En la era de la información, los medios se tambalean

Il·lustració sobre els mitjans de comunicació de Barcelona, de Pep Montserrat.

© Pep Montserrat

–Cuéntemelo todo desde el principio. Pero ya me ha dicho que su problema es económico, y yo cobro por horas.

–Efectivamente, mis bolsillos no son muy profundos. Como ciudad voy tirando, el turismo me mantiene erguida; intoxicada pero de pie. Es la prensa lo que me preocupa. La tengo en crisis: económica y de identidad. Teniendo en cuenta que el periodismo es un oficio para mayor gloria de la memoria a corto plazo, me parece coherente –y prudente– seguir su indicación y ahorrarme la mirada más remota. Al fin y al cabo estoy orgullosa del pasado; lo que me angustia es el futuro. Cierran cabeceras, los medios públicos se encogen, el precio del kilo de periodista está por los suelos…

–Tranquila, no se preocupe. Ya llegaremos a eso.

–De acuerdo. A ver, a la prensa le gusta quejarse, es parte sustancial de su actividad: el control democrático y todo eso que, al fin y al cabo, son inventos de anteayer. Porque hace cien años la mayoría de mis periódicos eran extensiones de los partidos políticos. Sí, ahora también los hay así, pero suelen guardar un poco más las formas, ¿no le parece?

–Céntrese, está divagando y eso no es propio de usted, si es la prensa la que habla por su boca.

Touché. Le decía que me quejo por la situación económica por la que atraviesan mis periódicos y revistas –como los de medio mundo. Pero debo reconocer que el ejercicio del periodismo rara vez ha sido negocio. Muchas de las grandes plumas que recordamos de principios del siglo XX se ganaban el pan en otras ocupaciones y el periodismo era, para ellos, poco más que un divertimento o una manera de jugar sus cartas ideológicas. Esto lo explica muy bien Joan Puig Ferreter en Servitud, una novela en que desnuda las interioridades de La Vanguardia, mi periódico más veterano. Eso sí, cambió todos los nombres, por si acaso.

–No intente ironizar: se le escapa una mirada nostálgica.

–Sí, porque es entonces cuando nace la figura del periodista profesional, aunque sea todavía un oficio precario. Y es también cuando se renueva profundamente la manera de explicar noticias. Se incorporan las fotografías, se ponen de moda los reportajes modernos, y los catalanes somos de los primeros en importar lo mejor del periodismo europeo y norteamericano.

© Robert Capa / International Center of Photography / Magnum Photos
El escritor y periodista Ernest Hemingway cubrió la Guerra Civil española para la asociación de periódicos North American Newspaper Alliance desde el año 1937. En esta imagen de Robert Capa, Hemingway aparece con un grupo de milicianos y soldados republicanos del frente de Teruel, en diciembre del mismo año.

La revista D’Ací i d’Allà es una muestra de sensibilidad y vanguardia artística. O los reportajes intrépidos de Domènec de Bellmunt, un precursor del periodismo gonzo, capaz de infiltrarse en clínicas donde recluían a chicas afectadas por enfermedades venéreas. El Patufet vendía 65.000 ejemplares semanales: nunca hemos igualado ese hito. ¡Incluso nos planteamos montar una televisión en Cataluña ya en los años treinta! Eduard Rifà, un pionero de la radio, removió cielo y tierra para impulsar una televisión inequívocamente catalana en la protohistoria del medio: parecía pura ciencia ficción. Pero no era ninguna utopía: el propio presidente Macià había apoyado la iniciativa, poco antes de ganar las elecciones que traerían la República.

–No había dinero pero el panorama era efervescente.

–Hasta que la guerra lo barrió todo. Aquí perdimos cuarenta años. Mientras el país se desintegraba entre la represión y el exilio, el mundo no paraba de girar. Y, claro, muchos de los escritores de la ciudad –los que no se fueron– se pasaron al castellano, aunque fuera con catalanismos soltados a propósito, como hacía Josep Pla. Barcelona sigue siendo la capital editorial del estado, y lo es por las empresas que editan en castellano. Al cabo de unos años, tímidamente y con Serra d’Or como punta de lanza, aparecen unas cuantas publicaciones y editoriales que mantienen vivo el catalán impreso, pero son siempre esfuerzos resistencialistas. Con la transición habrá una auténtica explosión de medios. Aparecen la mayoría de los periódicos en activo hoy en día. La prensa local y comarcal también florece y compra muchas de las cabeceras del régimen, las democratiza y las traduce al catalán. Fundamos una radio y una televisión públicas que se convierten en clamorosos éxitos de audiencia. La comunicación vive un par de décadas muy buenas y me ayuda a crecer. No hay normalidad, porque el mercado catalán compite con el castellano en inferioridad de condiciones tremenda, pero las estructuras son más o menos sólidas. Muchos medios tienen una vida corta, pero el saldo siempre es positivo: más cabeceras, más lectores.

