Marta Reynal-Querol. La ciencia al servicio de la prevención de conflictos

Foto: Pere Virgili

Foto: Pere Virgili

Para impedir la guerra hay que incidir en las causas de los conflictos latentes previos. El uso de las últimas tecnologías y el análisis de los datos masivos son la base de una investigación empírica innovadora sobre estas causas.

Un mapa de grupos étnicos de África, en blanco y negro, que recoge las divisiones del continente antes de la colonización, cubre la pared más extensa de su despacho, porque fue observando la relación entre la pobreza y las guerras en África como la economista Marta Reynal-Querol (Barcelona, 1973) decidió enfocar su investigación la prevención de los conflictos. “Los conflictos aún siguen siendo el principal problema de muchos países, y los esfuerzos internacionales por solucionarlos dan muy pocos frutos. Y lo más triste es que de entre todas las ‘enfermedades’ del mundo, la representada por los conflictos es una de las pocas que dependen de la acción del ser humano, pero somos incapaces de detenerla”, afirma.

Doctora por la London School of Economics, Reynal-Querol fue economista en el Banco Mundial, y es investigadora ICREA y profesora en la Barcelona GSE y en la Universidad Pompeu Fabra, donde tiene su despacho, en el campus de la Ciutadella; toda una casualidad que se encuentre precisamente en un edificio que se construyó como cuartel militar a mediados del siglo XIX. Reynal-Querol explica cómo buscan información en la historia, y cómo confían en las nuevas tecnologías y en el estudio de los datos masivos o big data para prevenir la tragedia humana que conforman la desigualdad, la protesta social, el terrorismo y las guerras, que son, según sus palabras, los grandes y graves problemas del mundo de hoy.

Evitar guerras no parece una preocupación demasiado habitual de los economistas.

Los conflictos son tan viejos como el origen de la humanidad. Filósofos y escritores, desde Grecia hasta hoy, han pensado y debatido sobre ello. Hasta hace pocos años muchos economistas describían la investigación empírica sobre conflictos como “extravagante” y “extremadamente arriesgada”. ¡Decían que eso no era economía! Se pueden hacer teorías, pero después hay que contrastarlas con la realidad, y para eso necesitamos datos. He aplicado las herramientas que tenemos en economía a cuestiones que se trataban en otras disciplinas, como por ejemplo las ciencias políticas. Los debates eran inacabables, pero basándose siempre en argumentaciones narrativas, nunca en datos o análisis científicos. Los economistas tenemos la suerte de que siempre se puede dar un enfoque económico a todos los problemas del mundo.

¿De dónde le nace este interés?

 Cuando estudiaba en Londres me atrajo enseguida el desarrollo económico, pero en la literatura económica referida a África siempre aparecen unos fenómenos inexplicables. Cada inversión en carreteras, puentes, hospitales…, quedaba destruida en la siguiente guerra. O vemos que después de una guerra los individuos no efectuaban transacciones económicas con los grupos étnicos o religiosos con quienes habían luchado. Fue entonces cuando me di cuenta de que no podíamos entender por qué estos países no se desarrollaban sin entender antes las razones de que hubiera tantos conflictos armados. Cuando estaba preparando mi tesis, solo un economista trabajaba en temas empíricos de conflictos. Era el jefe de investigación del Banco Mundial, Paul Collier, que ahora es catedrático en Oxford. Trabajé en

el Banco Mundial, en Washington DC, con su equipo. Fue una de las épocas más enriquecedoras profesionalmente, una combinación perfecta de investigación y debate con responsables de políticas. En esta época los economistas ya empezaban a percibir que los temas empíricos sobre conflictos podían ser importantes.

¿Qué datos son necesarios para entender y prevenir los conflictos?

Hace muchos años que los países recogen datos como el PIB per cápita. Y en las guerras se cuentan los muertos, usando como fuentes a los periodistas o a los observadores internacionales. En los datos masivos hay un potencial enorme y tendremos que cambiar lo que hemos hecho hasta ahora… Aún estamos pensando cómo llevarlo a cabo.

 

Pero una vez tengan los conflictos definidos científicamente…, ¿realmente se podrán evitar las guerras y sus víctimas?

