Distraída y muy secreta

No sé si es por la edad o por los quebraderos de cabeza, que tengo cierta tendencia a dejar desperdigados trocitos de mí misma; como si temiera perderme, o no confiase en quien me gobierna. Nostálgica de la infancia, me he visto obligada a dejar un rastro de migas de pan. Para verme de verdad hay que levantar la mirada, buscarme detrás de un banco de piedra o atisbarme en un agujero. Soy torpe en los detalles, desconfiada y reservada. Y escondo mis tesoros con la avaricia de quien siempre peligra. No por casualidad los objetos encontrados más habitualmente por los arqueólogos que me hurgan son las balas de cañón, de todos los tamaños y las épocas. Con tanto estallido y tanta bomba tengo problemas de memoria. Demasiado a menudo me he dejado deslumbrar por los grandes proyectos. No he planificado mucho, he crecido a golpe de acontecimiento y deprisa y corriendo; me gusta cambiar de sopetón la decoración de casa. Si me paro me deprimo, me da un spleen de tortel de los domingos; ese gusto por la indiferencia tan catalán que aquí llamamos seny.

De pequeña era tan poca cosa que a duras penas fui conocida por unas murallas, ocultas durante siglos entre paredes medianeras. Yo vendía el agua que necesitaban las naves que viajaban de Empúries a Tarraco. Ahora exhibo un trozo de acueducto falso ante la catedral, para deleite de los turistas. Después salté los muros y me salieron un montón de villas nuevas, como un sarpullido adolescente: la del Pi, la del Mar y la de Sant Pere, por donde he dejado esparcidas fachadas góticas y marcas de cantero. Aún conservo la puerta del huerto de los templarios, y el hueco de una mezuzá judía en un portal del Call.

Il·lustració de Stéphane Carteron

© Stéphane Carteron

Aprovechando la abundancia del tráfico marítimo, estrené murallas para dar cabida a los nuevos vecinos. Y ya puestos, segura de enriquecerme construyendo casas para los emigrantes que me poblarían, también rodeé los huertos del Raval. Desgraciadamente, llegó la peste negra, y en lugar de crecer me adelgacé un tercio. De aquella pesadilla guardo pocos recuerdos, solo las iglesias más bellas que tengo: la del Pi, la del Mar y la catedral. Aquellas epidemias duraron más de un siglo, y al acabar llegaron los soldados como una plaga de langostas. Los segadores se alzaron, y en muchas esquinas de piedra conservo marcas de los lugares en los que afilaban las bayonetas. Ya me resignaba a mi tamaño, recién acabada la Guerra de Sucesión, cuando me cortaron un pedazo para construir la Ciutadella. Me amputaron medio barrio de la Ribera; aún se me puede ver la cicatriz en una casa partida por la mitad del paseo del Born. Tengo la piel repleta de símbolos masónicos y tatuada con viejos vítores pintados con sangre de toro en los portales de los antiguos doctorados universitarios.

Ante la antigua isla de Maians, a costa de años de echar escombros, al fin me salió una península, que por semejanza bauticé como la Barceloneta. Lugar de marineros y tabernas que aún conserva su antiguo faro. Una vez libre de murallas me expandí por todos lados. Los militares me dieron permiso para poblar los Vinyars, una amplia zona de seguridad para sus cañones; y la llamé Eixample. Entonces di el estirón. Me hice mayor de repente. En poco tiempo ya me había extendido engullendo a todos los municipios del llano. Los pueblos que me rodeaban nunca me lo han perdonado, y siguen conservando cierta independencia en la actitud y en los modos. Si saben buscar entre los pliegues de mi vestido hallarán los casinos de cada lugar, aún con olor a pueblo.

Fotografia del moll de pescadors de la Barceloneta, presa entre 1880 i 1889.

© Josep Esplugues / AFB
Junto a estas líneas, el muelle de pescadores de la Barceloneta en una imagen tomada entre 1880 y 1889.

Más tarde parcelé las huertas de Sant Bertran y apareció el Poble-sec, la avenida del Paral·lel y la Exposición del 29. ¡Hay que ver lo que salió de un campo de habas! Mi nostalgia juguetona hizo que el primer barrio de barracas me saliese en Montjuïc y se rodease de gallineros y tomateras. Otra guerra civil me hizo varias placitas y avenidas, y los urbanistas de la aviación italiana me dejaron una hilera sin casas en el Arc de Sant Agustí, de recuerdo. Hasta muchos años después no se encontraría por casualidad la plaza del Milicià Desconegut [miliciano desconocido], rotulada con alquitrán en la plaza de Sant Josep Oriol; o la última sirena de la defensa aérea, colgada en la azotea de Can Jorba. Por mucho que quisiera castigarme dejándome sin obra nueva en el centro, el dictador contribuyó a preservar de la especulación mis rincones antiguos y pude salvar mucho. Durante aquella posguerra tan larga acogí a casi un millón de nuevos vecinos, pese a no estar preparada. El Somorrostro, el Pekín, el Carmel o la Perona, lugares de mi geografía que se borraron a toda prisa para no avergonzar al régimen a ojos del mundo. Improvisando de mala manera, prevaleció como siempre el derecho a la ganancia; y me salieron montones de bloques de hormigón, sin ningún servicio básico. La política de verdad la llevaban a cabo las asociaciones de vecinos, mientras los otros catalanes se amontonaban en la Zona Franca. Y la Guineueta, Canyelles o Verdum iban emparentando con los municipios adyacentes, también repletos de emigrantes meridionales. Así me convertí en el centro de un área metropolitana de 4,5 millones de personas.

