Solos en la multitud

El problema de la soledad se ha agudizado de tal forma en el Reino Unido que el Gobierno del país decidió a principios de año centrar en un solo departamento la lucha contra esa plaga del siglo xxi y creó una especie de ministerio para la soledad.

Foto: Justin Tallis / AFP Getty Images

Manifestación en memoria de la diputada laboralista Jo Cox en Trafalgar Square, Londres, el 22 de junio de 2016, seis días después de que fuera asesinada por un neonazi por su apoyo a la acogida de inmigrantes y su posición contraria al Brexit. Cox inspiró la creación de un departamento gubernamental que centraliza todos los recursos públicos dedicados a luchar contra la soledad.
Foto: Justin Tallis / AFP Getty Images

Monseñor Michael Bernard McPartland pasó más de quince años en las remotas islas Malvinas, donde fue prefecto apostólico en tiempos del papa Juan Pablo II, además de superior de la misión sui juris de las igualmente remotas islas Santa Elena, Ascensión y Tristán Acuña. Curiosamente, al sacerdote inglés no le molestaba tanto la aparente soledad asociada a vivir en un lugar tan solitario y lejano, cuanto la ausencia de esa soledad.

“Hay dos cosas que los ingleses aprecian por encima de todo: el anonimato y la vida privada. Aquí tienes negadas las dos. Vives en una pecera. Todos saben todo sobre todos. Pero, una vez te acostumbras, está muy bien”, le comentó a este periodista en 2012 con ocasión de un reportaje para un diario español en el 30 aniversario de la guerra de las Malvinas, un archipiélago más extenso que la Comunidad de Murcia pero con apenas 3.500 habitantes.

“En los diez años que llevo aquí nunca he ido al pub a tomar una copa. Y nadie disfruta de una copa más que yo. En Inglaterra me encanta ir a un pub, con ropa de seglar, pero allí seré anónimo, nadie sabe quién soy, y, más importante aún, a nadie le importa quién soy. Aquí, o bien todo el mundo se callaría o cambiarían de conversación mientras están sobrios, pero después de unas copas me empezarían a hacer preguntas que no podría contestar”, añadió el sacerdote, que regresó en 2016 a Inglaterra y falleció un año después, a los setenta y siete años. McPartland renegaba de la falta de intimidad en una comunidad tan pequeña y cerrada y apreciaba el anonimato que le otorgaba la gran urbe. Agobiado por la ausencia de ese anonimato en las Malvinas, él convertía en virtud lo que para otros es tormento: la soledad.

La soledad es un problema creciente en un mundo en el que hay cada vez más gente que trabaja en casa, que encarga la comida y las compras a domicilio, que se relaciona cada vez más a menudo a través de las redes sociales y cada vez menos cara a cara. Un mundo en el que hay cada vez más gente, especialmente gente mayor, viviendo sola.

Tras más de quince años residiendo en Londres, a este periodista aún le sorprende el silencio que impera en el metro y lo difícil que es entablar relación con los vecinos del barrio (salvo paseando a un perro o tomando una pinta de cerveza en el pub, el único lugar en el que los ingleses olvidan sus rígidas convenciones sociales). Una encuesta realizada en septiembre de 2016 entre veinte mil lectores de la revista Time Out en una veintena de ciudades de todo el mundo situó a Londres como la capital mundial del sentimiento de soledad de sus habitantes.

Sin barreras de edad, clase social o género

En el Reino Unido, el problema se ha agudizado de tal forma que el Gobierno decidió a principios de este año centrar en un solo departamento la lucha contra esa plaga del siglo xxi y creó una especie de ministerio para la soledad (que en España equivale a una secretaría de estado), siguiendo así los consejos de una comisión creada en 2016.

La comisión siguió la estela del trabajo previo realizado por Jo Cox, una diputada laborista que había conocido en carne propia el problema de la soledad en su juventud y que, ya en el Parlamento, comprendió a través de su circunscripción de Batley & Spewn, en Yorkshire (norte de Inglaterra), que en realidad es un problema que apenas tiene barreras de edad, clase social o género, aunque afecta más a la gente que vive sola y con pocos recursos. Jo Cox, que defendía la llegada de inmigrantes y de refugiados y que se oponía a que el Reino Unido abandonase la Unión Europea, fue asesinada por un neonazi inglés que la apuñaló y tiroteó en medio de la calle en Birstall (norte de Inglaterra) pocos días antes del referéndum sobre el Brexit.

