Barcelona o el miedo al fracaso

Il·lustració d'un ull, sobrevolat per un avió, de Stéphane Carteron.

© Stéphane Carteron

PSICÓLOGO: ¡Hacía tiempo que no venías!

BARCELONA: Es que he pasado una época buenísima, en la que todo me salía bien. Allí donde iba era la reina del baile. Era como esos pintores abstractos a los que nadie entiende, pero a los que todo el mundo elogia y cuya obra colocan con una facilidad admirable –a un precio aún más admirable, a veces incomprensible. Creo que ninguna ciudad del mundo ha estado tan mimada como yo en estos últimos veinte años. Daba igual lo que hiciera, todo el mundo me reía las gracias. Supongo que he encarnado mejor que nadie las ilusiones que despertó la caída del muro de Berlín. ¿Recuerdas el Amigos para siempre, aquella canción que cantaban Josep Carreras y Sara Brightman y después también Los Manolos, un grupo que parecía de Córdoba pero que era del Poble-sec? Pues bien, la canción no fue solo el himno oficioso de mis olimpiadas, ha sido el himno de una época. Sí, sí, ya sé que el ataque a las Torres Gemelas se produjo en el 2001, pero no son los acontecimientos los que determinan el final de una época, sino las esperanzas y los miedos.

PSICÓLOGO: ¿Has visto la última edición del Global City Index? En el 2008 no aparecías, en el 2010 estabas en el lugar 26. Ahora estás en la posición 24 de la lista, por delante de Roma, de Ámsterdam y de otras capitales de estado. Y mientras tú vas subiendo, Madrid baja del 17 al 18. Creía que estarías contenta.

BARCELONA: Una parte de mí lo está, pero la otra está preocupada. Ahora que el mito del final de la historia ya no se lo cree ni Francis Fukuyama, me da miedo que la historia me vuelva a hundir. Estoy harta de ser una ciudad de primaveras. Desde el siglo XV estoy navegando contra el viento. A veces parece que el viento me hincha las velas, pero de repente me encuentro en medio de una tempestad y no reaparezco hasta años después, con los restos del naufragio, cuando todo el mundo ya me da por acabada. Recuerdo la primavera modernista, y enseguida el terrorismo y la dictadura de Primo de Rivera. Recuerdo la primavera republicana y el largo invierno franquista. Recuerdo el saqueo de Roma y la lección que dimos a los turcos en la batalla de Lepanto, pero también tengo en cuenta dónde instaló Felipe II la capital de España. Recuerdo la Guerra de los Segadores y cómo Madrid me impidió que diera el paso de la economía mercantil a la capitalista a la vez que Ámsterdam o Londres. Eso por no hablar de la derrota de 1714, cuando lo tenía todo a favor para convertirme en un foco de la Ilustración. O de Napoleón, que me dividió el país cuando apenas empezaba a recuperarme de la ocupación borbónica. Incluso recuerdo las pestes del siglo XIV, que me dejaron sin masa humana para consolidar un estado moderno, en el mejor momento de mi historia, de mi máxima expansión.

Representació de les Corts Catalanes reunides a Montblanc el 18 de juny de 1333 sota la presidència del rei Alfons III, en una làmina del llibre dels Usatges de Barcelona, una recopilació de drets anterior en cent anys a la Carta Magna d’Anglaterra.

© Prisma
Representación de las Cortes catalanas reunidas en Montblanc el 18 de junio de 1333 bajo la presidencia del rey Alfonso III, en una lámina del llibre dels Usatges de Barcelona, una recopilación de derechos cien años anterior a la Carta Magna de Inglaterra.

Conozco la historia y no me hace ninguna gracia ver que ha reanudado la marcha, porque siempre me la pega cuando las cosas me van bien. Seguro que mis amigas están frotándose las manos. París hace ochocientos años que me mira con recelo. Londres siempre ha traficado con mis debilidades. A Roma le da rabia que me tome la fe cristiana tan seriamente y Madrid, si pudiese, secaría el Mediterráneo. Estos últimos treinta años me han dejado hacer porque no tenían más remedio. ¿Recuerdas cuando Bill Clinton dijo que el mundo sería catalán o talibán? El mundo se me asemejaba y no podían maltratarme. Hemos vivido una época tremendamente liberal e individualista, pero, sobre todo, una época en que las grandes ciudades de Europa estaban escarmentadas por la historia. Mi éxito ha tenido más que ver con el contexto internacional que con mi fuerza objetiva. Mis amigas estaban tan jorobadas como yo, pero ellas al menos son capitales de estado. Yo soy una reina viuda; tengo carácter y encanto, pero no tengo poder. Estoy segura de que todas han pensado: “¡Habráse visto, tener que compartir el prestigio con una ciudad sin estado, sin ejército, que ni siquiera tiene una lengua propia de alcance internacional!” El mundo admira mi arquitectura, mis pintores, mi cocina, el Barça, pero casi nunca se acuerda de que el secreto de mi magia es Cataluña. Quizás es mejor así, porque cuando Cataluña me da demasiada personalidad todos corren a destruirla. Si aún estoy aquí es por la fuerza que me ha dado el recuerdo de mis libertades perdidas y porque me he mantenido ilegible a los ojos de la mayoría de los extranjeros. Los forasteros no relacionan mi gracia con mi historia y mis ambiciones. Ni siquiera mis ciudadanos son conscientes, en la mayoría de los casos, de que tengo una idea de civilización, como la pueda tener cualquier otra gran capital del mundo.