Los responsables de políticas de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales se preguntan a menudo cuál será el siguiente país en entrar en conflicto y en qué momento. La respuesta es siempre la misma: se puede decir qué países tienen más probabilidades de sufrir un conflicto, pero es imposible predecir cuándo sufrirán este choque inesperado que convertirá el conflicto latente en violento. No se pueden definir las políticas en función de los choques que actúen como detonante de la violencia: las actuaciones llegarán demasiado tarde o no tendrán ninguna posibilidad de éxito. Para prevenir las guerras hay que incidir en las causas de los conflictos latentes previos.

 

¿Y cuáles son estos factores? ¿Cómo se miden?

Por ejemplo, antes había teorías que apuntaban hacia el hecho de que cuantos más grupos étnicos existían en un país mayor era la probabilidad de un conflicto violento. Diversos trabajos empíricos lo desmienten. Las probabilidades aumentan cuando hay pocos grupos, pero de grandes dimensiones. Las regiones con polarización social son las que tienen un alto riesgo de conflicto social. Actualmente las discusiones no se centran tanto en las teorías, muchas aparentemente razonables, como en su congruencia con los datos existentes. Muchos resultados empíricos han roto esquemas asentados pero poco contrastados empíricamente.

 

¿Por ejemplo?

Durante mucho tiempo la idea predominante ha sido que la pobreza provocaba las guerras. Los organismos internacionales propugnaban que para luchar contra la guerra había que solucionar la pobreza, con unas medidas muy bien conocidas: se trataba de facilitar ayuda internacional. Pero ya se ha demostrado que eso no funciona así; solucionando la pobreza no solucionas el conflicto… ¡Muy a menudo la ayuda internacional puede empeorarlo! Una cosa es constatar que los países pobres tienen guerras y otra muy distinta sostener que estas guerras las motiva la pobreza. Puede ser que un país sea víctima de una herencia histórica que genera a la vez guerras y pobreza, o que sufra las actuaciones de un líder déspota que aplique malas políticas para el crecimiento y para la convivencia social generando pobreza y guerras a la vez. Pero lo que funciona como detonante de las guerras son choques económicos como los provocados por la bajada del precio de la materia prima de la que depende el país, por una recesión…

Foto: Pere Virgili

Foto: Pere Virgili

Cuando se tienen los resultados empíricos ¿cuál ha de ser el siguiente paso? ¿Quién puede evitar las guerras?

¡Ojalá tuviéramos la fórmula! Lo que hacemos es estudiar con metodología científica qué hace que un país tenga más guerras. Muchos de los motivos son difícilmente corregibles, como la existencia de unos líderes inadecuados que toman decisiones erróneas; eso, por ejemplo, nos lleva a investigar por qué, y en qué contextos, muy a menudo la gente acaba votando a personas no aptas. ¿Quizás es la educación? ¿Quizás la falta de información, o de una información no sesgada? Por eso estudiamos el comportamiento de las personas, el papel de los medios de comunicación, cómo les afecta el acceso a internet… Actualmente, con los datos masivos, podemos analizar muchas más cosas que antes.

 

Y mientras tanto, hay países donde continúan matándose…

Sí, de la misma manera que aún hay gente que se muere por enfermedades para las que no tenemos curación, y por eso se sigue investigando. Con los conflictos y el desarrollo hacemos igual. Estamos probando metodologías muy nuevas, como el aprendizaje automático, para predecir los lugares en los que la violencia puede ser ya inminente. Y colaboramos con especialistas en ciencia de datos. Prácticamente no hay equipos interdisciplinares, porque el trabajo interdisciplinar es muy difícil; pero, si no pensamos juntos, nunca haremos nada nuevo. Tenemos que innovar y buscar soluciones que funcionen. Por su parte, los que tienen la tecnología deben empezar a ser sensibles a los temas sociales: el retorno social será inmenso.

 

Hablamos mucho de países, pero no todos los conflictos se explican con fronteras.

