Adiós a la Modelo tras 113 largos años (menos un día)

La cárcel Modelo ha reunido, durante 113 años menos un día, lo que el estándar social y legal del régimen de turno separaba de lo colectivo y normativo, de la cosa pública. La sociedad, por sumisión o por inacción, aceptó el contrato: el Estado nos protege de la delincuencia a cambio de la potestad de decidir qué es delincuencia y de ejercer el uso legítimo de la fuerza y de la privación de libertad.

Foto: Arianna Giménez

Foto: Arianna Giménez

Hasta que el 10 de enero pasado la Generalitat y el Ayuntamiento firmaron el fin de la Modelo, nadie se acababa de creer que cerrase. Los alcaldes Clos, Hereu y Trias lo prometieron. Hoy ya no tiene presos –el último grupo salió en junio–, y esas dos manzanas representan una oportunidad y, a la vez, una amenaza para los residentes de la Nova Esquerra de l’Eixample, que ven como se revaloriza el suelo de un barrio que, a lo largo de cuatro décadas, ha pedido con insistencia el cierre de la cárcel para instalar en su lugar equipamientos, zonas verdes y escuelas.

La Modelo, prisión de preventivos –los que tienen cargos pendientes de juicio–, es una de las instituciones públicas que mejor pueden explicar cómo ha vivido el siglo xx la ciudad de Barcelona. Allí han estado encerrados sobre todo quienes robaban (con independencia de si lo hacían para comer, para pasarse el mono o por avaricia), quienes traficaban con drogas (sobre todo los que lo hacían con poca cantidad), y los que pensaban diferente y/o propagaban sus ideas políticas.

A Francesc Ferrer i Guàrdia, pedagogo y fundador de la Escuela Moderna, lo detuvieron en Barcelona en agosto de 1909. Le acusaban de ser el instigador de las revueltas de la Semana Trágica. El sábado 9 de octubre se celebró –en la sala de actos de una prisión Modelo que entonces solo contaba con cinco años de vida– el consejo de guerra que lo juzgaría sin garantías procesales, y lo condenaría a muerte por rebelión militar. La mañana del 13 de octubre fue fusilado en el cementerio de Montjuïc, después de rechazar arrodillarse y de gritar “¡Viva la Escuela Moderna!”

Foto: Arianna Giménez

Las excavadoras preparando el terreno para los barracones de la escuela Eixample I, el pasado mes de julio, en la parte del recinto que se derribó en 2015.
Foto: Arianna Giménez

Coincidiendo con la inauguración del nuevo curso escolar, el pasado mes de septiembre abrió sus puertas en el recinto de la antigua prisión la escuela Eixample I. Los vecinos del barrio de la Nova Esquerra de l’Eixample, que llevan décadas pidiendo al Ayuntamiento y a la Generalitat el cierre de la cárcel y la apertura en su lugar de escuelas, equipamientos y zonas verdes, llevan a sus hijos e hijas a clase allí donde el fundador de la Escuela Moderna recibió la condena a muerte.

Jaume Asens, cuarto teniente de alcalde de Barcelona, dirige el área municipal de Derechos de la Ciudadanía, Participación y Transparencia. Asens evoca la frase de Victor Hugo según la cual “quien abre la puerta de una escuela, cierra la de una cárcel”. Las puertas de la escuela Eixample I no son tan pesadas como las de la Modelo. Son ligeras, como el resto de la estructura modular. Se han instalado barracones en la esquina de las calles Entença y Rosselló, en la parte de la cárcel que el alcalde Trias hizo derruir en marzo de 2015. Las excavadoras entraron en julio; tras su paso, en la pared de la cárcel aún se puede leer un mural: “De prisión Modelo (1904-2017?) a modelo de transformación, cultura, cohesión, memoria, barrio”.

El Plan Director de Transformación de la Prisión Modelo de 2009, diseñado con la participación de vecinos y comerciantes, sigue siendo vigente para la Asociación de Vecinos de la Esquerra de l’Eixample. Contempla la creación de una escuela de primaria, una guardería, una residencia para personas mayores y centro de día, un centro juvenil, un polideportivo, un aparcamiento subterráneo, un equipamiento asistencial, un memorial democrático y una zona verde. Son servicios que necesita urgentemente un barrio sin apenas parques ni escuelas.

