La ciudad frente a sí misma

El turismo actúa como revelador de los dilemas a los que nos enfrentamos. El debate actual ya no se centra en la alternativa “turismo sí, turismo no”, ni siquiera en la necesidad de diseñar un modelo de turismo responsable, sostenible y provechoso. La cuestión ahora es qué ciudad queremos.

© Vicente Zambrano
Turistas en los aledaños de la Sagrada Família.

Desde hace tiempo –pero singularmente a partir del verano del 2014, a raíz de las protestas vecinales de la Barceloneta, la Òstia y otros barrios–, el debate sobre el turismo y sus impactos sobre la ciudad ha irrumpido en la opinión pública. Ciertamente, Barcelona no es la única capital europea que se ha convertido en un destino turístico de éxito y ha experimentado un crecimiento exponencial del número de visitas en los últimos años. París, Ámsterdam, Londres, Berlín, Roma… –y otras urbes de dimensiones más parecidas a las de Barcelona– viven también los efectos de un incremento de su población flotante y, concretamente, de un turismo masificado. Esta expansión del turismo tiene que ver con diferentes factores, todos ellos vinculados a la globalización. Entre otros, el abaratamiento de los precios de los viajes en avión y, últimamente, también en crucero. Esto ha hecho que viajar resultara asequible para millones de personas y ha permitido una multiplicidad de desplazamientos, de modo que se ha abierto un importante nicho de negocio para operadores, cadenas hoteleras e industrias del ocio. Sin embargo, la rentabilidad de estos negocios resulta inseparable –conviene no perder de vista este parámetro– de la posibilidad de socializar los costes ecológicos; de modo que, si bien las ganancias son privadas, los estragos medioambientales afectan a todo el mundo y a las futuras generaciones.

© Vicente Zambrano
El hotel Vela y la playa de Sant Sebastià.

No obstante, Barcelona presenta unos efectos particulares. La globalización neoliberal ha dejado también otras huellas sobre la ciudad, en particular con respecto a la pérdida de tejido industrial y su transformación en una ciudad terciaria, residencial y de servicios. Un proceso que ha coincidido, a pesar de los gobiernos de signo progresista que han estado a su frente durante décadas, con el avance de las políticas de desregulación en todos los ámbitos y con el regreso de la especulación urbanística. El peso alcanzado por el turismo en el transcurso de los últimos años –según las estimaciones, entre un 12 y un 14% del PIB de la ciudad– representa, ciertamente, una proporción importante de su vida económica. En el 2014, cerca de 17 millones de turistas han visitado Cataluña, lo que representa un incremento del 7,2 % de visitas en relación con el ejercicio anterior. Sin embargo, estamos lejos de poder hablar con propiedad de un “monocultivo” económico. Cabe constatar, no obstante, que el turismo –o mejor dicho, la gestión que se está haciendo de él– tiene unos poderosos efectos de distorsión sobre la ciudad y el país; unos efectos que rebasan sobradamente el peso específico de estas cifras, de modo que el sector turístico se convierte en el vector de unas transformaciones que se conjugan con la tendencia a la fractura social y territorial de Barcelona causada por la crisis y las políticas de austeridad.

Los Juegos Olímpicos del 92 proyectaron la imagen de una ciudad dinámica, innovadora, poseedora de un rico patrimonio arquitectónico y cultural, y que había sido capaz de resurgir del gris del franquismo, de abrirse al mundo, de volver a mirar al mar… La transformación de Barcelona –que no acababa de definir un modelo de ciudad, que llevaba la huella democratizadora de los movimientos urbanos surgidos bajo el franquismo y que no consiguió desvanecer importantes desigualdades sociales ni en los periodos de mayor crecimiento económico– multiplicó su atractivo internacional. El atractivo de esta urbe renovada y contradictoria dio pie a una nueva ola migratoria en los años en los que el boom de la construcción y el despegue de la industria turística requerían mano de obra, pero también se dejó sentir sobre numerosos ciudadanos comunitarios, seducidos por la vivacidad de la ciudad, sobre estudiantes de todo el mundo y sobre profesionales, emprendedores y científicos que, a través de una dinámica creciente de ferias, congresos y acontecimientos mundiales, llegaron a convertirse en los responsables de una parte sustancial de los réditos económicos generados por todos los visitantes. Y este atractivo también ha traído una masa ingente de turistas propiamente dichos –de la que parecemos haber tomado conciencia de repente.

