Ngũgĩ wa Thiong’o. En defensa de la dignidad de las lenguas pequeñas

Ngũgĩ wa Thiong’o. Foto: Albert Armengol

Ngũgĩ wa Thiong’o despierta pasiones en las universidades occidentales por su denuncia de la aculturación colonial. Vino a Barcelona por primera vez hace veinte años para firmar la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos. Su presencia en el CCCB el pasado mes de mayo despertó gran expectación.
Foto: Albert Armengol

Para el novelista y ensayista keniata Ngũgĩ wa Thiong’o, la lengua es salvaguarda de la identidad y herramienta contra la dominación colonial. Coincidiendo con la aparición de varios libros suyos en catalán y en castellano, el PEN Català le invitó a hablar en el CCCB sobre escritura y emancipación.

El escritor keniata Ngũgĩ wa Thiong’o a menudo es más conocido por sus ensayos en defensa de las lenguas minorizadas que por sus novelas. Pese a que empezó a escribir en la década de los sesenta, hasta hace unos años era muy difícil encontrar traducciones de sus obras al castellano y al catalán. Pero en los últimos meses han salido algunos textos suyos en ambos idiomas: Descolonitzar la ment, Desplaçar el centre, Somnis en temps de guerra, Un grano de trigo, El diablo en la cruz, No llores, pequeño… Y, coincidiendo con la aparición de estas publicaciones, Ngũgĩ visitó Barcelona en mayo, invitado por el PEN Català, para dar una conferencia en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) sobre “África, escritura y emancipación”.

Ngũgĩ escribió su primera novela en kikuyu, El diablo en la cruz, en un rollo de papel higiénico, porque el escritor estaba encarcelado y no le facilitaban papel para escribir. El autor ironiza, medio siglo después, apuntando que “por suerte” el papel de la cárcel no era nada blando, y se podía escribir bastante bien sobre él. La anécdota sitúa claramente a Ngũgĩ wa Thiong’o en el grupo de los escritores africanos comprometidos, que han sufrido persecución por su defensa de las libertades y que, pese a todo, no han renunciado a sus ideales.

Después de salir de la cárcel, Ngũgĩ wa Thiong’o siguió escribiendo obras comprometidas. Cuando publicó una de sus siguientes novelas, Matigari, las autoridades dictaron orden de encarcelamiento, no solo contra él, sino también contra Matigari, el protagonista de la obra. A Matigari, obviamente, no le pudieron encarcelar, pero Ngũgĩ tuvo que tomar el camino del exilio. Cuando volvió brevemente a su país, en 2004, sufrió una gravísima agresión y optó por marcharse una vez más.

Sus novelas son una denuncia de las injusticias sociales. Un grano de trigo es una novela coral en la que narra la represión inglesa contra los kikuyus en los años 1950, en tiempos del Mau-Mau (un episodio que también relata de forma magnífica en No llores, pequeño y en el primer volumen de sus memorias: Sueños en tiempos de guerra). Pero el desencanto sobre los nuevos regímenes políticos establecidos en el África independiente ya era patente en Pétalos de sangre, una de sus primeras novelas. A partir de entonces seguiría denunciando las injusticias que sufre su país. No en vano Ngũgĩ es kikuyu, miembro de una de las etnias africanas que desafiaron con más decisión al poder colonial, y que lo pagaron con una brutal represión.

África es fecunda en autores comprometidos, que han desafiado un marco de falta de libertades y han denunciado los abusos del poder. Algunos de ellos lo han pagado con la cárcel (como Wole Soyinka en Nigeria o Ahmadou Kourouma en Costa de Marfil), con el exilio (como Mongo Beti en Camerún, Donato Ndongo en Guinea Ecuatorial o Emmanuel Dongala en la República del Congo) o incluso con la muerte (como Ken Saro-Wiwa en Nigeria). Pero no podemos olvidar que en la propia África ha habido muchos autores que han participado activamente en regímenes políticos poco respetuosos con las libertades: desde el mismo Léopold Sédar Senghor, presidente del Senegal, hasta Boubou Hama, presidente de la Asamblea de Níger, pasando por los ministros Henri Lopes (en la República del Congo) o Jean Pliya (en Benín).

