Desintermediación financiera y nuevas monedas

Foto: Horacio Villalobos / Corbis / Getty Images

Los intermediarios financieros se han hecho cada vez más fuertes como efecto de la revolución digital, contrariamente a lo que ha sucedido en la mayoría de sectores económicos.
En la imagen, manifestación de protesta contra las políticas de la Unión Europea sobre Grecia durante la inauguración de la nueva sede del Banco Central Europeo en Frankfurt, en marzo de 2015.
Foto: Horacio Villalobos / Corbis / Getty Images

La revolución digital ha fomentado la eliminación de intermediarios en la mayoría de los sectores económicos, pero en el caso del financiero los ha hecho todavía más fuertes. La capacidad de crear dinero –exclusiva de las entidades de crédito– es la causa principal de esta anomalía. Una solución pasa por generar nuevos mecanismos de creación monetaria.

Si tuviéramos que expresar en una frase aquello a lo que se ha destinado la digitalización del sector financiero, sería probablemente esta: facilitar la compraventa e incrementar la especulación. Esto ha fomentado la aparición de burbujas especulativas y ha acelerado los ciclos, lo que ha provocado que las crisis financieras sean cada vez más frecuentes. Con cada crisis financiera, el sector bancario se concentra más y aumenta el poder de las entidades que se mantienen en pie.

Los reguladores de la Unión Europea han percibido lo peligroso de depender de estas entidades cada vez mayores, propietarias de la práctica totalidad de los sistemas de pago digitales, lo que las coloca en esa posición de ser “demasiado grandes para caer”. Cada crisis supone una mayor concentración en el sector e incrementa la vulnerabilidad de la sociedad. Las megaentidades bancarias que están surgiendo son las propietarias principales de los medios de pago, es cierto, pero también son las principales creadoras de dinero. Por muchas alternativas al sector bancario que se hayan tratado de regular, todas ellas trabajan con dinero bancario: los nuevos proveedores de sistemas de pagos poseen cuentas en entidades bancarias para llevar a cabo sus servicios de pago y tienen que usar los sistemas de compensación que pertenecen al sistema financiero. Las nuevas plataformas de financiación colaborativa con ánimo de lucro, reguladas en 2015, también trabajan con dinero bancario, en general a través de proveedores de sistemas de pago certificados. Incluso los nuevos proveedores de dinero electrónico están obligados a tener dinero bancario en la misma cantidad que emitan de dinero electrónico para facilitar a sus clientes en todo momento el cambio a dinero bancario o efectivo. En definitiva, la creación monetaria regulada sigue en manos exclusivamente del sector bancario, aunque el número de reguladores que ven la necesidad de que existan otras opciones aumenta poco a poco. El Banco de Inglaterra ha sido el primero en mostrar un claro interés por propiciar el surgimiento de formas alternativas de creación monetaria.

 

El componente social en el eje de la innovación

Una característica central del sistema monetario y financiero actual es que se trata de una estructura público-privada profundamente jerárquica: los estados y bancos centrales se hallan en la cúspide, a continuación están los grandes bancos comerciales y privados, luego los bancos más pequeños y después el sector no bancario. Esta estructura de poder es básicamente incompatible con un sistema democrático, y es que una gran parte del sistema monetario data de épocas predemocráticas. En cualquier caso, esta jerarquía es de tipo social y político.

Foto: Dani Codina

Frente a la estructura profundamente jerárquica del sistema monetario y financiero actual, de hecho incompatible con una sociedad democrática, se plantean alternativas con un componente social fuerte como las monedas sociales y los sistemas de intercambio empresariales con gestión participativa.
En la imagen, Coop57, una cooperativa de servicios que ofrece una alternativa de financiación y ahorro a entidades y particulares.
Foto: Dani Codina

Atendiendo a esta característica del sistema monetario, las alternativas están llegando por dos vías opuestas:

–Eliminar el componente social. Algunos sistemas monetarios tratan de funcionar sin necesidad de que los participantes en los mismos hablen entre sí, o sea, prescindiendo de una estructura social para su funcionamiento. Nos referimos al bitcoin y a numerosas otras formas de moneda basadas en la tecnología de cadena de bloques, sobre todo aquellas cuyo total de unidades monetarias está predefinido. Esas monedas se generan de forma descentralizada pero no por ello democrática o igualitaria, con una tecnología que permite crear un mecanismo perfecto de mantenimiento de valor monetario, algo que sea invulnerable a la acción de los gobiernos o cualquier otro agente que pudiera intervenir en este aspecto, salvo la oferta y la demanda de la moneda.

–Incrementar el componente social. Por otro lado, algunas monedas existen gracias a un interés de sus promotores por hacer justo lo contrario: democratizar el proceso de creación monetaria. En este tipo podemos incluir a las monedas sociales y los sistemas de intercambio empresarial, que es frecuente que se gestionen de forma ciudadana y participativa. En este caso, la moneda posee un papel instrumental y el objetivo consiste en generar una herramienta monetaria que permita un sistema económico que evolucione en función de las prioridades definidas por la ciudadanía, con objetivos concretos como dar liquidez a la economía real, procurar un sistema económico más equitativo y promover la sostenibilidad medioambiental.

La evolución de la confianza

La base del dinero es la confianza, que, en ambos grupos de monedas, ha evolucionado de un modo radicalmente diferente respecto al sistema monetario y financiero convencional. En las monedas del primer tipo, la forma de confianza se basa en la tecnología, en la inviolabilidad del código y la encriptación de las mismas. En el segundo caso, la confianza está basada en las relaciones interpersonales (P2P) o comunitarias de las personas que participan en ellas. También existen propuestas de moneda social que tratan de combinar las dos fuentes de confianza.

En numerosas ocasiones las monedas complementarias han surgido tras una crisis financiera. En las crisis suelen producirse contracciones monetarias, que un sistema de moneda social basado en el crédito mutuo permite compensar con liquidez adicional. Con frecuencia, estas experiencias se desmantelan una vez pasada la emergencia (como en el caso de la mayoría de los clubes de trueque en Argentina), pero algunas han pervivido (como en el caso del WIR suizo, con más de ochenta años de existencia).

La posibilidad de que las nuevas monedas prosperen estaría plenamente justificada ante la evolución del sistema financiero, que puede llevarnos a escenarios imprevisibles en los que la función social de la banca esté todavía más comprometida de lo que ya lo está. Hay una serie de condiciones que fomentarían esta posibilidad. En primer lugar, no habría que regularlas hasta que sus posibilidades estén plenamente desarrolladas, y apoyar su puesta en marcha desde los ayuntamientos y otras entidades públicas –sin olvidar que deben estar gestionadas por la ciudadanía. En segundo lugar, se trataría de fomentar la innovación en sistemas de confianza; por ejemplo, en sistemas que permitan registrar la confianza entre ciudadanos. En tercer lugar, sería preciso divulgar información sobre el funcionamiento del sistema monetario actual y las monedas complementarias. Finalmente, habría que fomentar diferentes sistemas de dinero y de mecanismos de compensación de pagos, ya que la interoperabilidad de las monedas complementarias no necesita producirse por los métodos convencionales usados por la banca.

La desintermediación en la creación monetaria puede tener grandes beneficios para la ciudadanía si la innovación se dirige a alcanzarlos.

Susana Martín Belmonte

Economista. Miembro de Novact y del Instituto de la Moneda Social

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