Clandestinas e insumisas: mujeres y ciencia en la Barcelona moderna

Foto: Fundació Museu d'Història de la Medicina de Catalunya

Una de las primeras investigadoras catalanas, Teresa Bracons, miembro del equipo del doctor Ferrer i Cajigal, creador del Museo Anatómico Patológico de la Facultad de Medicina, en una imagen de 1930. Bracons aparece sentada al lado de Ferrer i Cajigal,en el centro.
Foto: Fundació Museu d’Història de la Medicina de Catalunya

La ciencia oficial en Barcelona ha sido cosa de hombres hasta hace muy poco. Así lo documenta, por ejemplo, la galería de académicos ilustres del Paraninfo de la Universidad, donde solo aparece un nombre de mujer: la filósofa del siglo xvii Juliana Morell. Pero bajo la superficie se descubre que las mujeres han plasmado la vida científica y técnica de la ciudad de muchos modos: a menudo como clandestinas, desde espacios menos hostiles que el académico; o como insumisas, cuestionando los componentes patriarcales de los paradigmas científicos.

Si bien en los años veinte y treinta del siglo pasado la mujer logra un papel sin precedentes en el mundo de la ciencia barcelonesa, la irrupción del franquismo supone un nuevo retroceso que no se revertirá hasta los años setenta. Bajo la dictadura, no obstante, las mujeres hallan vías insólitas para hacer ciencia. El fin del franquismo y la concienciación ideológica marcan un cambio fundamental: se multiplican las matriculaciones femeninas en las facultades de ciencias y los nombres de científicas destacadas. Pero el impacto del cambio va mucho más allá, porque también modifica la consideración social de la ciencia y la salud.

El impacto de las mujeres en la ciencia en la Barcelona moderna (desde finales del siglo xix hasta hoy) va más allá de algunas investigadoras famosas. Conviene fijarse en las pacientes de las clínicas del Eixample; en las prostitutas del Barrio Chino y su papel en las políticas de salud pública; en las aficionadas a la astronomía; en las trabajadoras de los laboratorios; en las “señoritas del Museo” de Ciencias Naturales bajo el franquismo; en los colectivos interesados en la legalización del aborto durante el postfranquismo…

“Las mujeres no pudieron entrar en el ámbito académico durante muchos siglos: en España necesitaron la autorización paterna hasta 1910. Pero también es cierto que la historia ha ignorado sus contribuciones: no es hasta los años noventa cuando la historia de la ciencia empieza a preguntarse qué pasa con el conocimiento femenino”, observa Mònica Balltondre, investigadora del Centro de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Barcelona (CEHIC-UAB). “Las contribuciones de las mujeres son más que notables a partir del siglo xix. Pero se produce un fenómeno de invisibilización: a menudo las mujeres tenían otra manera de cultivar la ciencia, dadas las limitaciones con las que se enfrentaban”, coincide Pedro Ruiz Castell, investigador del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero de la Universidad de Valencia.

“En Cataluña tenemos un déficit historiográfico de atención sobre este tema. Es una asignatura pendiente”, afirma Alfons Zarzoso, conservador del Museo de Historia de la Medicina de Cataluña. “El Dr. Miquel Fargas se convirtió en el padre de la ginecología catalana gracias a artículos, por ejemplo, como el que se basa en un millar de ovariotomías. Sabemos muy poco sobre las mujeres que sufrieron esas intervenciones. ¿Quiénes eran? ¿Por qué se operaron? ¿Eran necesarias esas operaciones? ¿Cómo se pagaron la estancia en la clínica?”, se pregunta Zarzoso.

Otro ejemplo son las campañas sanitarias contra las enfermedades venéreas que se llevaron a cabo desde finales del siglo xix hasta las cuatro primeras décadas del siglo xx. “En todas las campañas, las mujeres, y especialmente las prostitutas, son identificadas como causantes del problema. Este colectivo queda desdibujado, anonimizado”, explica el conservador del Museo de Historia de la Medicina.

