Hacia un cambio de paradigma: la ciudad cuidadora

Repensar la ciudad desde una perspectiva feminista es dejar de crear espacios con una lógica productivista, social y políticamente restrictiva, y empezar a pensar en entornos que prioricen a las personas que los van a utilizar.

Foto: Arianna Giménez

El espacio familiar Cadí del barrio del Raval.
Foto: Arianna Giménez

Los entornos urbanos son el escenario en el que desarrollamos nuestras vidas cotidianas, en una estructura urbana que está definida sobre la base de los valores de una sociedad capitalista y patriarcal y en la que ambos sistemas se retroalimentan. Como consecuencia de la dominación patriarcal y de su influencia en la producción del espacio, determinadas actividades son consideradas socialmente más importantes. Esto se materializa en una configuración urbana que jerarquiza actividades y usos, haciendo prevalecer unos frente a otros dedicándoles más espacio, mejores localizaciones y conectividad. Simultáneamente, las políticas neoliberales y los recortes provocan grandes desequilibrios sociales que se concretan territorialmente en fenómenos como la mercantilización del espacio público, la especulación, la gentrificación y/o la turistificación.

En esta ciudad social y económicamente injusta las características sociales como el género, la clase social, el ser una persona racializada, la identidad sexual, la diversidad funcional o la edad, entre otros aspectos, determinan los privilegios y las opresiones que experimentamos en nuestro día a día en el espacio urbano.

La ciudad que tenemos es la materialización territorial de un modelo social y económicamente injusto, por lo que para acabar con las desigualdades sociales y económicas es imprescindible un cambio estructural de paradigma. Amaia Pérez Orozco señala que el feminismo reclama poner la sostenibilidad de la vida en el centro para poder alcanzar un vida digna de ser vivida y generar un bienestar encarnado y cotidiano tras todo el engranaje de trabajos remunerados y no remunerados, de políticas y procesos mercantiles y no mercantiles que van desde lo macro hasta lo micro, atravesando el nivel meso

El urbanismo feminista reivindica la importancia social de los cuidados sin que esto signifique encasillar a las mujeres en el rol de cuidadoras, sino asumiendo que todas las personas somos dependientes unas de otras y del entorno y que, por lo tanto, los cuidados deben ser una responsabilidad colectiva. Repensar la ciudad desde una perspectiva feminista es dejar de generar espacios desde una lógica productivista, social y políticamente restrictiva, y empezar a pensar en entornos que prioricen a las personas que los van a utilizar. Para ello se propone un cambio radical de prioridades a la hora de concebir los espacios y los tiempos en la ciudad.

Las personas en el centro

Este nuevo modelo urbano ubica a las personas en el centro de las decisiones, teniendo en cuenta la diversidad de experiencias y rompiendo con la estandarización de sujetos, cuerpos, vivencias y deseos. Busca, además, que los espacios estén adaptados a las diferentes necesidades de las personas y no que las personas se adapten a las condiciones del espacio. Este nuevo paradigma urbano se concreta en el modelo de la ciudad cuidadora, pensando ciudades que nos cuiden, que cuiden nuestro entorno, nos dejen cuidarnos y nos permitan cuidar a otras personas.

En una ciudad que te cuida los espacios públicos trasmiten una percepción de seguridad, porque están bien señalizados e iluminados; hay gente alrededor que pueda ayudarte; son visibles, vitales y promueven el apoyo mutuo, por lo que cualquier persona puede caminar tranquila por la calle a cualquier hora del día sin temor a que la acosen o la agredan.

En este modelo urbano no existe un dominio de los vehículos motorizados que producen altos índices de contaminación, accidentes e inseguridad vial especialmente para las personas mayores y los niños y las niñas. La ciudad que te cuida prioriza una red de transporte público accesible, física y económicamente, que conecta con una amplia red peatonal y con diferentes espacios (productivos, reproductivos, espacios de ocio, deporte…) en una variedad de franjas horarias, con espacios de espera seguros y sin obligar a invertir una parte considerable de la jornada en desplazamientos.

Una ciudad que cuida no expulsa a las vecinas de sus barrios por contratos de alquiler abusivos, por la especulación y por regulaciones que solo velan por la propiedad, sino que permite acceder a una vivienda digna en condiciones económicas justas y promueve diferentes modelos de habitar más allá de la convivencia de la familia nuclear heteropatriarcal.

Un paradigma urbano que tiene en cuenta la diversidad y los cuidados asume que las personas somos funcionalmente diversas, que a veces estamos enfermas, tenemos dolores crónicos y que pasamos por diferentes etapas en el ciclo vital que hacen que no encajemos con unos ritmos y niveles de productividad impuestos y que generan frustraciones, miedos y merman nuestra autonomía a la hora de disfrutar de la ciudad.

La ciudad que cuida nuestro entorno no consume recursos territoriales, energéticos y ambientales sin límite. Intenta minimizar los residuos que produce y promueve acciones para limpiar el aire que nos contamina y el agua. Impulsa estrategias para el aprovechamiento de los recursos existentes, por ejemplo utilizando equipamientos y espacios infrautilizados y priorizando la rehabilitación de edificios y espacios frente a la práctica de la tabula rasa, tan frecuente en urbanismo. Fomenta la distribución equitativa de servicios, equipamientos y comercios de proximidad en los diferentes barrios, lo que da lugar a recorridos funcionales y minimiza el uso del vehículo privado. La ciudad que se preocupa por el entorno construye corredores verdes y desarrolla estrategias para recuperar la flora y la fauna autóctonas.

Foto: Arianna Giménez

Parque infantil en la plaza del Poeta Boscà, en la Barceloneta.
Foto: Arianna Giménez

Una ciudad que permite a las personas cuidarse proporciona espacios equipados para el ocio y la diversidad de prácticas deportivas, y favorece las relaciones interpersonales en espacios públicos exteriores o a salvo de las inclemencias meteorológicas, donde estar, sentarse, charlar y relacionarse, todo ello sin necesidad de mediación de ninguna actividad comercial. Esta ciudad también ofrece espacios para la participación política libres de la instrumentalización de los entes políticos.

Una ciudad cuidadora también te permite cuidar porque te proporciona el soporte físico necesario para el desarrollo de las tareas correspondientes, como hacer la compra, llevar a niños y niñas al colegio, acompañar a personas enfermas al centro de salud… Este soporte físico se concreta en espacios públicos con juegos infantiles para diferentes edades, con fuentes, baños públicos, vegetación, sombra, bancos y mesas y otros elementos, así como con equipamientos y servicios próximos que facilitan las actividades. La ciudad cuidadora favorece la autonomía de las personas dependientes y, además, permite conciliar las diferentes esferas de la vida cotidiana.

Barcelona se encuentra en un momento crucial en que las políticas urbanas decantarán el modelo de ciudad que se está configurando. Como señala Clara Greed, la planificación urbanística puede ser cualquier cosa que queramos, no es algo que esté prefijado, no es un don de Dios, sino una creación de realidades para mujeres y hombres. Es el momento de cambiar las realidades, construyendo una sociedad más justa erigida sobre los pilares de una ciudad cuidadora que cambie radicalmente los principios en que se ha basado nuestro modelo urbano.

Blanca Valdivia

Socióloga. Col·lectiu Punt 6

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