La capital del reporterismo literario

Las revistas publicadas en Nueva York son la ventana al mundo cosmopolita que las leyes y las costumbres norteamericanas quieren expresar. La presencia de Barcelona en The New Yorker empieza en 1935, con una descripción del carnaval que prefigura ya la sombra de la moral de posguerra, en fuerte contraste con la alegría de vivir de la Segunda República, aún vigente.

© Pérez de Rozas / AFB
Las primeras referencias a Barcelona aparecen en ‘The New Yorker’ en un breve artículo dedicado a una rúa por el paseo de Gràcia, durante el carnaval de 1935. La imagen es del carnaval barcelonés del año siguiente: comparsa “El castillo de la torre de Jauja”.

Fundado en 1925 con la intención de ser un semanario satírico y culto, The New Yorker enseguida se vendió muy bien. Representa con absoluta exactitud la relación de hermanastros que mantiene la capital cultural de Estados Unidos con su traspaís: se quieren por la media sangre que comparten. A menudo parece que tengan que mantener encuentros incestuosos, pero se mantiene una distancia hecha de resentimiento.

Las revistas publicadas en Nueva York son la ventana al mundo cosmopolita que las leyes y las costumbres norteamericanas quieren expresar, y funcionan como un poderoso incentivo para los jóvenes artistas que sueñan con hacerse un lugar en el Olimpo literario de la lengua angloamericana y del arte en general. El periodismo es un instrumento de poder, explica con total transparencia las deudas que cada escritor tiene con su país y el precio que paga por el lugar que ocupa en el concierto de las naciones. Por eso las revistas americanas del siglo XX son portaaviones culturales. Pum-pum-pum, gran calibre.

The New Yorker se asocia a un periodismo antiguo, pausado, de artículos largos. Diez o veinte páginas sin perder las buenas formas, escritas con voluntad de apoderarse del lenguaje y las conversaciones, y minuciosamente documentadas: siempre hay anécdota y categoría. Es la capital del reporterismo literario, pagan bien. Miras a una ciudad potente, que se hace cargo de un país en pie, y enseguida ves el calibre cultural y una casta de creadores con tiempo para escribir y margen para jugársela.

La tristeza de un carnaval

Si escribes la palabra “Barcelona” en el buscador de la hemeroteca de The New Yorker aparecen 223 resultados. Desde 1925 se han publicado 4.100 números de la revista, lo que significa que Barcelona aparece en uno de cada veinte, dos veces al año. Pero ese es el promedio, ya que durante la dictadura franquista apenas hay diez menciones. La primera referencia a la ciudad es un breve articulito de 1935, en la sección “Talk of the Town”, que es el popurrí de curiosidades que se supone que circulan por las conversaciones locales. Se titula “How sad” (Qué triste) y reproduce la carta de un barcelonés que había vivido en Nueva York en la que describe una parade de carrozas de carnaval en el paseo de Gràcia. Y acaba:

“En la calle, centenares de personas disfrazadas casi exclusivamente de Charlot o Gandhi pasean e intentan convencerse de que se lo pasan bien [...] Patrullas de la policía a caballo, fuertemente armadas, les recuerdan a todos las drásticas prohibiciones vigentes, como la de no llevar máscara ni banderolas de colores que puedan ofender la moral, los sentimientos políticos o los religiosos. Me apresuro hacia el American Bar.” La imagen es elocuente: barceloneses disfrazados de Charlot y Gandhi, es decir, de payaso o de pacifista (o, para decirlo elogiosamente, de antifascista o independentista), rodeados de patrullas armadas. Han pasado cinco meses desde el 6 de octubre y falta un año y medio para el estallido de la Guerra Civil. ¿Qué colores debe tener una banderola para ofender los sentimientos políticos? La reacción del cronista, que se precipita al American Bar, también es premonitoria: el hedonismo como salida a la tristeza, el cosmopolitismo de cóctel como ascetismo. Prefigura ya la sombra de la moral de posguerra y contrasta con la alegría de vivir y la agitación mítica de la República, aún legalmente vigente.

El resto de los artículos centrados en Barcelona son ya de reporteros a sueldo. Uno en 1944, dos en los años cincuenta y dos en los sesenta. A partir de la Transición, los artículos se multiplican y se vuelven más variados y concretos en sus temas: sobre todo pintura, danza, arquitectura y últimamente gastronomía y Woody Allen. Hay uno de 1992 que, aprovechando las Olimpiadas, pasa revista al catalanismo con detalles de lupa y poca visión de conjunto. Si lo colocamos junto a los cinco artículos que se publican centrados en Barcelona durante la dictadura, quedan explicadas las fases por las que ha pasado la ciudad y su relación con el país, así como los pecados que no hemos expiado.

Jordi Graupera

Periodista

2 pensamientos en “La capital del reporterismo literario

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