Foto: Frederic Ballell / AFB

Hacia los años veinte del siglo pasado la presencia de las mujeres en el mundo de la ciencia comienza a ser habitual; abundan las fotografías de laboratorios con mujeres, si bien en segundo plano y sin identificar. La imagen muestra a un grupo de asistentes a una conferencia del célebre doctor Josep Agell, fundador de la Escuela de Directores de Industrias Químicas, en el laboratorio de esta entidad, en 1916.
Foto: Frederic Ballell / AFB

Hay que buscar de otro modo

“No siempre ha habido una voluntad de invisibilizar. El problema es que las mujeres no aparecen tanto [como los hombres] en las fuentes. Pero existen modos de tirar del hilo: detrás de esta aparente inexistencia, había actividad y valor”, afirma Emma Sallent del Colombo, investigadora de la Universidad de Barcelona y presidenta de la Sociedad Catalana de Historia de la Ciencia y de la Técnica. “No es que los historiadores sean ciegos; es que hay que buscar de otra forma”, indica Oliver Hochadel, investigador de la Institución Milà i Fontanals (CSIC), en Barcelona.

“Es preciso fijarse en papeles supuestamente subalternos, pero realmente importantes: esposas que ayudan a los maridos investigadores, coleccionistas, conservadoras de museos, profesoras de secundaria, activistas… O en organizaciones, como ateneos, asociaciones de astronomía, grupos de excursionistas…”, detalla el investigador. Hochadel apunta que la investigación, a principios del siglo xx, aún no estaba tan institucionalizada como ahora: muchos perfiles que hoy se caracterizarían como de aficionados realizaron contribuciones fundamentales para el avance de la ciencia.

“Sabemos que las mujeres asistieron a menudo, como organizadoras o participantes, en las actividades de los ateneos, las tertulias de los salones aristocráticos o los banquetes de sociedades científicas. Esta cultura oral tuvo un papel importante, pero ha quedado invisibilizada”, explica Agustí Nieto, investigador de ICREA de la Universidad Autónoma de Barcelona.

“También se hace ciencia en espacios que no son el laboratorio”, insiste la historiadora Mònica Balltondre. Uno de los primeros ámbitos en que ello se hizo patente, a principios del siglo xx, fue la pedagogía, una disciplina más tolerante respecto de la participación femenina. “Tenemos constancia de que un gran número de mujeres asistían a congresos, pero no realizaban investigación en los laboratorios, sino en las aulas de las escuelas”, añade Balltondre. Un ejemplo fue María de la Rigada, una pedagoga andaluza que enseñó, entre otras, en la Escuela Normal Superior de Maestros de Barcelona. De la Rigada fue pionera en introducir en las aulas medidas objetivas de lo que entonces se consideraba la inteligencia de los niños. “Estos test representaban una forma de superar la vieja clasificación subjetiva de los niños en listos y tontos”, explica la investigadora del Centro de Historia de la Ciencia.

Foto: Archivo Antonia Fontanillas

La trabajadora anarquista Teresa Claramunt en Sevilla, con el fotógrafo Antonio Ojeda y sus hijos.
Foto: Archivo Antonia Fontanillas

El mundo del amateurismo es otra de las vías de acceso de las mujeres a la ciencia. “[En 1890,] en el Reino Unido nació la British Astronomical Association como alternativa a la Royal Astronomical Society: la suscripción era muy cara, sus comunicaciones eran demasiado técnicas y… las mujeres no se podían apuntar”, explica Pedro Ruiz Castell.

En 1910 y 1911, nacen en Barcelona la Sociedad Astronómica de Barcelona y la Sociedad Astronómica de España y América, ambas fundadas por el astrónomo Josep Comas i Solà. “Muchas mujeres acudían a las conferencias de estas sociedades. Comas i Solà cuenta con mujeres colaboradoras: por ejemplo, su mujer le hace de asistente durante los eclipses de 1900 y 1905, y en el grupo que forma en el Observatorio Fabra en 1920 figura la matemática Assumpció Ferrer”, añade el investigador de la Universidad de Valencia.

“La estrategia de participación de las mujeres en la ciencia depende también de su situación. Quien es de una casa burguesa puede leer, estar al día y participar en debates. En otros colectivos, en cambio, las mujeres no persiguen una carrera científica, sino que la ciencia les sirva para lograr una mayor autonomía, para hacerse dueñas de su propio cuerpo”, observa Hochadel. “La categoría de clase no debe menospreciarse respecto a la de género”, subraya Nieto.

