Los retos de la Barcelona inteligente

En el ámbito de las tecnologías urbanas inteligentes, Barcelona está pasando de campo de pruebas a terreno de implementación real. En este artículo examinamos cuál es su horizonte más inmediato y los retos que se plantean.

© Oriol Malet

Cuando asistes a la convención europea de Cisco –el principal fabricante mundial de equipamientos de red– y el nombre de Barcelona aparece mencionado de manera destacada en las tres primeras conferencias como ejemplo de buenas prácticas en materia de inteligencia urbana, te das cuenta de que la ciudad es realmente un referente internacional. Las smart cities son uno de los principales campos en los que se materializará la explosión de conectividad que transformará la actual internet de las personas, con 2.200 millones de internautas, en la internet de las cosas, que, dicen, abarcará a finales de esta década entre 30.000 y 50.000 millones de objetos conectados, y Barcelona es un escaparate de la situación actual de estas tecnologías.

Las farolas de ledes que hay instaladas en torno al Born, en el barrio de la Ribera, regulan automáticamente la cantidad de luz según la presencia de peatones en el tramo de calle, con el fin de ahorrar energía, pero también notifican sus propias averías a la central municipal, y hacen así más eficiente el mantenimiento. Alguna de estas farolas contiene, además, detectores de temperatura, humedad, ruido y polución que transmiten en tiempo real los datos que forman el embrión de un mapa medioambiental dinámico de la ciudad. En el tramo de la calle del Comerç que va del Born a la estación de Francia, los contenedores de basura están equipados con detectores volumétricos y de gases que avisan cuándo están llenos, de manera que los vecinos sufren menos molestias nocturnas porque el camión de recogida solo tiene que pasar cuando es necesario. En el Pla de Palau, a un par de travesías de distancia, varias plazas de estacionamiento en zona azul contienen, incrustado en el asfalto, un sensor magnético que detecta si están ocupadas por un coche e informa a los responsables de tráfico. Y en la acera de enfrente, la marquesina de la parada de los autobuses 36, 39, 59 y 64 dispone de una pantalla interactiva para consultar rutas de transporte e información ciudadana. Todos estos elementos se comunican con los diversos encaminadores de señal repartidos por la zona, conectados a su vez a la red municipal de fibra óptica: quinientos kilómetros desplegados por la ciudad que son el elemento troncal de los más de quinientos puntos públicos de acceso Wi-Fi a disposición de los ciudadanos y sus dispositivos móviles. Y allí donde no llega la fibra, los datos captados por los sensores se pueden transportar mediante las redes de telefonía móvil, gracias a módulos de comunicación celular cada vez más asequibles. En las calles del distrito del 22@ hay una densidad de sensores similar.

Una vez comprobada en estas dos áreas –el entorno del Born y el 22@– la viabilidad de los sistemas, las mismas tecnologías se han empezado a aplicar en otros puntos de Barcelona: las nuevas farolas del Paral·lel seguirán el modelo de las del Born; en la reurbanización del paseo de Gràcia está previsto incorporar sensores medioambientales; en el barrio de Les Corts se dotará de sensores una proporción significativa de las plazas de aparcamiento; y la reforma de la plaza de las Glòries, una de las principales intervenciones urbanísticas en curso, se monitorizará con detectores de ruido, vibración y polvo.

Mejor calidad de vida, ahorro económico

Los beneficios de la sensorización y la interconexión de las ciudades se tendrían que ver tanto en la calidad de vida como en las finanzas municipales, mediante el incremento de los ingresos, la reducción de costes, el aumento de productividad del personal y la mejora del bienestar de los ciudadanos. Se estima que una cuarta parte del valor que la internet de las cosas aportará durante esta década corresponderá al sector público, y casi dos tercios de esta aportación se registrarán en las ciudades, en ámbitos que van desde la videovigilancia hasta el transporte público, pasando por la gestión del agua, el aparcamiento, la iluminación y la gestión de residuos.