Hasta la apertura de la Modelo, la prisión más importante de la ciudad era la de la calle de la Reina Amàlia, en la actual plaza de Josep Maria Folch i Torres del Raval. El presidio ocupaba desde 1839 un antiguo convento de monjas paulas. Allí, en una situación deplorable de hacinamiento en patios y pasillos, se juntaban mujeres, jóvenes, niños y niñas, ancianos, condenados y preventivos, enfermos y personas a punto de enfermar. Los primeros habitantes de la Modelo fueron los hombres de Reina Amàlia, cárcel que se mantuvo en pie hasta la Guerra Civil como prisión de mujeres, en una situación de insalubridad deplorable.

Foto: AFB

La cárcel Modelo entre campos y solares vacíos el 9 de junio de 1904, fecha de su inauguración, aún inacabada.
Foto: AFB

Sin embargo, las condiciones previstas para el nuevo presidio habrían de ser muy diferentes. A la Modelo se la llamó así porque su funcionamiento tenía que ser ejemplar. Los diseños de los arquitectos Salvador Vinyals i Sabaté y Josep Domènech i Estapà se empezaron a hacer realidad en 1887, un año antes de la Exposición Universal, pero la prisión no se inauguró hasta el 9 de junio de 1904, aún inacabada. La Modelo se hallaba entonces entre campos, solares y chabolas, lejos de aquel Eixample que se detenía en la calle de Balmes y que aún tardaría treinta años en llegar a Sants y convertirla en una prisión urbana, la cárcel de Barcelona.

Fue la primera cárcel catalana de sistema celular, es decir, en la que cada preso dormía en una celda para él solo. Además, la Modelo se levantó con una estructura panóptica, basada en los principios arquitectónicos de Jeremy Bentham. Los vigilantes, situados en una estructura central circular, tenían una visión completa de las seis galerías que partían desde ese punto como los radios de una rueda.

En comparación con las cárceles de aglomeración, o con las condenas a galeras, o con las anteriores costumbres de tortura y suplicio públicas, la nueva Modelo de Barcelona no pintaba tan mal. Pero tales comodidades no eran arbitrarias. La vigilancia constante, el aislamiento, la disciplina en los trabajos, en las comidas y los horarios, el control del cuerpo del reo por parte del funcionario y la pena cuantificable según la variable temporal (años) buscan no solo moldear el cuerpo, sino modificar a los individuos. Como asegura Michel Foucault en Vigilar y castigar: “[La prisión] tiene que ser la maquinaria más poderosa para imponer una nueva forma al individuo pervertido; su modo de acción es la coacción de una educación total”.

Los presos barceloneses, por primera vez, se sentían constantemente vigilados y, además, estaban solos en una celda, sin posibilidad de hablar con nadie durante horas si no era a gritos, en una sociedad en que las relaciones verbales eran aún predominantes.

Durante los primeros años las condiciones de vida de los presos no eran malas y, en muchos casos, mejores que las que la sociedad les podía deparar en el exterior. La Modelo se pensó para que la poblasen unos 850 presos. Las celdas, de no más de 9 metros cuadrados, eran para una sola persona; el rancho, suficiente para alimentar el poco ejercicio que el aislamiento pedía a los presos, y las enfermedades, relativamente infrecuentes gracias a las campañas de vacunación y el trabajo de la enfermería. La situación, sin embargo, no se mantuvo así por demasiado tiempo.

Foto: Pérez de Rozas / AFB

Los presos en la misa de las fiestas de la Merced de 1946.
Foto: Pérez de Rozas / AFB


Foto: Pérez de Rozas / AFB

Un grupo de amotinados en demanda de amnistia, en el tejado de la prisión, el 19 de julio de 1977.
Foto: Pérez de Rozas / AFB

Represión política y social

A medida que la ciudad crecía en torno a la Modelo, la población reclusa fue aumentando y diversificándose, a la vez que disminuían los recursos para albergarla en condiciones. A los presos comunes se empiezan a añadir, a los pocos años de inaugurarse el centro, los políticos: los elementos que podían desestabilizar los sucesivos regímenes.