Por una parte se me trata como a una ciudad de segundo orden, pero por otra, doy miedo, porque yo, Barcelona, soy la heredera legítima de la antigua Roma. Entronco con la república romana, donde el jefe de estado era un primus inter pares. En mi casa los reyes han gobernado siempre por contrato. ¿Qué ciudad ha impuesto a sus reyes un juramento como este: “Nosotros, que somos tan buenos como vos, juramos a vuestra merced, que no sois mejor que nosotros, aceptaros como rey y señor soberano, siempre que respetéis nuestras libertades y leyes. Y si no, no”?

La historia no me ha dejado imponer mis ideales, pero eso no impide que atraviesen toda mi historia. Mis patrones son una mujer (santa Eulàlia) y un negro (san Cugat). Ramon Llull, que era hijo de una eminente familia barcelonesa, intentó conciliar a cristianos y musulmanes. La palabra “feudal” aquí siempre significó respeto por el pueblo bajo. Yo me inventé el feudalismo bien entendido. Cataluña fue el primer territorio europeo con una declaración escrita de derechos. Los Usatges, de 1076, se adelantaron cien años a la Carta Magna de Inglaterra. En París las masas creyeron necesario abolir el feudalismo porque los franceses eran unos bestias, pero los catalanes, hasta la derrota de 1714, fueron el pueblo más libre de Europa.

No he sido nunca la ciudad más importante del mundo, ni he pretendido serlo. Cuando conquisté a los mallorquines les di un reino; cuando conquisté a los valencianos, también. Siempre me han parecido estúpidas esas ciudades que actúan como si en el mundo solo existieran ellas. La política necesita al otro para no caer en abusos. Con una ciudad o un país puedes comerciar o declararle la guerra, pero no quitarle lo que Dios le ha dado. Los discursos de ahora sobre las redes urbanas no me dicen nada de nuevo. Mis juristas del siglo XV ya afirmaban que Cataluña era un sistema de diez ciudades. Siempre me ha gustado formar parte de una entidad superior. Pero cuando va contra mis intereses lucho por desligarme de ella, igual que una persona se desvincularía de un club o de un partido que no la representase.

PSICÓLOGO: Vamos a ver: has nacido con una combinación de virtudes y de carencias muy humana, por eso la gente te quiere tanto. Naciste de cara al Mediterráneo, que es el mar más tratable de la Tierra. Tienes un clima y un entorno espléndidos. En este sentido, haces justicia a la frase de Voltaire “Cataluña no necesita a sus vecinos, pero sus vecinos sí que necesitan a Cataluña”. Eres un punto de confluencia ideal para todas las ciudades catalanas, pero desde un punto de vista ibérico o europeo tu situación geopolítica es secundaria. Génova, Valencia, Venecia, Constantinopla son puertos mediterráneos mejor situados. Tarragona permite una penetración más fácil al interior de la Península. Madrid, Roma, París y Londres están mejor situadas que tú para ser capitales de un gran Estado. Tú tienes la virtud de encontrarte en un lugar inmejorable para recoger las sinergias del territorio catalán, que es un territorio pobre en recursos naturales pero de clima agradable y, sobre todo, fácil de defender. La geopolítica ha mediatizado tu historia, y a la vez que te ha protegido y te ha mimado y te ha permitido hacerte una idea dulce de la vida, te ha impedido concretar tus grandes ideales y eso te ha ido metiendo la duda en el cuerpo.

Cuando los ejércitos masivos pasaron a determinar las guerras, perdiste tu imperio, porque tienes más ingenio que fuerza. Pero has sobrevivido y el euro te da la oportunidad de convertirte en la capital de una gran eurorregión. Si logras conectar la península con el eje urbano que va de Londres a Milán tendrás un papel en el mundo; solo hace falta que mejores tu actitud. Debes perder el miedo a fracasar, debes sacarte de encima el temor que te han dejado las derrotas del pasado. A veces has sido demasiado idealista, pero otras has caído en la trampa de tu propio pragmatismo. Desde Felipe V la política del Estado se ha basado en el convencimiento de que tus elites se podían comprar. Y no era exactamente así. A Prim le compraron con una faja de general y después, cuando ya no pudieron comprarle más, le liquidaron. A la burguesía catalana la compraron con títulos nobiliarios y, cuando el país fue demasiado lejos, montaron una guerra civil. Para conservar el poder has cedido cuando no podías ganar. Para no quedarte fuera del círculo de las grandes ciudades, has soportado todas las vejaciones. Pero ahora que tienes el éxito muy cerca, no deberías permitir que estas vejaciones se convirtieran en tus fantasmas en lugar de las razones de peso que te hagan salir adelante.

Enric Vila

Escritor. Profesor de la Facultad de Comunicación Blanquerna

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