Centros penitenciarios: un cuerpo a cuerpo con la ciudadanía

Foto: Archivo de Mery Cuesta.
Obras de arte hechas por reclusos en los centros penitenciarios de la Model, Brians 2 y Quatre Camins, incluyendo la instalación La mirada nómada realizada en el patio de la prisión Brians 2 (las dos imágenes de la izquierda en la segunda hilera).

Situémonos en los márgenes de la ciudadanía, las prisiones, para abordar una de las vías a través de las cuales la población reclusa entra en comunicación con ella, que es la creación artística.

Acostumbrados al término “ciudadanía”, es oportuno que en este número 100 de Barcelona Metròpolis reflexionemos sobre los límites de este concepto. Porque los tiene. Atendiendo a sus diversas definiciones, encontramos en todas ellas la coincidencia básica de que la ciudadanía la componen aquellos que pueden incidir políticamente en el gobierno de su país, aquellos que ejercen plenamente sus derechos civiles.

Hablemos ahora de un colectivo que no forma parte de esa ciudadanía y que es la población reclusa, un segmento al que se alude a menudo como “colectivo en riesgo de exclusión social”. Esta expresión, nacida en Francia en los años setenta y bendecida por la Unión Europea, se emplea para referirse a aquellos grupos sociales que están total o parcialmente excluidos de una participación plena en la sociedad en lo tocante a la política y la economía. Son individuos, en definitiva, que no pueden ejercer el derecho al voto y que no participan del mercado laboral normativizado: no forman parte de la ciudadanía.

El sentido de lo que es la exclusión social resulta más o menos diáfano para el conjunto de la sociedad, pero a muchos no deja de incomodarnos esta etiqueta que revela una amenaza latente, una espada de Damocles que en cualquier momento puede caer y cortar el cordón umbilical que une a ese individuo o colectivo “en riesgo de exclusión” con “la sociedad”. Es este un lenguaje negativo y excluyente, cuando sería más adecuado utilizar una expresión inclusiva y positiva que genere empatía con estos “riesgos”. Estos colectivos e individuos, además, no pueden dejar de formar parte de la sociedad: son parte integrante de ella, vivan en un apartamento del Soho londinense o en una celda. Lo cierto es que resulta paradójico que se identifique con la exclusión social precisamente a aquellos sujetos que sufren sobre sus espaldas la presión de las instituciones con mayor intensidad.

Así pues, habiéndonos ubicado en los márgenes de la ciudadanía, abordemos una de las vías a través de las cuales la población carcelaria entra en comunicación con ella, que es la creación artística. Los centros penitenciarios equivalen a una especie de quistes: son nódulos cerrados, con sus propios sistemas simbólicos y de significados, dentro de la matriz de la esfera social. He tenido la suerte de poder investigar durante tres años el trabajo de carácter artístico y creativo que se realiza dentro de estos cúmulos que son los diez centros penitenciarios existentes en Cataluña, siete de los cuales se sitúan en la provincia de Barcelona. En el seno de estos centros actúa un perfil profesional, propio del sistema penitenciario catalán (no existe en el sistema estatal), que son los monitores artísticos de prisiones. El ánimo de este agente de mediación es –mucho más allá de tener entretenidos a los internos y las internas– conseguir que haya un aprovechamiento cultural y un beneficio personal del tiempo transcurrido en la cárcel. Y esto se lleva a cabo enriqueciendo la simbología del interno y sensibilizándole con respecto a expresiones artísticas y nuevos lenguajes que no conoce. La misión de los monitores es iniciática, pues propician el amanecer de la inteligencia creativa. A día de hoy, el modelo catalán de enseñanza artística en prisiones sigue siendo estudiado e inspira réplicas en otras cárceles de Europa.