La Modelo se convierte así en un símbolo de represión y los barceloneses la empiezan a relacionar con las detenciones gubernativas –que no precisaban más que una orden policial para llevar a la cárcel a cualquiera– o con la llamada ley de fugas –perversa trampa consistente en liberar a un reo y tirotearlo por la espalda nada más salir de la cárcel, alegando que se estaba escapando (imaginen la escena en la puerta principal). Lo que en los primeros años se llegó a denominar comúnmente “la torre” o “el hotel de la calle Entença” pasó a ser en el plazo de una década uno de los símbolos más negros de la represión, junto con el castillo de Montjuïc o el Camp de la Bota de la época franquista.

La cárcel estaba prácticamente vacía hacia finales de enero de 1939, cuando las tropas de Franco entraban triunfales en Barcelona. Pero al caer la noche del jueves día 26 ya era una ciudad ocupada, y la cárcel Modelo, su mayor centro de detención. El régimen especial de ocupación duró hasta el 1 de agosto, y el estado de guerra proclamado por el ejército sublevado contra la legalidad republicana, hasta abril de 1948. Para los vencidos, la noche del 26 de enero de 1939 duró casi cuarenta años.

Según la reconstrucción de las cifras oficiales llevada a cabo por los autores de la Història de la presó Model de Barcelona (extenso libro publicado en el 2000 y reeditado hace pocos meses), a finales de aquel mismo año de 1939 malvivían en la Modelo 12.745 personas. El estado de las instalaciones era lamentable; la lista de las enfermedades que afectaban a los presos, inacabable, y de la represión política da buena cuenta el número de ejecuciones: 1.618. El grado de hacinamiento en las prisiones preocupaba a las autoridades franquistas, que idearon el sistema de redención de penas por el trabajo. Los presos que no cargasen delitos de sangre y que mostrasen buena conducta podían trabajar en los talleres de las cárceles o en el exterior a cambio de una pequeña retribución económica y la reducción de la condena a razón de un día por cada dos trabajados.

Foto: Arianna Giménez

Foto: Arianna Giménez


Foto: Arianna Giménez

Arriba, Gabriel Gómez evoca el paso por la Modelo de su padre, el cartelista, pintor y poeta libertario Helios Gómez, autor de los murales de la llamada Capilla Gitana, recreados –abajo– para la exposición “La Modelo nos habla. 113 años, 13 historias”.
Foto: Arianna Giménez

Redención intelectual

El chófer del ministro de Trabajo, José Antonio Girón de Velasco, entró una tarde de 1948 en la sala de arte Arnáiz de Barcelona. Allí se encontraba el cartelista, diseñador, poeta, pintor, periodista, libertario y anarquista Helios Gómez, con su hijo Gabriel, de cinco años. “El tipo llevaba botas de montar, traje gris, botones plateados en forma de uve y una gorra de plato enorme. Parecía un almirante”, recuerda Gabriel en el salón de su casa, una estancia decorada con pinturas y grabados de su padre. El niño quedó maravillado con el traje del chófer; se le representó como un personaje de tebeo.

El chófer llevó a Helios Gómez a ver al ministro. Girón de Velasco trató de convencerle, sin éxito, de que trabajara para el régimen. Nacido en Sevilla en 1905, Helios Gómez ya había pasado por la Modelo en 1930 –donde convivió con figuras como Lluís Companys y Àngel Pestaña–, por los campos de refugiados de Francia y de Argelia después de la Guerra Civil, y de nuevo por la cárcel barcelonesa entre 1945 y 1946. Diez años antes, en 1936, había fundado el Sindicato de Dibujantes Profesionales de Cataluña, que impulsó el cartelismo antifranquista durante la guerra. Era un “rojo significado, propagador de ideas”, tal y como se le definía en un documento que su hijo Gabriel encontró en el archivo de Salamanca casi medio siglo después. Como no quiso trabajar para el régimen, lo volvieron a meter en la Modelo al cabo de un par de días.

