ejemplo, que el lunes es mal día y que todos los espectáculos del Grec han tenido más espectadores en la segunda representación que el día del estreno, y más el tercer día que el segundo». Una situación, para Benach, «que haría pensar en alargar la permanencia de los mismos si no fuera porque entonces disminuye la oferta».

El Grec 81 se inauguró con La bella Helena. La elección de este montaje, dirigido por Pere Planella, la explicaba Joaquim Vilà al Avui: «El Ayuntamiento ha abierto el fuego con La bella Helena, como una especie de pequeño homenaje a la gente del Teatre Lliure al final de su quinta temporada; cinco años de ir con un zapato y una alpargata, en la más desbaratada anormalidad, empeñados en hacer un teatro “normal” para un país “normal”».

Siguiendo los pasos de Helena, unos sesenta espectáculos.Vuelven a Barcelona los actores del Centre Dramatique de La Courneuve, y lo hacen con Lucelle. También se pasean por la ciudad La Celestina, de Fernando de Rojas en versión del Teatro del Aire, y Le Troiane, de Séneca, del Teatre Grec de Siracusa. El programa también incluye Chauffeur, al Palace! de Santiago Rusiñol y dirección de Adrià Gual;Medea, de Eurípides, a cargo de la compañía de Núria Espert y dirección de Lluís Pasqual, y El Príncep d’Homburg, de Von Kleist, en versión de la Companyia Adrià Gual y dirección de Ricard Salvat.

 

El Grec 81 fue el año de los cantautores. Grandes nombres de la escena musical actuaron en el festival, como Maria del Mar BonetLluís LlachJoan Manuel SerratNacha GuevaraCarlos Cano y Amancio Prada. La ópera también tiene su rincón. La serva padrona, de Pergolesi, y Bastiana, de Mozart, son los regalos que dejó en Barcelona la London Opera Ensemble. A estas dos piezas hay que añadir El barbero de Sevilla, de Rossini, dirigido por Mario Gas.

El Grec 82 presentó setenta y nueve espectáculos. La programación, arriesgada, se basaba en las compañías catalanas y apostaba por traer espectáculos de dimensión internacional. Cabe citar tres grandes nombres: Mario Gas, en la dirección de Madame Butterfly; Lindsay Kemp, con el Somni d’una nit d’estiu, y Fabià Puigserver, con El misantrop.

«El Grec 83 continúa evitando modestamente la calificación de festival. Y a pesar de todo, participa de eso que esta palabra, sin duda equívoca, significa hoy en muchas ciudades de Europa. Al mismo tiempo, el Grec es un vehículo de apertura y de proyección cultural de Barcelona, la oportunidad de que la ciudad esté integrada en los circuitos de festivales europeos ». Es una parte del programa del «vehículo » Grec 83. Una edición que sigue creciendo, acercándose ya al centenar de espectáculos. Se consolidan los cinco escenarios en los que se programan espectáculos: Teatre Grec, plaza del Rei, Casa de Caritat, jardines del Antic Hospital y Turó Parc. La edición de 1983 se cerró con Glups!, de Dagoll Dagom, un montaje estrenado un mes antes en Girona, dirigido por Joan Lluís Bozzo y que confirmaba la compañía catalana en la escena del musical. Aquel año se despidió el equipo que había hecho posibles cuatro ediciones del festival. En el año 1984 un nuevo equipo tomó las riendas del Grec.

1984-1985. Gassman y Casares

 

«Quizá alguien nos podría reprochar que el Grec 84 no ha adoptado un modelo único, ni un tema central, ni la predisposición a un fenómeno determinado de la cultura del espectáculo; alguien nos podría reprochar también que el Grec no es más que un cajón de sastre en el que encontraréis retales de muchos colores y de muy diversa estofa. Pero esto, que podría ser un defecto, puede tener, bien mirado, su encanto por dos razones concretas: la primera, la modestia de su presupuesto, la segunda, el convencimiento de que los seriales monográficos pueden interesar a una elite, pero que, a menudo, dejan indiferente a la mayoría de los espectadores ». Son palabras de Maria Aurèlia Capmany, nueva regidora de Cultura. Servían para hablar del Grec 84, el primero de los dos festivales que dirigieron a cuatro manos Joan Maria Gual y Josep Anton Codina. Fue la primera vez que el Grec tenía una dirección bicéfala; la primera y la última.

Gual y Codina se estrenaron con una ópera. El Grec alzó el telón con Rossini e Il turco in Italia. Mario Gas dirigió el montaje y explicó en El Periódico de Catalunya el porqué de esta elección: «Habíamos propuesto al Ayuntamiento montar Tosca o Rigoletto o Don Giovanni, que eran óperas populares. Pero la idea que tenían para este año era montar algo que no fuera de repertorio, para lo que, según el Ayuntamiento, ya está el Liceo».

El primer año del tándem Gual-Codina tuvo nombre propio:Vittorio Gassman. Los suyos fueron unos recitales de exhibición, en donde interpretó Informe per a una Acadèmia, de Franz Kafka; fragmentos de Kean, de Dumas, en versión de Jean-Paul Sartre; L’home de la flor a la boca, de Pirandello, y Les Picardies del Teatre, de Codignola. El precio para ver durante tres horas a Gassman fue de 600 pesetas. Esta era la tercera vez que el actor italiano visitaba Barcelona. Con anterioridad había representado El giocco degli eroi (Palacio de la Música, 1963) y DKBC (Teatro Romea, 1968). En Barcelona, Gassman, que entonces tenía 62 años, hizo teatro. Hizo teatro y lo definió. «El teatro es un arte simbólico y vagamente mágico en el que experimento la sensación de realizar pequeños milagros laicos», decía en una entrevista.

 

Nace el Grec 84 y aumenta hasta siete el número de escenarios. Se estrenan, como espacios, el barrio del Born, donde se programa circo, cine y teatro infantil; Els Quatre Gats, un local con mucha historia, en el cual se puede ver cine y conciertos de pequeño formato, y el Off Grec –La carpa, que invade el Parque de la Ciutadella con una programación ecléctica. En el año 1985, el Born y Els Quatre Gats salieron del programa. La apuesta se concentró entonces en el Parque de la Ciutadella, un parque que ofrecía escenarios y en el que se podía ver el programa del Grec Jove.

Del Grec de Gassman, que tuvo balances elogiosos, es necesario dejar escritos otros nombres: L’auca del senyor Esteve, de Rusiñol y dirección de Pere Planella; las Accions teatrals Col·lectives , de La Fura dels Baus; Bye-Bye-Show-Bizz, de Jerôme Savary, y Fedra, a cargo de la compañía de Paz Ballesteros.