Dominio público / WIKIMEDIA

La escritora y carismática espiritista Amalia Domingo.
Dominio público / WIKIMEDIA

La explosión del espiritismo

En este marco de clase y género a la par, se entiende la explosión del espiritismo en Barcelona, en las primeras décadas del siglo xx. Hoy el espiritismo es una especie de superstición, pero en aquellos años se veía justamente lo contrario: una teoría científica plausible, que planteaba una alternativa racional y moderna a la religión. Según Balltondre, “el espiritismo se presentaba como un conocimiento científico para intentar averiguar si el alma era inmortal. Durante años se intentó llevar a cabo la comunicación con los espíritus con pruebas y controles científicos”. El movimiento vivió un momento álgido antes de quedar arrinconado.

Las investigaciones de esta historiadora han revelado que el espiritismo fue un fenómeno mayúsculo en Barcelona, arraigado con fuerza en los barrios de obreros cualificados y profesionales liberales, como el Raval, Gràcia y Sant Andreu. “Eran grupos que habían desconectado de la religión católica y veían en el espiritismo una alternativa moderna, solidaria de los movimientos anticlericales y de los intentos de secularizar la sociedad”, señala.

Las mujeres tienen un papel central en el espiritismo. En primer lugar, por tradición, las médiums suelen ser mujeres. “Las médiums empiezan a tener cierto poder en las sociedades espiritistas y un lugar en el espacio público: dan charlas, escriben en revistas. A través de los espíritus transmiten su visión de la moral y del progreso de la humanidad”, explica Mònica Balltondre. Una de las más carismáticas, Amalia Domingo, funda incluso una revista, La Luz del Porvenir.

En segundo lugar, el espiritismo se esfuerza por desposeer a la Iglesia del control de los colegios. Entre sus reivindicaciones destacan la igualdad de oportunidades educativas de ambos sexos y la coeducación.

En tercer lugar, el espiritismo promueve un movimiento obrero de mujeres. “Las mujeres trabajadoras no eran bien vistas a mediados del siglo xix: se consideraban casi unas prostitutas, alguien a quien el marido no podía mantener”, indica la historiadora de la UAB. Los intentos de los anarquistas de formar grupos de mujeres trabajadoras habían fracasado. Quien lo logra de nuevo es Amalia Domingo. Junto con la trabajadora textil anarquista Teresa Claramunt y la escritora libertaria y masona Ángeles López de Ayala, funda en 1890 la Sociedad Autónoma de Mujeres, que más tarde se llamará Sociedad Progresiva Femenina. En palabras de Balltondre, “el movimiento de mujeres librepensadoras que existe en Barcelona a finales del siglo xix es pionero en España: es difícil decir si eran las primeras feministas, pero seguramente sí que eran las primeras de todo el estado que realizaban demandas femeninas”.

Los colectivos alternativos

La ciencia es un tema de debate candente entre otros colectivos contrahegemónicos en las primeras décadas del siglo xx, desde los naturistas hasta los herboristas. Uno de los más activos es el anarquista. En sus revistas, por ejemplo, se debatió en profundidad la contracepción. Entre 1930 y 1937 la revista anarquista Estudios mantuvo una animada sección de “Preguntas y respuestas” en torno a temáticas de salud. En esta sección se produjo un vivo debate entre dos médicos y los lectores sobre el método Ogino de control de los nacimientos. Finalmente, uno de los médicos pidió la ayuda de los lectores para llevar a cabo una estadística sobre el método. En general, los militantes anarcosindicalistas tenían una actitud recelosa hacia los expertos, a los que consideraban como parte del engranaje contra el que luchaban.

Hacia los años veinte y treinta, la presencia de las mujeres en el mundo de la ciencia comienza a ser difícil de esconder. “Tenemos muchas fotografías de equipos de laboratorios en las que, a partir de la segunda o tercera fila, se ven mujeres. ¿Quiénes eran? ¿Dónde se formaron?”, se pregunta el conservador del Museo de Historia de la Medicina de Cataluña, Alfons Zarzoso. Entre 1924 y 1939 opera en la Universidad de Barcelona un Museo de Anatomía Patológica. “En él trabajaban mujeres que eran más que técnicas, puesto que realizaban trabajos de investigación”, comenta la presidenta de la Sociedad Catalana de Historia de la Ciencia y de la Técnica, Emma Sallent.