Gabriel Gómez recuerda el día de la Merced en que entró en la cárcel. Por gracia de la patrona de los presos, ese día se permitía la entrada de los niños para reunirse con sus padres: “No tenían camas, solo algunos colchones”, explica. En la cárcel, aunque el hacinamiento no era el de los 13.000 presos de 1940, convivían más de 2.505 personas –el triple de la ocupación prevista por los arquitectos– en unas condiciones insalubres.

Helios Gómez salió de la Modelo en 1954, enfermo, y murió dos años después. Gabriel ha realizado una extensa investigación sobre la vida y la obra de su padre, que empezó a raíz de haber leído un texto de Teresa Pàmies en que nombraba a Helios. A partir de aquí dio con sus compañeros de cárcel, militantes del POUM: “Me recibieron con mucho cariño y respondieron a todas las preguntas que les hice sobre mi padre, aunque ellos preferían hablarme de la historia que no se explicaba de este país”.

Fray Bienvenido Lahoz, de la orden de los mercedarios, aterrizó en la Modelo en 1941 como capellán de la prisión. Aunque amigo de mantener debates intelectuales con los presos políticos, mostraba poca paciencia ante los argumentos que no le gustaban. Conocedor de la capacidad artística de Helios Gómez, le pidió pintar una capilla en la primera celda de la primera planta de la cuarta galería , justo al lado de las celdas de los condenados a muerte. Corría el año 1950 cuando la finalizó: la Virgen de la Merced, patrona de los presos (y de Barcelona, título que detenta ex aequo con santa Eulalia) en el centro de la obra, sosteniendo al Niño Jesús, que tiene un molinete de papel en la mano. A los pies, un grupo de hombres encadenados y, en la pared contraria, la de la puerta, un coro de ángeles. A las autoridades de la época les hubiese gustado aún más la obra de no ser porque los hombres encadenados eran retratos de sus compañeros del POUM, y porque los rasgos de todos los protagonistas de la escena –incluida la Virgen– eran gitanos, como lo era el propio Helios Gómez.

Conocido como la Capilla Gitana, este espacio fue repintado de blanco en 1998, siendo Núria de Gispert la titular de Justícia del gobierno de la Generalitat. Después, durante el mandato de Montserrat Tura al frente del mismo departamento, la celda se clausuró. Actualmente, desde fuera, no se puede ni espiar por la rendija. Gabriel Gómez explica que, gracias a la ayuda de SOS Monuments, logró contactar con el arquitecto municipal y declarar la gran sala central del panóptico –junto a la cual se encuentra la celda-capilla– como elemento a salvaguardar. El teniente de alcalde Jaume Asens asegura que preservarán la capilla: “Está previsto retirar la pintura que cubre el mural y conservarlo”.

“Queremos visibilizar el sufrimiento que ha habido en la Modelo. Se ha hablado poco de ello, cuando la realidad es que ha sido uno de los lugares más terribles de nuestra sociedad”, añade Asens. Sobre la mesa del futuro proceso de participación para decidir los usos del recinto se encontrará la propuesta del consistorio de levantar un centro de memoria y documentación o, quizá, la idea del hijo de Helios Gómez: la apertura de un museo permanente de arte político.

Relevo generacional

A partir de los cincuenta, una vez que Estados Unidos y el Vaticano empiezan a abrir las puertas internacionales al régimen, la máquina represiva franquista está obligada a relajarse. Siguen entrando presos políticos, pero entre la redención de penas de los antiguos y las reducciones por buena conducta, la Modelo comienza a vaciarse progresivamente y pasa de los 8.685 reclusos de 1941 a los 1.832 de 1955, para continuar con una población más o menos estable desde entonces. La generación de reclusos de la inmediata posguerra es relevada por delincuentes comunes más jóvenes y, a partir de los años sesenta, por activistas y militantes antifranquistas.