El crítico Gonzalo Pérez de Olaguer calificó de preocupante la edición de 1985. Ante una oferta artística que se concretaba en 105 espectáculos, 300 actos y 6.000 localidades diarias, Pérez de Olaguer se preguntaba cuál sería la respuesta del público. «Este Grec 85», escribía en El Periódico, «aparece, a priori, demasiado suelto, falto de una espina dorsal, sin definir unos mínimos objetivos que den cierta coherencia a la programación. Y parece, más que nunca, desgajado del teatro y de la profesión local. Las mejores campañas del Grec han estado ligadas al teatro que aquí se hace, lo que en absoluto sucede este año, en que la mayor parte del Grec llega de fuera, y con una oferta falta también de atractivos».

En el año 1985, el Grec tuvo que bajar al purgatorio. El espectáculo inaugural, Orfeu als inferns, ópera bufa en cuatro actos de Jacques Offenbach que representó la compañía Théâtre Fontaine, no fue demasiado bien acogida. La crítica se hizo eco de la poca fuerza del espectáculo, que resultó más bien modesto. En El Periódico podemos leer lo siguiente: «Fue una inauguración lánguida, sin fuerza, porque el espectáculo resultó más bien modesto y al que el marco del Grec le venía absolutamente grande».

A pesar de la floja inauguración, en el Grec 85 se pudieron ver grandes montajes. Se pudo escuchar la voz de tormenta de María Casares. La actriz protagonizó La nuit de Madame Lucienne, de Copi, y dejó a la ciudad un vibrante testamento interpretativo. Salomé, de Oscar Wilde y dirección de Mario Gas; El roig i el blau, de Joan Oliver y dirección de Montserrat Julió, y Les alegres casades de Windsor, de Shakespeare y dirección de Pere Noguera, son tres de los espectáculos que se programaron. Uno de los invitados de lujo fue Merce Cunningham, uno de los padres de la danza moderna, que mostró sus Events en el amplio escenario del Teatre Grec.

1986-1987. “Más Grec que nunca”

 

El Grec 86 llegó a escena con una nueva directora.Marta Tatjer, la primera mujer que se hizo cargo del festival, dirigió dos ediciones. Programas artísticos al margen, estos fueron dos años destacados. Se estrenaron dos espacios importantes para el Grec: el Pueblo Español, que en 1986 dejó de ser una simple atracción turística para pasar a acoger los grandes conciertos del festival, y el Mercat de les Flors, que se incorporó en 1987. Después de acoger los antiguos Talleres Municipales, el Mercat se había estrenado en marzo de 1983 como escenario teatral con La tragèdia de Carmen, de Peter Brook. Con la incorporación de estos dos nuevos recintos, el festival pasó a ocupar tres de los recintos construidos en Barcelona con motivo de la Exposición Internacional de 1929: el Teatre Grec, el Mercat de les Flors y el Pueblo Español. El Grec 86 fue, además, el primero en cuyos carteles apareció el fauno como símbolo del festival. Desde entonces, esta divinidad menor de la mitología griega ha estado presente en todos los carteles.

Marta Tatjer debutó en la dirección con el eslogan publicitario «Més Grec que mai» (Más Grec que nunca). Es este un año en el cual la ciudad aquella «Barcelona més que mai» vive y bulle, con la fiebre preolímpica. El objetivo de Tatjer, eslóganes aparte, es claro: «Hacer el Grec más atractivo y de más fácil acceso para los ciudadanos». En el Grec 86, por primera vez, los espectadores pueden reservar entradas por teléfono. Más novedades, una de ellas bastante sabrosa, se pueden leer en El Periódico: «El Grec de Marta Tatjer presenta algunas atractivas novedades, entre las que destaca que las entradas sean numeradas y que funcione, en sus espléndidos jardines, un servicio suficiente para cenar antes o después de las representaciones». Un restaurante al aire libre, que ocupaba el espacio reservado al antiguo Pabellón de la Música y que se ha convertido en uno de los atractivos de las noches estivales de Barcelona.

 

El Grec 86 se inauguró con una opereta cómica, el aplaudido Mikado de Dagoll Dagom. Joan Lluís Bozzo firmó la dirección del espectáculo de Gilbert y Sullivan. El festival regaló a la ciudad una programación más reducida que la de anteriores ediciones, en total, cincuenta y cinco espectáculos.Menos oferta, pero de más calidad. Visitaron Barcelona compañías de doce países, procedentes de Estados Unidos, Italia, Checoslovaquia, México, Francia, Venezuela, Brasil, Camerún y Ghana, entre otros. Del programa destacan los Virtuosos de Fontainebleau, una mirada sarcástica a los tópicos franceses realizada por Els Joglars; Bob Wilson, que provocó incluso a las piedras al llevar la modernidad hasta los límites de la irritación con Overture to the Fourth Act of Deafman Glance; dos obras de Brecht, Els set pecats capitals dels petits burgesos, con Carme Sansa y Joan Crosas, y Coltelli nel cuore, con dirección de Mario Martone; el Shakespeare de este año, Coriolano, dirigido por Tony Robertson, y la presencia de Martha Graham, uno de los grandes nombres de la danza internacional. El 28 de junio, la Casa de Caritat acogía el estreno de Mudances, el montaje fundacional de la compañía del mismo nombre que dirige Àngels Margarit.

La programación musical de 1986 se desdobló en dos escenarios: la plaza del Rei, que se reservaba para los conciertos de formato más reducido, y el Pueblo Español, que desde entonces acogió la oferta más popular, más multitudinaria. El primer concierto se celebró el 27 de junio. El Pueblo Español se estrenó en el Grec con el VII Festival de Flamenco de Barcelona. El cartel del primer año estuvo integrado también por Oscar d’LeónPapo Lucca y La Sonora PonceñaJoão Bosco y Paulinho da ViolaMilton Nascimento y Maria del Mar BonetMiles Davis y Mahavishnu OrchestraGeorge BensonAl Jarreau y David Sanborn; y los intérpretes que participan en la Fiesta Africana. El panorama se completaba con las proyecciones de la XXVIII Semana Internacional de Cine de Barcelona. Con el Pueblo Español llegan también los primeros patrocinadores privados. Desde el año 1986, año en el que el Ayuntamiento creó un departamento para atender, todavía de una manera tímida, el patrocinio privado, decenas de empresas han prestado apoyo al Grec con su presencia y con ayuda económica.

 

El segundo Grec de Marta Tatjer, el de 1987, fue uno de los más musicales de la historia. Se inauguró con The Gospel at Colonus, un servicio religioso baptista con textos de Edipo y música negra. Concebido, adaptado y dirigido por Lee Breuer, este montaje narra la tragedia de Edipo, y lo hace sobre un argumento que sintetiza las culturas europea, asiática y africana. Se trata de un gran musical con más de sesenta actores en escena, entre ellos,Morgan Freeman.

