¿Es posible un sistema universal de innovación?

Nos hace falta un nuevo paradigma cultural para la sociedad de la innovación. Debemos ser capaces de crear diseños en común y aprender nuevos patrones culturales aumentando las responsabilidades de cada persona respecto a sus propias invenciones y al uso que de ellas pueda hacerse. 

© Eva Vázquez

En los siglos xix y xx, las sociedades industrializadas crearon sistemas educativos universales con varios niveles: educación primaria, educación secundaria y universidad, sistemas que fueron decisivos a la hora de difundir la alfabetización entre el pueblo llano y dotar a las personas de las habilidades imprescindibles para la expansión de la economía industrial. Ya en el siglo xx, algunos países ampliaron esa lógica a la sanidad y crearon la atención primaria, los hospitales locales y los centrales especializados. Esta estructura, al menos en Europa, democratizó la cobertura sanitaria y la hizo llegar a toda la población.

En nuestros días, cada vez se otorga más valor a la innovación como clave del progreso y el bienestar en la economía del conocimiento. La innovación es básica para el crecimiento económico y la competitividad empresarial y es el eje central de toda la estrategia Europa 2020 de la Unión Europea (Comisión Europea, 2014). Una economía del conocimiento exige la existencia de una sociedad del conocimiento. Sin embargo, hoy en día los sistemas de innovación oficiales llegan solamente a una pequeña parte de la población. Nos hallamos ante la paradoja de que una abrumadora mayoría de miembros de eso que damos en llamar la sociedad del conocimiento en realidad están fuera del sistema o, como mucho, hacen de simples usuarios.

Sin embargo, existe un interés creciente en abrir los sistemas de innovación. La expansión de internet como red abierta ha hecho que se difundan usos innovadores. Algunos de los principios arquitectónicos de la red, como el end-to-end principle, que sitúa la inteligencia de la red en sus extremos, han favorecido la explosión actual de aplicaciones y servicios. El concepto “colaboratorio” (W. Wulf, 1989) se ha extendido hasta generar multitud de laboratorios de todo tipo: fab labs (laboratorios de fabricación a pequeña escala), 2002; citizen labs (laboratorios ciudadanos), 2002; living labs (laboratorios “vivos” con numerosos actores y contextos de uso reales), 2006.

El “cuarto elemento”

Esta preocupación y el deseo de lograr unos sistemas de innovación más inclusivos han cristalizado en el nacimiento del modelo de la cuádruple hélice, en el que tanto el Gobierno como los académicos, la industria y la sociedad civil son considerados actores clave. En un informe reciente se identificaba lo que se definía como “cuarto elemento” de estos sistemas: “usuarios normales o amateurs, usuarios profesionales, consumidores, trabajadores, residentes, ciudadanos, aficionados, empresas, organizaciones o asociaciones civiles” (Arnkil, Järvensivu, Koski & Piirainen, 2010). Estamos, pues, ante el surgimiento de un nuevo sistema.

© Albert Armengol
Final de la actividad Tecnostiu del Citilab de Cornellà, en que niños y muchachos participantes en la jornada explican su experiencia en el marco de un ejercicio de realización televisiva.

La tendencia podría dar pie, en las próximas décadas, a la llegada de los sistemas universales de innovación, que servirían para instruir a los ciudadanos en las habilidades básicas de la sociedad del conocimiento y les proporcionarían las herramientas, las infraestructuras y la formación necesarias para convertirse ellos mismos en innovadores. Tecnologías como Scratch, Arduino, la impresión en 3D, la programación avanzada, la robótica DIY (siglas en inglés de “hazlo tú mismo”) y otras muchas estarían presentes en todas las ciudades, pueblos y barrios, de forma similar a como se pone al alcance de todo el mundo internet, la Wikipedia o los dispositivos móviles inteligentes mediante amplias redes de bibliotecas públicas y hospitales.

A la larga, contar con unos laboratorios vivos y abiertos a toda la ciudad podría convertirse en un factor fundamental del crecimiento económico local y de la dinamización de las economías urbanas al mejorar su competitividad global e impulsar una oleada de creación empresarial. Las ciudades podrían convertirse en centros neurálgicos de innovación basados en nuevos tipos de instituciones abiertas a todos como los living labs, los fab labs, los citizen labs, los edulabs, etc., que podrían transformar radicalmente la economía y el tejido social de nuestras ciudades actuales.

