Al abordaje de la biomedicina

Barcelona se ha situado en un puesto destacado como polo de atracción científica. En pocos años la biomedicina ha consolidado la ciudad y su área de influencia como uno de los destinos profesionales más interesantes del mundo.

© Òscar Julve

“Jugamos la Champions”. Si en alguna ocasión se le pregunta a un científico o a un gestor cualificado cuál es el estado del arte de la biomedicina en Barcelona y, por extensión, en Cataluña, muy probablemente esta será la respuesta que nos dará. Las posibilidades de ganarla, añadirá, son pequeñas, pero no hay duda de que la ciudad ha inscrito su nombre entre las grandes de Europa. “En Barcelona pasan cosas”, dirá más de uno. Y es cierto. Pero no siempre ha sido así ni ha resultado fácil llegar a este punto.

Ganar la Champions no es nada que tenga que ver con la suerte o con la casualidad. Significa averiguar cómo un gen mutado causa una enfermedad grave, ver cuáles son los factores que provocan esta mutación, encontrar una molécula que bloquee la acción del gen defectuoso y transformarla en un medicamento eficaz. En Barcelona –en esto coincide todo el mundo– empiezan a pasar cosas como las que hemos mencionado, pero todavía no se cierra el círculo como ocurre en los entornos de Cambridge, Oxford, Boston o Stanford, por citar algunos. En esos lugares se reúnen en un mismo polo los grandes institutos de ciencia básica, hospitales con departamentos de investigación potentes y empresas con áreas de innovación poderosas. Barcelona no es todavía uno de ellos, pero se les comienza a parecer.

© Albert Armengol
Joan J. Guinovart, director del Instituto de Investigación Biomédica;

Una apuesta decidida que se hizo en el cambio de siglo está culminando, quince años después, en el surgimiento de un escenario radicalmente diferente. De no contar apenas nada en lo que se conoce como “gran ciencia”, Barcelona ha pasado a disponer de al menos media docena de institutos y grandes instalaciones que ya sobresalen entre los mejores de Europa. Si a ello añadimos la transformación de los hospitales de referencia en centros donde, además de ofrecer asistencia, se investiga, tenemos buena parte del tejido completo. Solo falta la empresa, todavía pequeña y con poco peso en el concierto internacional. No obstante, las distancias con las grandes capitales científicas se acortan.

La llegada de los pioneros

Fotis Kafatos, primer secretario general del Consejo Europeo de Investigación (ERC), la gran institución de la investigación de excelencia europea, suele decir que el talento es “el recurso mejor distribuido del planeta”. Sin embargo, hay que dotarlo de condiciones para obtener los frutos deseados. Eso es lo que ha sucedido en Barcelona en los últimos años, de modo que en cada convocatoria los centros catalanes reciben más fondos provenientes de las autoridades europeas y se dispone de más elementos para competir con garantías. Investigadores jóvenes de todo el mundo, y también no tan jóvenes, optan por la capital catalana con la misma naturalidad con que lo podrían hacer por Viena, París o Múnich, o incluso por muchas universidades norteamericanas.

Obviamente no siempre ha sido así. Si ahora se puede decir que en algunas áreas de la biomedicina el éxito está muy próximo, hace apenas treinta años nadie, y menos en Barcelona, se habría atrevido a imaginarlo. En aquella época, la ciencia catalana, como sistema, era irrelevante; lo importante ocurría en Madrid. El peso de bioquímicos de prestigio como el premio Nobel Severo Ochoa, junto a un pequeño grupo de investigadores pioneros, como Federico Mayor Zaragoza, Margarita Salas, Eladio Viñuela o Santiago Grisolía, extendía su influencia sobre las primeras generaciones de científicos que viajaban al extranjero a completar su formación. Era la época en que imperaba la exigencia de realizar estancias posdoctorales en centros de prestigio si se quería ser profesor titular y miembro de los departamentos universitarios de bioquímica, la principal disciplina que alimenta a la biomedicina.