En el Poble Espanyol se estaba representando Dimonis de Comediants. En el escenario de Montjuïc se presentó El cantar de Mío Cid, del Corral de Comedias del Príncipe, y el musical La botiga dels horrors. En la Casa de la Caritat se pudieron ver Antígona, de Salvador Espriu; Désirs parade, de Philippe Genty; Plauto in farsa, de Puppi & Fresedde, y Stoeprand, de Studio Hinderik.

En el Mercat de les Flors se representó Passeig d’aniversari, un espectáculo basado en poemas de Joan Vinyoli y dirigido por Rafael Subirachs; Lluny de Malibú, una revista musical con Guillermina Motta; Sonetos del amor oscuro, basado en textos de Lorca, con música de Amancio Prada y dirección de Lluís Pasqual; y las Dues cares del flamenc, que mostraba la diferencia entre la Suite Flamenca de Isidoro Carmona y el flamenco popular de Pata Negra.

1988-1995. La consolidación de un modelo

El mandato de Elena Posa ha sido el más largo en la historia del festival. Fue la directora en ocho ediciones. Con Posa, el Grec estrenó denominación. Aunque el primer año se denominó Festival de Barcelona, desde 1989 el Grec es el Festival de verano de Barcelona. La nueva etapa del festival comenzó con un buen regalo para los espectadores. Nos lo explicaba La Vanguardia: «El Teatre Grec tendrá desde este año butacas. Sobre la piedra se han fijado unas hileras de asientos de color gris y con respaldo que mejorarán la comodidad de los espectáculos» y permitirán «mitigar la dureza y el granulado del granito».

Sobre este primer festival, sobre el Grec 88, escribía Santi Fondevila en La Vanguardia: «No es una edición más del Grec, sino una nueva etapa con características bien diferenciadas de las precedentes y que podríamos sintetizar en cuatro cuestiones objetivas: un considerable aumento del presupuesto, motivado, en parte, por la operación de patrocinio privado; un cambio radical de los espacios escénicos; una programación prestigiosa con espectáculos internacionales del más alto nivel, y una política de precios que sitúa la media de las entradas en 1.300 pesetas».

El tiro de salida del Grec 88 lo dieron, juntos, la Nederlands Dans Theater y Maria del Mar Bonet. La prestigiosa compañía holandesa llegó con tres coreografías: Psimphony of Psalms, Arenal y Sinfonietta. La cantante mallorquina puso voz al Arenal, una recreación del mundo mediterráneo que firmaba Nacho Duato, uno de los primeros espectáculos presentados en un teatro español donde se combinaba la danza con la música y el canto interpretados en directo. «No cabía desear mejor principio para esa nueva orientación del Festival de Barcelona que significa este Grec 88», sentenció Marjolijn van der Meer en La Vanguardia.

Uno de los grandes momentos del Grec 88 lo trajo Jeanne Moreau. La musa de la Nouvelle Vague presentó en Barcelona Le récit de la servante Zerline, monólogo del escritor austríaco Hermann Broch y dirigido por el alemán Klaus Michael Grüber, que sirvió para reabrir el Teatro Principal, el más antiguo de Barcelona, y desde aquel momento recuperado como espacio escénico de la ciudad. La presencia de la gran actriz francesa, como escribió El Periódico, «constituye un auténtico acontecimiento ciudadano y uno de los más destacados que ha vivido el teatro barcelonés en los útimos años».

 

El año 1988 fue también una edición marcada por las primeras veces. Este es el primer festival donde actuó Montserrat Caballé, en un Rèquiem de Mozart a cargo de la Orquesta Simfónica y el Coro del Gran Teatro del Liceo. También fue el primer año en el que el festival se representó en escenarios que no eran municipales, una novedad que con el tiempo se ha convertido en uno de los rasgos característicos del Grec. Al margen del Teatro Principal, aquel año debutó el Villarroel Teatro. Lo hizo el 18 de julio, con programa doble: If pyramids were square, de Plan K, y All talking, all singing, all dancing... all Gershwin, de Manel Barceló. Todo esto, el mismo año en que se recuperaba el Invernáculo, el edificio del Parque de la Ciutadella construido con motivo de la Exposición Universal de 1888. La encargada de inaugurarlo fue Marina Rossell con la Rosa de foc. Por último, fue este el año del estreno del Grec Transformadors, un programa artístico desdoblado en diferentes escenarios como el Velódromo de Horta y la España Industrial.

Convertirse en centro obligado de referencia de las programaciones estivales de Europa, con este objetivo comenzó a caminar el Grec 89, un festival que incorporó dos nuevos espacios: la sala Zeleste y el Velódromo de Horta. Dos escenarios que sirvieron de relevo al Pueblo Español hasta 1992.

 

Les troianes, de Eurípides, fueron las encargadas de abrir el Grec 89. Firmaba su dirección Thierry Salmon. La obra, una singular versión de la clásica tragedia griega, era íntegramente interpretada por mujeres. El texto era cantado y recitado en griego clásico. Ferran Mascarell, en aquella época coordinador del Área de Cultura del Ayuntamiento, escribió: «Con esta obra inauguramos una edición destinada a ser importante en la historia del Grec, por la consolidación de este proyecto cultural de verano». Una edición y un espectáculo que, en palabras de Joan-Anton Benach, crítico de La Vanguardia, «es en suma un pórtico que avala la categoría del gran ciclo espectacular de verano que quiere ser el Grec».

Pero parémonos por un instante en esta crítica. Benach reserva un último párrafo para hablar de una incidencia: «Al término de la representación fue leído un comunicado de l’Associació d’Actors i Directors en el que se informaba de las reivindicaciones a la Televisió de Catalunya para la firma de un nuevo convenio de retribuciones y del sentido que tuvo el reciente encierro en el Teatro Poliorama. Esta acción, así como las del año pasado que reclamaban la inclusión de producciones autóctonas en el Grec, reflejan los vínculos morales que la profesión teatral mantiene respecto a las temporadas de este festival barcelonés desde aquel histórico verano de 1976». Se trata de treinta y siete actores reunidos en asamblea permanente y en huelga indefinida. Reivindicaban un aumento del 10 % en sus derechos de imagen y el pago del 75 % por repetición de programas durante el primer año.

 

«Cuando Elena Posa tomó las riendas de la temporada Grec declaró que iba a insistir en la línea de producir y coproducir espectáculos con creadores de nuestro país. El compromiso se ve realizado plenamente. La importancia de esta línea de actuación no reside únicamente en la posibilidad de que tal o cual director o grupo estrene una pieza, sino que abre las puertas de las creaciones autóctonas a otros festivales del extranjero. Esta apuesta se concreta en torno a directores tan consolidados como Joan Lluís Bozzo y en otros prácticamente desconocidos como Calixto Bieito». La Vanguardia nos hablaba de un desconocido Bieito, que se presentó en el Grec dirigiendo en el Mercat de les Flors Els dos cavallers de Verona, de William Shakespeare.

