Emprender para seguir adelante

La palabra emprendedor ya ha colonizado el discurso político y mediático a escala global. Los emprendedores triunfan en Estados Unidos. En Cataluña, ni la crisis ni el ecosistema laboral les son favorables, pero intentan hacerse un hueco en el mercado.

© Juliet Pomés

En una pizarra de la Universidad de Brighton, en la Facultad de Medicina, se lee: “¿Qué es un emprendedor?” Es Navidad del 2010. En otro pizarrón, la misma palabra junto a “valor social y económico” y “cultura digital”. Es junio del 2012. La pizarra está en un despacho de un college de Oxford que atesora ocho siglos de historia. En la Facultad de Comunicación de la UAB, en Bellaterra, algún profesor ha dejado rastro en una clase. “Emprendedor”, se lee en una hoja. Es noviembre del 2012. ¿Por qué hay un boom global de emprendedores? “Por necesidad”, explica Alfred Vernis, profesor titular del Departamento de Dirección General y Estrategia de ESADE. Vernis deja claro que los emprendedores siempre han existido, pero ahora en el discurso político, tanto local como europeo, se repite que “se necesitan emprendedores” para salir de la crisis económica.

El pasado noviembre, hasta la Corona incorporaba el argumento en su discurso público. El príncipe Felipe aseguraba, frente a un grupo de empresarios en Navarra, que el futuro “de España” pasa por los emprendedores y por “una sociedad más ágil y más conectada con las tendencias mundiales”.

¿Quiénes son los emprendedores? “Personas que, a partir de una idea de negocio o de una necesidad social, deciden montar su propia empresa y lo hacen con pasión y con espíritu de descubrimiento –explica Vernis–. Con la crisis económica, mucha gente con una carrera laboral decide crear su propia empresa. Los proyectos tienen que nacer como globales o tienen que suplir un vacío muy concreto. Es un suicidio ser emprendedor en nuestro país si solo piensas en el país.”

Aún no tenemos datos sobre cuántos emprendedores hay en Barcelona. Tampoco disponemos de estudios sobre cuántas empresas que están naciendo en esta segunda década del siglo XXI tendrán resultados económicos que garanticen su continuidad. Muchos emprendedores aún se consideran en los márgenes de la economía: apuestan por un proyecto respaldados por sus anteriores carreras laborales que, en muchos casos, fueron exitosas y que les permitieron conocer el mercado, trabajar en otros ecosistemas laborales, tener contactos internacionales y atesorar un colchón económico que les da tiempo para reflexionar y poner en marcha iniciativas propias.

Ni en Cataluña ni en España lo tienen fácil. Vernis explica que en este país “el ecosistema en torno al emprendimiento” no es favorable como sí lo es en otros lugares. “No tenemos suficientes inversores dispuestos a gastar dinero en ideas que empiezan”, reflexiona.

En Estados Unidos, las empresas emprendedoras se están convirtiendo en nuevos modelos de negocio de éxito y los llamados business angels respaldan a jóvenes recién salidos de la universidad que aportan nuevas ideas al mercado y que también cambian ciertas lógicas de funcionamiento.

Uno de los ejemplos más exitosos es Airbnb, el negocio de alquiler de casas entre viajeros. La empresa tiene cuatro años y nació en Silicon Valley cuando sus creadores, entonces unos estudiantes, decidieron alquilar su casa para ganar un dinero extra. Hoy en día dispone de una red de viviendas que se alquilan en 126.000 ciudades de 192 países y cotiza en bolsa desde el año pasado. En España, Airbnb ya cuenta con cinco oficinas y, en el último año, ha crecido un 700%.

Aribnb es un resumen de las características que debe tener un negocio de emprendimiento para que el mercado global lo acoja: suple un nicho existente en el mercado del que la Administración no se ocupa o que no reconoce; sus creadores lo impulsaron con un espíritu de conquista (ellos lo califican como economía de intercambio); nació como una iniciativa global, es decir, va dirigido a la world class (a los ciudadanos del mundo formados y que hablan inglés), y vive de la cultura digital: internet es su base de operación y de promoción y permite consultar a través de Twitter, Facebook y Linkedin los perfiles de los usuarios y aumentar así los niveles de confianza entre usuarios.