En aquellos tiempos, en los años ochenta del siglo pasado, los hospitales, uno de los pilares de todo sistema científico moderno, eran sobre todo asistenciales y quirúrgicos y no se investigaba en ellos. Únicamente el Puerta de Hierro de Madrid tenía un departamento de investigación. En ciencia dominaba un sistema universitario aún muy endogámico y rígido y solo el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), con delegación en Barcelona, realizaba una mínima aportación al conocimiento general.

Joan J. Guinovart, actual director del Instituto de Investigación Biomédica (IRB Barcelona) y catedrático de la Universidad de Barcelona, recuerda aquella época como “de una gran mediocridad”, especialmente en Cataluña, donde la ciencia tardó muchos años en formar parte de la lista de prioridades. “Los departamentos de bioquímica de las universidades sobresalíamos por la exigencia de completar nuestra formación en el extranjero –explica Guinovart–. Contactábamos con científicos contrastados y aprendíamos también su modo de hacer, y lo aplicábamos cuando volvíamos, aunque con muchos menos recursos”. Esto, por supuesto, si es que volvían. Muchos decidieron no hacerlo, como Joan Oró, Àngel Pellicer o, algo más tarde, Joan Massagué. Todos ellos acabarían influyendo, de una forma u otra, en la eclosión de Barcelona como puerto de ciencia.

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Luis Serrano, responsable del Centro de Regulación Genómica,

Del negro al gris

Lo que sucedía en el área de la bioquímica en los primeros años ochenta del siglo pasado era más bien una exclusiva de Madrid, donde nació el primer gran centro de investigación, el Centro de Biología Molecular (CBM), gracias al peso de Severo Ochoa. Barcelona, con el Instituto de Biología Fundamental, intentó equipararse a la capital española, pero la iniciativa no prosperó. Solo los grandes hospitales, con el Clínic de Barcelona al frente, y bajo la influencia de Joan Rodés, marcarían la diferencia: un 3 % de los sueldos de los médicos se destinaría a investigación, sobre todo clínica.

La formación de los entonces pioneros en bioquímica y el impulso del Hospital Clínic resultaron ser los primeros dos grandes ingredientes del caldo que se estaba preparando. Sin embargo, el gran cambio vino de las Cortes españolas y la primera Ley de la Ciencia, de 1986, impulsada por el ministro José María Maravall. Con la nueva ley llegaron la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) y el plan nacional. Se primaban los proyectos de investigación y su calidad con independencia de su procedencia y se les asignaba una financiación mínima. No obstante, en Cataluña no había ni dinero ni competencias para impulsar ningún tipo de política. Y para muchos de los que vivieron aquella época, tampoco había voluntad política; tan solo un instrumento, la Comisión Interdepartamental de Investigación e Innovación Tecnológica (CIRIT, de las siglas en catalán), con muy poco presupuesto. Solo destacaban los departamentos universitarios y los centros del CSIC en Cataluña. Los personalismos y la falta de recursos hicieron fracasar los intentos de Joan Oró de crear un centro importante en Barcelona.

Tendrían que pasar un buen número de años antes de que cambiaran las cosas. Si en Cataluña la ciencia no era prioritaria, tampoco lo era en España. Los gobiernos de Felipe González y José María Aznar estancaron los presupuestos. Habría que esperar a la llegada del denominado “milagro Mas-Colell”, a finales de siglo, para que la situación cambiara. Gracias a su política de centros de investigación y a la puesta en marcha de nuevos instrumentos, especialmente la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (ICREA) –que facilita la incorporación de investigadores con salarios y condiciones equiparables a los de la mayoría de los grandes centros internacionales–, se perfiló el núcleo de la actual eclosión.

