Un espacio inclusivo, de participación y de creación

La ciudad educadora se erige en promotora del bienestar y las oportunidades vitales de los ciudadanos; se ordena como espacio inclusivo de convivencia, diálogo y relación, y facilita que afloren la innovación y la creatividad.

Barcelona se ha comprometido ante el mundo en una función educadora derivada de su sensibilidad por el progreso de las personas, que se manifiesta en los modos de concebir el urbanismo y las infraestructuras, en el acento que se pone en la función pública y socializadora del arte, de la cultura y del ocio, o en el apoyo concedido a las formas innovadoras de participación ciudadana.

Los espacios y los tiempos que habitamos y ordenamos; nuestras formas de vivir y convivir; los estilos de relación y acogida; los rituales festivos y de conmemoración; las creencias, los valores y los ideales que compartimos; las herramientas y las tecnologías, los símbolos y los artefactos culturales; los sistemas de comunicación preferidos, e incluso las maneras de estar y de hacer dentro del espacio son elementos con los que la ciudad contribuye a la educación (o deseducación) de las personas y con los que estas contribuyen a producir un determinado modelo urbano.

De acuerdo con su lema, centrado en el reto de la inclusión, el xiii Congreso Internacional de Ciudades Educadoras tuvo tres grandes ejes temáticos: la inclusión como derecho, la participación y el compromiso colectivos y la ciudad como espacio de innovación y creatividad. Dicho de otra manera, la pirámide de la ciudad educadora del futuro se construye sobre tres modelos complementarios e integrados, la ciudad inclusiva, la ciudad participativa y la ciudad creativa, modelos que apuestan al mismo tiempo por el fortalecimiento de unos capitales –inseparables de las personas– de tres tipos: el capital humano, el capital social y, en tercer lugar, el intelectual y creativo. De este modo, la ciudad educadora se convierte en promotora del bienestar y las oportunidades vitales de los ciudadanos; se ordena como un espacio inclusivo de convivencia, diálogo y relación, y favorece que en este mismo espacio afloren la innovación y la creatividad.

Los tres pilares de la ciudad educadora se retroalimentan mutuamente. Las políticas inclusivas –en vivienda, trabajo, salud, educación, cultura…– favorecen el compromiso participativo de los ciudadanos. Y el aumento de la densidad asociativa, el fortalecimiento de los vínculos comunitarios y la multiplicación de los intercambios culturales impulsan y atraen el talento y la creatividad, el arte y la innovación, la generación de ideas y el progreso económico, el aprendizaje y el emprendimiento, la generación de confianza y las oportunidades de compartir proyectos.

Diez metáforas que resumen un proyecto

Estos tres grandes ejes temáticos permiten visualizar diez imágenes, diez metáforas de la configuración de las nuevas ciudades educadoras.

1. La cinta de Moebius, forma geométrica de una sola cara. Entre ciudad y educación no hay una cara interior y otra exterior, un adentro y un afuera; sino que son la misma cara. La ciudad educa, la educación urbaniza. La educación transforma la vida de nuestras ciudades. La urbanidad y el civismo son plasmaciones de la huella educadora de la ciudad. Si hay ciudades inteligentes, no es porque haya infraestructuras inteligentes, sino porque hay ciudadanos inteligentes.

2. Beyoncé. Un grafito festivo posmoderno de París rezaba: “Liberté, Égalité et Beyoncé”. Sería un error para nuestras ciudades prescindir del valor republicano de la fraternité. La ciudad es comunidad, crea vínculos, afiliación, formas de pertenencia. No hay bien común sin sentido de pertenencia a la comunidad. La pertenencia se obtiene al menos por tres vías: a) por la vía de la aplicación de los derechos universales y reales de ciudadanía, que asegura el contrato social del estado de bienestar, b) por la preservación y compartición de un mismo patrimonio cultural y lingüístico y c) por la participación activa en procesos civicoasociativos. La solidaridad no es caridad; la inclusión no puede ser paternalista, sino la acción de ciudadanos libres.

3. El yin y el yang. Talento y equidad, éxito educativo y cohesión social, aprendizaje y servicio son factores que a menudo vemos y vivimos como antitéticos, cuando en realidad son las dos caras de una misma moneda. Tenemos que incorporar en un mismo paquete educativo las necesidades, las capacidades y las oportunidades de la gente. Aprendiendo se puede servir y sirviendo se aprende.

4. Ligar el alioli. Hay un sujeto educativo central, la persona, pero hay muchos agentes educadores y todos son imprescindibles (escuelas y universidades, administraciones, entidades sociales, familias, empresas, ciudadanos, medios de comunicación, museos, centros deportivos, iglesias…). Necesitamos fortalecer la conciencia de ser agentes educativos. Y después se requieren alianzas, complementariedad y corresponsabilidad para aprender a trabajar conjuntamente. La clave está en saber “ligar” las diversas aportaciones. Esta es la nueva tarea de los liderazgos relacionales.

5. Josep Pallach. Este maestro, pedagogo y líder político insistía en afirmar: “Política es pedagogía”. La mejor y más genuina gestión del poder debe tener vocación educadora. Sin ella, la política presenta su cara más pobre e instrumental.

6. Platón: el alma alimenta el cuerpo. El espacio físico urbano (el cuerpo) depende del espacio mental de los ciudadanos (el alma). Sin (buena) mentalización y predisposición no hay (buena) urbanización. Contrasta la imagen de los seguidores japoneses de fútbol recogiendo sus desperdicios al acabar el partido de su selección durante el Mundial de Brasil con las brigadas urbanas de limpieza de Barcelona, que cada verbena de San Juan tienen que limpiar durante la madrugada las playas, convertidas en una pocilga. El cambio educativo debe ser principalmente un cambio de mentalidades.

7. Newton y la ecuación espacio-tiempo. La ciudad educadora es espacio (ágora, urbanismo, planificación de la movilidad), pero también es tiempo: ritmos, cadencias, compases. Necesitamos una organización horaria nueva y bien planteada, que haga que nuestras ciudades estén menos estresadas y mucho más equilibradas. Ahora el tiempo y las trayectorias educativas son discontinuos, fragmentarios y, a menudo, endogámicos. Necesitamos nuevos espacios y nuevos ritmos.

8. Colaboratorios. Juntos sabemos y podemos más. En los binomios memoria-proyecto, herencia-diferencia, imitación-innovación, legado-creatividad está siempre el peligro de la pura repetición del pasado o de ese adanismo que pretende siempre empezar de cero. Necesitamos experimentar colaborativamente y aprender a combinar continuidad y cambio. La creatividad no implica necesariamente el rechazo del pasado, sino un constante diálogo con él.

9. Internet. El papel físico de la ciudad educadora va siendo progresivamente laminado por otro entorno de las personas: la red. Niños y jóvenes se recluyen en casa, pero a través de internet se zambullen en una calle y en una plaza mucho mayores. Hay un nuevo espacio “urbano” de contacto y participación virtuales. Hay que entenderlo y aprovecharlo educativamente.

10. Alma. La ciudad necesita ley y orden, pero también alma, pulsión vital, latido. Se debe prestigiar el espacio público urbano. No es un espacio anónimo y de nadie, sino el espacio de todos, elaborado a lo largo del tiempo para acoger vida y convivencia. Las ciudades educadoras transfieren conocimientos, aprendizajes y utilidades, pero también emociones y valores.

Àngel Castiñeira

Cátedra Liderazgos y Gobernanza Democrática, ESADE-URL

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