Las lenguas de los barceloneses

Las grandes innovaciones se dan en sociedades que han sabido incorporar las aportaciones de otras culturas, que han aprovechado la llegada de otros grupos para transformarse y potenciar su creatividad.

En el ámbito gastronómico es frecuente la adopción de términos prestados de otras lenguas. Arriba, muestras de productos alimentarios foráneos: la chapata italiana, el sushi japonés y, en las dos imágenes inferiores, el baclava y el hummus, del Próximo Oriente, tal como los preparan en el restaurante libanés Sannin del barrio de Gràcia.
Fotos: Pere Virgili.

Contar es a menudo una manera de desdibujar la realidad, de hacer homogéneo lo que es diverso. Pero contar es también una manera de hacer accesible la comprensión de fenómenos que frecuentemente son inaprehensibles. Cuando contamos lenguas hacemos las dos cosas a la vez. Por un lado, cosificamos un elemento en principio inalcanzable y, por otro, representamos una realidad que a menudo está oculta. En Barcelona hay hablantes de como mínimo ciento cincuenta lenguas de todo el mundo, pero un gran número quedan escondidas en las historias de muchos barceloneses a quienes han explicado que vivimos en una ciudad bilingüe en que su lengua está fuera de lugar.

La diversidad lingüística de la ciudad ha crecido espectacularmente en este inicio de siglo. Tal crecimiento nos plantea retos nuevos, el más estimulante de los cuales consiste en buscar modos de convivir sin renunciar a la diversidad. Una ciudad que se quiere acogedora no puede ignorar el bagaje íntimo y cultural de sus habitantes. No puede vivir al margen de los vínculos que establece con rincones de todo el planeta a través de sus vecinos. Cuando el Grupo de Estudio de Lenguas Amenazadas se propuso hacer el inventario de las lenguas que se hablan en Cataluña pretendía, además de realizar un retrato lo más fiel posible de nuestra diversidad, buscar respuestas a dos cuestiones fundamentales: qué hay que hacer con estas lenguas y qué nos aportan.

Podríamos emular la respuesta que otras culturas han dado a estas cuestiones: no son asunto nuestro, son cosa de sus hablantes, y no nos aportan nada, su destino nos es indiferente. Pero la historia muestra que las grandes innovaciones se dan en sociedades que han sabido incorporar las aportaciones de otras culturas, que han aprovechado la llegada de otros grupos para transformarse y potenciar su creatividad. Además, los movimientos migratorios no cesan de evidenciar que se incorpora más fácilmente en un grupo quien tiene claros sus vínculos con la comunidad de origen. En este sentido, la diversidad lingüística nos ofrece la posibilidad de renovarnos y nos ayuda a fortalecer los vínculos de la convivencia, dos buenos motivos para no ignorarla.

Reconocer el valor de las lenguas

Las lenguas forman parte del bagaje cultural de las personas; pero, demasiado a menudo, este bagaje ha sido ignorado o menospreciado hasta el punto de que su propio portador no lo valora. El primer paso es, pues, reconocerlas, de modo que todos puedan apreciar su valor. Y reconocer no es por fuerza un posicionamiento oficial; a veces basta simplemente con no cuestionar su valor. No tildarlas de dialectos, o de lenguas primitivas (¿hay que recordar que en el mundo ninguna lengua es primitiva ni tampoco desarrollada?). No suponer que son una rémora para sus hablantes, o un obstáculo para sus hijos.

No es extraño encontrar familias que no transmiten la lengua de origen a sus hijos con el objetivo de facilitarles la integración en la escuela. Eliminan así la base imprescindible para aprender todas las lenguas que se quiera: tener una consolidada. El reconocimiento implica, inevitablemente, la no discriminación por razón de lengua. La no obstaculización y, a ser posible, el fomento del aprendizaje. Solo hay que pensar en todo lo que invertimos en el aprendizaje de lenguas extranjeras para darnos cuenta de que ignorar las que tenemos al alcance no es más que un despilfarro incomprensible.

Cuando estas lenguas forman parte de nuestro paisaje lingüístico, lo que nos aportan se vuelve más transparente. Las lenguas son maneras alternativas de explicar la realidad, por eso disponer de tantas formas posibles de entender las cosas nos convierte en un colectivo más flexible y versátil. La diversidad de lenguas en Barcelona hace posible la intersección de un número infinito de representaciones de todo lo que nos conforma. En la ciudad se cuenta de tantas maneras diferentes como los sistemas numerales de sus lenguas. Con el sistema decimal coexisten vigesimales y quinarios, de modo que podemos encontrar hasta veinte sistemas diferentes de contar del 6 al 9 (5+1, 5+2, 5+3, 5+4, o 3+3, 3+4, 4+4, 4+5, o 3+3, 7, 4+4, 9, etc.). 400 puede ser tanto 4 x 100, como 20 x 20, como 2 x 200. En las lenguas que se hablan en Barcelona encontramos términos para designar una realidad muy cotidiana que para nosotros no tiene nombre: la mujer de mi padre que no es mi madre. Y hay un gran número de sistemas de pronombres personales que no diferencian entre hombres y mujeres. Los ejemplos son incontables y, sobre todo, inenarrables, pero todos nos ofrecen la oportunidad de ir más allá de nuestros límites, porque todos nos proporcionan nuevos recursos que estimulan nuestra creatividad.

Y, además de las posibilidades de multiplicar la experiencia, a través de estas lenguas nuestra vida cotidiana se ha ido llenando de nuevas palabras que designan tantas realidades que hemos hecho nuestras también con las palabras. Estos son algunos de los últimos préstamos incorporados al catalán: alquena, asiago, aualé, babaganuix, baclaua, caiac, coulis, dashi, dóner kebab, falàfel, haik, hijab, hummus, mutàbal, nicab, pròvola, sake, sari, sashimi, sushi, tabule, tagín, tatami, xapata, xauarma. Estas palabras y muchas más son el testimonio que permanecerá para siempre de que, a principios del tercer milenio, Barcelona cambió radicalmente y se nutrió con las aportaciones de quienes serán antepasados de los barceloneses del futuro.

Carme Junyent

Grupo de Estudio de Lenguas Amenazadas. Universidad de Barcelona

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