La historia de las sociedades industriales demuestra que es posible democratizar una serie de habilidades clave que han impulsado un sistema económico muy complejo con enormes beneficios para la sociedad en general, pero también con ciertas consecuencias imprevistas. Por tanto, tiene todo el sentido preguntarnos si es posible democratizar la innovación de forma similar.

En nuestro horizonte se dibujan diferentes escenarios posibles en los que llevar a cabo esta “revolución del conocimiento”. El primero sería la lenta apertura del sistema actual de triple hélice, que iría introduciendo gradualmente las aportaciones y las necesidades de los ciudadanos en su agenda de investigación, pero donde todavía conservarían su statu quo los laboratorios académicos y los de las grandes corporaciones. Esta opción podría considerarse como una reforma de nuestros sistemas de innovación actuales. Un segundo escenario más radical permitiría que los citizen labs y otros movimientos sociales innovadores generasen nuevos programas de investigación, que podrían coordinarse globalmente a través de internet u otras redes. Estos programas ofrecerían las herramientas para diseñar y poner a prueba una serie de transformaciones sociales y económicas urgentes, obligando al establishment académico oficial a adaptar sus programas de investigación a las nuevas situaciones.

Aun así, la era del conocimiento también puede provocar consecuencias no deseadas. Del mismo modo que un fab lab puede crear obras de arte maravillosas y, a la vez, una pistola de fabricación artesana, la ampliación de las capacidades de innovación a poblaciones enteras también podría generar peligros todavía no previstos.

Hace falta, pues, un nuevo paradigma cultural para la sociedad de la innovación. Si nos encontramos a las puertas de una era de innovación rompedora, deberíamos ser capaces de crear diseños en común y aprender nuevos patrones culturales aumentando las responsabilidades de cada persona respecto a sus propias invenciones y al uso que de ellas pueda hacerse.

Nuestras sociedades han sido educadas para delegar responsabilidades y poderes, ya sea al cielo, a la naturaleza o a los parlamentos. Cuanto más madura e innovadora llegue a ser la humanidad, mayor será nuestro grado de libertad personal, pero también nuestro grado de responsabilidad.

El lenguaje de la innovación

Por primera vez podemos desarrollar un nuevo método de aprendizaje estrechamente ligado al sistema de innovación. El sistema educativo que tenemos actualmente, al menos en la civilización occidental, se remonta hasta la Grecia antigua, donde la educación se basaba en los llamados Trivium y Quadrivium. El primero consistía en el aprendizaje del lenguaje natural (gramática, lógica y retórica); el segundo, en el aprendizaje de lenguajes formales (aritmética, geometría, astronomía y música). Este era el currículo de las artes liberales. Las artes prácticas, como la medicina y la arquitectura, tenían menor prestigio.

Ahora necesitamos un sistema distinto basado en un nuevo nivel. Lo llamamos Quintivium. Se basa en el aprendizaje del “lenguaje de la innovación”. La innovación no es simplemente una práctica: es una nueva mentalidad. Citilab está promoviendo el Scratch como nuevo lenguaje, el lenguaje de la innovación.

Aprender a programar es también aprender a resolver problemas, a organizar la mente de una manera algorítmica. Tal como sostenía George Forsythe: “Las adquisiciones más valiosas de una educación científica o técnica son las herramientas mentales de función general que podrán utilizarse toda la vida. Creo que el lenguaje natural y las matemáticas son las más importantes de estas herramientas, y la informática es la tercera” (“What to do till the computer scientist comes”, 1968).

Pero Forsythe no previó el hecho de que el lenguaje de la innovación aumentaría drásticamente nuestra responsabilidad como seres humanos.

No solo estamos aprendiendo a imaginar otros mundos, o a entender los que ya tenemos, sino a diseñar y construir otros nuevos. De igual modo que a un ingeniero o a cualquier profesional se le haría responsables de sus “actos”, abrir la “caja negra” de la innovación significa que todos entramos en una nueva era que desembocará en la democratización de la responsabilidad.

Artur Serra

i2cat / Citilab

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