Jaume Plensa: “Las obras de arte son pequeños Davides frente a grandes Goliats arquitectónicos”

Jaume Plensa ha recibido el Premio Ciudad de Barcelona en la categoría de proyección internacional de la ciudad. El escultor vive un inicio de siglo xxi de gran efervescencia creativa y de intensificado reconocimiento. Desde su taller reflexiona sobre la humanización del arte y su función en el espacio público.

© Pere Virgili

El estudio del escultor Jaume Plensa ocupa un almacén de un polígono industrial de Sant Feliu de Llobregat. Un espacio desnudo y helado, sin ningún atributo aparente, que al principio le pareció un destierro, pero que ya ha hecho suyo: “Es un no lugar situado entre un centro de recogida de residuos, que entiendo como el depósito de la memoria, y el cementerio, que es el futuro. Me gusta porque es un territorio virgen. Ya llevo aquí veintitrés años”. Plensa se podría haber instalado en Berlín, Bruselas, París, Nueva York, Chicago… porque es un artista reconocido, internacional, con obra en decenas de ciudades del mundo. Pero tiene el taller junto a Barcelona, algo que juega a favor de nuestra ciudad, donde nació en 1955.

Aunque el trabajo con hierro colado le valió el reconocimiento internacional, y es un artista que también ha experimentado con la luz y el sonido, desde hace unos quince años trabaja con otros materiales y, sobre todo, con el cuerpo humano como eje central. Sus esculturas en espacios públicos son bien reconocibles: grandes cabezas de muchachas con los ojos cerrados, cuerpos hechos de palabras o letras de alfabetos, figuras con posturas reflexivas sentadas en lo alto de mástiles o abrazando los árboles… En el taller, donde trabaja un equipo de siete personas, reposan algunas de estas piezas, unas a punto de marcharse a Santa Fe; otras, pequeñas, son el estudio de unas piezas que se han expuesto en Augsburgo, y, en un rincón, dos colaboradores dan forma a la intervención que Plensa realizará en la iglesia de San Giorgio Maggiore durante la 56.ª Bienal de Venecia, en el mes de mayo.

Plensa defiende la belleza como un elemento fundamental en su trabajo. Ha destacado sobre todo por las esculturas en el espacio público, un ámbito también muy virgen aún (por mal entendido y a menudo mediocre). Es un hombre reflexivo, consciente del papel que debe jugar su obra, del efecto positivo que debe tener en la comunidad donde se establece. Y se convierte en una persona extraña, profunda, cuando habla de poesía como motor creativo revolucionario, y de silencio en un mundo demasiado ruidoso, donde cuesta encontrarse a uno mismo.

Esta voluntad de transmitir belleza a través de las obras contiene mucha bondad, pero ¿no cree usted que la palabra belleza es incómoda, porque la idea se puede entender de modos muy diferentes?

Yo creo que la belleza no es incómoda; es la gente la que quizás se siente incómoda con la belleza, porque es una herramienta de una fuerza política extraordinaria. Porque no hace ninguna concesión. La belleza no es algo que se pueda pactar. Es y ya está. Lo cual tiene una gran fuerza en el mundo artístico, porque es una de las grandes cosas que debe aportar un artista a lo largo de su vida de creación. Por supuesto que, entonces, se me puede preguntar: “Pero ¿qué es belleza?”. Yo creo que es el gran lugar donde tú, él y yo, todos, nos podemos encontrar. Está muy vinculado con la memoria. Una vez, tomando unas copas con José Ángel Valente, un poeta extraordinario, en Santiago de Compostela, me decía: “Jaume, no olvides nunca que la memoria es más vasta que nuestros recuerdos”. La belleza es algo así. No me sé imaginar otra función más importante que la de crear belleza. Te puedes equivocar, puedes acertar en esta voluntad, eso ya lo dirán otros, pero esta voluntad es primordial.

¿Entiende la razón de esta incomodidad?

En este cambio de siglo hay una especie de desdibujamiento del sentido de las palabras. Cuando hablas de moral, ética, belleza, poesía… parece que se malinterpreten, porque se ven antiguas, anacrónicas, románticas. No estoy nada de acuerdo. Son palabras a las que tenemos que volver a dar el contenido y el sentido originales. La belleza o la búsqueda de la belleza son intrínsecas al ser humano. Es verdad que hay momentos en los que nos interesa más el concepto de lo grotesco o de lo feo, pero eso también está bien, porque por oposición también te refieres a belleza.

