Barcelona Cultura

Les mans d'Alícia

Cinema Documental Musical
Audiovisual

FICHA

Directoras: Verònica Font y Yolanda Olmos. País: España. Año de producción: 2017. Versión original en espanyol (VOE)

Tenía las manos pequeñas, pero su alma era inmensa, por eso el piano sonaba como sonaba cuando quién lo mimaba era Alícia de Larrocha. Ella es la protagonista de este documental que se pasea por su vida desde que se presentó en sociedad como pianista en la Academia Marshall, que había fundado Enrique Granados y de la que ella después sería directora. En las paredes de la academia, junto a la fotografía de una niña a quien el piano le queda grande, todavía se puede leer: "Sesión íntima para la presentación de la niña pianista de 4 años, Alicia de Larrocha, mayo de 1929 a las 7 de la tarde". Años después Alícia había conquistado el mundo y en Nueva York era conocida como Lady Mozart. Pero ella nunca cayó en brazos del éxito: "No me mueve actuar ante el público, es la misma música la que me mueve", dijo.

 

TEXTO DE YOLANDA OLMOS Y VERÒNICA FONT, DIRECTORAS DEL DOCUMENTAL, PUBLICADO EN LA WEB DE TVE

Las dos sabíamos que Alicia de Larrocha había sido una gran pianista, pero teníamos la imagen de una señora de cierta edad, pequeñita y engalanada con vestidos de ceremonia ante un piano, una imagen perteneciente a la élite de la música clásica y que francamente nos quedaba muy lejos.
Esta imagen se empezó a disipar cuando nos invitaron a la Academia Marshall, fundada por Enrique Granados, para grabar la nueva versión de Goyescas interpretadas por Marta Zabaleta. Dando un paseo por sus estancias (junto a los espíritus de más de un siglo de música y los ejercicios musicales que atravesaban las paredes de las aulas) nos fijamos en un cartel enmarcado que decía: "Sesión íntima para la presentación de la niña pianista de 4 años, Alicia de Larrocha, mayo de 1929 a las 7 de la tarde"; junto a él una fotografía de una niña de 4 años ante el piano y con los pies que no le llegaban a los pedales.
En cada rincón, la presencia de Alicia de Larrocha era evidente, en aquella escuela se formó y fue su directora durante muchos años; vimos sus partituras, algunas cartas, y otras fotografías de varias etapas de su vida, desde su infancia hasta su retirada 70 años después, siempre ante el piano, concentrada y enérgica.
Al salir de la academia ya habíamos decidido que queríamos hacer un documental sobre ella y nos pusimos en contacto con su hija Alicia Torra, que nos habló de la gran labor de catalogación que estaba llevando a cabo con el archivo personal de su madre: fotografías, partituras, correspondencia personal, películas familiares, programas de concierto e incluso vestidos de sus primeros conciertos.
Resultó que aquel archivo no era sólo extenso, era agobiante; nos dimos cuenta del que teníamos entre manos y el pánico se apoderó de nosotras; no éramos expertas en música clásica y pretendíamos hacer un retrato sobre una de las más grandes pianistas del siglo XX.
Durante meses, las interpretaciones de Alicia de Larrocha nos han secuestrado: nos hemos encontrado tatareando Danza del fuego de Falla, o el Concierto nº3 de Rachmaninov en el autobús, y Mozart, Beethoven o Chopin a la ducha; viendo una y otra vez sus manos rápidas en el teclado, hasta el punto de preguntarnos: ¿tenía sólo dos manos? En realidad sus manos eran pequeñas, hecho que supuestamente suponía una dificultad para interpretar algunas obras. Después hemos sabido por otros pianistas como Maria Jôao Pires, o Joaquín Achúcarro, que las manos son un instrumento; que cuando nos centramos sólo en ellas obviamos el alma del intérprete, su fuerza interior, la pasión, y Alicia de Larrocha tenía mucha.
Era una mujer de un gran talento, humilde y una trabajadora incansable; incluso cuando un accidente -abriendo la puerta de un taxi en Nueva York- inmovilizó su mano derecha, siguió practicando piezas con la mano izquierda hasta estar recuperada.
Rodeadas de sus cartas y centenares de fotografías visualizamos los grandes escenarios del mundo abarrotados, los aplausos, los ramos de flores, ciudades moviéndose al compás de su piano, Nueva York tendida a sus pies (donde su público la llamaba "Lady Mozart"), y allí que nos fuimos para descubrir el lugar en el cual pasaba tantos meses al año.
Y sí, la adoraban, allí como en puntos otros rincones del planeta; tuvo un éxito increíble. Entonces nos preguntamos: ¿Queremos hablar del éxito? ¿Este éxito que a ella no le importaba? Sí, por supuesto, pero una artista como ella nos hablaba de algo más y lo hacía de una manera velada, como ella era, discreta, íntegra, sin excentricidad. ¿Cuál fue el coste personal de este éxito? De una parte, vencer su timidez en cada concierto, en cada entrevista, recogiendo cada premio, y lo más importante, la difícil gestión emocional en los periodos de ausencia, lejos de sus hijos, de los amigos, una opción de vida en una época en que tantas mujeres abandonaban sus carreras artísticas por las convenciones sociales del momento. ¿Qué nos estaba explicando una artista que los dijo a sus hijos: ‘Mientras yo viva no habléis de mí, cuando ya no esté, haced el que queráis’?
Despacio, fuimos acercándonos a la mujer que había más allá de la pianista, y esta imagen del inicio de encorsetamiento se desvaneció para descubrir con gran ternura que también nosotras habíamos caído a sus pies.
Las manos de Alicia es un documental biográfico sobre Alicia de Larrocha, pero también es una historia sobre la pasión y el deseo, sobre la búsqueda de la perfección, la ausencia, y como no, también es un musical.

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