La de 1989 fue una edición especial. Significaba el regreso a los escenarios, veinte años después, de Serena Vergano. La actriz italiana,musa de la Escuela de Barcelona, protagonizó, junto con Juanjo Puigcorbé, Vador/Dalí de Gala. También fue importante porque repitió Jeanne Moreau, esta vez con La Célestine, una versión de Florence Delay sobre el clásico de Fernando de Rojas.

El flamenco forma parte, desde el siglo XIX, de la vida y el patrimonio cultural de Barcelona. Conscientes de esta relevancia, la inauguración del Grec 90 se dejó en las manos, y en los pies, del Ballet de Cristina Hoyos y sus Sueños flamencos. Después de presentarlo en la Ópera de París, la bailaora presentó en Barcelona su ballet. Inauguró un Grec, el primero de la última década del siglo XX, que fue bien acogido. La crítica escribió: «El Grec es hoy una marca consolidada, una marca cada vez más apoyada por patrocinadores privados y más decidida su dirección con buenos resultados en asegurarse los tiros. Una opción de la directora Elena Posa defendida cada vez mejor con una buena infraestructura». El que escribe es Pérez de Olaguer, que concluye: «Frente a una cierta especialización de los festivales, el Grec se inclina por una diversidad que parece contar con el apoyo del público, atraído sobre todo por el concepto de fiesta del espectáculo que se le ofrece desde las instancias municipales».

 

En el Grec 90, la actividad artística se concentró en cuatro escenarios: teatro y danza, en el Grec; propuestas de riesgo, en el Mercat; música de pequeño formato, en la plaza del Rei, y propuestas más populares, en el Velódromo. La nómina de artistas estuvo integrada por Calixto Bieito, que dirigió Els enamorats, de Goldoni; Schiller, de quien el Lliure presentó Maria Estuard; Robert Lepage, que mostró aquí Le Polygraphe; Konrad Zschiedrich, director de Nit de Reis, de Shakespeare, y José Tamayo, con Calígula.

En 1991, el Grec llegó en compañía de un ciclo de música islámica. Sus embajadores: Xahram Nazeri, los Derviches Giróvagos de Konya, el baile gnaua de Nass Marrakech y los iraníes Zur-Hané. Por segundo año consecutivo, el festival se inauguró con ballet. Esta vez, el Ballet Lírico Nacional. Una coreografía de Jirí Kylián y tres de Nacho Duato confirmaron el programa del Lírico en la primera actuación en la ciudad desde que Duato había asumido su dirección. «Con el Ballet Lírico Nacional», leemos en El Periódico, «se abre el camino de un Grec más, que este año se caracteriza por las cautelas ante una programación con menos nombres relevantes que en ediciones anteriores ».

Del programa de 1991 destacamos cuatro espectáculos: Somni d’una nit d’estiu, de Shakespeare, dirigido por Calixto Bieito; La noche de Eldorado, de Marcos Ordóñez y dirección de John Strasberg; Atzavara, coreografía de Àngels Margarit, y L’hort dels cirerers, de Chéjov y dirección de Konrad Zschiedrich. Incluido dentro de Festival Olímpico de las Artes, el Grec de 1992 fue el más breve de la historia: del 17 de junio al 19 de julio. La ciudad celebraba aquel año unos Juegos Olímpicos que reclamaron toda su atención.Una ópera de Bizet, Les Pêcheurs de perles, abrió el festival. «La tradicional ópera del Grec», aseguraba Roger Alier en La Vanguardia, «se apuntó un tanto, ya que llevaba más de un cuarto de siglo ausente de la vida operística barcelonesa».

 

Siguiendo la tónica de los dos últimos Grecs, el festival concentró la oferta en cuatro espacios. En uno de estos, la plaza de toros de la Monumental, Joan Manuel Serrat ofreció el espectáculo que más espectadores ha tenido en la historia del Grec en un espacio cerrado y en un solo día. El 26 de junio, 14.200 espectadores asistieron al recital del Noi del Poble-sec. La novedad, dejando de lado los calendarios y el número de espectadores, fue doble: el Pueblo Español volvía a la escena y la ciudad acogía el «Grec al carrer »: un programa con decenas de actuaciones en seis escenarios al aire libre. De los quince espectáculos, solamente dos eran de teatro: las obras Les noces de Fígaro, de Caron de Beaumarchais y dirección de Fabià Puigserver, e Isabel, Tres Caravel·les i un Embolicador, de Dario Fo, que también firmaba la dirección artística.

Después del éxito y la feliz «tempestad » de los Juegos, llegó la calma. Eran días en los que apetecían que te explicasen... Historietes. Lo hizo Dagoll Dagom, con el espectáculo inaugural del Grec 93, un musical que recogió lo más significativo de la trayectoria de la compañía.Un espectáculo, en palabras de Pérez de Olaguer, «idóneo para movilizar público, porque ya es conocida la facilidad con que la gente acude a las representaciones teatrales del Teatre Grec de Montjuïc, que, en todo caso, este año saben a poco».

La Casa de la Caritat regresó al festival. Se estrenaron el Parque Güell, que acogió el ciclo de «Dansa al parc» y el Palacio de Deportes, que durante dos noches acogió tres coreografías de la Compañía Nacional de Danza. Hablar del Grec 93, además, es hablar de Hanna Schygulla, la musa de Fassbinder; de Bob Dylan, el maestro del folk rock; de Juan Echanove, el antigalán del cine español; de Wynton Marsalis, uno de los grandes nombres del jazz norteamericano; de Carles Santos, que repuso Asdrúbila, y de Ur Teatro, que llevó al Mercat la sorpresa teatral del año, el shakespeariano Sueño de una noche de verano.

 

«Un Grec tentador», así titulaba El Periódico su editorial, publicado en vísperas de la inauguración del Grec 94: «El certamen se abre este año con la voluntad de actuar como paraguas sobre toda la ciudad, integrando la actividad escénica de los teatros privados que, por primera vez, han sido invitados a incorporarse a la programación. Esta iniciativa supone pasar de los ocho espacios habituales de representación del Grec hasta 23. Tendremos 33 espectáculos de teatro, 2 óperas de la programación del Liceu, 10 compañías de danza, 35 conciertos y recitales de música, 2 ciclos de cine y otras sorpresas. Es un menú tentador que debe consolidar el Grec como punto de cita inexcusable de los barceloneses que dedican el verano al ocio inteligente y de calidad».