Usted nació en Barcelona en el seno de una familia que daba importancia a la literatura y a la música. Pasó por la Llotja y un par de años por Bellas Artes, y muy pronto se marchó a Berlín, y después a Bruselas y a París, y se convirtió en un hombre en tránsito. Pero la primera exposición la llevó a cabo en el Espai 13 de la Fundación Miró de Barcelona. ¿Aquello le marcó?

Fue importante. Miró y Calder eran mis héroes de la infancia. Me enseñaron actitudes extraordinarias, y me alegra ver que el mundo empieza a entender a Miró un poco mejor. Hay una especie de reencuentro con él, porque había sido mal comprendido. Y el Espai 13 fue una gran experiencia, porque también me permitió conocer a Joan Brossa y a Antoni Tàpies. Nos hicimos muy amigos, Tàpies y yo. Fue  un hombre a quien no solo he admirado, sino que también he venerado, porque lo veía casi como a un artista del Renacimiento, un hombre muy completo. En aquella época también conocí a Chillida por casualidad.

¿Cómo fue?

Conseguí exponer en ARCO unas piezas hechas en forja a través de una galería de Vic, La Tralla. Vi a Chillida de lejos que se dirigía hacia el estand. Se plantó ante la obra y preguntó: “¿Quién es el artista?”. Cuando me dio la mano, yo temblaba de la cabeza a los pies. Y me dijo: “Jaume, sigue con esta pureza”. Al volver a Barcelona me planteé que, si le había gustado a Chillida, tenía que cambiar radicalmente mi obra, porque seguro que era mala. Era una forma de asesinar al padre, evidentemente. Y cambié mi obra.

© Pere Virgili

Hablar de Chillida hace pensar en el Museo de Arte Contemporáneo, por la pieza que hay junto al museo, supongo. ¿El Macba no hará una exposición de su obra?

Yo no he buscado nunca nada en la vida, siempre me he ido encontrando las propuestas. Siempre he tenido un camino bastante individual y solitario.

Tiene obras o ha expuesto en Berlín, Chicago, Nueva York, París, Tokio, Burdeos, Venecia, Estocolmo, Houston, Singapur, Fráncfort, Dubái, Londres y en decenas de ciudades más. Reconocemos sus obras allá donde estén, pese a la disparidad de paisajes. Y esta trayectoria en la creación para espacios públicos le ha convertido también en un experto en ciudades.

En primer lugar querría decir que el arte siempre es público. De modo que cuando oigo este concepto, arte público, no me hago cargo. Entiendo el arte en el espacio público. He colaborado en óperas y siempre he entendido el teatro como un espacio público. Y el museo también es un espacio público. Una galería es un espacio privado público. Dicho esto, la intervención en un espacio público de una comunidad (una calle, una plaza, un parque) es muy interesante porque es un lugar salvaje, porque no tiene contexto. Cuando intervienes en estos espacios, no hay nada que justifique que la pieza sea arte. Tiene que sobrevivir por sí misma. En cambio, cuando expongo en una galería o en un museo, la gente que lo visita está predispuesta a encontrar algo que podríamos llamar arte o, como mínimo, una intervención artística. En este sentido vivimos una época muy interesante, porque lo que podemos llamar monumento (o conmemoración) lo hacen los arquitectos.

¿La preponderancia de la arquitectura condiciona la intervención del arte en el espacio público?

Hoy los iconos de una ciudad son arquitectónicos, son los edificios. Lo cual ha dado una oportunidad extraordinaria a los artistas para hablar de otras cosas en el espacio público. Ya no es necesario que conmemoremos, eso ya lo hacen los arquitectos. Y una de las cosas que esto nos permite a los artistas es fijar el perfume de una comunidad. Es sabido que en el mundo de la perfumería existen ciertas plantas que se ponen en el perfume para fijar el olor, para que el olor no desaparezca. Yo creo que el arte en el espacio público es esa planta humilde que ayuda a fijar el perfume de una comunidad, a darle una identidad y un valor. Es penetrar en un mundo que ya existe y acabarlo o ayudarlo a regenerarse, darle una respiración nueva de vida.

¿Cómo se aproxima a una ciudad?