La dictadura sigue intentando moldear moralmente a la sociedad dentro y fuera de las prisiones. La reforma de 1954 de la Ley de Vagos y Maleantes –ley originalmente promulgada durante la presidencia republicana de Manuel Azaña (1933)– añade la homosexualidad a la mendicidad, el nomadismo y la prostitución como conducta delictiva. Más tarde, en 1970, la Ley de Vagos es sustituida por la Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social. Esta incorporaba como punibles con cárcel actividades como el tráfico y el consumo de drogas, la venta de pornografía y la prostitución y el proxenetismo, así como la inmigración ilegal. Los homosexuales no se beneficiaron del indulto del 25 de noviembre de 1975, ni de las amnistías posteriores. En la Modelo hubo gente presa por su orientación sexual hasta 1979.

Con Franco enfermo y la nueva ley en la mano, se metía en la cárcel a cualquiera que al régimen le pareciese peligroso social o moralmente: resistentes políticos, personas que manifestaran conductas sexuales y afectivas no normativas, personas afectadas por pobreza extrema, gitanos sin domicilio fijo y, hacia finales de los setenta, también a drogadictos. Fueron los años en que convivieron presos políticos con los comunes, cuando estos últimos crearon la Coordinadora de Presos Españoles en Lucha (COPEL) para exigir la misma amnistía que habían recibido los políticos. Consideraban que estaban encarcelados bajo unas leyes franquistas y que, por consiguiente, su privación de libertad era ilegal en el nuevo régimen democrático. No tuvieron éxito; los motines se sucedieron y, a finales de los años setenta, la heroína lo destrozó todo.

Foto: Arianna Giménez

El ex recluso Eduardo Borrás nos relata su experiencia en la prisión.
Foto: Arianna Giménez


Foto: Arianna Giménez

Daniel Rojo da testimonio en el reportaje de su paso por la Modelo.
Foto: Arianna Giménez

Testimonios de puertas adentro

Daniel Rojo estuvo preso en la Modelo entre 1981 y 1983, luego entre 1984 y 1989, y en un último período entre 1991 y 1993. Lleva más de quince años sin beber y asegura que se ha desenganchado de once adicciones, entre ellas la heroína: “Era una época muy mala; casi todos los internos éramos toxicómanos y casi todos teníamos el VIH”, explica sentado en el vestíbulo de un hotel bastante chic, cerca de la plaza Molina. Como el tratamiento con metadona no se introdujo hasta los noventa, los presos se pinchaban como podían: “Una jeringuilla nos duraba un mes. La lijábamos porque de tanto uso se iba rompiendo y se obstruía, y le teníamos que meter alambres”.

Cuando Rojo entró por primera vez en la cárcel Modelo tenía diecinueve años y ya había atracado decenas de bancos. Estaba forrado: “Me presenté ante los funcionarios con mi cadena de oro Cartier, un Cristo de Dalí y un Rolex Cadete. Me dijeron que lo dejase en la entrada, que dentro me lo robarían. Yo pensé que si lo dejaba allí no lo volvería a ver, pero que dentro, al menos, podría defenderme”. Daniel no quería más que preservar su estatus.

Recuerda que los funcionarios aún eran un cuerpo muy militarizado: “Botas altas, de verde, gorra de plato, galones (plateados para los interinos, dorados para los fijos)”. La relación con los presos no era buena: “Si tratas al preso como a un perro, se comportará como un animal”, sintetiza Rojo. Añade que si el preso tiene que hacer sus necesidades en un agujero del que saltan las ratas y muerden, eso tampoco ayuda al buen comportamiento.

La desmilitarización empieza con la nueva ley penitenciaria de 1979 y el traspaso de competencias a la Generalitat en 1984, y se culmina en ese decenio coincidiendo en el tiempo con la entrada de profesionales en psicología y de doctoras en vez de los habituales médicos hombres, y con la implantación de comunicaciones íntimas o vis a vis. Ya en los noventa, la introducción de la metadona acaba de apaciguar los años más convulsos de la cárcel Modelo. Fue por esos mismos años cuando Jaume Asens empezó a frecuentar la prisión trabajando de abogado de oficio (“por motivos ideológicos”, precisa). Ya hacía tiempo que los políticos prometían y postergaban el cierre de la cárcel. “La prisión es para los pobres; el sistema penal muestra una tendencia selectiva”, señala Asens. Lo que más encontró en la cárcel fueron pobres, enfermos y drogadictos.

