Tierra de oportunidades

En Barcelona y en toda Cataluña ha funcionado históricamente el llamado ascensor social gracias a la ausencia de grandes terratenientes y a la aparición progresiva de clases medias. Los recién llegados tenían tantas posibilidades de hacer fortuna como las familias burguesas tradicionales. También en este sentido se aprecia una gran diferencia con respecto a otras ciudades de España.

© Juliet Pomés

Se dice que el rey Carlos V (1500-1558), antes de morir, dio un consejo a su heredero, el futuro Felipe II: “Si quieres mantener tu imperio, pon la capital en Barcelona; si quieres hacer que crezca, ponla en Lisboa; si quieres perderlo, ponla en Madrid”. No era ninguna tontería. El Imperio español no tenía entonces una capital fija. Barcelona representaba el mar Mediterráneo y el mundo antiguo; Lisboa el continente americano, el Nuevo Mundo al que Dvo?ák dedicará unos siglos después su novena sinfonía; Madrid era una ciudad aislada en medio de la Península ibérica. Felipe II no hizo caso a su padre y en 1561 fijó la capital en Madrid con carácter permanente. Las difíciles comunicaciones terrestres hicieron que viviera al margen del comercio hasta que la aviación, las autopistas y los trenes de gran velocidad solucionaron su aislamiento en la segunda mitad del siglo XX.

Barcelona, ciudad mediterránea, cuenta con una tradición comercial milenaria. El comercio significa intercambio de mercancías, pero también de personas y de conocimientos, de modo que es indispensable para el desarrollo económico. Los caminos naturales del comercio han sido históricamente el mar y los ríos navegables. Además, Barcelona era la capital de un territorio –Cataluña–, estrechamente vinculado a Francia y a Europa. Los Pirineos no constituyen para los catalanes una barrera infranqueable tal como lo son en su parte central, de modo que al comercio marítimo natural se añadió el terrestre. Los barceloneses, y los catalanes en general, viajaban y conocían Europa tanto o mejor que las colonias americanas del Imperio español.

Sin esta introducción geográfica previa es difícil explicar el fenómeno de la industrialización, que se inicia en el primer tercio del siglo XIX. Barcelona será la capital del único país del sur de Europa –Cataluña– que creará un tejido industrial, con un retraso de solo unos pocos años con respecto a Gran Bretaña y a los países pioneros europeos. Comercio e industria irán estrechamente unidos a un carácter emprendedor, propio de Cataluña, que se evidenciará en Barcelona, donde se concentrarán la mayoría de los proyectos.

El siglo XIX es el siglo de los avances de la tecnología, unidos y paralelos a la industrialización. Todos esos avances tecnológicos llegaron a España a través de Barcelona: la máquina de vapor, el ferrocarril, el telégrafo y el teléfono, la electricidad. También las transformaciones en el sector financiero: el Banco de Barcelona (1844) fue el primer banco moderno de todo el estado, y la Bolsa de Barcelona, la primera en crear un mercado de valores en el que cotizaban títulos de sociedades mercantiles, mientras que Madrid organizaba la suya alrededor de la deuda pública. La iniciativa barcelonesa y catalana corresponde al sector privado, ya que el sector público tiene en él poca importancia. Las inversiones extranjeras se centraron en la explotación de los importantes recursos mineros españoles y en la construcción de ferrocarriles en la península, mientras que Cataluña –sin recursos naturales de importancia– financió su red ferroviaria y sus fábricas con recursos propios.

Espionaje industrial

A comienzos del siglo XIX, la Junta de Comercio de Barcelona, que integraba a los empresarios del momento, envió a un espía –con gastos pagados– al área integrada por las ciudades de Mulhouse y Basilea y el sur de Alemania. Trabajaba como obrero en las fábricas de la zona, copiaba las máquinas y aprendía los procesos industriales. Al final la policía francesa lo persiguió y volvió apresuradamente a Barcelona, donde publicaría dos libros gruesos, llenos de planos y dibujos. Fue un procedimiento muy poco recomendable, pero le permitió conseguir a poco precio los adelantos de franceses, suizos y alemanes en el sector textil y químico. Este sistema hace pensar en el que utilizarían algunos industriales japoneses después de la Segunda Guerra Mundial. En cualquier caso, a doscientos años vista, es una prueba del espíritu de los empresarios barceloneses, atentos a lo que sucedía en Europa y dispuestos a seguir –y a copiar– su camino de desarrollo económico.

© Prisma
Trabajadores de la sección de hilaturas de la Colònia Pons de Puig-reig, en la comarca del Berguedà, en una fotografía de principios del siglo XX.

Los emprendedores barceloneses del siglo XIX tenían muy claro que los cambios venían de fuera y que eran revolucionarios, en el sentido económico de la palabra, o sea de transformación social. En los periódicos y revistas barcelonesas de la época la palabra “progreso” es de las más repetidas en los artículos de opinión. Y aquel progreso estaba en el extranjero: en París, Londres, Frankfurt, Milán, Chicago o Filadelfia, que es adonde fueron. Pero en 1888 ya se sintieron con fuerza para celebrar una Exposición Universal en la que anunciaban a los forasteros que habían aprendido la lección de las nuevas tecnologías y que también ellos podían enseñar al mundo que tenían capacidad para hacer las cosas bien hechas. En 1929 se repitió la experiencia con la Exposición Internacional. Barcelona se situaba así junto a las grandes ciudades emprendedoras europeas y americanas.

La situación geográfica jugó nuevamente a favor de la ciudad cuando en 1869 se abrió el canal de Suez, obra de Ferdinand de Lesseps, que había sido durante muchos años cónsul de Francia en Barcelona. El Mediterráneo ya no es un callejón sin salida, sino una entrada para los barcos procedentes de Asia y una salida para los europeos.