Empresas como Airbnb o Couchsurfing, que este año ha recibido una inyección de quince millones de dólares, han abierto un debate sobre la función que ha de tener el Estado ante estas iniciativas y hasta qué punto estas representan una amenaza para los lobbies de poder. Alfred Vernis argumenta que el papel del Estado “debe ser el mínimo para crear empresas y el máximo para asegurar una regulación impositiva; es decir, el Estado tiene que poder crear impuestos para poder redistribuirlos. Si no es así, podemos caer en el otro extremo. Ya están saliendo otros monopolios como Google, por ejemplo”.

MOB, un espacio interdisciplinario y colaborativo

Cero barreras arquitectónicas. La entrada está a pie de calle y enfrente hay un parking de bicis propio. Desde la puerta, unas grandes cristaleras, se ven mesas de trabajo y personas frente a sus portátiles. Se marca el código y se entra en MOB, las siglas de Makers of Barcelona, un espacio de co-working en pleno Eixample. Abrió hace menos de un año y ya tiene a una comunidad de ochenta emprendedores que acuden al espacio para trabajar en sus propios proyectos y colaborar con otros que se gestan o se desarrollan aquí.

Quien lo abrió es una arquitecta chino-estadounidense, Cecilia Tham, que se formó en la Universidad de Harvard, llegó a Barcelona en el 2001 y durante diez años intentó crear comunidad a través de las plataformas digitales. Su objetivo era seguir “experimentando el sentido de comunidad” que había vivido en Harvard. Fue imposible: tenía que existir un espacio físico para que existiera una comunidad. Por eso abrió MOB: un lugar interdisciplinar, transgeneracional, internacional y abierto a la reflexión y al debate comunitario. Tham tiene claro que esta forma de trabajo –más horizontal y que implica redes de confianza– aún es muy nueva entre nosotros.

“En Cataluña hay un sentido de protección que hace que hasta que no conoces muy bien a la otra persona, no confíes en ella –asegura–. Además, no resulta ni fácil ni barato ser autónoma.” Las grandes entidades bancarias, las escuelas de negocio más elitistas o la propia Administración se han fijado en los emprendedores y ya han creado programas de ayuda o financiación para sus proyectos. Faltan aún inversores que crean en estas nuevas empresas y son muchos los emprendedores que acuden al mercado internacional en busca de apoyos.

Todas las preguntas que nacen en las adopciones

© Italo Rondinella
Eva Gispert, creadora del Institut Família i Adopció, pudo poner en marcha su proyecto gracias a la colaboración de la Generalitat de Catalunya y de la agencia municipal Barcelona Activa.

El Institut Família i Adopció (IFA), creado y dirigido por Eva Gispert, cuenta con doce profesionales en Barcelona, Girona y Sevilla.

Se queda en silencio. Eva Gispert es un manantial de palabras, pero cuando se le pregunta si se define como una emprendedora social, se calla. “Empiezo a creérmelo.” Gispert, licenciada en Derecho, había trabajado para ESADE, había sido la directora ejecutiva de un proyecto de género para la Comisión Europea y se podía decir que en su vida solo cosechaba éxitos. Hace tres años se acabó un trabajo en el que nunca se sintió implicada y se dijo a sí misma que ese era el momento para “acelerar” su propio proyecto: un centro de acompañamiento y crecimiento para familias adoptivas y adoptados que respondiera a todas esas preguntas que nacen en las adopciones.

Sabía de lo que hablaba y, sobre todo, era consciente de que encontrar las respuestas era un camino largo, tedioso y no siempre certero. Gispert es hija adoptada y madre adoptiva. Dos años después ese proyecto se llama Institut Família i Adopció (IFA), tiene una oficina, doce profesionales implicados y está presente en Barcelona, Girona y Sevilla.