El menú aquel año se pudo degustar en numerosos restaurantes, escénicamente hablando, por supuesto. Y es que el año 1994 fue el año de máxima expansión del Grec. A la sombra de escenarios veteranos o ya estrenados, como el Teatre Grec, el Mercat de les Flors, la Sala Villarroel, el Parque Güell, la plaza del Rei, el Pueblo Español y la Casa de Caritat, debutaron otros quince: la Sala Beckett, el Teatro Malic, el Artenbrut, el Tantarantana, el Teatreneu, el Adrià Gual, La Cuina, el Teatro Condal, el Teatro Goya, el SAT, el Jove Teatre Regina, el Palacio Sant Jordi, el Palacio de la Música, Chic Studio y las Piscinas Picornell. Una ampliación que no pasó desapercibida. Podemos leer en El Periódico: «No hay grandes perlas, es cierto, pero sí una oferta variada capaz de interesar al ciudadano medio y con la novedad que supone la colaboración del Grec con los teatros privados».

En estos escenarios se representaron los 104 espectáculos que integraban el programa del Grec 94. El teatro ganó peso en la programación: de los ocho montajes teatrales de 1993 se pasó a veinticinco. El programa se abrió en el Grec de Montjuïc con Otel·lo, dirigido por Mario Gas e interpretado por Pep Cruz, un estreno con el cual el festival se añadió a los actos conmemorativos del centenario del nacimiento de Josep Maria de Sagarra, traductor de esta versión.

 

Además de Otel·lo, la programación del Grec acogió dos obras más de Shakespeare: Les alegres casades de Windsor, dirigida por Carme Portaceli, y Measure for Measure, de la compañía Cheek by Jowl. El de 1994 fue también el primer Grec de Joaquín Cortés, y el primero en el que se utilizó el nuevo Palacio Sant Jordi: la Orquesta Simfónica y el Coro del Gran Teatro del Liceo interpretaron allí Lucia de Lammermoor, de Donizetti, un espectáculo que Pilar Miró grabó para televisión.

Expansión, esto es, muchos espacios (32) y muchos espectáculos (124). Con esta máxima llegó el Grec 95, el último festival de Elena Posa como directora. La ministra de Cultura de aquel momento, Carmen Alborch, la nombró nueva directora del Instituto Nacional de las Artes Escénicas. Inauguró el festival el sucesor de Posa: Xavier Albertí firmó la dirección de Antoni i Cleòpatra, el Shakespeare que se estrenó en el Teatre Grec protagonizado por Josep Minguell y Rosa Novell.

«El Grec 95», leemos en El Periódico, «actúa como paraguas de una manifestación teatro, danza, música y cine en la que el sector privado tiene mucho que decir. En tiempos de crisis presupuestarias, el ayuntamiento apuesta por esta fórmula, la única posible si se quiere ofrecer un festival de estas características ».

El año 1995 nos dejó repartidos por el programa Cristales rotos, el texto de Arthur Miller dirigido por Pilar Miró y protagonizado por José Sacristán,Magüi Mira y Pep Munné. Uno de los espectáculos más esperados fue El rei Joan, de Shakespeare, montaje de Calixto Bieito, con traducción de Josep M. de Sagarra y con Mingo Ràfols en el papel de rey. El Convento dels Àngels se estrenó como escenario teatral. Fue el año de Sergi Belbel en la dirección de L’hostalera, de Carlo Goldoni; de Robert Lepage, que firmó la puesta en escena de Les sept branches de la rivière Ota; de Nigel Charnock en la dirección de L.O.V.E., un montaje que se nutría de los sonetos de Shakespeare, y de Emilio Gutiérrez Caba, que se hizo cargo de La boba para los otros y discreta para sí.

La danza tuvo un peso importante en el último Grec de Elena Posa. Visitaron Barcelona, entre otros, Nacho DuatoMario Maya, los Ex Machina, la Pretty Ugly Dancecompany, el Ballet Flamenco Antonio CanalesLanònima Imperial Danat Dansa. Con su actuación, los Danat estrenaron un nuevo espacio, el Pati de les Dones del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), un escenario que desde aquel año se consagró a la danza.

La presencia de las salas alternativas en el programa del Grec 95 fue un hecho. La suya fue una presencia consolidada. Teatros sin butacas de terciopelo en los que se estrenaron verdaderas joyas. Un ejemplo: Ferran Madico dirigió aquel año en el Artenbrut Treball d’amor perdut, de Shakespeare, una comedia sobre la tragedia de las pasiones. La colaboración del Grec con las salas alternativas fue una prueba de que el festival se implicaba en la realidad escénica de Barcelona.

1996-1999. Bajo el paraguas del Grec

 

Autor, compositor y director teatral, Xavier Albertí se hizo cargo en el año 1996 del festival que pretendía consolidar un modelo en el que convivían oferta pública y privada. El suyo fue un mandato de cuatro años, en los que el festival experimentó un crecimiento espectacular por lo que respecta al número de espectáculos y de espacios. El Grec pretendía llegar al máximo número de espectadores, gustar a todo el mundo. Un mandato en el cual se diferenció entre la oferta oficial, marcada por la vocación por el riesgo y la apuesta por los nuevos creadores (la Sección Oficial) y oferta privada, con un sentido más comercial (la Sección Abierta). El festival vivió en este período una expansión artística que lo llevó a extenderse, también, por el área metropolitana.

El primer Grec de Albertí lo inauguró L’avar, de Molière, un montaje dirigido por Sergi Belbel y protagonizado, entre otros, por Lluís Soler, en el papel de Harpagón; Joel Joan, Oriol Broggi y Joan Massotkleiner.Hablando del espectáculo, Belbel se refería al Teatre Grec: «Este espacio es radical: o te lo comes o te come, o lo vences o te vence. Es, desde luego, un espacio en el que no puedes hacer naturalismo». Con L’avar se abrió una edición marcada por la reflexión sobre la idea contemporánea de Europa y su historia reciente, que se abordó en los montajes Murx den Europäer!Richard III el gran triunfador en Aviñón, en el año 1995 y Tartuf. En esta primera edición ya se apostó decididamente por los creadores locales, que, según el nuevo director del festival, «son un esperanzador relevo generacional». Este primer año firmaron montajes Roger Bernat (Una història d’amor); Albert Bokos (Clàssic);Manuel Dueso (Sara i Simon); Ferran Madico (Prendre part) y Rafel Duran (L’alfabet de l’aigua).