En estos momentos hay 53 monitores para los diez centros. A través de diversas acciones prácticas como exposiciones en el exterior, participación en concursos o la recepción en prisión de visitas de artistas reconocidos, se consigue que esos nódulos cerrados que son las prisiones –microuniversos con una cotidianidad estricta y unas arduas rutinas propias– desarrollen una cierta porosidad. Así, se hace posible tanto recibir estímulo del exterior como realizar aportaciones a la esfera social que describan cómo es la vida carcelaria y los dilemas que plantea al sujeto. El lenguaje de la creación artística es muy adecuado para conjugar ambas esferas por su potencia metafórica y poética.

Foto: Editorial La Cúpula.
Página del cómic Fuga en la Modelo del personaje Makoki, editado por La Cúpula.

La Modelo, mito de la cultura popular

Me gustaría detenerme brevemente en el caso del centro penitenciario de la Modelo y su cuerpo a cuerpo con la ciudad. Su situación en medio del barrio del Eixample hace que la metáfora de la prisión como quiste social sea especialmente literal. Entre las calles de Rosselló, Provença, Nicaragua y Entença se erige este edificio de 1904, la más vetusta de las prisiones catalanas y un emblema en cuanto a arquitectura penitenciaria debido a su diseño en panóptico. Podemos afirmar que la Modelo (también conocida en el lenguaje callejero barcelonés como “el hotel”) es un mito de nuestra cultura popular porque goza de una proyección colectiva en base a un imaginario común.

Probablemente, tres de los fenómenos asociados a la Modelo que figuran en el podio del inconsciente barcelonés son, primero, los motines y revueltas de la Coordinadora de Presos Españoles en Lucha (COPEL) a finales de los setenta, cuyas imágenes de los internos subidos a los tejados han quedado grabadas en la retina de varias generaciones. A estas impresiones se suma el motín protagonizado mediáticamente por el Vaquilla, en el que reclamaba heroína ante las cámaras en 1984. Y por último, el disparatado cómic Fuga en la Modelo, de Gallardo y Mediavilla, una de las correrías mas representativas de Makoki, antihéroe del cómix barcelonés.

Foto: Robert Ramos.
Juan José Moreno Cuenca, el Vaquilla, saliendo de un juicio en la Audiencia de Barcelona el 30 de abril de 1985.

Estos tres fenómenos están muy relacionados con la cultura popular y los medios de comunicación, y son solo la punta del iceberg más mediática y coloreada de ese gran artefacto arquitectónico, histórico y cultural que es la Modelo. Porque este magnífico espacio de memoria acumula una cantidad ingente de vivencias de dolor y castigo, pero también de aprendizaje y resistencia. En la actualidad, en el interior de esta construcción, he podido comprobar cómo se están activando día a día metodologías y formas de trabajo novedosas y experimentales dentro de la enseñanza artística por parte de los monitores artísticos, cuya figura hemos mencionado. Pienso en las experiencias propuestas a los internos para trabajar los cinco sentidos estimulándolos con inputs sensoriales (olores, sabores) que tienen después una plasmación gráfica o escultórica. En esta experiencia, los olores se revelan como el estímulo que actúa más vívidamente en el humano: el olor de una simple ramita de romero desata torrentes de lágrimas en quien vive en privación de libertad.

Lo cierto es que sería largo destacar aquí los emocionantes proyectos que he conocido realizados en la Modelo y en otras prisiones catalanas, aunque es imprescindible destacar la generosidad de artistas como Arranz Bravo, Frederic Amat, Evru o el Mag Lari, cuyas visitas desinteresadas al centro han ido orientadas a trabajar la automejora, la voluntad y la perseverancia de los internos. Estas visitas hacen que la prisión entre en sinergia con la ciudadanía, respirando, filtrando una sustancia de dentro hacia fuera y viceversa: esa sustancia es la creatividad. Por ello debemos reivindicar la introducción de una cultura para la interpretación de las formas que se generan en la institución penitenciaria. Esta sería, sin duda, una de las maneras más potentes de normalización de estos márgenes de la ciudadanía.

Mery Cuesta

Crítica de arte

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