Actualmente, el acceso a los datos de zonas muy pequeñas obtenidos desde el espacio nos permite efectuar análisis a escala regional y urbana. Por ejemplo, la NASA proporciona información sobre la densidad de la luz durante la noche en áreas tan pequeñas como de un kilómetro cuadrado: de este modo conseguimos aproximaciones muy buenas, sobre todo en zonas poco desarrolladas para las cuales no disponemos de datos oficiales. Con la ayuda del supercomputador Mare- Nostrum y de los ingenieros técnicos, por primera vez podremos obtener datos detallados y específicos sobre pobreza y desigualdad, sobre las regiones más desfavorecidas… Así podremos ver si los conflictos se desarrollan con la misma dinámica en contextos urbanos y rurales, o si la distribución de grupos por barrios puede afectar a diferentes aspectos de la vida urbana… Con este tipo de datos masivos se han puesto en marcha estudios sobre el crimen en las ciudades. Pero todo está en sus comienzos.

 

¿Y entonces también podremos analizar y actuar de manera diferente en las ciudades?

Los datos masivos permiten realizar mediciones de distribución de la renta que hasta ahora no existían. Con satélite podemos ver las desigualdades de renta por barrios. Dicen que un poco de desigualdad es buena porque incentiva a mejorar, pero mucha desigualdad desincentiva. Estas teorías nunca se han podido comprobar porque no disponíamos de los datos exactos sobre la distribución de las personas. Pero ahora podremos ver, por ejemplo, cuál es el momento o la situación social a partir de la cual empieza el conflicto. Entender los procesos del conflicto permite predecirlo o detenerlo. Un ejemplo aprendido de África es que, si un país no funciona porque hay conflicto, de nada sirve construir carreteras, porque las destruirán; es tirar el dinero. En algunos países africanos intentaban combatir la conflictividad entre grupos étnicos con series televisivas en las que se celebraban bodas entre personas de diferentes orígenes étnicos, para promover y normalizar la integración. Son problemas de ciencia política, abordados con instrumentos diferentes.

 

El uso de los datos es infinito.

Hay muchísimo potencial. Se trata de aplicar a proyectos de desarrollo los criterios y los mecanismos de optimización que ya se utilizan en las empresas. Cuando un país se vea afectado por un desastre natural, tendríamos que poderlo reconstruir de forma óptima para favorecer su desarrollo posterior, pero muy a menudo no se hace así. Para demostrarlo, queremos calcular cuán lejos está cada país de su infraestructura óptima, comprobando los kilómetros de carretera construidos y el nivel de conectividad. Así veremos que Alemania está mucho más cerca del nivel óptimo que España. Otro ejemplo: quizás se pueda encontrar una relación entre el nivel de conectividad de las infraestructuras y la corrupción de un país. Aplicar la ciencia de los datos al desarrollo económico es esto.

 

¿Qué problemas imagina que se podrán resolver pronto gracias a toda esta información?

Uno de los temas que trabajamos es la capacidad real de internet para reducir desigualdades. Hay zonas con desigualdades educativas que se polarizan cuando introduces internet: unas personas aprovechan el acceso a la red para conseguir una información mejor, y otras, solo para disfrutar de sus funciones de entretenimiento. Ahora centraremos la investigación científica en averiguar a partir de qué niveles de educación se acentúa la polarización. Todo el mundo sabe que la educación es fundamental, pero ahora podremos saber cuándo y dónde la tenemos que mejorar, si demostramos que internet, sin el ingrediente educativo, puede aislar socialmente.

 

Otra línea de su investigación es la relación entre la formación de los líderes y el desarrollo económico de un país.

La idea de que el liderazgo afecta a los países es vieja, pero los investigadores han dedicado muy poca atención a la personalidad de los líderes. ¿Qué diferencia a un buen líder de uno malo? ¿Influyen su nivel educativo y su background social? Estas preguntas son fundamentales para entender por qué a veces en algunos países se adoptan políticas erróneas. Si las empresas exigen unos currículums impecables a la hora de contratar a su personal, ¿por qué no hacemos lo mismo con los líderes políticos? Para empezar la investigación nos hacía falta una base de datos de líderes que no existía, de modo que buscamos biografías de todos los líderes políticos del mundo desde 1875 hasta 2004 e incluimos en una base de datos toda la información disponible sobre la educación, el ambiente, la familia y la personalidad de estos líderes. Lo primero que encontramos fue que los que tenían un nivel educativo más alto tomaban decisiones que se traducían en un mayor crecimiento del país.

