“Y tú, ¿qué quieres hacer?”

El Citilab de Cornellà abrió sus puertas en 2007 gracias a una aportación de los fondos FEDER que permitió transformar la antigua fábrica de Can Suris en un laboratorio ciudadano.

© Albert Armengol
Tecnostiu, jornada de actividades en el Citilab de Cornellà durante la que los niños y los jóvenes se acercan a las nuevas tecnologías y la realización televisiva.

Las hipótesis sobre las que se inauguró el Citilab en 2007 se han confirmado. El año pasado la Comisión Europea consideró el Citilab una buena práctica de innovación tecnológica y social, y lo incluyó como experiencia de éxito en la Guía europea de la innovación social. Gracias a programas como Horizonte 2020 y los Fondos de Desarrollo Regionales Europeos, Europa ha empezado a dar apoyo a la innovación social, los procesos de abajo arriba y la cuádruple hélice: un nuevo modelo que reconoce el papel de los agentes sociales en esta tarea, junto con el mundo de la investigación, la empresa y la administración.

Internet, como red diseñada según el principio de extremo a extremo –en el que la inteligencia se encuentra en los extremos y no solo en su núcleo central–, estaba facilitando procesos de innovación abierta. Pero faltaba una institución social que encarnara estos principios y los llevara al terreno de la innovación. Las redes ciudadanas habían sido el precedente. También era clave democratizar la innovación a partir de las herramientas digitales y de las posibilidades de colaboración que genera internet.

Para conseguirlo, el proyecto Citilab se marcó tres objetivos. En primer lugar, el centro debía ser un modelo o referente de un nuevo internet social que permitiera desarrollar tareas de formación, investigación y emprendeduría. En segundo lugar, debía promover la alfabetización digital de la ciudadanía para abrir la investigación a todo el mundo. Y por último, el Citilab debía ser un living lab –término que definió por primera vez el profesor William Mitchell del MIT Media Lab en 2006–, es decir, un laboratorio vivo que propusiera el testeo, la validación, el prototipaje y el refinamiento de soluciones complejas en entornos reales y en evolución constante.

Al abrir sus puertas, el Citilab lanzaba una pregunta a todos los que se le acercaban: “Y tú, ¿qué quieres hacer?” Los ciudadanos reaccionaban con sorpresa porque no es una pregunta fácil y no se la esperaban. Los usuarios contaban con recibir una oferta clara. Muchos querían aprender para no quedarse desconectados. Pero, ¿aprender qué? El Citilab no era un telecentro ni una academia de informática. Su objetivo era trabajar para que las personas interesadas llegaran a ser innovadoras, y que, además, innovaran en red en colaboración con empresas, administraciones y universidades.

Durante los primeros años el Citilab se aproximó a varios colectivos, como niños, jóvenes, adultos, abuelos, mujeres, maestros, profesionales, músicos, deportistas, etc., para conectar sus deseos de aprender con la vocación innovadora. De aquí surgió la idea de “aprender a innovar” como característica principal del modelo Citilab. Aprender codiseñando y desarrollando proyectos de innovación en los que ellos eran los protagonistas.

A lo largo de los años, el Citilab ha destilado una forma de hacer propia1 para abrir la innovación a todo el mundo. Incluye métodos propios del diseño y la ingeniería centrados en el usuario, y otros que provienen de las ciencias sociales aplicadas. Nos basamos sobre todo en el pensamiento computacional y en el mundo del diseño. Utilizamos la alfabetización en nuevos medios, el contenido generado por el usuario y el aprendizaje proyecto a proyecto que nos permite enlazar el mundo del aprendizaje y la innovación.

Red local y red global

El Citilab empezó a tejer una red local, aunque también una europea y global. Es miembro fundador del ENoLL, la red europea de living labs, con la que compartimos los fundamentos de la innovación centrada en el usuario, la innovación abierta, la cocreación y el propio modelo living lab. Esta doble alianza local y europea ha hecho posible resistir la crisis económica. El apoyo del Ayuntamiento de Cornellà y la proyección europea han sido claves para sobrevivir durante estos últimos años.

Los laboratorios ciudadanos funcionan, primeramente, gracias al apoyo de su comunidad local. Es una lección que no olvidamos nunca. En este momento es clave recuperar el impulso inicial y abrirnos más. Por ello aplicamos todo lo que hemos aprendido a la búsqueda de nuevas salidas laborales: inventar nuevos empleos con jóvenes con empuje en vez de simplemente buscarlos, o ayudar a los parados a conectarse con el mundo laboral a través de un uso activo de las redes sociales.

Actualmente mantenemos los proyectos para aprender a innovar con adultos, continuamos enseñando a programar a niños y niñas y damos apoyo a profesores innovadores que enseñan a programar porque creemos que hay que dotar a los ciudadanos de herramientas que les permitan desarrollar ciudades más inteligentes. Por ejemplo, hemos apostado por la aplicación S4A, que combina, por una parte, el lenguaje de programación Scratch, con el que alumnos de siete a noventa y nueve años pueden crear sus propias aplicaciones y, por la otra, la placa Arduino, que contiene un microcontrolador con el que se puede interactuar con el mundo físico a partir de nuestro ordenador.

Consideramos muy importante que el ciudadano haga uso de las herramientas digitales para producir contenidos, pero, con el fin de innovar, todavía es más importante que pueda generar o modificar estas herramientas. Y para hacerlo se requiere dominar las TIC y pensar computacionalmente. La programación es el nuevo lenguaje que hay que aprender.

Las ciudades del futuro necesitan que las administraciones rompan con las lógicas departamentales y conecten con los ecosistemas de innovación de sus territorios. Proyectos como iCity trabajan en esta línea y han permitido proponer una aproximación metodológica para fomentar nuevas relaciones entre los actores públicos y los privados para la cocreación de servicios a partir de los complejos y necesarios procesos de apertura de recursos públicos, de datos o de sistemas de información. Para empezar, hay que identificar las barreras y motivaciones para colaborar y a partir de aquí tejer relaciones, proponer espacios y retos compartidos para hacer cosas juntos o, dicho de otro modo, codiseñar, cocrear y coproducir soluciones a retos compartidos.

Si las ciudades quieren fomentar la implicación ciudadana, necesitamos un marco de relaciones con reglas claras y justas, así como objetivos tanto a corto como a largo plazo. Por suerte, el Citilab no se halla solo en este proceso. Coexiste con organizaciones fundamentadas en la red y la cultura digital como los hack labs, los media labs, los fab labs y toda una proliferación de labs y proyectos que transformarán las organizaciones empresariales, culturales, de la investigación o de la administración nacidas según el modelo industrial. Con todos ellos, en el Citilab queremos fomentar que los ciudadanos, más allá de ser clientes, usuarios o sensores que produzcan datos, participen plenamente en los procesos de innovación.

Referencias

1 – Astrid Lubsen, Citilab little handbook on people-centered design. Citilab-Cornellà, 2010.

Laia Sánchez

Responsable del Social Media Lab (Cornellà)

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