Sufro, ergo soy

Il·lustració sobre filosofia de Stéphane Carteron.

© Stéphane Carteron

No es cortés ventilar las miserias de una dama, por eso me ahorro los detalles de la noche en que la filosofía catalana llegó a urgencias presa de un ataque de ansiedad. Con todo, y dado que es un tema de interés nacional, transcribo la conversación que al cabo de unos días mantuvo con un psicoanalista amigo mío, confiando en que serán discretos.

–Siéntese, señora, por favor. Acabo de leer el informe que me ha pasado el psiquiatra de guardia y estoy un poco sorprendido. ¿No ha recibido nunca asistencia psicológica?

–Perdón, doctor. Es que no me atrevía a salir de casa.

–No hay nada que perdonar, mujer. Póngase cómoda y explíqueme un poco qué le ocurre.

–Es que no sé cómo explicarlo. Hay días en los que sospecho que, que… no existo. Creo que no soy nada, o que no soy nada claro y distinto, quizás solo una serie de intentos siempre truncados. Todo el mundo sabe qué es la filosofía alemana o la francesa. Pero yo, ¿qué soy? ¿La filosofía que se ha hecho en Cataluña? ¿La de los Países Catalanes? ¿La de los territorios de la antigua Corona de Aragón de habla catalana? ¿Cuentan los catalanes exiliados? ¿Y los catalanes del siglo XIX que escribieron en castellano? ¿Puedo incluir a juristas, poetas, políticos divagando sobre su ideario?

–Cálmese, mujer, y exprésese tranquilamente. No hay prisa, ninguna filosofía es amiga de la prisa.

–Ya lo sé, aunque me ha costado mucho entenderlo y aceptarlo. Hasta hace unos treinta años, cuando veía que las filosofías extranjeras me llevaban tantos años de ventaja en la producción de obras y en el diálogo entre sus autores, incorporaba el estudio de sus corrientes como una loca. Llené las universidades catalanas de heideggerianos, hegelianos, marxistas, neopositivistas, estructuralistas… porque tocaba. Recibí todas estas filosofías de una manera asistemática y a menudo acrítica. Solo quería recuperar el tiempo perdido. Être à la pàge, comprenez-vous?

–Perfectamente. Pero deje de disculparse y explíquemelo en orden, por favor. ¿Cómo y cuándo empezó a filosofar?

“Llené la universidad de filosofías extranjeras porque tocaba. Quería recuperar el tiempo perdido. ‘Être à la page’”

–Durante muchos siglos, en Cataluña, igual que en todas partes, la discusión intelectual fue un lujo de la Iglesia. El primer núcleo activo que tuve fue el monasterio de Ripoll, erigido en tiempos de Wifredo el Velloso, aunque mis primeros años fuertes vinieron con Jaime I, tres siglos después. Lo digo por Ramon de Penyafort y Ramon Martí, dos frailes dominicos que eran sus consejeros, apologetas y estudiosos de las escrituras y del derecho canónico, el primero dedicado a convertir a musulmanes y el segundo a judíos. Pero los consejeros de Jaime II fueron mucho más ambiciosos; estoy pensando en Arnau de Vilanova y sobre todo en Ramon Llull, a quien muchos consideran el fundador de la filosofía catalana.

Representació del símbol de la doctrina de Ramon Llull en un còdex que es conserva a la Biblioteca de Baden, a Karlsruhe, Alemanya.

© Prisma
La representación del símbolo de la doctrina de Ramon Llull en un códice que se conserva en la Biblioteca de Baden, en Karlsruhe, Alemania.

Llull tenía, pfff…, un proyecto faraónico, pretendía sistematizarlo todo. Quería explicar, por ejemplo, la fe a través de la razón: por eso a veces parece un místico y a veces un científico. Por su apologética de la fe, Menéndez Pelayo le consideró el origen de los místicos castellanos del siglo XVI. Y por su técnica que pretendía escrutar lo visible y lo invisible combinando unas nociones primeras, Leibniz lo señaló como la fuente de su Ars magna, que tituló así en honor a la lógica universal luliana. La fama de Llull se extendió como una mancha de aceite. De Pere Joan Llobet a Salvador Bové, del siglo XV al XX, ha sido el catalán más estudiado y el que más huella ha dejado entre mis pensadores.

–Perdone que la interrumpa, pero ¿todos sus filósofos eran cristianos? Es un dato importante.

–En absoluto. No sé si conoce a Hasday Cresques, el rabino de Barcelona que en 1397 escribió la Refutación de los dogmas cristianos. También discutió la lectura de Maimónides sobre Aristóteles y se dice que sin su tesis de la emanación no se puede entender a Spinoza. De todos modos, tenga en cuenta que entonces la teología era el marco en el que se estudiaban ámbitos que ahora son independientes, como por ejemplo la filosofía del lenguaje. Habrá que avanzar unos siglos para pensar al margen de Dios. De hecho, habrá que avanzar hasta Pedro III, que montó una especie de oficina literaria dentro de la cancillería real, donde tenía a escribanos traduciendo obras latinas al catalán. Este MIT, para entendernos, se consolidó en tiempos de Juan I y de Martín el Humano y es donde trabajó Bernat Metge, a quien muchos consideran el referente del humanismo catalán.