La ciudad de Barcelona no se puede explicar sin el traspaís catalán y las sucesivas oleadas inmigratorias que ha recibido, todas ellas vinculadas a la oferta de trabajo, consecuencia de la industrialización y de la aparición de empresas de servicios. Durante el siglo XIX fue una inmigración procedente sobre todo del resto de Cataluña, que continuaría durante los primeros años del XX, atraída por las obras del certamen internacional. Más tarde, entre 1940 y 1970, sería una inmigración del resto de España, que abandonaba las grandes zonas rurales empobrecidas. Por último, a finales del siglo XX llegó una inmigración del Tercer Mundo bastante diversificada. Una población nueva, pero que pronto integrará el sentido emprendedor que encuentra en la ciudad y su entorno.

Una movilidad social muy elevada

Afortunadamente, en Barcelona y en el conjunto de Cataluña ha funcionado el llamado ascensor social, resultado de la inexistencia de grandes terratenientes y de la aparición progresiva de clases medias, que pronto serían mayoritarias. Los recién llegados tenían tantas posibilidades de hacer fortuna como las familias de la burguesía tradicional. La movilidad social ha sido históricamente muy elevada. También en este sentido se aprecia una gran diferencia con respecto a otras ciudades españolas. En Barcelona existe una burguesía económica que cambia bastante con el paso de los años. El ascensor hace subir a unos y bajar a otros.

Desgraciadamente, los regímenes dictatoriales llenaron casi la mitad del siglo XX: la dictadura de Primo de Rivera, primero (1923-1930), y la dictadura franquista, después (1939-1975). En medio, una Guerra Civil de tres años (1936-1939). Claro que España quedó al margen de las dos grandes guerras mundiales. Pero los regímenes dictatoriales no tan solo atentaron contra los derechos fundamentales de las personas, sino que también incidieron negativamente en el desarrollo económico de la ciudad y de sus empresarios.

Así pues, por un lado, el régimen de Primo de Rivera, con un intervencionismo extremo por parte del sector público, redujo las iniciativas privadas. Por otro lado, la larga dictadura franquista debe contemplarse, desde este punto de vista, en dos períodos claramente diferenciados. Desde 1939 a 1959 la economía del Gobierno español se caracterizó por su irracionalidad económica –la autarquía– y por la incompetencia de los responsables de los ministerios económicos. Desde 1959 hasta la muerte de Franco en 1975, los ministros llamados tecnócratas introdujeron un poco de racionalidad en la política económica y favorecieron un proceso de liberalización, aunque muy lento, que permitió un relativo desarrollo.

Después de dos años y medio de transición, y con la llegada de un régimen democrático, en 1978, en Barcelona y en Cataluña se dio un fenómeno que quienes lo vivimos no nos habríamos atrevido a imaginar. La economía pasó de un sistema protegido y restrictivo a una economía abierta y en competencia con todo el mundo, especialmente a partir de 1986, con la entrada de España en la Unión Europea. La industria textil tradicional catalana, que había sido de las primeras durante más de cien años, se hundió casi en su totalidad, igual que la industria de otros sectores, ya que no estaba preparada para hacer frente a un mercado abierto. Pese a ello, en pocos años se comprobó que el carácter emprendedor de los barceloneses se adaptaba a las nuevas condiciones. La industria, que hacía años que había iniciado un proceso de diversificación, acentuó este proceso y al mismo tiempo incorporó las empresas de servicios nuevos y tecnológicamente avanzados. El tejido industrial creó lo que se denominarían “multinacionales de bolsillo”: pequeñas y medianas empresas que trabajan para un mercado mundial al que ofrecen un producto diverso y competitivo, tanto por calidad como por precio. Hay centenares de estas pequeñas multinacionales que tienen planta de producción fuera de Barcelona y de España. La exportación de productos catalanes, con empresas mayoritariamente domiciliadas en Barcelona, supone alrededor del 28% de la exportación de todo el estado.

© Prisma
Cadena de montaje de motores en la factoría de la Seat en la Zona Franca, el año 1963.

No fue fácil conseguir los Juegos Olímpicos de 1992, entre otras razones porque la ciudad no parecía la más adecuada para acogerlos si se tenía en cuenta su volumen poblacional estricto. El comité que defendía su candidatura se vio obligado a explicar la realidad histórica de la ciudad y su área metropolitana a los representantes del Comité Olímpico que nos visitaban. La cifra de 1,7 millones de habitantes quedaba por debajo de la que se pedía a las candidatas a albergar unos juegos. Y es que Barcelona, a diferencia de Madrid, o de otras grandes ciudades, ha respetado la autonomía de las poblaciones vecinas. En el Llano de Barcelona viven más de tres millones de personas sin que haya señales visibles de pertenencia a un municipio u otro, y con una continuidad de edificaciones y calles. En cualquier caso, los Juegos Olímpicos dieron un fuerte impulso a la marca Barcelona, como ciudad comercial, industrial, turística y de servicios.

Una buena muestra del carácter emprendedor de la ciudad es la presencia en ella de las primeras y más importantes escuelas de negocios españolas. IESE y ESADE, creadas en 1958, son reconocidas entre las primeras del mundo por la calidad de su enseñanza.

Los catalanes no barceloneses aseguraban: “Barcelona es buena, si la bolsa suena”, con lo que se quería significar que la ciudad ofrecía mucho a quienes tenían dinero. Pero los barceloneses añadieron: “Pero tanto si suena como si no suena, Barcelona siempre es buena”. Tenían razón, ya que es tierra de oportunidades.

Francesc Cabana

Abogado e historiador de economía. Presidente del Ateneu Barcelonès

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