El turismo como mito

El turismo, en su momento de eclosión a principios del siglo xx, fue concebido como un pretexto para la captación de capital económico, cultural y simbólico. El proyecto turístico de Barcelona se convirtió en parte del proyecto político, incluso en un elemento de autoafirmación cultural e identitaria.

© Maria Corte

A principios del siglo xx, la eclosión del turismo se produjo como causa y efecto de un intenso proceso de transformaciones políticas, económicas, sociales, culturales y urbanísticas que en su conjunto generaron cambios significativos en Barcelona, una ciudad –la del final de siglo– que el arquitecto Ignasi de Solà-Morales definía en un artículo de 1994 (“Los locos arquitectos de una ciudad soñada”) como el escenario en que los poderes fácticos encontraron el marco idóneo para desarrollar sus propósitos. La eclosión del turismo se produjo en este punto, en esta encrucijada de cambios y nuevos referentes. Se produjo, también, en sintonía con un proceso de internacionalización que se vivía desde la Exposición de 1888, momento a partir del cual se pretendió situar a la capital catalana en el mapa de las grandes ciudades europeas, en un mercado que permitiera capitalizar la nueva imagen, el nuevo paisaje, y que favoreciera, sobre todo, la creación de nuevas redes comerciales y la expansión de la industria catalana y barcelonesa. Solo así podemos entender el inicio del turismo en Barcelona, e interpretar que los intereses ligados a su promoción fueron idénticos a los que la sustentan hoy en día.

A lo largo de las décadas se ha considerado al turismo como un vector relevante para la construcción de la ciudad. Y si bien pocas veces se ha asumido la planificación, el control o la gestión íntegra del fenómeno desde el punto de vista político y administrativo, lo cierto es que la construcción turística de Barcelona no es espontánea, casual o accidental. Forma parte de un proceso claramente inducido.

Portada de la revista Barcelona Atracción de mayo de 1922.

A principios del siglo xx se inició la promoción institucional del turismo y, desde entonces, se ha convertido en una actividad formalmente incentivada, políticamente organizada. La Administración municipal ha actuado como principal agente promotor del turismo barcelonés, si bien esta función no se puede entender sin tener en cuenta la influencia de una parte del sector privado barcelonés, la alianza con el cual ha dado lugar a verdaderos grupos de interés político y económico en torno al turismo.

Conexión con el ideario novecentista

En manos de las élites barcelonesas, el turismo, a principios de siglo, fue concebido como una opción política, pero también, y sobre todo, como una cuestión ideológica vinculada al cambio, a las expectativas de creación de una urbanidad y una economía nuevas. Constituía un indicador de modernidad y cosmopolitismo importante, en parte porque las ciudades modernas de la vieja Europa ya hacía tiempo que se habían convertido en lugares turísticos. Barcelona, en un intento de asimilarse y de erigirse como ciudad cosmopolita, fue una de las primeras capitales peninsulares en promover institucionalmente la atracción de forasteros.

Todo empezó el mes de marzo de 1906 con la creación de la Comisión de Atracción de Forasteros, la primera institución municipal de Barcelona dedicada a la promoción turística. Al frente, cuatro concejales (dos regionalistas: Lluís Duran i Ventosa y Joan Rubió; y dos republicanos: Josep Rogent Pedrosa y Santiago Valentí Camp), y un alcalde (católico y monárquico): Domènec Sanllehy. Su actuación fue breve, ya que solo duró tres años y tuvo una repercusión más bien discreta, si bien no se le pueden negar al menos cuatro aportaciones especialmente significativas y de notable valor simbólico, empezando por la apertura de la primera oficina de información turística de la ciudad en el año 1909 en los bajos de la casa consistorial y la creación de un puesto de cicerone municipal.

En segundo lugar, la comisión impulsó una ingente red de relaciones internacionales (con consulados, agencias de turismo, compañías navieras y periodistas) y de alianzas internas destinadas a cohesionar esfuerzos en materia de turismo. En tercer lugar, realizó una contribución fundamental: crear y divulgar la primera imagen turística de la ciudad. Este último es un aspecto radicalmente trascendente, ya que contenía los valores de una ciudad que en realidad no existía como tal, solo en el imaginario y en eldeseo. La imagen aludía a un mito, al ideal de la ciudad como debía ser, no como era.

Uno de los carteles promocionales de la campaña turística de 1909 “Barcelona ciudad de invierno”, obra de Carlos Verger. El original se conserva en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Mediante una nada despreciable edición de guías, álbumes y carteles, la comisión confeccionó una imagen (turística) de Barcelona que evocaba signos de orden y cultura, valores cívicos y estéticos que conectaban con el ideario novecentista de la época. Las referencias a la naturaleza, la mediterraneidad, el civismo y el progreso fueron activos esenciales de la primera imagen turística de la ciudad en manos de la comisión, que prescindió del icono y apostó por una imagen poco figurativa, absolutamente idílica y cargada de clasicismo (y clasismo). Una imagen, al fin y al cabo, dirigida a un público turista de clase alta, cuya presencia debía ejercer una función modernizadora. Así, tal como se esperaba: “Y a Barcelona le interesa atraer el numeroso contingente de viajeros que van en busca de mejores climas, ó simplemente de los alicientes consecuenciales del cambio de ambiente y de horizontes; y ello, no solo por las ventajas materiales que ofrece la llamada industria de forasteros, fuente incalculable de riqueza [...], sinó más aún quizás, por lo mucho que el constante contacto con gentes de otras razas, de otras mentalidades, de otras aspiraciones y conceptos de la vida ha de contribuir al refinamiento de nuestra existencia social, orientando cada vez más el alma vigorosa de nuestra ciudad querida hacia su constante elevación á verdadera capital del Mediterráneo”.

En 1909 se publicó el primer cartel turístico de la ciudad con el lema “Barcelona ciudad de invierno”, obra del inglés Hassall. Durante décadas circuló por todo el mundo, contribuyendo a la tendencia que convertía los paisajes urbanos en nuevos lugares para el consumo y la contemplación.

La cuarta de las aportaciones de la comisión no es menos significativa y trascendente: sentó las bases de una correlación que explotaría profusamente, la que vincula la defensa del turismo con el patriotismo, el amor a la ciudad.

La comisión ejerció una acción política, porque la promoción turística estaba imbuida de los ideales y planteamientos urbanos, económicos, culturales y simbólicos propios de las élites de la época. El turismo constituía el mecanismo necesario para la transformación económica, cultural y cívica, y por eso se puede afirmar que, en cierto modo, el turismo en Barcelona nació en la ciudad novecentista y para la ciudad novecentista.

La Sociedad de Atracción de Forasteros, integrada por representantes del mundo público y privado de la sociedad barcelonesa y catalana, fue la entidad que sustituyó a la comisión e intensificó todos los objetivos y acciones que esta había emprendido. Existió entre los años 1908 y 1936, y desempeñó una tarea ingente en materia de confección y divulgación de la imagen turística; también se encargó de construir un potentísimo discurso hegemónico sobre el hecho turístico, de fomentar la creación y la adaptación de la oferta turística y de incentivar la captación de visitantes. La Sociedad, además, tejió una vastísima red de relaciones locales e internacionales. El sector industrial asumió un compromiso firme en todo este proyecto, y prueba de ello es que financió parte importante del material publicitario de esta sociedad, una medida que también usó para hacer autopromoción.

Saida Palou Rubio

Doctora en Antropología Social. Profesora de la Universidad de Gerona

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