© Vicente Zambrano
El campus de la Universidad Pompeu Fabra en Ciutat Vella.

Este proceso sitúa a la ciudad frente a sí misma. Ello se debe a que, hasta ahora, la política de turismo se ha caracterizado más bien por la ausencia de política. El modelo, conducido por los lobbies del sector con el visto bueno de los poderes públicos, ha sido sobre todo el de un crecimiento sin trabas, de una mercantilización de la ciudad y de una explotación del territorio con lógica “extractivista”, siguiendo las pautas conocidas de las burbujas. Basta con recordar el espectáculo desolador de nuestros gobernantes tratando de complacer las exigencias de Sheldon Adelson para que instalara Eurovegas en el Baix Llobregat, o la apuesta por el complejo de casinos y hoteles que supone el proyecto Barcelona World. Esta lógica se ha conjugado con otras carencias de la ciudad –la ausencia significativa de cualquier política seria de reindustrialización que vaya más allá de invocaciones al emprendimiento– y con otros déficits –como la inexistencia de un parque de vivienda de alquiler–, y, sobre todo, ha encontrado un terreno abonado en el talante rentista de nuestras elites, dispuestas a ser socias y comisionistas de grandes inversores especulativos, desde fondos buitre y capitales ilícitos necesitados de blanqueo hasta emiratos que patrocinan clubes deportivos y compran hoteles con la misma facilidad con la que financian terroristas. Todo el mundo es bienvenido, mientras traiga dinero en el bolsillo. La promoción de los negocios vinculados a la expansión del turismo ha contribuido, y de un modo nada despreciable, a proporcionar una pista de aterrizaje para todas estas operaciones.

© Pepe Navarro
El Sónar 2012

La búsqueda de un nuevo modelo

Sacudido por las protestas, el Gobierno municipal empieza a modular su discurso y admite –de momento, sin pasar de las palabras– que haría falta una regulación para buscar un mejor encaje del turismo en la ciudad. ¡A buenas horas! De hecho, la incidencia del fenómeno ya está presente en todos los ámbitos de nuestras vidas. Ha determinado la fisonomía de importantes proyectos urbanísticos: la reforma del Paral·lel ha sido pensada como un “corredor turístico” y no como un eje ciudadano; la de la Diagonal ha sido concebida exclusivamente en función de un turismo de alto poder adquisitivo; la marina de lujo del Port Vell, punta de lanza de toda una serie de privatizaciones de edificios emblemáticos del entorno, está proyectando la sombra de una transformación de la Barceloneta –y de la fachada litoral– en una zona exclusiva, alzándose como un obstáculo entre la ciudad y el mar… Pero hay mucho más: hemos asistido a la liberalización de las licencias de las plazas hoteleras en la densificada Ciutat Vella, al crecimiento exponencial e incontrolado del número de apartamentos turísticos –con la consiguiente presión al alza de los precios de los alquileres y la progresiva expulsión de las clases populares de los barrios codiciados por la especulación–, a la sobreexplotación de las zonas monumentales y a la privatización del espacio público, al agravamiento de la contaminación medioambiental por la circulación de autocares y a la llegada de cruceros…, por no hablar de los impactos sobre un comercio tradicional y de proximidad insuficientemente protegido e incluso de la precariedad laboral asociada a las industrias turísticas.

© Antonio Lajusticia
El Mobile World Congress, en febrero de 2014.

El turismo actúa, en cierto modo, como un revelador de los dilemas a los que nos enfrentamos. En realidad, el debate no es “turismo sí, turismo no”. Barcelona es una ciudad mediterránea abierta, y solo puede progresar como tal. El debate va incluso más allá del diseño, urgente, de un modelo de turismo responsable, sostenible y provechoso para un desarrollo justo. La cuestión ya es qué ciudad queremos. Y resulta cada vez más evidente que responder a ello requerirá activar, mediante una amplia y decisiva participación ciudadana, toda la inteligencia colectiva que late en nuestros barrios y en el seno de la sociedad civil.

Lluís Rabell

Presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona

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