 

El programa del primer Grec de Albertí presentó 162 espectáculos y 33 espacios. Fue, para la profesión, una de las programaciones más ambiciosas de toda la historia. Aseguran, eso sí, que «falta una cierta reorganización de la oferta y también una mayor definición de los objectivos del Grec». Esta edición estuvo marcada por el retorno de Ramon Oller como bailarín; por la despedida de Nacho Duato de Barcelona; por el estreno en el Pati Manning del Macbeth dirigido por la inglesa Tamzin Townsend, con Pep Tossar y Mercè Lleixà en los papeles protagonistas, y por la zarzuela que firmó Calixto Bieito, La verbena de la Paloma.

El crítico Joan de Sagarra despidió el primer Grec de Albertí con una recomendación en las columnas de El País: «Si de veras se quiere dar rango internacional al Grec, venderlo no solo a los turistas que nos visitan, sino fuera de nuestras fronteras, hay que procurar coproducir con otros festivales nuestros propios espectáculos, venderlos fuera».

Más largo, más variado, más arriesgado, más contemporáneo.Así puede definirse el segundo festival firmado por Albertí, el Grec 97. Los números, como se suelen decir, hablan por sí mismos: 177 espectáculos, 49 escenarios y 2.631 artistas. El Grec 97 fue el más joven: en el programa solamente había un montaje basado en un texto con más de veinte años de antigüedad, La tempestat, de Shakespeare. Fue también el más variado: una diversificación del todo deliberada con la cual se pretendía llegar al mayor número de espectadores. Este fue el primer año de Grec Metropolitano: el fauno visitó Badalona, Santa Coloma de Gramenet, Hospitalet de Llobregat y Sant Adrià de Besòs.

Una de las grandes novedades fue gráfica. En 1997, por vez primera, el fauno que ilustra el cartel del Grec se escogió entre las propuestas presentadas a un concurso público. Los primeros ganadores del concurso de artistas jóvenes fueron Aristu, Balagué y Güet. Fueron los autores del cartel de 1997, una imagen que, además, recibió el premio Laus 98. Los han sucedido hasta hoy,Miquel Puig (1998), Juan Cardosa (1999),Mercè Ferrero y Elba Benaiges (2000) y Guillem Cardona (2001).

 

El Grec 97 se estrenó con un impacto. Después de veinticinco años sin subir a un escenario español, Milva abrió la programación del festival. Lo hizo protagonizando Non sempre splende la luna. Milva canta un nuovo Brecht, un espectáculo que dirigió Giorgio Strehler y en el que se dio cabida a obras menos conocidas de Brecht. Milva, que por primera vez cantaba al aire libre, interpretó veinte temas. Cerró el recital con Epitafi per Rosa Luxenburg, en catalán. Leemos en El País: «Es un inicio de lujo. Un inicio realmente fuerte. El listón ha quedado muy alto».

En el año 1997 tuvo lugar una iniciativa teatral singular y arriesgada. Fue el año del Hotel de mala mort, un espectáculo desdoblado en cinco escenarios, los de cinco salas alternativas de Barcelona: Sala Beckett (Pat’s Room); Artenbrut (Precisament avui); Malic (Bunyols de Quaresma); Teatre Nou Tantarantana (Boig per si de cas);Versus (Estranyament estrany). La obra fue creada y escrita por cinco autores: Mercedes Abad, Núria Amat, Josep Maria Benet i Jornet, Joan Cavallé y Andreu Martín.

El festival recibió aquel año la visita de un invitado de notables proporciones. Visitó Barcelona el gigante de Royal de Luxe: un inmenso artefacto, creado por Jean-Luc Courcoult, de dos toneladas de peso y 9,5 metros de altura. Un Gulliver que se instaló en La Pedrera y que se paseó por la ciudad.

El año de los centenarios de los nacimientos de Federico García Lorca y Bertolt Brecht, el Grec 98 alzó el telón con Así que pasen cinco años, un texto de Lorca inédito hasta entonces. La obra, considerada una de las comedias imposibles del poeta andaluz, en la que se habla del inexorable paso del tiempo, fue dirigida por Joan Ollé. El elenco, formado por quince actores, estaba encabezado por Pere Arquillué, Laia Marull, Bea Guevara y Manuel Carlos Lillo. «Inaugurar un festival Grec con Así que pasen cinco años y no con cualquier otro de los textos más convencionales de Lorca es simplemente un acierto. Si además se logra aprovechar la magia de un espacio como el Teatre Grec para potenciar la poesía de este texto, la jugada es redonda. » Lo decía Pablo Ley, crítico teatral de El País.

Según Albertí, el Grec 98 apostaba decididamente «por un hecho que algunos ven como una pedantería, pero que no lo es en absoluto: la creación». Su intención era hacer del festival «una plataforma de reflexión para la creación».

 

El año 1998 llegó con novedades. Fue el primer Grec con dos secciones: la Oficial y la Abierta. Se separó, por vez primera, la oferta artística del festival. Fue el primer Grec en el que se invitó a un país a protagonizar el ciclo «Mirada sobre... », que pretendía mostrar el momento de la creatividad en otros lugares. El primer invitado fue Colombia. El Grec Metropolitano creció en su segundo año de vida. Ya eran siete las poblaciones del cinturón de Barcelona que participaban en él. Se estrenaban ahora Viladecans, Sant Just Desvern y Cornellà de Llobregat.

Peter Brook, una figura clave del teatro europeo de la segunda mitad del siglo XX, presentó en el Mercat de les Flors Je suis un phénomène, un viaje por el cerebro que no conoce el olvido: una fábula sobre los prodigios de la memoria. Brook volvía al Mercat, un espacio que ya conocía porque fue quien lo descubrió como escenario teatral el 28 de febrero de 1983, con La tragèdia de Carmen. «El teatro es una porquería aburrida donde uno se puede morir de aburrimiento pagando.» La sentencia es de Werner Schwab, transgresor del teatro centroeuropeo. De este austríaco, el Grec estrenó Les presidentes,montaje que dirigía Carme Portaceli e interpretaban Mercè Arànega, Lurdes Barba y Lina Lambert. Otro de los nombres del Grec 98 fue Adriano, el emperador romano que nació en la España romana, se educó en Grecia y vivió en Italia. Memorias de Adriano, con Pepe Sancho y Rosa Novell, llegó al Grec con dirección de Maurizio Scaparro, que firmaba la adaptación del texto de Marguerite Yourcenar.

El año 1998 aterrizó en Barcelona la argentina Adriana Varela, una artista que «lleva su tango duro y sombrío a la plaza del Rei». «Es el fenómeno emergente del tango», escribe Arcadi Espada en El País. «Cantante excepcional y tardía, canta por primera vez en Barcelona». Esta gran voz del tango, uno de los grandes descubrimientos de este festival, ofreció dos grandes recitales.Miquel Jurado, crítico musical de El País, habló de ella: «Una voz que, ajena a innovaciones y purismos, le ha devuelto al tango muchas de sus esencias perdidas y, por encima de todas, una: credibilidad». En el año 2001,Varela regresó al festival que la dio a conocer a toda España con una actuación memorable en el Grec de Montjuïc.