Incorporación progresiva a los estudios superiores

Este papel cada vez más explícito de las mujeres se debe a su incorporación progresiva a los estudios superiores a partir de 1910. Mientras la doctora Abreu (una de las primeras médicas de Barcelona, que se licenció a principios de siglo) debía acudir a la universidad acompañada para no tener problemas, el libre acceso de las mujeres a los estudios superiores fue una de las banderas de la Mancomunitat, primero, y de la República, después (“aunque, sin duda, había también un esfuerzo publicitario sobre este tema”, observa Emma Sallent).

Foto: Fundació Museu d'Història de la Medicina de Catalunya

Integrantes del Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de Barcelona, hacia 1925; entre ellos, en segunda fila, Antonia Papiol, Montserrat Farran, Maria Bosch y Josefa Barba. Esta última, licenciada en Farmacia y Derecho, fue una personalidad emblemática de la iinvestigación de su tiempo.
Foto: Fundació Museu d’Història de la Medicina de Catalunya

En las primeras décadas del siglo xx “hay más crecimiento de matriculación en facultades científicas, sobre todo en Farmacia, que en otras, como Derecho”, apunta Alfons Zarzoso. Una personalidad emblemática de estos años es la investigadora barcelonesa Josefa Barba. Licenciada en Farmacia y Derecho, se especializó en la Residencia de Señoritas de Madrid –el grupo femenino de la Residencia de Estudiantes, la de Dalí, Lorca, Buñuel… Gracias a becas de la Junta de Ampliación de Estudios (que formaba parte de la Institución Libre de Enseñanza) y de la Fundación Maria Patxot, en los años treinta realizó estancias de investigación en el Reino Unido y en la Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos. Barba era una mujer que rompía las convenciones de su tiempo: por ejemplo, viajaba sola y no quiso tener hijos.

Foto: Fons Brangulí / Arxiu Nacional de Catalunya

La doctora Maria Lluïsa Quadras-Bordes, en su consulta ginecológica del Instituto Electrológico y Radiológico de Barcelona, en 1921.
Foto: Fons Brangulí / Arxiu Nacional de Catalunya

Pero no todas las mujeres con estudios superiores eran progresistas. Las hermanas Maria Lluïsa y Victòria Quadras-Bordes, por ejemplo, mostraron iniciativa empresarial y lograron papeles hegemónicos en instituciones médicas, pero eran ideológicamente conservadoras, recuerda Zarzoso. En todo caso, apunta, “durante los años treinta se registra en Barcelona una modernidad inequívoca y avanzada” que situó a la ciudad a niveles más modernos que el de muchas otras urbes europeas.

El franquismo contra las mujeres

El investigador explica que “el franquismo supuso una especie de colapso de la mujer, del que no se recuperaría hasta los años setenta”. Durante la Guerra Civil, Josefa Barba se marcha a Estados Unidos, donde proseguirá una larga carrera que la llevará a publicar en revistas como Science. En 1939, el Museo de Anatomía Patológica de la Universidad de Barcelona cierra repentinamente. “Algunos de los hombres implicados continúan en la profesión médica. Las mujeres se dedican a sus labores”, ironiza Emma Sallent. “Después de la guerra, las mujeres se confinan en la pediatría y la obstetricia, unas disciplinas relacionadas con la mujer como madre y esposa, o el mundo de los análisis clínicos, en el que trabajan aisladas, sin relación con los pacientes y invisibilizadas socialmente”, explica Zarzoso.