 

¿Cómo lo han podido demostrar científicamente?

Para establecer causalidad y no solo correlación tenemos que buscar o crear experimentos, igual que se hace en medicina para comprobar si un medicamento funciona o no. En las guerras es muy difícil o imposible generar experimentos aleatorios y lo que hacemos es buscar lo que llamamos “experimentos naturales”. En el caso de los líderes, buscamos cambios inesperados (como los causados por muertes accidentales) y exógenos, no provocados por la mala gestión, y analizamos la situación del país antes y después de este cambio. Ignoramos la mecánica exacta de la relación entre el desarrollo económico del país y el nivel educativo del líder, pero seguramente tiene que ver con el hecho de que un líder con más formación se rodea de gente mejor y, por tanto, sus decisiones son más acertadas.

Uno de los momentos históricos en que nos centramos actualmente es el período de colonización de las Américas, que ofrece una oportunidad única para avanzar en el debate sobre el papel del capital humano como factor de desarrollo económico e institucional de los países. Los colonizadores, en menos de cincuenta años, fundaron ciudades en el interior, en una área muy grande y diversa, entre el norte de México y Buenos Aires. La clave aquí es el período inmediatamente posterior a la colonización inicial (1492-1540), cuando los pobladores se ubicaron sobre el territorio de modo totalmente accidental. No tenían ni idea de adónde se dirigían. Y esto constituye un experimento natural perfecto. Estos primeros pobladores, comerciantes o ganaderos, no sabían nada acerca de las tierras que conquistaban. Comparando los asentamientos podemos ver si funcionaron mejor aquellos a los que llegó gente más formada. Y la respuesta es que sí.

¿Y para qué nos ha de servir esta información? ¿Para escoger a los líderes examinando su currículo? Esto nos puede llevar a un nuevo despotismo ilustrado…

Cada profesión tiene unos requisitos, y conducir un país, también. En una empresa te piden experiencia, formación. No tiene nada de antidemocrático. Dirigir un país necesita una formación determinada. Se puede definir en qué consiste el trabajo de un líder y, en función de eso, qué formación necesita.

¿Qué podemos hacer para mejorar la situación de nuestros líderes?

En este país el nivel es muy bajo, quizás por la manera en que se llega a ser candidato, que desincentiva a la gente buena y preparada. Los líderes vienen de pools en los que no ha habido selección. La selección la tendrían que hacer los partidos. Es el problema de no tener listas abiertas.

 

En Cataluña hay una situación de conflicto social. ¿Cómo la analiza?

Obviamente hay conflicto social en Cataluña. Pero prefiero dejar su análisis a los expertos internacionales que no tengan una visión sesgada como la que puedes tener desde dentro. Y un hecho que sorprende a mis amigos de fuera es que aquí no haya violencia explícita entre grupos.

 

¿Y por qué cree que no se genera violencia?

Desconocemos cuál es el detonante que lleva a las personas a matarse entre ellas. En nuestro caso, quizás resulta que tenemos una población muy educada, que ha entendido que se ha de contener. No se ha resuelto el conflicto, está latente, pero se ha evitado la violencia. Y lo que hace falta son medidas políticas para contentar a los diferentes grupos; en eso precisamente consiste la negociación.

 

¿Existen sociedades más propensas al conflicto que otras?

En África se da una persistencia cultural de la guerra: las zonas en las que había guerra antes de que llegasen los europeos siguen siendo aquellas en las que se mantiene una tendencia a resolver violentamente los conflictos. Ahora realizamos estudios sobre este mismo fenómeno en Latinoamérica, para ver cómo se toleraba la violencia en las sociedades precoloniales: en algunas los conflictos se resolvían negociando; en otras, con violencia. Mediante estudios de persistencia, queremos establecer qué valores transmiten los padres a los hijos y cómo la educación puede ayudar a enderezar la situación actual.

Mar Galtés

Periodista

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