Se están formulando modelos en los que las tarifas de estacionamiento sean dinámicas según la demanda, y considerando que en algunos casos el 30% del tráfico son vehículos que buscan sitio para aparcar, optimizar esta operación permite ahorrar combustible, reducir la contaminación y que los ciudadanos dispongan de más tiempo. Con más información sobre el uso real de los servicios, se pueden ajustar los precios de las respectivas concesiones. Idealmente, se pueden llegar a crear “círculos virtuosos”: en un barrio donde el Ayuntamiento invierte en farolas conectadas, además de ahorrar en consumo y mantenimiento y de la posibilidad de ofrecer acceso Wi-Fi a los ciudadanos, una mejor iluminación hace bajar el índice de delincuencia e incrementa la afluencia a los comercios, de manera que se crean puestos de trabajo y, como la zona se revaloriza, la recaudación municipal crece. Otro caso: Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) trabaja en equipar los autobuses con redes Wi-Fi. Además de ofrecer conexión a los pasajeros, el sistema es capaz de detectar, de manera anónima, sus teléfonos, y saber así qué tramos del trayecto tienen más ocupación, en qué paradas suben y bajan y con qué otras líneas se puede hacer transbordo. Disponiendo de esta información, que los billetes convencionales no proporcionan, se podrán optimizar las rutas y la capacidad de los vehículos.

En los tiempos que corren, la clave es que las inversiones municipales en tecnología urbana se autofinancien. Según un responsable de Cisco, el coste de los sensores de aparcamiento se amortiza en un año gracias al ahorro en inspectores de tiques de zona azul. Y hay otro factor que tanto puede favorecer la adopción de la inteligencia urbana como frenarla: en cualquier proyecto de este tipo donde intervenga la Administración pública es imprescindible que entre el pedido y la obtención de resultados visibles pasen menos de dos años. Son los que le quedan a cualquier político electo después de descontar el primero y el último año de los cuatro que dura su mandato, dedicados respectivamente a situarse en el cargo y a vender el trabajo hecho de cara a las siguientes elecciones. Una visión que algunos encontrarán cínica y otros, sencillamente, realista.

La promesa de las plataformas abiertas

Por otra parte, no todo es tan sencillo. Las posibilidades técnicas no siempre son aplicables hasta el extremo: sobre el papel, los conductores podrían consultar en una aplicación de su smartphone dónde hay un sitio libre para aparcar, pero los técnicos municipales de movilidad opinan que eso provocaría carreras para llegar el primero y prefieren indicar el porcentaje de ocupación por zonas. Una ciudadanía sensibilizada con la privacidad de sus datos puede ser reticente a ver su actividad todavía más cuantificada y procesada. Y los responsables municipales de todo el mundo que participaron hace unos meses en el congreso Smart City Expo coincidían en manifestar la preocupación por la falta de estándares, que interpretan en forma de peligro de acabar siendo cautivos de un único proveedor de tecnología.

Por eso resultan prometedoras dos plataformas abiertas que se han gestado parcialmente en Barcelona en colaboración con Londres, Génova y Bolonia: para la captación de datos, Sentilo, un estándar que normaliza la interacción con los sensores y actuadores instalados en los espacios públicos. Y para la difusión de los datos recogidos, iCity, que facilita el tratamiento por parte de los creadores de aplicaciones y de los mismos ciudadanos. Son algunas de las piezas que tendrán que componer el sistema operativo de las ciudades inteligentes de un futuro no muy lejano.

Naturalmente, Cisco tiene un gran interés en incrementar la cantidad de cosas conectadas, porque sus conmutadores y encaminadores canalizan una buena parte de los datos que circulan por el mundo. Los despliegues masivos de la llamada internet de las cosas se producirán durante esta década. Buena parte de los 30.000 millones de objetos autónomos conectados –y de los 200.000 millones conectables– que existirán en el año 2020 en todo el mundo estarán en los sectores de la energía, el transporte, el comercio –en Las Vegas hay casinos que tienen todas las fichas de juego etiquetadas digitalmente– y la fabricación, lo que explica la participación de empresas como Rockwell, Zebra y Schneider en la Smart City Expo.

Ya llevamos encima nuevos objetos conectados, como los relojes inteligentes y los dispositivos que monitorizan la actividad física. Y veremos más: a principios del año que viene, algunos fabricantes de electrodomésticos sacarán lavadoras, lavaplatos, altavoces y acondicionadores de aire que utilizarán el protocolo AllJoyn del fabricante de chips Qualcomm para notificarse mutuamente su estado y qué funciones pueden ofrecer. Eso sí, hará falta que alguien ponga orden y deje claros los límites de la privacidad en toda esta avalancha de datos.

Albert Cuesta

Periodista y analista de tecnología. http://albertcuesta.com

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