Foto: Frederic Ballell / AFB

Estudiantes y personal docente del Instituto de Segunda Enseñanza para la Mujer en una visita al Observatorio Fabra, el 5 de marzo de 1911, atendiendo a las explicaciones del director del centro, el astrónomo Josep Comas i Solà.
Foto: Frederic Ballell / AFB


Foto: Aster

Inauguración de los locales de Aster, Asociación Astronòmica de Barcelona, el 3 de junio de 1949; en la imagen se aprecia una abundante presencia femenina.
Foto: Aster

Sin embargo, durante la dictadura se abren en el mundo de la ciencia algunas oportunidades proscritas en espacios más politizados. “Algunas organizaciones hacen como de espacio de refugio. Son unas pequeñas burbujas de libertad”, señala Hochadel. Un ejemplo: Aster, Agrupación Astronómica de Barcelona, fundada en 1948, como modelo alternativo a la Asociación Astronómica de España y América, ya muy profesionalizada. “La Agrupación Astronómica de Barcelona (Aster) está relacionada con una sociabilidad alternativa; representa un espacio en el que las mujeres tienen cabida”, observa Ruiz Castell. La presencia de mujeres en la junta es mínima, pero hay un número importante de socias, especialmente en algunas comisiones, como la de bólidos. Las mujeres también realizan diversas donaciones para la construcción de la cúpula del observatorio de la Asociación. Una parte del éxito de esta entidad se debe a las famosas fiestas que organizaba después de las conferencias. Algunas quejas sobre la supuesta promiscuidad de estos actos revelan la presencia de mujeres en estas ocasiones, apunta el investigador de la Universidad de Valencia.

Otra oportunidad inesperada tiene que ver con la depuración de investigadores y técnicos llevada a cabo por el franquismo, lo que más adelante se denominaría el atroz desmoche, tomando en préstamo una expresión de Pedro Laín Entralgo. “Es horroroso considerarlo, pero esto hizo un poco de espacio para las mujeres”, dice Hochadel.

“Las señoritas del museo”

En el caso del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, había mujeres trabajando desde los años veinte. En 1916 no se menciona a ninguna mujer en el anuario del museo, pero un año más tarde ya son una decena. A menudo empezaban como secretarias, pero luego realizaban cursos de botánica y subían de categoría. Con el tiempo, este colectivo llegará a tener una cuarentena de miembros, hasta el punto de que alguien les pondrá un mote: “Las señoritas del museo”.

“Cuando depuraron a algunos de los hombres, se quedaron las mujeres, que sabían cómo funcionaba el museo, cómo manejar las colecciones. No había mucho espacio, pero algunas aprovecharon este pequeño lugar para desarrollar una carrera impresionante”, explica Hochadel. Destacó entre ellas Roser Nos, una científica valenciana que se estableció de joven en Barcelona. A diferencia de muchas de las señoritas, Nos no entró en el Museo para llevar a cabo tareas administrativas, sino como becaria, dada su formación en Ciencias Naturales. Entre 1947 y 1961 trabajó en el Museo de Zoología, después en el Parque Zoológico hasta 1978 y finalmente, llegó a dirigir el museo hasta 1989.

La recuperación de los años setenta

El fin del franquismo y la concienciación ideológica de las mujeres españolas marcaron un cambio macroscópico en la relación entre la mujer y la ciencia. En los años setenta arranca una tendencia exponencial de matriculación femenina en las facultades de ciencias. A partir de este momento se multiplican los nombres de científicas destacadas. Pero el impacto de este cambio va más allá: modifica la manera de ver la ciencia, y muy especialmente la salud.

“Durante el franquismo se consideraba el sexo básicamente como reproducción, no placer. En los años setenta las mujeres comienzan a reivindicar el derecho al propio cuerpo, a la sexualidad y a la educación sexual”, explica Sara Fajala, archivera del Colegio de Médicos de Barcelona. Unos años antes la estudiante de Medicina Assumpció Villatoro coincidió con profesores de ginecología de tradición franquista, pero que mostraban distintas actitudes. El catedrático con el que se especializó, Victor Cònill Serra, que era católico prácticante, se había dado cuenta de que la planificación familiar era una necesidad. En cambio, otro catedrático, Jesús González Merlo, inicialmente no había aprobado estas ideas.

