‘Smart city’: tecnología y gestión responsable

© Albert Armengol
Imagen de la edición del Mobile World Congress, celebrada en Barcelona el mes de febrero de 2014.

Vivimos un cambio de época. El concierto de las naciones va dando paso a un nuevo mundo en que las ciudades se erigen como ejes de una economía del conocimiento. En este mapa emergente de las ciudades inteligentes, Barcelona ocupa un lugar por méritos propios y, lo que es más, está demostrando una elogiable e ilusionante capacidad de liderazgo.

Capital Mundial del Móvil, y desde hace poco también Capital Europea de la Innovación, Barcelona ya ocupa el cuarto puesto en la clasificación Smart City 2013 y destaca como ejemplo de buenas prácticas en materia de inteligencia urbana por delante de ciudades como París, Londres o Estocolmo. Barcelona lidera también la City ProtocolSociety, que debe servir para consensuar recomendaciones y estándares compartibles por todas las comunidades urbanas del mundo. Asimismo, durante estos últimos años, la ciudad se ha convertido en un referente ineludible a escala mundial por su dinamismo y su capacidad de innovación, tal como lo es en otras materias.

Es paradójico que hayamos convenido en llamar inteligentes a las ciudades del futuro cuando todavía no somos del todo conscientes del alcance del cambio que comportará la revolución digital, seguramente porque los cambios se suceden de manera vertiginosa. De hecho, sin embargo, lo único que pretenden las políticas que denominamos smart es, en el fondo, intensificar la inteligencia colectiva –una inteligencia que siempre han tenido las ciudades– en un nuevo paradigma tecnológico orientado a ganar calidad de vida.

© Albert Armengol
Imagen de la edición del Mobile World Congress, celebrada en Barcelona el mes de febrero de 2014.

En este nuevo número de Barcelona Metròpolis exploramos las políticas smart que se están desplegando en la ciudad, tanto en el ámbito de las aplicaciones como en la salud, los transportes o la cultura… La implantación de las nuevas tecnologías afecta al medio ambiente, las infraestructuras, los edificios, los espacios públicos o los flujos de información. Pero la inteligencia tecnológica, que solo cobra sentido si comporta ventajas para hacer más fácil la vida de las personas, es únicamente una parte de la inteligencia que necesitamos.

A la Administración le corresponde pensar, actuar y gestionar la ciudad con inteligencia, y, evidentemente, la ciudadanía se lo tiene que exigir. Y al mismo tiempo esta exigencia implica corresponsabilidad en muchos de los comportamientos individuales en sociedad: reciclaje, ahorro energético, consumo responsable… Tecnologías y gestión responsable –pública y privada– tienen que constituir el círculo virtuoso que nos permitirá nuevas cotas de progreso.

La capacidad asociativa de los barceloneses, su inveterada voluntad de cooperar y participar es uno de los grandes valores que hacen hoy realista nuestra aspiración de ser una ciudad inteligente. Una smart city en mayúsculas, en todos los sentidos.

Marc Puig i Guàrdia

Director de Comunicación y Atención Ciudadana

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