La bella encantadora, con la lengua fuera

Il·lustració sobre llengües parlades a Barcelona, de Pep Montserrat.

© Pep Montserrat

–Bella encantadora, ya volvemos a encontrarnos. Ponte cómoda. ¿Quieres sentarte en la silla o en el diván? Hoy llegas resoplando, con la lengua afuera.

–La lengua, sí. Dicen que soy una ciudad políglota.

–¿Políglota? Decir que eres una ciudad políglota es una manera elegante de esconder la cabeza bajo el ala. Siéntate en el diván.

–En mis calles se habla amazig, suajili, italiano, francés, urdu, ruso, español, árabe, inglés… Mire si se hablan lenguas que incluso se habla catalán…

–Tienes el día bromista. ¿De dónde sale tanta ocurrencia?

– Hay gente que se queda maravillada. Para mí también es un pequeño milagro que después de tantos siglos, con la historia de prohibiciones y persecución que ha sufrido la lengua catalana, aún la oiga hablar en mis calles. Porque, aunque me gusta la fonética del kikongo o del ronga, del castellano o el inglés, la del catalán la aprecio especialmente porque es la lengua propia de la ciudad. Aquí hablamos muchas lenguas, pero el catalán lo hemos hablado siempre.

–¿Siempre?

–Desde que el latín se convirtió en un crisol de lenguas románicas. En la Edad Media Barcelona fue la capital de un reino que extendió su imperio por todo el Mediterráneo. Los reyes catalanes fueron unos de los primeros monarcas europeos en abandonar el latín para redactar sus crónicas reales y adoptar la lengua que hablaban sus súbditos. La cancillería real contribuyó a fijar un idioma que aún hoy compartimos catalanes, mallorquines y valencianos. El esplendor catalán fue precoz (quizás incluso prematuro), porque la Corona de Cataluña y Aragón tuvo su momento de gloria antes de la creación de los estados modernos, que son los que han acabado dibujando el mapa de Europa, ya sea con guerras, ya sea a golpe de romanticismo. Los franceses han sabido “civilizar” a bretones, occitanos y roselloneses. Los españoles no han acabado de “civilizar” a los catalanes…

Retrat de Pompeu Fabra

© AFB
Retrato de Pompeu Fabra, de autor desconocido, realizado en un año indeterminado del segundo decenio del siglo pasado.

Hace justamente un siglo, en 1912, Pompeu Fabra publicó la primera gramática catalana moderna. La escribió en castellano, para que la entendiese todo el mundo y no pasase desapercibida a quienes la necesitaban y a quienes tenían que enterarse. Este esfuerzo por explicar al mundo que el catalán no es un simple dialecto los barceloneses lo han hecho siempre. Fíjese en los Juegos Olímpicos.

–Ahí está el meollo de la cuestión. Dime, entonces, ¿qué es lo que te preocupa?

–No quiero perder la serenidad. Oficialmente soy una ciudad bilingüe. Tengo una lengua propia, la catalana. Y otra que comparto con el resto de pueblos y ciudades del Estado español. Es un juego de equilibrios. Algunos me dicen que, si abrazara más el castellano (los españoles la llaman “la lengua común”), me entendería más gente, pero yo veo que hablando nuestra lengua aquí también me entiende todo el mundo. El catalán también es lengua común. ¿Por qué renunciar a él? Algunos quieren convertirlo en un problema y otros siempre se han agarrado a él como si fuera la solución…

–Quieres decir que unos han visto la lengua como la solución del problema y otros como un problema que hay que solucionar.

–Pensar que la lengua es un problema es tan peligroso como creer que es la solución. Hace treinta años que en Barcelona hablamos de normalización de la lengua catalana. Es relativamente fácil normalizar el uso institucional de la lengua, en el gobierno, en las escuelas, pero obviamente las personas no se pueden normalizar. Un bombero no se puede normalizar, un juez no se puede normalizar, un futbolista no se puede normalizar.

–¿Ese es el problema? ¿Bastaría con que Messi hablase catalán?

Imatge de l'exposició bibliogràfica catalana organitzada al Palau de les Belles Arts de Barcelona amb motiu del Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana, que va tenir lloc del 13 al 18 d’octubre de 1906.

© Frederic Ballell / AFB
Exposición bibliográfica catalana organizada en el Palau de les Belles Arts de Barcelona con motivo del Primer Congreso Internacional de la Lengua Catalana, que se celebró del 13 al 18 de octubre de 1906.

–En estos momentos me preocupan más la demografía y la gramática que la política lingüística. El catalán tiene que consolidar una masa crítica de hablantes para seguir conservando su espacio en la vida pública. En caso contrario corre el peligro de convertirse en una lengua oficial y residual. ¿Sabe qué sucede? Quien más, quien menos, todo el mundo entiende o conoce el catalán, pero los que lo saben hablar no quieren hablarlo siempre. Y muchos que lo hablan, queriendo o sin querer, no lo saben hablar lo bastante bien. O lo hablan a medias.