Ngũgĩ wa Thiong’o. Foto: Albert Armengol

Ngũgĩ wa Thiong’o.
Foto: Albert Armengol

El poder de las lenguas locales

En 1968, después de una estancia en la Universidad de Leeds, en Inglaterra, Ngũgĩ volvió a Kenia y decidió escribir teatro, como una forma de llegar más rápidamente a sus compatriotas poco letrados. Y optó por hacerlo en kikuyu. El autor, que hasta entonces no había tenido problemas con sus revolucionarias novelas escritas en inglés, fue encarcelado, y tan solo fue liberado por las presiones del Pen Club. En la cárcel se dio cuenta del poder de impacto de las lenguas locales: si había sido encarcelado, era porque su obra de teatro, en kikuyu, había llegado más al público que sus obras en inglés. A partir de este momento decidió escribir ficción solo en lenguas africanas.

Frente a la gran mayoría de escritores africanos, que apuestan por emplear las lenguas coloniales, hoy en día oficiales en los países respectivos, Ngũgĩ hizo una enardecida defensa del uso de las lenguas autóctonas, argumentando que para llegar a la gente de la calle hay que usar su lengua, y que una lengua es la expresión de una identidad. A partir de sus reflexiones fue dándose cuenta de que su lucha no solo era la de los kikuyus, sino también la de muchos hablantes de lenguas dominadas: lapones, maoríes, indios americanos… Según Ngũgĩ, por todo el mundo hay gente que cree que sus lenguas son inherentemente superiores a otras e imponen un “feudalismo lingüístico”.

Ngũgĩ sería, pues, el más catalán de los escritores africanos. La identidad es una temática recurrente en la obra de este autor, como en muchos de los escritores africanos, sobre todo de los de la escuela de la négritude. Pero Ngũgĩ wa Thiong’o fue más allá y apostó por la lengua como salvaguarda de la identidad y como herramienta contra la dominación colonial. Para este autor, la descolonización real tiene que pasar por la negación de la negación colonial (argumenta que la base del colonialismo era negar la identidad de los colonizados). Y afirma que su voluntad es “abrirse al mundo”, “desde lo que es” (“el tronco asciende más cuanto más profundamente puede arraigar”, como diría la Balanguera…).

Retorno a Barcelona

Ngũgĩ wa Thiong’o ya visitó Barcelona hace veinte años, aunque entonces despertó mucha menos expectación. Había sido invitado por el PEN para firmar la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos (o Declaración de Barcelona), un manifiesto que reclamaba la defensa de las lenguas minorizadas. Ngũgĩ se lamenta de que este documento, que a él le suena como “música para las estrellas”, aún no haya sido asumido internacionalmente.

Ngũgĩ reconoce que la situación de las lenguas africanas es cada vez peor: que hay padres que están orgullosos de que sus hijos no entiendan la lengua de sus abuelos, que muchos escritores han rechazado las lenguas maternas… Pero apunta que recuperar la vitalidad de las lenguas minorizadas es tarea “de nuestra humanidad común”. Porque todos los idiomas “son fuentes de belleza y de infinitas posibilidades”.

Autor estrella y teórico de referencia

Si hace veinte años Ngũgĩ pasó casi desapercibido, ahora, en 2017, la conferencia de Ngũgĩ wa Thiong’o en el CCCB congregó a mucho público. Sin duda, su valiente posición respecto a la defensa de las lenguas minoritarias era en buena parte responsable de la acogida del keniata en Cataluña. Pero había otro motivo para tanta expectación: en los últimos años Ngũgĩ se ha convertido en un teórico de referencia de los especialistas en estudios culturales. El autor keniata genera pasiones, sobre todo en las universidades occidentales, por su denuncia de la aculturación colonial. Pero más frío es el recibimiento que le deparan los escritores africanos que escriben en francés, ingles, portugués o español. Algunos le recuerdan que, contrariamente a Ngũgĩ mismo, no fueron alfabetizados en las lenguas propias respectivas, o que prácticamente no hay gente capaz de leer en esas lenguas.

Pero quizás la clave para entender el cálido encuentro con Ngũgĩ procede de los cambios vividos en Barcelona, la ciudad que cada vez se plantea más su pasado y las relaciones con “el otro”. Hoy es una capital que explora la memoria colonial con exposiciones como Ikunde, con distintos seminarios y con múltiples publicaciones. Y empieza a preguntarse también por su pasado esclavista, con rutas, con el cuestionamiento del nombre de calles y de la presencia de monumentos… Una Barcelona que se pregunta, y que empieza a contemplarse, también, con los ojos del otro.

Gustau Nerín

Antropólogo

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