Gispert dice que IFA surgió por una preocupación y una búsqueda personal. Durante muchos años intentó entender lo que ella llama las dos evas. Una era la Eva exitosa, la adolescente hiperactiva y brillante, la adulta ejecutiva que alcanzaba todas las metas que se proponía y que incluso había dejado en un libro su testimonio como hija adoptada . La otra era la Eva a la que, desde los quince años, a veces embargaba una tristeza muy profunda sin que hubiera razones para ello. “Tenía un buen trabajo, un marido que me quería y tres hijos, el pequeño adoptado”. La búsqueda de respuestas para esa tristeza fue larga. A los treinta y dos años acudió a una terapia psicológica que no le dio resultado porque “la profesional no era especialista en adopciones”. Le recomendaron un psiquiatra, pero intuía que ese no era el camino a seguir. Más tarde, por fin, encontró a una psicóloga “especializada en vínculos y abandono” que la ayudó a entender de dónde venía ese pesar.

En paralelo hizo un máster en mediación familiar en el que empezó a entender cómo se forma un sujeto y cursó otro máster, este en teatro terapéutico, que la conectó con ella misma y con otras técnicas que hasta ese momento le eran desconocidas.

En esa búsqueda también supo que en Estados Unidos o Suecia la adopción se trataba de otra manera: “Están mucho más avanzados”, asegura. Eva Gispert se dio cuenta de que, en treinta años, había tenido que llamar a muchas puertas para obtener unas respuestas, que estas estaban descoordinadas y que, además, ese era el mismo camino cansino que recorrían muchas familias adoptivas o muchos adoptados. “Cuando salió mi testimonio en el libro, se me acercaba mucha gente y me decía que ellos vivían y sentían lo mismo.” Por eso decidió crear IFA.

Primero estructuró sus ideas. Dar coherencia a un proyecto era algo que había hecho muchas veces para otros, en ESADE o desde la Comisión Europea, pero que aplicado a ella misma era un reto. Presentó su proyecto a la Generalitat y la respuesta fue: “Es muy bueno”, y acto seguido: “Hay recortes.” No se detuvo. Se presentó a una beca que la misma Generalitat convocaba para emprendedores sociales. Seleccionaron quince de los doscientos proyectos que se habían presentado, entre ellos el suyo. IFA empezaba a ser realidad. Gracias a la beca, Barcelona Activa le dio asesoramiento y, después de dos años, asegura que el resultado es “muy positivo”.

Por una economía más democrática y horizontal

Albert Cañigueral es creador del blog Consumo Colaborativo y dinamizador de OuiShare, un movimiento europeo que vincula a emprendedores de la economía de la colaboración.

© Italo Rondinella
Albert Cañigueral defiende el sistema de economía colaborativa inspirado en las tesis de Bostman, y califica a los profesionales que se ajustan a él de “emprendedores radicales”.

Aparece con una mochila al hombro que pesa lo mismo que un portátil. Está en el bar del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) porque forma parte de una treintena de personas, de entre veinticinco y cuarenta y cinco años, que han sido convocadas por una consultora estadounidense, con sede en Barcelona, que organiza veladas interdisciplinares para vincular a emprendedores con ideas innovadoras o negocios emergentes. Hay holandeses, turcos, estadounidenses, catalanes.

Albert Cañigueral estuvo trabajando durante dos años en una multinacional de Taiwán. Hace menos de un año regresó y optó por abandonar una carrera prometedora como ingeniero multimedia para convertirse en emprendedor.

¿Qué le pasó para decidirse a dejar atrás corbata, trabajo respetable y oficina? Ni siquiera fue un suceso remarcable. Un día se permitió detenerse y mirar alrededor: “Vi que éramos como hámsteres. La gente trabajaba mucho para gastar el dinero en centros comerciales. Supongo que estar en otro país me dio la oportunidad de parar y reflexionar. El mundo digital nos ha demostrado que la escasez es falsa.”

Una lectura lo acompañaba, What’s Mine Is Yours (Lo mío es tuyo), de Rachel Botsman, y también el malestar de que algo no andaba bien en esta sociedad con un modelo socioeconómico que, a él, no le parecía que hiciera que las personas fueran más creativas –como diría Adam Smith–, ni más sabias, ni mucho menos más felices.