Las últimas tierras conquistadas en mi municipio me han hecho llegar al mar, en la Vila Olímpica. Otras me han tapado agujeros, como el Fórum, que oculta lo que fue el temido Camp de la Bota. Y las hay que se han planteado como un distrito tecnológico, así el 22@.

Temporal a la barriada de Pekín, febrer 1919.

© Alexandre Merletti / AFB
Abajo, la barriada de Pekín, situada entre el Poblenou y Sant Adrià, afectada por un temporal en febrero de 1919.

A trompicones sigo en crecimiento; capeando con cierta indolencia la tentación de perder mi personalidad para convertirme en un lugar neutro e internacional. Siento la melancolía de quien espera un nuevo acontecimiento que me dé la excusa para ponerlo todo patas arriba. Mientras tanto mis barrios populares se alejan, y el centro se convierte en un escaparate monumental.

Siempre he sabido que las ciudades somos algo más que urbanismo y estadística. Estamos hechas de retazos de tiempos pretéritos, y dejamos un rastro de pequeños detalles que a veces no sabemos cómo explicar a nuestros hijos. Yo puedo enorgullecerme de tener una historia larga y densa. He sido capaz de conservar un montón de espacios en que leer las pasiones y los anhelos que han marcado mi vida. En otros lugares del mundo mis paredes estarían llenas de placas azules de metal recordando una casa natal o un detalle curioso. En cambio, a mí siempre me ha dado pereza recordar según qué cosas. Y muy a menudo lo he acabado haciendo obligada por la presión vecinal. Hay partes enteras de mi biografía que aún me duele mostrar, pero a otras les presto una atención excesiva. Me costó abrir los refugios de la Guerra Civil, y no dejo de darle vueltas a qué hago con los antiguos teatros del Paral·lel. Apenas hablo del pasado libertario, igual que nunca me gustó reconocer que fui un puerto norteamericano. Parece que me acabe de enterar de que hubo barrios de barracas, y veremos qué acabo haciendo con el castillo de Montjuïc. Gracias a Dios, soy de natural distraída y me voy dejando cosas por el camino.

Pese a que me esfuerzo aún me explico poco a los jóvenes. Gran parte de lo que soy está al margen de los circuitos turísticos. Es importante dar a conocer mis archivos documentales y fotográficos, muchos de ellos digitalizados en la red. Entre las carencias echo de menos en internet al Diari de Barcelona, decano de la prensa continental. Hay que potenciar los grupos de investigación local y difundir sus trabajos. Ser distraída me ha hecho secreta, pero no porque pretenda que solo los iniciados lean los mensajes de mis paredes.

Barcelona ha tenido tanto éxito vendiendo su imagen al mundo, que ha hecho de ello su principal fuente de ingresos. La presión del turismo en Ciutat Vella ha expulsado a muchos barceloneses hacia una serie de metástasis del centro como lo han sido Gràcia, el Born, el Poblenou y ahora el Poble-sec. Es perceptible una reactivación de la vida de barrio, con todo lo que tiene también de elemento nostálgico.

Imatge de passejants a Montjuïc entre 1910 i 1920.

© AFB
A pie de página, paseantes en la montaña de Montjuïc entre 1910 y 1920, antes de la gran reforma de la Exposición Internacional.

En los últimos años ha faltado una atención más exigente a la conservación de establecimientos públicos, tiendas y comercios centenarios de Ciutat Vella, que en muchos casos se han visto obligados a afrontar costosas adaptaciones o a cerrar. Al mismo tiempo, elementos privados tan vistosos como decoraciones de fachadas, relojes públicos o farolas ornamentales han desaparecido del paisaje tras una restauración del edificio que los acogía. La ciudad está llena de rótulos de viejos negocios esperando ser catalogados. Lo mismo puede decirse de la aparición de inscripciones de la Guerra Civil, o tapas de alcantarilla que aún conservan los escudos de los antiguos municipios independientes.

En una ciudad como esta la historia está por todas partes. Y en la labor de conservarla y darla a conocer deben estar implicados tanto los organismos públicos como los historiadores aficionados. El caso más evidente sería el de Valerie Powles (1950-2011), la vecina de Poble-sec que luchó por la supervivencia del refugio 307 o de El Molino. Igual que se hizo en tiempos de los primeros ayuntamientos democráticos con los centros cívicos, hoy se podría alejar el peligro de la despersonalización apostando por la historia local. Potenciando una percepción que entienda el pasado como una posibilidad de ocio, como un rasgo de identidad y como un valor añadido para vivir en un cierto lugar de la ciudad.

Xavier Theros

Poeta y antropólogo. Cronista de la ciudad en el diario El País

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