Feminismo popular y resistencia contra la gentrificación

El feminismo popular halla su expresión en múltiples formas de lucha por el espacio urbano que rompen el estereotipo de la pasividad femenina y llevan a las mujeres de la vulnerabilidad a la resistencia.

Foto: Arianna Giménez

La Barceloneta hace años que sufre las consecuencias de la especulación y la movilización vecinal ha sido constante. A la derecha, una calle de la Barceloneta con un cartel en contra de los pisos turísticos en un balcón.
Foto: Arianna Giménez

La mirada y las necesidades diferenciadas de las mujeres han sido excluidas de los modelos urbanos. Lejos de considerar su experiencia, el urbanismo neoliberal se ha centrado en concebir espacios que privilegian la gentrificación y estereotipan los roles de género. Se aplican políticas excluyentes que provocan una feminización de la pobreza con efectos especialmente visibles en los barrios turísticos.

En las movilizaciones sociales que tienen como objeto la lucha por el espacio urbano y la visibilización de las desigualdades, el papel de las mujeres, no siempre tan visible como debiera, acostumbra a ser fundamental. El feminismo y el movimiento urbano popular aparecen como diferentes registros de lucha para redefinir las relaciones desiguales, uno a través de la política de cuerpo y otro a través de la lucha por el espacio urbano. Se reconoce el carácter de género propio de esta movilización, definiéndola como otra manifestación específica de las desigualdades por diferencias de sexo pero representadas en la división del espacio urbano.

Las condiciones de vida y el rol de las mujeres en los barrios céntricos deteriorados y en proceso de gentrificación es un fenómeno poco documentado. En el caso de los movimientos urbanos en Barcelona, el feminismo popular halla su expresión en múltiples formas de lucha por el espacio urbano que rompen el estereotipo de la pasividad femenina y llevan a las mujeres de la vulnerabilidad a la resistencia en ámbitos como la exigencia al derecho a la vivienda, la reivindicación de los espacios colectivos o la defensa de los barrios populares de procesos especulativos de transformación urbana para la industria turística.

El acoso inmobiliario se convierte en la más clara representación del desplazamiento constante de los más pobres para elitizar los barrios. Cuando un espacio se visualiza atractivo se activan los mecanismos de especulación y la consecuente expulsión que afecta especialmente a las mujeres de menores recursos, mecanismos que tienen como efecto una reconcentración espacial de pobreza feminizada.

El mercado de la vivienda de Ciutat Vella se caracteriza, en primer lugar, por contar con edificios de viviendas muy deteriorados debido a la desinversión de los dueños, propietarios de edificios completos. Asimismo, por la concentración de alquileres antiguos congelados, acogidos a la ley de arrendamientos de 1964, que preveía contratos indefinidos y no permitía la subida del precio del alquiler. Otro de los factores característicos de este mercado es la concentración de contratos precarios realizados a personas inmigradas. Finalmente, las expectativas de revalorización de los inmuebles abiertas por los planes de reforma urbana en diferentes momentos han acentuado una lógica de expulsión social con diferentes ciclos que coinciden con grandes reformas urbanas, momentos de crisis y planes de regeneración urbana. En este escenario el mobbing inmobiliario es una práctica habitual que solo desde hace pocos años se ha tipificado como delito.

Un titular de periódico del año 2005 ya empezaba a denunciar este delito de acoso reconociendo que el problema tiene cara de mujer: “El mobbing inmobiliario aumenta un 25 % en Barcelona. La mayoría de los casos están en Ciutat Vella y afectan a mujeres mayores que viven solas”. Los entornos próximos a edificios patrimoniales son susceptibles de la más violenta especulación con fines de transformación turística; tal fue el origen del mobbing realizado a veinticuatro familias del entorno del museo Picasso, en 2015, cuando el propio Ayuntamiento autorizó la demolición de un edificio habitado sin tener la constatación de su estado ruinoso ni de cómo afectaría a sus vecinos. Después de la presión inmobiliaria solo quedó una vecina de alquiler antiguo resistiendo la violencia inmobiliaria con el apoyo vecinal, y que finalmente fue realojada.(1) En este caso, el edificio era una antigua fábrica con vivienda, que con el tiempo se transformó en una propiedad de gran potencial inmobiliario por su proximidad al circuito turístico del Born.

En 2009 se crea la Asociación de Afectadas por Mobbing Inmobiliario, promovida por la abogada Laia Serra para dar visibilidad a los casos de asechamiento inmobiliario. Así nos explicaba su experiencia una afectada de setenta años:

“[…] Desde 1996 tengo problemas de mobbing. Las afectadas son básicamente mujeres mayores, con rentas limitadas. Sufrimos acoso desde hace unos veinte años con hechos muy graves. El miedo es fundamental en la táctica del acosador inmobiliario: cortes de agua, no cobrar el recibo, amenazas, soltar ratones, colocar a gente que molesta. El acoso se debe a que aquí la propiedad privada está por encima de cualquier derecho humano. Por eso fundamos la asociación contra el acoso inmobiliario. La gente empieza a tomar conciencia y a perder el miedo a decir que aquí está”.2

Foto: Arianna Giménez

Asamblea de vecinos de la Barceloneta sobre los problemas de la vivienda.
Foto: Arianna Giménez

Otro ejemplo emblemático de movilización tuvo lugar en la Barceloneta en 2008, impulsada por la Associació de Veïns de l’Òstia y la Plataforma de Afectados por la Modificación del Plan General Metropolitano, dos colectivos compuestos mayoritariamente por mujeres conscientes de los problemas de vivienda en el barrio y que rechazaban el llamado Plan de Ascensores. A base de movilizaciones, estos dos colectivos detuvieron un gran proyecto urbanístico que hubiera provocado una reurbanización de la Barceloneta, un plan con un camuflaje discursivo a favor de mejorar la accesibilidad,  cuando en realidad lo que se promovía era una gran operación especulativa y la destrucción masiva de la vivienda tradicional. Se difundía un discurso políticamente correcto que defendía la configuración de un barrio totalmente accesible, pero que en realidad enmascaraba un gran proyecto inmobiliario para expulsar a los vecinos de alquiler moderado y potenciar los apartamentos turísticos.

Este tipo de protestas y otras muchas luchas invisibles ejemplifican el uso transgresor del cuerpo para señalar cómo los paisajes urbanos son transformados por proyectos neoliberales. El cuerpo tiene voz en las reivindicaciones sociales cuando estas se convierten en escenificaciones públicas de las desigualdades, unas escenificaciones con un enorme potencial subversivo que ponen de manifiesto la artificiosidad de los proyectos y su concepción mercantilista del espacio público y los derechos sociales.

Estas manifestaciones del feminismo popular son la expresión pública del significado oculto de la planificación neoliberal con la implantación de sus políticas de recorte social y la priorización de la imagen urbana en lugar del bienestar humano. En este sentido, las alegorías que utilizan los movimientos son formas subversivas de discurso y de praxis con las que se denuncian los mecanismos que generan paisajes urbanos exclusivos y excluyentes.

Notas

1.- Directa, 4 de diciembre de 2015. “El Ayuntamiento de Barcelona acusa a la Delegación del Gobierno de autorizar un derribo “contrario a los preceptos de la ley”.

2.- Entrevista realizada a las afectadas para la investigación doctoral de la autora. Pérez Rincón, S. 2014. Voces femeninas en barrios en transformación: desorden aparente y realidades paralelas. Universidad de Barcelona: Barcelona.

Socorro Pérez Rincón

Profesora asociada del Departamento de Geografía de la Universidad de Barcelona

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