Desde los años sesenta, Santiago Dexeus ofrecía en su clínica un servicio de planificación de forma privada y oculta. En los años setenta surge en Barcelona un movimiento de médicos en apoyo de la difusión de la planificación familiar, formado mayoritariamente por hombres (el mismo Dexeus, Ramon Casanellas, Eugeni Castells, Josep Lluís Iglesias Cortit, Xavier Iglesias Guiu…), del que forma parte Assumpció Villatoro. Muchas de sus ideas se plasman en la colección de libros La Gaia Ciencia, creada por la escritora Rosa Regàs, para la que Villatoro escribe un volumen sobre el aborto (Qué es el aborto, de 1977) antes de su legalización en  1985.

Foto: Archivo Municipal del Prat

Manifestación en defensa de los derechos al divorcio y al aborto, organizada por la Coordinadora Feminista del Baix Llobregat al principio de la Transición.
Foto: Archivo Municipal del Prat

En 1976, un grupo de feministas, entre las que se encuentran algunas enfermeras, crean el colectivo DAIA (Mujeres por el Autoconocimiento y la Anticoncepción). “Consideraban que el feminismo era fuerte como reivindicación, pero que no se ponía manos a la obra”, explica Fajula. El grupo asesoraba a mujeres en un piso de Barcelona y se vio desbordado de consultas sobre aborto. Las integrantes del DAIA, favorables a la educación sexual y al derecho al aborto como última solución, asesoraba a las mujeres sobre cómo abortar con seguridad por canales clandestinos o en el extranjero. El grupo estuvo operativo hasta 1984.

Foto: Archivo Municipal del Prat

El equipo del Centro de Planificación Familiar del Prat de Llobregat, segundo de su tipo en todo el territorio español. Lo fundaron en 1977 las militantes de izquierdas Carmina Balaguer y Maruja Pelegrín, que en la imagen aparecen en pie, las dos primeras por la derecha.
Foto: Archivo Municipal del Prat

Los primeros centros de planificación familiar

En 1976 se abrió el primer centro de planificación familiar en Madrid, y en 1977, el primero en Cataluña, en El Prat de Llobregat. Los primeros centros eran iniciativas de mujeres arraigadas en sus barrios, militantes feministas o del PSUC, como Carmina Balaguer y Maruja Pelegrín. “En estos centros operaban las consejeras, mujeres que podían tener estudios o que se habían formado de manera autodidacta con libros como Nuestros cuerpos, nuestras vidas, traducido al castellano en 1982. Pero también se implicaban doctoras como la misma Assumpció Villatoro, o Rosa Ros i Marta Palau que realizaban la supervisión médica y aplicaban una forma de medicina preventiva”, explica Fajula. Muchos de estos centros comenzaron a producir datos y estadísticas sobre cómo las mujeres vivían la sexualidad y qué métodos anticonceptivos usaban. Los centros perdieron progresivamente la filosofía de “mujeres para mujeres” cuando pasaron a formar parte del servicio médico público, apunta la investigadora.

En una época como la actual en que teóricamente no existe ninguna barrera explícita para el acceso de las mujeres a la ciencia, el relato de la carrera de obstáculos que han tenido que seguir para llegar hasta aquí parece algo de otro mundo. No obstante, las historiadoras creen que de este proceso se pueden extraer lecciones útiles para la gente de nuestros días: que ningún avance es definitivo, que siempre hay un peligro de vuelta atrás. “El capítulo del derecho a la planificación familiar está cerrado, pero el derecho al aborto se tambalea”, recuerda Fajula al respecto. Por su parte, Balltondre añade otro matiz: “Todavía existen muchos campos de la investigación y de la tecnología en los que la mujer casi no tiene ningún papel. ¿Cuántas apps hay que recojan las necesidades de las mujeres? ¿Cuál es la presencia femenina en Silicon Valley?”, se pregunta.

Foto: Dominio público

La psicóloga infantil Milicent Shinn (1858-1940) fue la primera mujer que recibió el doctorado de la Universidad de California, Berkeley, en 1898. En la foto aparece con Ruth, su sobrina, sobre quien realizó sus observaciones en torno a la psicología de los recién nacidos.
Foto: Dominio público

Investigación en la cuna

Milicent Shinn convirtió el espacio doméstico en un laboratorio sobre la psicología de los recién nacidos. Gracias a sus estudios llegó a ser la primera mujer doctorada por la Universidad de California, en 1898.