El informe inspirado por ella y que llevó al Gobierno británico a crear el ministerio para la soledad, destaca que en el país hay más de nueve millones de adultos que están en permanente soledad y que el 43 % de los jóvenes de entre diecisiete y veinticinco años sufren también por ella. Para 3,6 millones de británicos mayores de sesenta y cinco años, la televisión es la única compañía en su vida diaria.

Se estima que la mitad de los ingleses de más de setenta y cinco años viven solos. Son más de dos millones de personas, y muchos de ellos dicen que pueden pasar días e incluso semanas sin tener ningún tipo de interacción social: más de doscientos mil ancianos pasan un mes entero sin hablar con un amigo o un pariente.

Formas sencillas y económicas de ayudar

Y, sin embargo, hay formas sencillas y muy económicas de ayudar en esos casos. Por ejemplo, pararse a hablar con ellos en la calle, sin mostrar prisas, comprendiendo que esa señora mayor que nos parece tan pesada cuando se pone a hablar a lo mejor lleva días sin que nadie le diga ni media palabra. Podemos ayudar en pequeños detalles como llevarles la compra, recoger una receta médica, pasear al perro. Ofrecerse para acompañarles al médico, a la biblioteca, a la peluquería. Trabajar de voluntario para pasar un rato al día o a la semana con personas que viven solas. Ayudarles en las tareas domésticas, desde cambiar una bombilla a llevarse unos trastos viejos o colgar un cuadro. O, simplemente, comer con ellos.

Foto: Bethany Clarke / Getty Images

Clase de Tai Chi para personas mayores en un centro de la organización social privada Age UK, en el Gran Londres.
Foto: Bethany Clarke / Getty Images

También los jóvenes pueden necesitar un poco de esa compañía inesperada: hablar con alguien que no les juzgue previamente por su aspecto, que les ayude a encontrar una puerta de salida a sus problemas, que les anime a expresarse, aunque sea a través de las redes sociales.

El problema es especialmente agudo entre las personas con problemas de demencia, los inmigrantes y los demandantes de asilo (en Londres, un 58 % de ellos creen que la soledad y el aislamiento es el mayor reto que afrontan).

Consecuencias económicas y de salud

La soledad tiene severas consecuencias económicas y de salud pública. Se estima, por ejemplo, que la falta de relaciones sociales sólidas es tan dañina para la salud como fumar quince cigarrillos al día. Tres de cada cuatro médicos de cabecera británicos creen que el 20 % de los enfermos que visitan cada día acuden a ellos porque se sienten solos. La soledad les cuesta a las empresas del país unos 2.500 millones de libras al año, y la desconexión entre comunidades, 32.000 millones de libras al año a la economía británica.

¿En qué puede ayudar un departamento ministerial para solucionar el problema? La intención en el Reino Unido no es tanto echar a las espaldas del Gobierno la lucha contra esa epidemia como utilizarlo como catalizador de los esfuerzos que ya se están haciendo desde organismos públicos (como el NHS, el servicio público de salud) y privados (organizaciones sociales como Cruz Roja, Age UK, Action for Children, Campaign to End Loneliness, etcétera).

Uno de los objetivos es crear un indicador nacional de soledad, buscar herramientas para medir el fenómeno, realizar un informe anual que permita examinar la evolución de los datos disponibles, invertir en programas que pongan de relieve cuáles son las medidas que funcionan o para lanzar campañas de mensajes fáciles de entender para ayudar a los individuos a conectar unos con otros. Conseguir, en fin, que la soledad no sea un problema ni para la gente que vive aislada en lugares remotos ni para la gente que se siente sola entre la multitud.

Walter Oppenheimer

Periodista residente en Londres, donde fue corresponsal de El País entre 2001 y 2014

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