El Espacio Escénico Joan Brossa, inaugurado en diciembre de 1997 se incorporó a la programación del Grec. Lo hizo con cuatro montajes: El bell lloc, de Joan Brossa; Oïsme, una conferencia espectáculo a cargo de Perajaume; 21 miradesas de cors, de Hausson; y Peix per peix, de Roland Schimmelpfenning. También es importante la recuperación de Artaserse, la ópera barroca catalana del compositor barcelonés Domènec Terradellas. Estrenada en 1744 en Venecia, esta ópera no se había vuelto a representar desde entonces. En el escenario del Teatre Grec hacía seis años que no se veía ninguna ópera.

«El festival es el único en su planteamiento y hace del riesgo y de la contemporaneidad dos de sus objetivos», escribía Gonzalo Pérez de Olaguer en El Periódico. «Falta en este Grec la presencia de un gran Brecht solo hay un pequeño y atractivo musical en el año de su centenario, y también el teatro clásico castellano, hechos que el propio Albertí asume como ausencias no queridas. El Grec 98 tiene la vocación de hacer crecer un modelo de festival único en Europa. Único por su equilibrada combinación entre oferta pública y privada. Y único, también, por el divorcio explícito entre el Ayuntamiento de Barcelona impulsor y la Generalitat.» Un balance que completaba Ferran Mascarell, que en aquella época era director gerente del ICUB: «El festival», asegura en un artículo, «destila ese tono cosmopolita, explícitamente antisectario, ideológicamente atrevido, que invita a pensar y disfrutar, sentir y, cómo no, pasarlo bien».

 

El último Grec que programó Xavier Albertí lo inauguró una voz cargada de memoria. La voz de Raimon, un cantautor con una trayectoria vital y artística que forma parte de la historia del país. Cançons d’amor, cançons de lluita fue el título del espectáculo que ofreció el de Xàtiva. Era la tercera vez que Raimon actuaba en el Teatre Grec; la primera actuación, en el año 1976. Y la primera vez que un cantautor inauguraba el Grec. Jordi Bianciotto, crítico musical de El Periódico, escribió: «Así es el Raimon de 1999: depurado gestor de la emotividad, austero pero fluido narrador doméstico y, sobre todo, insobornable mensajero del pensamiento.Un cronista de virtudes extramusicales que sigue sin poder marchar del escenario sin cantar Diguem no y Al vent».

«La máscara es un instrumento misterioso, terrible. Con la máscara estamos en las fuentes del misterio teatral, vuelven a aflorar los demonios, los rostros inmutables, inmóviles, estáticos, que están en la raiz del teatro». Son pensamientos del director teatral Giorgio Strehler. Palabras que volvían a oírse gracias a la visita de una de las perlas del Grec 99, Arlecchino, servitore di due padroni, de Carlo Goldoni.Obra emblemática de los fundamentos del Piccolo Teatro di Milano, esta metáfora sobre el oficio de actor, una comedia de máscaras sobre la supervivencia y el amor, se estrenó en el año 1947. Es un espectáculo, sin embargo, por el cual no pasan los años. Lo puso de manifiesto en 1999. Un espectáculo que dejó boquiabierto a más de uno, entre otros, a Lluís Pasqual: «Quienes tengan la suerte de verlo habrán asistido a uno de esos momentos que solo da el teatro, cuando el milagro tiene nombre de hombre o de mujer, de actor o actriz, y un ser humano puede convertir una máscara en algo más vivo que el más vivo de los hombres, casi en un dios».

En el año 1999, Barcelona y Edimburgo firmaron un intercambio teatral. Colaboraron en la producción de dos nuevas producciones, que se estrenaron en ambas capitales. Se trata de La cita, de Lluïsa Cunillé y dirección de Xavier Albertí, y L’especulador, de David Greig, dirigida por Philip Howard.

Uno de los platos fuertes del Grec que volvió a programar una «Mirada sobre... », dedicada ahora a México fue Molt soroll per no res, de Ferran Madico. Un espectáculo con una gran acogida de la crítica, que lo consideró uno de los montajes de Shakespeare más equilibrados hechos últimamente en Cataluña. Otro Shakespeare cerró la programación en el Teatre Grec: fue el Hamlet que firmaba Lluís Homar, un espectáculo protagonizado por el mismo Homar y Carme Sansa. Destacó, también, el Leonci i Lena de Georg Bücher, que se representó en el Teatre Joventut.

 

 

En esta edición, el Grec dio la bienvenida al cine. Se programó el Festival de Cine de Verano Net-99, una muestra cinematográfica consagrada a los Nuevos Talentos Europeos NET, de ahí el nombre, realizadores con una obra inédita y sin distribución en España. Una muestra que no acabó de tener éxito y que en su primera y última edición premió como mejor película Mare i fill, del cineasta ruso Aleksandr Sokurov.

El semanario El Temps dedicó un artículo al Grec: «El Grec que Vol i el Grec que Dol». Lo firmaba Andreu Sotorra. En él podemos leer lo siguiente: «El Grec, con virtudes y defectos, es un Festival que quiere y puede. Quiere quedar bien con el espectador más heterogéneo. Quiere contentar a los productores. Quiere dar juego a las salas privadas. Quiere hacer bullir los espacios abiertos de teatro de verano. Quiere hacer un festival del sur de Europa. Y quiere tocar el prestigio con la punta de los dedos a cambio de un temerario estreno oficial cada dos días. [...] Por este motivo la programación teatral del Grec navega entre una Sección Abierta la de los promotores privados y una Sección Oficial la firmaba por el director del Grec en un batiburrillo que desorienta a los más expertos y distorsiona el carácter que debería tener un festival de verano de vocación europea».

Xavier Albertí dejó el cargo de director del Grec en el año 1999. Entre los numerosos balances que hizo de su gestión, defendió la política de encargos, es decir, de producciones: «Sin un Grec que no hubiera encargado óperas, coreografías o textos dramáticos, seguramente nuestro patrimonio de artes escénicas estaría más empobrecido. Creo que el Grec ha servido para tener piezas que ya son un poco clásicas de la cultura contemporánea de este país».