La revista Time considera que “compartir y colaborar”, el argumento principal de Bostman, será una de las diez ideas que cambiarán el mundo. De momento Bostman ha marcado a una generación de jóvenes que, tras cursar carreras de ciencias económicas o ingenierías, haber pasado por escuelas de negocios y haber trabajado en multinacionales en sus países y en el extranjero, ahora buscan otros modelos de negocios y, sobre todo, otras maneras de vivir. Lo resumen con un concepto: economía colaborativa, es decir, una economía más democrática y horizontal, que optimice el consumo y que utilice las TIC para crear conexiones y acciones globales. Cañigueral explica que él entiende por consumo colaborativo un sistema basado en la redistribución (eBay o Nolotiro); el acceso y no la propiedad (Bicing es un ejemplo) y una vida cooperativa, como pueden ser los bancos de tiempo, el couchsurfing (abrir la casa a los viajeros que buscan cobijo) o Airbnb, el alquiler de casas también entre viajeros.

Cañigueral tiene claro que el nuevo sistema supone una innovación social en todos los campos, desde la educación y la economía hasta la forma de relacionarse. Aun así, asegura que no sabe cómo gestionar la etiqueta de emprendedor social: “Quizá prefiero la de emprendedor radical porque lo que pretendemos es cambiar este sistema.”

De momento, además de mantener el blog Consumo Colaborativo, es corresponsal y dinamizador en Barcelona del movimiento europeo –nacido en Francia– OuiShare, que agrupa a emprendedores y a personas de campos muy diversos en reuniones interdisciplinares que se celebran en la capital catalana, Roma, Berlín o París, en las que comparten experiencias y ponen en marcha proyectos transnacionales gracias a la cultura digital.

“Hoy te ayudo yo y mañana alguien me ayudará a mí”

© Italo Rondinella
Cristóbal Gracia, uno de los tres creadores de Favorece, tiene claro que forma parte de una generación que no ha comprado un modelo basado en la competición y en la lucha.

Cristóbal Gracia es uno de los creadores de Favorece, una start-up que se propone como espacio virtual para ofrecer y pedir favores.

En su sitio web hay dos categorías: los que piden y los que ofrecen. A veces, quien pide también ofrece y viceversa. Los favores son muy diversos: se ofrece fruta para hacer compota, se requiere un mueble o alguien que sepa cortar las uñas a un perro. No hay dinero de por medio ni tampoco intercambio. La lógica es la reciprocidad indirecta o lo que Cristóbal Gracia, uno de sus creadores, define así: “Hoy te ayudo yo y mañana alguien me ayudará a mí”.

Favorece (www.favorece.net) es uno de los primeros sitios web de favores que hay en España. Desde hace algunos meses colaboran con unos programadores de la Universidad de Yale para que les desarrollen el software mientras, desde Barcelona, los tres creadores –Cristóbal Gracia, Albert Martínez y Rafa Andrade– llevan a cabo el trabajo de difusión.

La entrevista con Cristóbal Gracia se lleva a cabo en el espacio público, en un banco situado justo frente a la playa de Sant Sebastià. Hace años que un entrevistado no reivindicaba el mobiliario urbano como lugar de encuentro y este emprendedor lo ha hecho sin ni siquiera darle importancia.

Gracia tiene claro que forma parte de una generación que no ha comprado un modelo basado “en la competición y en la lucha”. “Competir no es la mejor opción para el ser humano, no nos produce los mayores beneficios”. El origen de Favorece –lo define como una start-up porque, indica, “crea un servicio en unas condiciones de incertidumbre extrema”– es el resultado de una búsqueda personal y la manifestación del choque entre dos modelos socioeconómicos que conviven y de los que Gracia ha participado.

En su currículo hay una carrera en Económicas, trabajo en una empresa española, viajes, inglés casi nativo, un puesto en una multinacional y, luego, la necesidad de algo más. “Siempre supe que no encajaba en la multinacional, así que ahorré y cuando se acabó el contrato me dediqué a viajar. Hubo un momento en que ya no sabía qué quería”.

Fue un máster en crecimiento personal de la Universitat de Barcelona lo que le dio algunas de las claves de lo que sería esta otra etapa de su vida: hacer algo para cambiar la sociedad y poner en marcha un proyecto que, en cierta manera, lo conectaba con unos valores que había aprendido en su casa y que no encontraba en el mundo de la empresa, pero que sí compartía con otros emprendedores con los que se había vinculado gracias a OuiShare.

