Las relaciones sociales mejoran la salud

La esperanza de vida puede variar según el género, el barrio en que se habita, la clase social a que se pertenece, el trabajo que se realiza o la educación recibida. Y una de las condiciones que pueden influir sobre el estado de salud es la soledad.

Foto: Dani Codina

Varias usuarias del programa Vincles, que impulsa la relación social a través de los nuevos recursos tecnológicos, en uno de sus encuentros presenciales periódicos. La relación social es un factor importante de salud mental y física.
Foto: Dani Codina

Desde el inicio de las civilizaciones los seres humanos han necesidad vivir en comunidad, no solo por la lucha por la supervivencia sino para dar cobertura a sus necesidades emocionales, como sentirse queridos, protegidos y reconocidos socialmente. Según Aristóteles, el hombre es un animal social y su naturaleza le lleva a vivir en sociedad: “Aquel que sea incapaz de vivir en comunidad, y que debido a su propia suficiencia no la necesite, o es una bestia o es un dios”.

Pero el hecho de vivir en sociedad no garantiza disfrutar de capital social, no libra de sufrir la soledad. Probablemente en algún momento de nuestra vida todos hemos experimentado este sentimiento. Pese a que hay personas capaces de aislarse socialmente y que no lo viven como un problema, otras pueden sentirse solas y padecer por ello hasta el punto de enfermar. Desafortunadamente cada vez más personas viven solas y la soledad les genera problemas de salud, como ansiedad, depresión, angustia… Por ello se precisa pensar nuevas fórmulas y recursos que puedan reducir este malestar sin tener que recurrir sistemáticamente a un tratamiento farmacológico.

Desde el alba de la historia tenemos indicios del esfuerzo de las sociedades por preservar la salud de sus pueblos. No obstante, no fue hasta mediados del siglo xix, con la revolución industrial y la modernización que esta comportó, cuando se produjo el gran cambio con la aparición de la salud pública como herramienta de intervención comunitaria. Las grandes medidas higienistas supusieron un gran progreso en términos de salud. Más adelante, los cambios en los estilos de vida dieron paso a nuevos problemas que requirieron intervenciones a gran escala.

El modelo biomédico dividía la naturaleza humana en cuerpo y mente y se centraba en una concepción patologista, que entendía la salud como ausencia de enfermedad y propiciaba una relación entre el médico y el paciente en que el primero era quien ejercía la autoridad.

Fue en el siglo xx cuando George Engel (1977) rompió el paradigma con un nuevo modelo, denominado biopsicosocial, que parte de la idea de que la salud no depende solo de factores biológicos, sino que también inciden en ella aspectos psicológicos y sociales. El modelo amplía perspectivas y da protagonismo al paciente en la gestión del propio proceso de salud. En las últimas décadas del siglo xx, el médico y sociólogo Aaron Antonovsky (1979) propone un nuevo paradigma: la salutogénesis. Este modelo se basa en la capacidad de las personas de mantener y aumentar su propio bienestar adoptando conductas protectoras de la salud.

El código postal y el código genético

Son muchos los determinantes que pueden influir en la salud. En las mismas circunstancias unas personas enferman y otras no. Factores como la edad, la genética, el entorno o las condiciones sociales y socioeconómicas pueden generar desigualdades en salud. En el año 2009, James Marks publicó un artículo, que tuvo mucho impacto, en el que sostenía que el código postal puede tener más importancia que nuestro código genético. La esperanza de vida de las personas puede variar según el género, el barrio que habitan, la clase social a que pertenecen, el trabajo que realizan o la educación que han recibido. Y una de las condiciones que pueden influir sobre el estado de salud es la soledad.

Michael Marmot, coautor del libro Los hechos probados, sostiene que el hecho de ser excluido de la vida social y recibir un trato de inferioridad incrementa los riesgos de mala salud y de padecer una muerte prematura. En cambio, pertenecer a una red de apoyo basada en la comunicación y en las relaciones de reciprocidad tiene un poderoso efecto beneficioso. Ante los numerosos estudios que demuestran la importancia del apoyo social como protector de la salud física y mental, el sistema de salud pública se plantea potenciar las relaciones sociales como herramienta para mejorar la salud comunitaria.

Efectos beneficiosos de la actividad social

La prescripción social es el mecanismo por el que los profesionales sanitarios pueden guiar y estimular a los pacientes para que hagan uso de los recursos comunitarios existentes. Se trata de promover la participación en actividades sociales que mejoren su relación con el entorno. La prescripción social propone un modelo de atención centrado en las personas y no en el servicio de provisión de asistencia sanitaria. Son medidas que no implican una medicalización: no se trata de sustituir las terapias convencionales, sino de completarlas con el efecto beneficioso de los recursos y las actividades de carácter social, es decir, aprovechando el efecto salutogénico de las relaciones sociales.

Los programas de prescripción social se basan en la evidencia de que la participación regular en actividades comunitarias ayuda a las personas a desarrollar recursos sociales y psicológicos, ya que facilitan un refuerzo positivo y contribuyen a mantener un estilo de vida activo, saludable y resiliente contra los trastornos emocionales. Para garantizar la adecuación de un programa de prescripción social hay que conocer los intereses y las motivaciones de las personas estableciendo con ellas vínculos de confianza. Explorar las posibilidades que ofrece la comunidad y potenciarlas, reforzando los recursos existentes. Y establecer los perfiles y canales de derivación adecuados.

Foto: Dani Codina

Lluïsa, asistente del Servicio de Teleasistencia del Ayuntamiento de Barcelona, durante una visita a Josefina, en el piso de esta última en el paseo de la Zona Franca.
Foto: Dani Codina

Los profesionales que trabajamos en la atención a la salud identificamos la capacidad de algunas personas del entorno como verdaderos agentes de salud y las empoderamos para que lleguen a ser agentes activos, entendiendo como activo un recurso que confiere salud y bienestar. En los últimos años se han llevado a cabo actividades grupales psicoeducativas en las que la persona que lidera el grupo no es un profesional, sino alguien que ha vivido una experiencia personal que le ha hecho desarrollar habilidades y adquirir conocimientos. Es esta experiencia la que la capacita para llevar a cabo esta actividad, y así se convierte en un sólido activo de salud en la comunidad.

Desde un punto de vista económico, la prescripción social es también muy rentable. Facilita el uso de recursos ya existentes y tiene un impacto importante en los determinantes sociales de la salud, ya que aumenta la participación comunitaria y disminuye las desigualdades sociales en este ámbito. Para poder aplicar este tipo de programas hay que reforzar la conciencia pública de que los pasos que se dan en pro del bienestar repercuten en la salud de las personas, especialmente en los procesos relacionados con el estrés, la ansiedad y la depresión. Y por otro lado, es importante también aumentar la conciencia del potencial y la viabilidad de los recursos no farmacológicos en la atención primaria.

Como manifiesta el médico y escritor Rafael Cofiño, el centro de salud no es el único centro de salud. Hay asociaciones, personas, grupos, instituciones, espacios…, que tienen un impacto muy importante en la salud de nuestra población. Abordar los problemas de salud de una comunidad tiene que incluir una dimensión social y psicológica que pueda incidir sobre el origen del problema. La prescripción social no tiene que ser un ejercicio vertical, impositivo, sino una herramienta para fortalecer a las personas y a la comunidad ayudándoles a mejorar su bienestar.

Raquel Paz Caballero

Trabajadora social de atención primaria en Barcelona

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