2000-2001. Menos es más

Los cálidos sonidos de una de las mejores obras de Stephen Sondheim, A little night music, una obra maestra de Broadway, fueron los encargados de abrir el Grec 2000. Fue el primero de los que había de dirigir el nuevo responsable del festival, Borja Sitjà. Después de su paso por el Centro Dramático de Madrid y el Théâtre de l’Odeón - Théâtre de l’Europe de París, del cual fue responsable de programación, Sitjà llegó a la dirección del Grec con un programa bien definido, dominado por la idea de hacer un festival inteligible y abarcable por los espectadores y presidido por el eslogan minimalista «Menos es más», que había surgido del encargo que hizo Ferran Mascarell, que en aquella época era regidor de Cultura, de reducir la oferta del Grec. El festival tuvo menos espectáculos, pero fueron de más calidad y se mantuvieron más días en cartelera. Sitjà apostó por la reducción del Grec a seis semanas; por la eliminación de las secciones dentro del festival; por la creación; por la internacionalización; por la producción y la coproducción, y por la definición de un modelo de colaboración coherente con el sector privado. Un festival que dejó de invitar países e invitó ciudades, y que creó uno de los ciclos más concurridos, los «Solos».

 

Mario Gas dirigió A little night music, musical norteamericano cantado en catalán, ambientado en Suecia y representado en un teatro griego. Un ejemplo de interculturalidad que abrió el Grec 2000. La nueva programación contaba con ochenta y cinco espectáculos. Hay que destacar la presencia de Lev Dodin (Txevengur); Àlex Rigola (Titus Andrònic); Georges Lavaudant (Ajax-Philoctète); Sergi Belbel (El temps de Planck); Carlo Cecchi (Misura per misura); Carme Portaceli (Por, menjar-se l’ànima), Ferran Madico (Taurons), Oriol Broggi (Tartuf o l’impostor) y Merce Cunningham (Events).Una oferta que se completaba con el aplaudido Nàpols al Grec, ciclo que permitió ver espectáculos como Pulcinella, de Maurizio Scaparro, y La gatta Cenerentola, de Roberto de Simone, nombres que hicieron que el Grec, en palabras de Joan Clos, alcalde de Barcelona, «se concentre en el esfuerzo de traer las mejores producciones escénicas internacionales y se prepare para constituirse en embajador de los creadores locales alrededor del mundo».

El Convento de Sant Agustí fue el espacio elegido para representar los «Solos »: una experiencia teatral que busca la intimidad, el contacto próximo entre intérprete y espectador. Las primeras confesiones nocturnas las firmaron Patrice ChéreauCarles SantosLluís HomarAdolfo MarsillachJosé Luis GómezVicky PeñaMario Gas y Jordi Dauder. El Grec 2001 volvía a programar los «Solos » con China ZorrillaGeorges LavaudantPatrice ChéreauPere ArquilluéCarlo Cecchi y Rosa Novell.

Siguiendo la máxima de Mies van der Rohe, reducir con respecto a la reducción, Borja Sitjà presentó en el año 2001 un festival con menos espectáculos: setenta y cinco.Una reducción que, en palabras de su director, sirvió «para que el Grec, como todos los festivales del mundo, tenga una lógica, un ritmo».

 

El Grec del vigésimo quinto aniversario se inauguró con Don Juan o El festí de pedra, una pieza del teatro universal rejuvenecida por la versión de su director, Ariel García Valdés, que convirtió este montaje, protagonizado por Lluís Homar y Jordi Boixaderas, en una comedia ácida, filosófica y negra. La versión en catalán la firmaron Carmen y Josep Maria Vidal. Hacía setenta años que no se representaba en catalán.

Desaparecieron del festival las secciones Oficial y Abierta, y se unificó el programa. El Grec 2001 trajó a Barcelona el Théâtre Zingaro de Bartabas. Presentó, por primera y única vez en España, Triptyk, un espectáculo convertido en un referente teatral de culto en Francia: una coreografía ecuestre sobre músicas de Stravinsky y Pierre Boulez. Se hizo en la carpa que se levantó al lado de la playa de la Mar Bella, un espacio que debutaba como escenario en el festival.

Otro debut fue el ciclo «In motion», en el CCCB. Se trataba de una aventura artística singular y ecléctica creada por Conservas y que recuperaba el espíritu de la escena off, donde teatro, danza, cabaret e instalaciones se mezclaban con la gastronomía.

La ciudad invitada al Grec 2001, festival dedicado a la memoria de Fabià Puigserver en el décimo aniversario de su muerte, fue Buenos Aires. La ciudad argentina desembarcó en el festival con seis montajes teatrales y siete recitales. Apuntamos tres de los nombres: El amateur, una deliciosa obra de Maurio Dayub; El fulgor argentino, multitudinario espectáculo que trajeron al Mercat de les Flors las Catalinas Sur, un grupo de teatro amateur del barrio de Boca, y la cantante Adriana Varela.

 

El segundo festival de Sitjà dejó en la memoria otros espectáculos que también hay que recordar, como por ejemplo las funciones del Teatro Garibaldi de Palermo de Carlo Cecchi, en el Lliure, que regresaron al Grec después del gran éxito de crítica y público que tuvieron en el año 2000. En estas funciones se presentan textos de Chéjov y De Filippo, en concreto, Le Nozze y Sik-Sik.Hay que recordar, también, Bodas de sangre, la renovada versión del texto de Federico García Lorca dirigida por Ferran Madico y protagonizada por Mercè Arànega y Àngels Bassas; Unes polaroids explícites, de Mark Ravenhill; Woyzeck, de Georg Büchner, dirigida por Àlex Rigola, que regresaba al Grec por la puerta grande después del éxito de su Titus Andrònic estrenado en el Grec 00 y que hizo temporada en el Lliure; Enric IV, de Pirandello, una obra inédita en catalán y que protagonizó Lluís Soler; Aquí al bosc, de Joan Brossa, que significó el debut como director teatral de Jordi Coca y la celebración de los veinticinco años de Maria del Mar Bonet en la plaza del Rei.

Unos nombres que hay que completar con el de otra mujer: Núria Espert.Y es que el Grec 01 bajó el telón con Medea, de Eurípides, la obra con la cual, precisamente, se dio a conocer Espert en el Grec de Montjuïc con solamente diecinueve años. El espectáculo, de hecho, que la vio nacer como actriz de talento. Era el año 1954... En el año 2001, la actriz catalana se ponía en manos de Michael Cacoyannis.

El Grec celebró en el verano de 2001 su vigésimo quinto aniversario. Por delante, todo un futuro. Precisamente del futuro de los festivales hablaron en Madrid, en junio de 2001, Borja Sitjà y Brian McMaster, director del festival de Edimburgo. Según ellos, este pasaba por defender festivales abiertos a las nuevas tendencias, con aspiración de renovación de espectadores y sufragados por una financiación mixta, pública y privada. Fue el modelo que en el año 2001, el año del vigésimo quinto aniversario, adoptó el Grec, el Festival de verano de Barcelona.


Carlos González, septiembre de 2001