“Se están redescubriendo los modelos de negocio gracias a la colaboración. Es decir, cada vez se hacen las cosas de manera más sostenible, eficiente y colaborativa”. De momento, como la mayoría de las start-ups que están floreciendo en Barcelona, Gracia aún no puede pagar el alquiler, pero tiene claro que crear un negocio social no está reñido con querer monetizarlo. “Todo es muy reciente todavía”, dice. Sin casi buscarlo, le han ofrecido impartir charlas sobre este nuevo paradigma social en centros cívicos, escuelas y otras organizaciones.

Un punto de encuentro sobre el terruño

© Italo Rondinella
David Bori, que cultiva el huerto de Sant Esteve Sesrovires.

Hace poco más de un año Santiago Cuerda creó Huertos Compartidos. Uno de los huertos ya funciona en Sant Esteve Sesrovires. El hortelano es David Bori; el propietario de la tierra y también hortelano es Yamandú Sabini.

Huertos Compartidos nació el día en que Santiago Cuerda leyó en un blog que en el Reino Unido una organización, Landshare, ponía en contacto a propietarios de tierra y a personas que querían cultivar pero no poseían terrenos. Con esta iniciativa se habían recuperado 1.200 hectáreas de tierra baldía y más de 70.000 personas participaban en el proyecto. Santiago Cuerda lanzó un proyecto similar desde la oenegé Reforesta –de la que es socio fundador y secretario–, y solo en los once primeros meses logró que 60.000 internautas visitaran el sitio web (www.huertoscompartidos.es) y que se registraran en él quinientas personas. Además, casi sin proponérselo, se ha convertido en un emprendedor social. En junio la asociación Cibervoluntari@s le concedió el Premio Empodera 2012 a la iniciativa más innovadora y ahora participa en el proyecto Socialnest 2012.

Vive en Cuenca. Por teléfono, Santiago Cuerda explica que está “aprendiendo a dar un enfoque de negocio social” a lo que, en un principio, era una acción que llevaba a cabo por “coherencia personal”. Es sincero. Estaba en paro y puso en marcha un proyecto que, en realidad, era fruto de su trayectoria como activista preocupado por el medio ambiente, pero ni esperaba tanta repercusión ni cree que el proyecto esté aún cerrado. “Es un work in progress”, afirma riéndose. Es decir, ha ido adaptando el sitio web “a medida que han surgido dudas y problemas técnicos que han planteado los usuarios”.

La mecánica para compartir un huerto “es sencilla”: propietarios de tierra y cultivadores se registran en el sitio web, dejan su teléfono y hacen una descripción del terreno o de las necesidades. Si hortelano y propietario coinciden en la zona y se ponen de acuerdo, se firma un contrato, según el cual “la producción ha de ser ecológica, la cesión del terreno es gratuita y hay que compartir la cosecha, es decir, tiene que ser para autoconsumo”.

© Italo Rondinella
En la imagen, Yamandú Sabini.

Por ahora, explica Cuerda, hay más gente con ganas de cultivar (384 hortelanos registrados) que propietarios de tierra (132) que ofrezcan sus terrenos. Además, asegura, la mayoría de la tierra está en zonas rurales aisladas y las demandas de los futuros hortelanos provienen de las grandes ciudades. “Aún hay pocos huertos que funcionen”, se lamenta.

En Barcelona hay unos sesenta futuros hortelanos apuntados y diez propietarios de tierra. Uno de los huertos compartidos que ya están en marcha se encuentra en Sant Esteve Sesrovires. Yamandú Sabini buscó en internet si alguien quería cultivar parte de su terreno simplemente porque a él no le daban las fuerzas ni el tiempo para hacerlo y encontró la web de Huertos Compartidos; en sus mismas páginas, David Bori encontró la descripción del huerto de Yamandú: ochocientos metros de terreno, árboles frutales, almendros y olivos. Ahora juntos preparan la tierra para sembrar, al mismo tiempo que se van conociendo.

Catalina Gayà

Periodista

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