Cuando me invitan a intervenir en el espacio público de una ciudad trato de entender sobre todo el vivir, el día a día de la comunidad. Lo explico a partir de un proyecto que presenté en Calgary, ante un nuevo edificio de Norman Foster, un edificio curvado que creaba una plaza en el centro de la ciudad. Un grupo de asesores artísticos creyeron oportuno pedirme una pieza que diera un nuevo espíritu a aquel lugar. Recuerdo las reuniones en Londres donde todo el mundo me advertía de la escala, debido al tamaño del edificio de Foster. Pero yo no tenía ningún interés en ponerme en relación con la escala del edificio, sino que me quería relacionar con la gente. Mi pieza, que tiene doce metros frente a un edificio de ciento cincuenta, hace de puente que protege, de alguna manera, a las hormiguitas en las que nos hemos convertido las personas ante esas construcciones gigantes que nos aplastan. Las obras de arte son como pequeños Davides frente a grandes Goliats. El arte crea ese vínculo que humaniza el espacio, porque da la escala al ser humano. El arte en el espacio público vuelve a tener un protagonismo extraordinario por la necesidad que hay de volver a dar herramientas a la gente para que se sientan personas, porque la arquitectura ha perdido su función primordial, que es la de abrazar a la gente. Se debería volver a una arquitectura más humana.

Cree firmemente en la necesidad de crear un vínculo entre el arte y la comunidad. ¿Es una de sus grandes aportaciones?

Mi obra siempre ha aspirado a vincularse con la comunidad. Adoro a la gente, venga de donde venga. Por eso me gusta tanto viajar. No tengo recuerdos de ninguna ciudad que no estén vinculados a la gente que he conocido en ellas.

La Crown Fountain de Chicago es una intervención artística que expresa muy bien esta voluntad.

Sí, es un gran ejemplo de esta voluntad de que la gente sea el alma y la protagonista. Son las personas anónimas las que crean una sociedad, que es una comunidad en permanencia, como un fluido, como el agua. Por eso es tan importante esta pieza.

La escultura que ha imaginado para Barcelona –un proyecto que de momento está paralizado– también la vincula usted con el agua.

Es una pieza que imagino no dentro del agua, sino frente al agua. Cuando el alcalde Trias me invitó a realizar una pieza, yo la diseñé con todo el entusiasmo, sabiendo que quizás no se llevaría a cabo nunca, como tampoco se hicieron las esculturas que imaginaba Miró, ni la pieza que imaginó Tàpies… Yo me apunto a la iniciativa porque también soy de Barcelona, pero la nuestra es una ciudad compleja. No importa cuánto dinero te gastes en un jugador de fútbol, pero cualquier cantidad que dediques a la cultura parece un despilfarro porque se alega que se necesita para otras cosas. No sé si superaremos algún día este problema. Nuestras generaciones se merecerían alguna aportación que dejara un rastro de nuestro paso por aquí. Y me sorprende la falta de coraje para crear unos iconos que solo sirvan como ejemplo de belleza. Ya sé que es un momento de una gran crisis económica, pero también lo es de valores. Todo va ligado. Y creo que daría mucha moral a la ciudad colocar una pieza cuya utilidad sea existir, crear belleza sin ningún componente de negocio. Dicho así, que parece tan romántico, creo que hay bastante gente en la ciudad que daría apoyo económico al proyecto. Yo no he pedido nunca nada a ningún gobierno; creo mucho en la iniciativa privada. Ciertamente, la pieza pondría la ciudad en el mapa, lo que sería muy interesante para el futuro de Barcelona.

Usted que es un experto en ciudades, ¿cómo ve la evolución de Barcelona en los últimos años, tal como se ha ido ocupando el espacio? Hay un sector de la ciudadanía crítico con el fenómeno del turismo, porque cree que no se está gestionando bien. ¿Qué piensa al respecto?

Vayas adonde vayas del mundo siempre despiertas una cierta envidia cuando dices que eres de Barcelona. Es una ciudad que tiene un equilibrio extraño: es bastante pequeña para tener una escala humana, pero suficientemente grande

para tener una cierta comunicación con el mundo. Evidentemente, no es Londres, no es París, no es Madrid, no es Nueva York… Pero si no pierdes de vista la escala, es una ciudad extraordinaria, que en estos momentos sufre un poco por exceso, sí, pero si vas a Viena, pasa lo mismo; en París, cada vez más; Roma es una locura…

El defecto que le encuentro a Barcelona, ya lo he dicho, es la falta de implicación de la sociedad civil y del mundo privado en el crecimiento cultural. Actualmente el paseo de Gràcia es un gran hipermercado, a la rambla de Catalunya poco le falta, pero, en cambio, todas las galerías han desaparecido. La gente no compra arte en nuestras galerías, y desde luego no van a vivir del aire del cielo. Pues en vez de ir a comprar arte a otros lugares, compradlo aquí. Al mismo tiempo, la gente de otras ciudades viene aquí a beber sangría. Y este es el problema, porque creo que Barcelona es algo más que una jarra de sangría. Nuestra sociedad debería hacer un gran esfuerzo para volver a dinamizar toda la estructura cultural.

Montse Serra

Periodista

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