–¿Qué ha sucedido entonces para que haya venido a parar a mi diván?

–Pues que han coincidido en muy poco tiempo tres crisis sobre mi prensa. Primero, la situación económica general. Hay una segunda crisis más específica: la caída de la publicidad. Es consecuencia de la primera, pero con la diferencia de que algún día la crisis general pasará, y en cambio nadie cree que se vuelva a facturar como una década atrás, cuando los periódicos ofrecían páginas y páginas de anuncios inmobiliarios y clasificados. Y luego hay una tercera crisis, la más aguda: la que cuestiona si en el futuro será posible vivir del periodismo o hacer negocio con él. Es una angustia que recorre medio mundo, pero eso no sirve de consuelo. Han cambiado las reglas de juego, el tablero, las piezas y el tapete. Estamos instalados en una paradoja muy curiosa: nos hallamos en la era de la información, pero los medios viven una de sus eras más críticas. Los lectores han migrado en masa a los soportes digitales, pero el negocio de la prensa todavía pasa fundamentalmente por la venta de ejemplares físicos y la publicidad insertada en las ediciones en papel. Es más, nadie sabe a ciencia cierta cómo sacar tajada de las webs: se suda sangre para vender contenidos y los anuncios en la red se venden a precios de derribo.

Grup de periodistes preparant-se per a una roda de premsa a la seu barcelonina d’un partit polític, el gener del 2008.

© Pere Virgili
Grupo de periodistas preparándose para una rueda de prensa en la sede barcelonesa de un partido político, en enero de 2008.

–¿Y por qué cuesta tanto vender periódicos digitales?

–Porque la red ha abaratado el valor de la información. Los periódicos participaron alegremente en el proceso una década atrás, regalando en internet los mismos artículos por los que intentaban cobrar en papel. Se alimentaba así la noción de que se pagaba por el papel, no por la información. Letal. Además, hay tanta oferta informativa en internet, y tan inmediata, que cuesta crear contenidos vendibles. Ya sea porque otros –un medio, un blog, una web institucional– están ofreciendo algo similar gratis o porque, en el momento en que se publica una exclusiva, docenas de webs la repiten en pocos minutos, no siempre citando la fuente original. Publicar un tema te puede llegar a costar tres días, pero al cabo de cinco minutos ya ha perdido valor porque está en todas partes. Por no decir que, cada vez más, las noticias no se consumen dentro de los periódicos, sino que son compartidas entre los usuarios de las redes sociales, lo que hace más difícil que un medio haga valer su marca. “Lo he leído en el Facebook”, imagínese. Al final hacen negocio las redes sociales, los buscadores, los proveedores de internet, los fabricantes de móviles y tabletas digitales… Todo el mundo menos quien produce los contenidos.

–¿Cuántos periódicos se venden en Barcelona?

–Más de 250.000 cada día, sin contar los deportivos ni los económicos.

–Creo que no hay que precipitarse en dar por muerta la prensa en papel. Ciertamente, quedará como canal minoritario, pero su vigencia como soporte publicitario sigue siendo muy fuerte. Si la he entendido bien, son los medios los que están en crisis, más que el periodismo. Se le presenta el reto de una transición, y eso siempre es traumático. Por otro lado, ¿tiene sentido que en el país del que ejerce de capital haya una docena larga de facultades donde se imparten estudios de comunicación? ¿No han montado entre todos unas gigantescas fábricas de futuros frustrados? Los medios tradicionales han pecado de inmovilistas, por lo que me cuenta. Quizás solo una pequeña fracción sabrá reconvertirse. Esté atenta a las nuevas iniciativas. Ahora es el momento de tener ideas y de arriesgarse. Seguro que seguirán haciendo falta periodistas porque, al final, toda esta información que circula por la red hay que ordenarla. Probablemente tendremos menos medios globales y más cabeceras especializadas. La manera de obtener dinero también se diversificará: hay que buscar formas adaptadas a cada usuario y explorar nuevas vías de negocio. Tal vez tenga un superávit de periodistas, pero un déficit de empresarios o emprendedores.

–De hecho, otro de mis dramas es que junto a mí siempre tengo a la sociedad civil. Pero mi empresariado rara vez ha apostado por la cultura catalana, o por los medios con óptica centrada en Cataluña. Y los pocos que lo han hecho ha sido más por compromiso nacional que por apuesta empresarial. Es lo del huevo y la gallina. Los medios en catalán no suelen ser grandes negocios y, por lo tanto, el empresariado no apuesta por ellos. Y el hecho de que no inviertan conduce a que buena parte del sistema se cobije todavía bajo el paraguas del voluntarismo. En fin, lo dejo aquí, porque ya me ha recordado que cobra por hora y no voy precisamente sobrada de pasta.

Àlex Gutiérrez

Presidente de ESCACC (Fundació Espai Català de Cultura i Comunicació)

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