La aparente ausencia, casi total, de las mujeres del mundo de la ciencia hasta las últimas décadas se debe en parte a las barreras objetivas que encontraron para acceder a él. Pero, según los historiadores, se debe también a un proceso de invisibilización de su labor; y yendo aún más a fondo, a una concepción demasiado restringida de la ciencia, que solo se ciñe al mundo académico, institucional y oficial. Sin embargo, la ciencia va mucho más allá de este círculo e implica otros espacios (no solo el laboratorio, sino también el taller, la cocina, la tienda, la fábrica, etc.) y a otros actores (no solo a los investigadores académicos, sino también a los técnicos, los pacientes, los activistas, los comunicadores, etc.). Si se mira la ciencia con perspectiva histórica, se descubre que tales espacios y actores han tenido siempre un papel fundamental en la construcción del conocimiento científico.

Es precisamente en los lugares menos institucionales y en los papeles menos académicos donde las mujeres han encontrado menor resistencia para hacer ciencia. Un ejemplo extraordinario de este hecho lo aporta Milicent Shinn. Esta ama de casa californiana convirtió el espacio doméstico en un laboratorio para evaluar científicamente la psicología de los bebés. En concreto, creó una red de una cincuentena de madres observadoras que construyeron entre todas el mayor conjunto de observaciones directas del desarrollo de los bebés. Después de graduarse en la Universidad de Berkeley en 1878, Shinn se dedicó a cuidar de sus padres y sus hermanos en el pueblo de Niles, cerca de San Francisco. En 1890 empezó a tomar notas sobre su sobrina recién nacida. Hacía pocos años que Charles Darwin había animado a los científicos a investigar el desarrollo de los niños, en concreto a observar a los bebés como “objetos de historia natural” y “llevar el argumento de la infancia al dominio científico”.

Información inaccesible para los hombres

Pronto Shinn se dio cuenta de que su detallado diario constituía una información excepcional, inaccesible a la mayoría de los investigadores hombres, que no ponían los pies en las habitaciones de los niños. En 1891 ya había contactado con diez madres más de California para llevar a cabo observaciones sobre sus bebés de forma coordinada. La red crecería en años sucesivos al amparo de la Association of Collegiate Alumnae (ACA), una organización de exalumnas  de las universidades más prestigiosas de EE. UU.

En 1893, Shinn presentó los primeros resultados de sus observaciones en el encuentro anual de la National Educational Association, en Chicago, y publicó los dos primeros volúmenes de las observaciones sobre Ruth (que acabarían siendo cuatro en total). Sus conclusiones desmentían la concepción predominante, según la cual los niños desarrollaban primero los sentidos y después la razón. Por el contrario, Shinn establecía que una serie de capacidades complejas guiaba el desarrollo psicológico de los bebés.

Mientras algunos científicos apreciaron su trabajo, otros cuestionaron su legitimidad. El psicólogo James Mark Baldwin argumentó que una madre no podía ser una observadora científica y otros sostuvieron que las mujeres estaban cegadas por su adoración por los niños. Shinn respondió que una mujer no sería capaz de mantener con vida a un niño sin observaciones objetivas sobre sus comportamientos.

La investigadora, que obtuvo el doctorado con estos estudios, plasmó sus resultados en el ensayo de 1907 El desarrollo de los sentidos en los tres primeros años de la infancia. En 1910 se retiró de la dirección de la ACA, que había conseguido entretanto, para dedicarse a cuidar de su madre y sus sobrinos. Sin embargo, durante toda la vida mantuvo correspondencia con las madres de su red.

Michele Catanzaro

Doctor en física y periodista

Un pensamiento en “Clandestinas e insumisas: mujeres y ciencia en la Barcelona moderna

  1. Enhorabona a l’autor, Michele Catanzaro, i a ‘Barcelona Metròpolis’ per un article tan oportú com imprescindible. Està escrit de forma planera, accessible a tothom i en tres versions (català, castellà i anglés). Les fotografies que acompanyen el text són tot un encert. Potser, he trobat a faltar un apartat bibliogràfic al final, d’aquells que se solen titular “per saber-ne més”.

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