Se formaron, así, el Centro de Regulación Genómica (CRG) –dirigido primero por Miguel Beato y posteriormente por Luis Serrano–, que en muy poco tiempo se hizo un lugar en Europa investigando aspectos concretos de la expresión de los genes, la biología sintética y la biología de sistemas; el Instituto de Investigación Biomédica (IRB Barcelona) –encabezado por Joan J. Guinovart con el apoyo de Joan Massagué–, dedicado a aspectos básicos de la biología molecular con derivaciones biomédicas en áreas tan centrales como la oncología, el alzhéimer o la diabetes; el Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO), centrado en el estudio y las aplicaciones de la luz, con Lluís Torner al frente; el Barcelona Supercomputing Center (BSC), que, de la mano de Mateo Valero, introdujo en el sistema una herramienta esencial para la investigación biomédica, el superordenador Marenostrum; o el sincrotrón ALBA, dirigido por Pere Pascual, primera gran instalación científica catalana y una de las más potentes del sur de Europa.

Junto a estos grandes centros, que hoy compiten en igualdad de condiciones con los abanderados europeos, hay otros de menores dimensiones, pero igualmente necesarios y, en todo caso, complementarios. Disciplinas como la bioingeniería, la nanotecnología, las neurociencias, las enfermedades infecciosas, el análisis genómico, la bioinformática u otras de gran relieve en el ámbito biomédico se hacen un lugar en el entorno barcelonés, ahora configurado como polo de atracción. Los institutos de investigación hospitalarios completan la red: el Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer (IDIBAPS) en el Hospital Clínic, el Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL) y el Vall d’Hebron Institut de Recerca son los exponentes principales.

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Manel Esteller, director del programa de Epigenética y Biología del Cáncer en Bellvitge.

Los mosqueteros de la oncología

Hubo un tiempo en que, al hablar de científicos en España, se hablaba sobre todo de especialistas en cáncer. Mariano Barbacid, Manuel Perucho, Àngel Pellicer y, más tarde, Joan Massagué recibían el sobrenombre de los Cuatro Mosqueteros de la Oncología. Todos habían completado su formación en instituciones norteamericanas y decidieron quedarse en ellas. Con el tiempo, unos de forma directa y otros indirectamente, ejercerían una gran influencia en el entorno catalán hasta convertir a Barcelona, con la llegada de segundas generaciones igualmente poderosas, en uno de los polos mundiales de la investigación y la asistencia oncológicas.

El estudio del cáncer es uno de los grandes motores de la investigación en todo el mundo, gracias en buena parte a la decisión que, en los primeros años setenta,  tomaron los Estados Unidos de intentar erradicar la enfermedad en poco más de un decenio. Nunca se había invertido tanto dinero ni había existido una implicación tan firme de las empresas y la Administración en la lucha contra una enfermedad concreta. Los Estados Unidos atrajeron a jóvenes investigadores de todo el mundo, entre ellos a los Cuatro Mosqueteros y a otros que posteriormente se integrarían en el sistema catalán. El más destacado, aparte de Joan Massagué, que fue durante un tiempo director adjunto del IRB Barcelona, es Josep Baselga, director médico del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York y anteriormente jefe de oncología del Hospital Vall d’Hebron. Su llegada al hospital barcelonés supuso una auténtica revolución por su aproximación a la enfermedad y su interés en desarrollar nuevas moléculas, y mejoró las terapias contra el cáncer. El relevo lo ha tomado Manel Esteller en el Instituto Catalán de Oncología, que ha dado un fuerte impulso a los estudios de epigenética, uno de los campos en expansión.

El impulso de la investigación oncológica y su traslado a la clínica coinciden en el tiempo con la transformación efectiva de los hospitales catalanes en centros de conocimiento, lo que requiere un vínculo implícito con los puntos donde se lleva a cabo ciencia básica, y la aplicación de nuevos enfoques a la investigación clínica en múltiples patologías. Barcelona participa en los grandes avances en cardiología, neurociencias o enfermedades infecciosas, aparte de tener un papel destacadísimo en el trasplante de órganos y una presencia creciente en el estudio de enfermedades minoritarias.

Xavier Pujol Gebelli

Director de SEBBM, revista de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular

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