Aunque la Generalitat asumiese las competencias sobre las prisiones, muchas leyes se siguen haciendo desde Madrid. En 1995 se publica en el BOE el nuevo código penal, el primero de la democracia. Desde entonces se ha reformado en una treintena de ocasiones, alargando las penas y sumando motivos para entrar en prisión, hasta llegar a la “prisión permanente revisable”. Según el informe de 2015 de la Red de Organizaciones Sociales del Entorno Penitenciario (ROSEP), se está dificultando la aplicación de alternativas de reinserción. Si en 1975 había 8.440 personas presas en España, en febrero de 2017 eran 60.203. El informe de la ROSEP concluye que un 60 % de los presos españoles lo es por delitos de media gravedad (hurtos, robos, tráfico de drogas), respecto a los cuales no existe gran alarma social, y que serían mejor gestionados mediante intervenciones no privativas de libertad.

Con el principio del nuevo siglo entró Eduardo Borrás en la Modelo, acusado de un delito de robo. En la prisión barcelonesa llegó a convivir con cinco personas en una celda, y cuando le condenaron, al cabo de un año y medio, pasó a Brians: “En la Modelo te quemabas rápido. Quizá algún día entraban los funcionarios en tu celda buscando chocolate y, si no lo encontraban, te hacían desnudar, además de dejarte la celda hecha un asco”, recuerda. Por su parte, Francesc López, funcionario de la prisión durante doce años, se lamenta de que aún haya quien crea que los funcionarios actuales trabajan como los de la época franquista.

La amenaza de los buitres

Una semana más tarde de la firma del acuerdo final para cerrar la Modelo, en enero de este año, el propietario de la finca del número 151 de la calle Entença empezó a rescindir los contratos de los vecinos, a anunciar que no los renovaría, y puso los pisos a la venta en internet. Los vecinos se juntaron y se han estado manifestando desde entonces para reclamar una solución al Ayuntamiento. A medida que ha ido echando a los inquilinos, el propietario ha sellado las viviendas con una plancha de metal.

Foto: Arianna Giménez

Rueda de prensa de inquilinos amenazados por la especulación en los alrededores de la Modelo; con el brazo en alto, Joan Gómez.
Foto: Arianna Giménez

Solo hay un vecino que no tiene contrato temporal: Joan Gómez, jubilado, el encargado de recibir a los medios de comunicación en nombre del colectivo de inquilinos en su saloncito del piso principal. Ahí, sobre una mesa, muestra todos los reportajes que han realizado sobre ellos y explica, con dominio y claridad, cuáles son sus alternativas: “O el Ayuntamiento compra la finca –difícil, porque se trata de un propietario particular, no de un banco–, o creamos una cooperativa de vivienda para gestionar los alquileres”.

Joan, que se considera una persona de izquierdas de siempre, no había tenido nunca tanta relación con sus vecinos hasta que empezaron a llegar los burofax para echarlos. “Vivo aquí desde 1981. Llevamos años pidiendo el cierre de la Modelo y, cuando lo conseguimos, nos surgen más problemas. Se van los presos y acuden los buitres”, concluye. Asens propone construir pisos sociales para combatir la gentrificación en la parte del recinto de la Modelo que da a la callede Nicaragua, donde durante un tiempo se habló de levantar un hotel. Las asociaciones de vecinos lo exigen, y recuerdan que el equilibrio entre la oferta pública y la privada ha de ser mayor.

La Modelo era un equipamiento obsoleto. Amand Calderó, director general de Serveis Penitenciaris de la Generalitat, asegura que era necesario gastar 25 millones de euros si se quería disponer de los espacios adecuados para los tratamientos de hoy en día. Así que se llegó a un acuerdo para cerrarla con tres de los cinco sindicatos –no firmaron ni la UGT ni la ACAIP (Agrupación de los Cuerpos de las Instituciones Penitenciarias). Francesc López, además de trabajar en la Modelo, es miembro de ACAIP. Mayoritarios en Cataluña solo en la Modelo, se sienten desengañados: “Llevaban años prometiendo que construirían otra cárcel de preventivos en la Zona Franca, pero al final no hemos podido elegir nuestro nuevo destino”.