Durante los siglos XIV y XV también tuvimos a dos religiosos importantísimos: Francesc Eiximenis y Raimon Sibiuda, cuya Teología natural resulta una lectura muy original de las dos ciudades de san Agustín y de la escala de los seres de san Buenaventura. Quizás le suene: Montaigne la tradujo al francés y la discutió en el más largo de sus ensayos. La Inquisición prohibió la Teología de Sibiuda, seguramente porque señala al hombre como verdad primera y apela a su experiencia concreta para llegar a Dios. Supongo que debían sospechar que era averroísta pero más bien del lado de la razón, ya me entiende, que es un poco lo que le pasó a Joan Lluís Vives… ¿No tendrá un caramelo, doctor?

–Pues no, lo lamento. Por lo que veo, tiene unos orígenes sólidos y eso es fundamental, porque son los años en los que forjamos la personalidad, lo que facilita la recuperación.

–No lo sé, doctor. Piense que después vino un siglo muy complicado. En 1717 Felipe V hizo que se trasladaran todas las universidades del Principado a Cervera, y la de Barcelona no volvió a funcionar hasta el año 1838. Lo hizo para evitar disturbios, porque los profesores y los estudiantes de la capital habían sido un núcleo muy activo del austriacismo. Y fue una lástima, porque al final del siglo XVI su universidad tenía seis cátedras de Filosofía y era más receptiva al Renacimiento europeo, mientras que en Cervera básicamente se estudiaba tomismo y suarismo. Por allí, sin embargo, pasaron los nombres más destacados: Ramon Martí d’Eixalà, Manuel Milà i Fontanals y Jaume Balmes, claro. ¿No ha leído El Criterio? Léalo. Sin él, por ejemplo, no puede explicarse el obispo Torras i Bages, que también es muy importante.

–Así pues, tuvo un siglo XIX muy beato, ¿no? ¿Guarda de él algún recuerdo doloroso?

–No, no. De hecho, durante aquellos años mis pensadores se dedicaron de lleno a reflexionar sobre qué éramos los catalanes como pueblo. Primero Martí d’Eixalà, después Xavier Llorens i Barba y Manuel Duran i Bas formaron lo que se conoce como la escuela filosófica catalana o la escuela del sentido común, de influencia escocesa. Llorens i Barba formuló la teoría del espíritu nacional, partiendo de una idea de la filosofía como expresión más alta de la conciencia colectiva. Según Alexandre Galí, sin su discurso inaugural del curso 1854-1855 en la Universitat de Barcelona, Prat de la Riba no habría formulado sus principios políticos tal como los formuló. Es nuestro Fichte, como si dijéramos.

© Prisma
Jaume Balmes, acuarela de Francesc Fonollosa realizada a partir de un óleo de Pere Borrell.

–Pero escúcheme, ¿todo eso lo vivió en el entorno adecuado; quiero decir, en el marco de la universidad?

–No únicamente. Tenía facultad de Filosofía y Letras, pero hasta 1910 solo contó con una clase de Lógica Fundamental. Después se incorporaron Tomàs Carreras i Artau como profesor de Ética y Jaume Serra Húnter como profesor de Historia de la Filosofía, y en 1913 se inauguró la cátedra de Psicología Superior en aquellas famosas oposiciones que Cosme Parpal ganó a Eugeni d’Ors. El clima universitario era bastante gris, y aún lo habría sido más sin los seminarios de Serra Húnter. Xènius no se encontraba a gusto y creó un programa filosófico propio con un lenguaje inventado: la arbitrariedad, el hombre que trabaja y juega, las ideas como “trasuntos” y arquetipos… A veces hablaba de lo que no sabía, pero tenía talento, era ambicioso y su obra es exuberante. Durante unos años ocupó el trono de Joan Maragall, que no había hecho filosofía como tal, pero que elaboró un pensamiento cada vez más refinado. Su teoría del amor enlaza con la de Sibiuda. Y la “palabra viva”, de aires románticos, de la que creía que Francesc Pujols tomaría el relevo, es… ¿De qué se ríe? Si tiene que reírse de Pujols, me voy. ¿O es que cree que si alguien no escribe como Eduard Nicol y Josep Ferrater Móra ya no hace filosofía?

–Yo no me he reído, señora. Y relájese, que por hoy ya es suficiente. De cara a la próxima sesión le pediría en primer lugar que no se disculpara más: fuera complejos. Luego me gustaría que pensara qué autores cree que se han ignorado injustamente y cuáles otros se han inflado, si fuera el caso. Yo le garantizo a usted que existe, pero si aún no se conoce honestamente es porque la historia la ha ido interrumpiendo y la ha hecho estar siempre a la defensiva. Por eso se deja impresionar y todo lo que viene de fuera le parece mejor que lo que usted ha llevado a cabo o puede llevar a cabo. Y le querría pedir un tercer ejercicio: que me dijera con qué pensadores vivos podemos contar para hacerla crecer. Dígame qué pueden aportarle –hablo de oídas– Pere Lluís Font, Jordi Sales o Victòria Camps; cómo podemos optimizar Enrahonar o el nuevo Journal of catalan intellectual history. Su tarea pasa, por ejemplo, por obligarnos a repensar conceptos fosilizados, y por dar contenido a los clichés que ha hecho circular. Si quiere que otros la comprendan debería explicarse. Es decir, primero tendremos que ir recuperando su pasado sin obesionarnos, y luego conseguir que se haga necesaria en estos tiempos nuestros tan… ¿posmodernos?, ¿hipermodernos?, ¿líquidos?, ¿hiperpolíticos?

Anna Punsoda

Filósofa

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