Lejos, muy lejos de Madrid

El texto publicado en 1944 por Marya Mannes es un artículo de guerra. Los aliados hace ya seis meses que han desembarcado en Normandía, y París ha sido liberada en agosto. La pregunta implícita es si cruzar los Pirineos con el ejército aliado es una empresa aconsejable.

© Fox Photos / Getty Images
Año 1957: la calle de Pelai, descrita por la agencia fotográfica Fox como “una ajetreada calle de Barcelona, famosa ciudad española y capital de Cataluña”. Pocos años antes, todavía en plena posguerra, la escritora y crítica Marya Mannes destacaba en The New Yorker “el espíritu americano” de Barcelona”, una ciudad enérgica, progresiva, culta y cosmopolita.

El tema del artículo, publicado en forma de “Letter from Barcelona”, era candente: guardo en casa una portada de la revista Time, también de 1944, en la que se ve un mapa de la península con la cara de Franco sobreimpresa, y en ella se lee: “Franco de Iberia. Un avance contra él es un avance contra Hitler.”

Mannes pone en relación las virtudes y los defectos de los catalanes con los intereses americanos. El artículo no puede desprenderse de un aire de informe para el Departamento de Estado, hasta llevarlo al extremo: “Los catalanes de todas las facciones estarían en la primera oleada en una revuelta”, dice al final. Aunque hay un pero: no se sabe si son lo bastante serios. El párrafo de apertura ya deja claro que Barcelona es Cataluña, y Madrid es Franco, y a partir de aquí el resto del texto profundizará en la dicotomía:

“Barcelona está muy, muy lejos de Madrid. Barcelona es catalana y Madrid es castellana, y las montañas que separan Cataluña de Francia no son tan altas como la barrera invisible entre Cataluña y Castilla. Madrid es el pasado y Barcelona el futuro de la que fue una gran nación. Como todos los puertos, Barcelona es una ciudad natural, que ha crecido a partir de la geografía. Madrid es una ciudad artificial, una capital arbitraria.” La razón por la que Barcelona puede ser una aliada es la existencia de una nación detrás, una nación oprimida por los fascistas españoles –son los años dorados de los falangistas. El tema no podía serle extraño al lector que hubiera seguido la Guerra Mundial en la prensa americana. Los catalanes vistos como si fuesen franceses o austriacos dibujan un mapa de alianzas transparente, y una conclusión inevitable.

La Barcelona de Mannes parece Manhattan: museos de arte contemporáneo, muchas librerías, gente culta y liberal. El misticismo de Montserrat y la ligereza mediterránea “son una gran mezcla creativa”. El Liceu juega en la liga de La Scala y París, y el ballet ruso tiene aquí parada fija; Pau Casals, “el mejor violonchelista del mundo”, es catalán; e incluso hay un director de orquesta japonés que es un clásico del bar del Ritz, donde lee el Daily Mail. Los catalanes, dice, leen mucho, y puesto que casi todo está censurado, los libros de moda son una biografía de Churchill y un cómic de Mickey Mouse: ¡son de los nuestros! Los industriales son proamericanos, y todo el mundo trabaja más y está abierto al cambio y al progreso, no como en Madrid, donde viven del cuento y son cerrados.

Menciona la revista Destino, que “ha conseguido mantenerse proaliada” pese a Franco, y La Codorniz –“una revista apolítica y repleta de cartoons humorísticos”–, únicas excepciones a un periodismo plano y emocional, completamente entregado a la propaganda gubernamental. E incluso “las muchachas de Barcelona caminan seguras y libres, casi como las American girls.” Y concluye: “Barcelona tiene, en general, un espíritu americano; la energía, las ganas, la curiosidad y el sentido del humor contrastan con el oscuro y profundo nacionalismo de la España central.”

Después se centra en la situación de injusticia que sufre la ciudad y, con ella, el país. Da voz a la reivindicación catalanista por delante de la comunista o anarquista, lo que sugiere que quiere poner al público a favor de una intervención aliada en España, como la revista Time. Pero también plantea una cuestión más profunda: el futuro de Barcelona es Cataluña, y la potencia de la ciudad se sustenta en la cultura en sentido amplio, en su historia y en su ambición, más que en la ideología.

Jordi Graupera

Periodista

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