López, que entró en 2005 “con 2.100 internos”, asegura que la cárcel podría haber seguido operativa hasta tener a punto las prometidas prisiones de régimen abierto y de preventivos de la Zona Franca. Sin embargo, el acuerdo entre Ayuntamiento y Generalitat fija la fecha de la inauguración del centro abierto para 2021 y la del centro de preventivos para 2025, y los costes previstos de construcción en 35 y 75 millones, respectivamente. En el acuerdo, de 2009, el consistorio cede los solares de la Zona Franca para poder acabar de cerrar las otras dos cárceles de Barcelona: la de mujeres de Wad-Ras y el centro abierto de Trinitat Vella. Calderó informa que los 35 millones para levantar el centro abierto ya están reservados. Habrá que ver qué se puede sacar de los terrenos de la Trinitat, más allá de los 5,5 millones que el Ayuntamiento ya ha pagado para construir pisos sociales, en espera de poder disponer de toda la parcela.

La cuestión, que no preocupa al director de Serveis Penitenciaris, es que si en quince años no se construye nada en la Zona Franca, el Ayuntamiento recupera los terrenos. El funcionario Francesc López tiene claro lo que, en su opinión, sucederá: “Si han conseguido meter a todos los preventivos en Brians 1, allí se quedarán, y en la Zona Franca solo inaugurarán el centro abierto. A las mujeres de Wad-Ras las llevan también a Brians 1, donde hay un departamento grande de mujeres. Así se ahorran dinero”.

Salvar las distancias

Los familiares de los presos que vivían en Barcelona o en la primera corona metropolitana fueron los primeros perjudicados por el cambio. Ahora se ven obligados a acudir a la prisión en coche, con la línea de autobús que parte de la estación de Sants o bien con los trenes de Renfe o de FGC hasta Martorell y desde allí en autobús. En cualquier caso, el tiempo y el dinero dedicado a transporte se multiplican.

Para el problema de la movilidad de los defensores, Serveis Penitenciaris firmó un convenio con el Colegio de Abogados con objeto de desarrollar las comunicaciones telemáticas. Se han instalado ya ocho salas de conferencia en Brians 1. Lejos quedan los locutorios que recuerda Jaume Asens, “que no tenían nada que envidiar a los de las películas”. Abogado y cliente no se podían tocar, solo mirarse a los ojos, y hablaban a voces a través de una rejilla, en medio de un griterío ensordecedor.

El teniente de alcalde muestra preocupación por si los abogados de oficio que viven o tienen el despacho en Barcelona harán ahora el esfuerzo de viajar para visitar a sus clientes: “Están mal pagados –alega–. En mi época ya veía que no asistían suficientemente a los internos, sobre todo después del juicio”.

Calderó asegura que el cierre de la Modelo no supondrá problemas de hacinamiento en el resto de las cárceles del sistema. De hecho, lo describe como una oportunidad para reorganizar el sistema de prisiones a escala de ciudad y país: “No queríamos tirarnos a la piscina. Con la Modelo abierta las prisiones catalanas estaban a un 67 % de su capacidad; una vez cerrada, el nivel se sitúa en un 73 % –lee, repasando las cifras en el papel con los datos impresos–. La previsión es que Brians 1 baje en septiembre del 85 % al 71 %”. Desde la ACAIP hablan, más que de piscinas, de ruletas rusas: “En el Departamento [de Justicia de la Generalitat] sabían que ni los presos ni los trabajadores estaríamos de acuerdo con el cambio, y que podría haber problemas”. Al final no hubo huelga ni más tensión que algún altercado con algún funcionario y la subida al tejado de un joven en marzo.