–¿Y qué es más importante: la cantidad o la calidad de los hablantes?

–Este es uno de mis dilemas. Desde hace décadas mis dirigentes han apostado por la cantidad. Actuaron con el convencimiento de que el catalán, que en principio parecía un obstáculo para la integración, podría ser precisamente la solución. Es cierto que hoy nadie puede trabajar en esta ciudad en un puesto de cierta responsabilidad, tanto si es en la Administración como en un medio de comunicación, sin entender el catalán. Visto así, la normalización ha sido un éxito, pero por el camino hemos sacrificado los pronombres átonos, hemos contaminado la sintaxis.

–Los catalanes tenemos el oído hipersensibilizado. ¿Qué es más importante para ti: la corrección lingüística o el atrevimiento?

–No me obligue a elegir. Alguien dijo que la principal amenaza para la supervivencia de una lengua no son los que no la hablan, sino aquellos que, siendo del país, la hablan mal.

–¿De quién es la lengua? ¿De quienes la conocen o de quienes solo la hablan?

–De quienes la aman. A mí me gustaría que todo el mundo entendiese que, por muy políglota que sea, el catalán es mi lengua propia. Me gustaría, por ejemplo, que en el cartapacio municipal el reglamento de uso de la lengua no se tuviera que impugnar ni discutir.

Imatge d'estudiants de català. Classe per a persones desafavorides, la majoria immigrants.

© Julio Parralo
Las clases de catalán son una de las actividades que organiza en el Poble-sec la entidad Bona Voluntat en Acció, que realiza una intensa labor asistencial y a favor de la integración social de las personas más desfavorecidas del barrio, mayoritariamente inmigrantes de otros países.

–Escucha, bella encantadora, ahora es el coach quien te habla. ¿Crees de verdad que un reglamento de uso, por sí solo, puede salvar la lengua catalana? La protección legal existe porque hay consenso, porque el pueblo soberanamente lo ha querido así. Tu lengua no la salvarán solo las leyes o los exámenes de catalán, sino el Amor. Ahora no es tan urgente conquistar la esfera pública, como preservar aquellos espacios en los que reina el afecto: más vale la caricia de un maestro que la sentencia del juez. Más vale ganar a la hora del patio que pulverizar las audiencias televisivas. Algunos creyeron que debíamos normalizar a los recién llegados, pero la normalización empieza por el catalanohablante, por el homo fabra, por decirlo en términos darwinianos. Los que lo hablan ven el catalán como un derecho, y a los que no lo hablan, en cambio, la lengua más bien les pesa como un deber. Debería ser precisamente al revés. Los que no saben demasiado catalán deberían verlo como un derecho. Y los que lo han hablado toda la vida y se llenan la boca de supervivencia deberían tomárselo como un deber.

Al catalán tienen que defenderlo tus ciudadanos, activamente, hablando y no solo hablando. Las lenguas son mercados y los catalanohablantes de Barcelona deben decidir, individual y colectivamente, en qué ciudad quieren vivir. Si el homo fabra hiciese huelga de ir al cine hasta que le ofreciesen películas dobladas o subtituladas en catalán, no habría sido necesario formular la ley del cine. Si el homo fabra comprase preferentemente productos etiquetados en catalán, los fabricantes lo notarían y obrarían en consecuencia. ¿Por qué Microsoft o Google ofrecen sus productos en catalán y en cambio cuesta encontrar una lata de guisantes etiCATada? Hay que crear mancha, tener presencia. Ser un mercado reconocible.

¿Sabes qué ocurre, bella encantadora? Hemos repartido certificaciones de nivel C como quien expide pasaportes de catalanidad. Y ahora nos encontramos con que muchos de tus ciudadanos han aprendido la lengua sin necesidad de sentirse catalanes. ¿Es catalán solo quien habla catalán? ¿Se puede aprender catalán sin sentirse catalán, por un puro mérito administrativo? La lengua va sola, vuela alto. Debemos procurar que no se mezcle con los sentimientos, no contagiarle males ni achaques. Es necesario que se abra caminos sin peajes identitarios. La lengua es el mayor patrimonio que los catalanes legarán a la humanidad. Ya no es solo nuestra. Y con los conciudadanos que no hablan la misma lengua, tanto si es porque no saben hacerlo como si es porque no les sale, nos entenderemos igual si hablamos el mismo lenguaje. El lenguaje del Respeto y del Amor.

Bernat Puigtobella

Director de Barcelona Metròpolis

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