La difícil reinserción

Tantos años después, cabe preguntase qué ha hecho la cárcel por la ciudad. ¿Evitar la reincidencia? ¿Conseguir la reinserción social? A Daniel Rojo le ha ido muy bien desde que salió de la Modelo y le encanta hablar de su época entre rejas, pero asume que la reinserción es muy difícil: “Yo, cuando salí, no tenía ningún tipo de preparación. Sabía atracar bancos, y muy bien, pero nada más. Trabajo, amor y familia: si tienes esas tres cosas, todo en la vida es más fácil”. O quizá cabría discutir alternativas sociales que evitasen la desigualdad que supone el paso por la cárcel y la marca indeleble que este paso deja en las personas. A Eduardo Borrás, mientras va sorbiendo su lata de agua con sabor a cítrico, se le entristece la mirada cuando recuerda su tiempo en la Modelo, y asegura que cuando estaba dentro tenía ganas de enviarle cartas de queja por las condiciones de la prisión “hasta al Papa de Roma”; pero que en cuanto salió, pensó: “Ahí os quedáis”. Amand Calderó, director general de Serveis Penitenciaris, asegura por su parte que siete de cada diez internos no reincide, “pero no podemos sentirnos alegres; aún hay mucho trabajo por hacer”.

Al otro lado del teléfono, Asens, desde su despacho, recuerda la Modelo como un lugar en el que la gente convivía en un ambiente “hostil, estigmatizador, que causaba infantilización e impedía la autonomía personal”. Y Foucault, desde los libros, aún mantiene que la prisión “no puede dejar de fabricar delincuentes. Los fabrica por el tipo de existencia que hace llevar a los detenidos; ya se los aísle en celdas o se les imponga un trabajo inútil, para el cual no encontrarán empleo”.

Foto: Arianna Giménez

Una galeria y las correspondientes celdas, convertidas en espacios de la exposición “La Modelo nos habla. 113 años, 13 historias”, que se puede visitar en el marco de las jornadas de puertas abiertas que se extenderán hasta noviembre.
Foto: Arianna Giménez

Selfies entre las celdas

Francesc no había entrado nunca en la Modelo, aunque recuerda cuando se manifestaba ante ella para apoyar a Lluís Maria Xirinacs, que durante la Transición mantuvo una guardia diaria de doce horas, a lo largo de casi dos años, en demanda de amnistía para los presos políticos. Hoy, 5 de julio de 2017, este hombre robusto, de dedos ágiles y pelo blanco, ha entrado, junto a sus colegas de la Agrupación de Acuarelistas de Cataluña, hasta el patio en el que practicaban deporte los presos; es una de sus salidas de los miércoles para pintar la ciudad. “Ya verás cómo el cuadro será más bonito que la realidad”, asegura un compañero suyo. A su lado, trabajadores del Centro de Iniciativas para la Reinserción (CIRE) trasladan mobiliario que irá a parar a otras cárceles; son internos en régimen abierto de diferentes centros que cobran el salario mínimo interprofesional.

Como Francesc y sus amigos acuarelistas, todo aquel que lo desee y se inscriba previamente puede acceder a la Modelo para visitar los ámbitos más representativos del recinto y la exposición “La Modelo nos habla. 113 años, 13 historias”, comisariada por Agustí Alcoberro, en el marco de las jornadas de puertas abiertas que se extenderán hasta el mes de noviembre.

Los vecinos pasean por la quinta galería, cuyas celdas han sido decoradas para explicar las historias respectivas. Algunos se fotografían sosteniendo un palo de selfie ante la celda que representa los motines de la época del Vaquilla. El habitáculo está hecho unos zorros, con colchones, sillas y mantas, y suciedad y miseria. Enfrente, una recreación de una celda original de 1904, pensada para un solo preso, limpia y modélica, en la que habría pasado el tiempo Ferrer i Guàrdia esperando su condena a muerte.

Al lado de Francesc, que ya ha acabado su acuarela −ciertamente más bonita que la realidad que refleja−, un preso de tercer grado que ahora tiene que ir cada noche a dormir a Brians advierte, señalando a su alrededor: “Esto lo han dejado precioso, pero no os lo creáis; la Modelo no era así”. A la salida del recinto, pasadas las tres cancelas de seguridad, en el patio exterior, el Departamento de Justicia de la Generalitat ha montado –al modo de una tienda de museo– un puestecito donde se pueden adquirir cestos, bolsas, libretas, toallas, telas…, todo ello fabricado por presos. En las etiquetas de esos productos se lee: “Made in CIRE”.

Gerardo Santos

Periodista

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