Planes para la noche barcelonesa

Foto: Dani Codina

El Heliogàbal, de Gràcia, dedicado desde hace unos meses a los recitales de poesía casi en exclusiva.
Foto: Dani Codina

La ciudad crece pasadas las ocho, pero sin planificación y, según muchas voces críticas, a las órdenes del turismo. No se ha pensado para la noche, a diferencia de lo que han hecho otras urbes europeas. Rebosa de músicos y de salas ansiosas de programar conciertos en vivo, pero una política de restricciones aplicada desde hace años ha llevado el sector a la depresión.

El Ayuntamiento aprobó hace unos meses un nuevo marco normativo para permitir a bares, cafeterías y restaurantes programar música amplificada en directo siempre que se atengan a unos requisitos de seguridad y a un control estricto del nivel sonoro. Es el avance de un ambicioso plan para impulsar el circuito de la música en vivo de pequeño formato, a partir del reconocimiento del valor cultural y social de esta oferta de ocio. La música en directo es una manifestación cultural de base con una gran tradición entre nosotros; apostar por ella tiene que ver con el modelo de ciudad.

Cling, cling. Es el ruido metálico de las monedas cuando alguien las toquetea, las cuenta, las reparte. Frec, frec. Hay también billetes de cinco, y algunos, pocos, de diez. Sobre todo hay suelto. El grupo Pol Omedes Special 4tet ha dado un concierto –jazz, estándares y alguna composición propia– y ahora cobra. Principalmente del bote, aunque el local también aporta algo. El aforo no da ni para un jornal “ético”. Lo de ético lo dice Albert Pons, socio de Robadors⁠ ⁠23, donde ha tocado el cuarteto.

Barcelona crece pasadas las ocho, pero, según las voces críticas, sin planificación y a las órdenes del turismo. No se ha pensado para la noche, como sí han hecho otras ciudades europeas. Rebosa de músicos y de espacios anhelantes de programar música en vivo, pero las restricciones inauguradas por el gobierno municipal tripartito de izquierdas, desarrolladas luego durante el mandato de CiU, llevaron la ciudad a la depresión. El actual equipo de gobierno alerta de que la escena “está en peligro” y, para salvarla, ha lanzado un nuevo marco legal que modifica la perspectiva con la que se gestionaba la noche. El cambio es sustancial: bares, restaurantes y cafeterías, que antes no podían programar música en directo amplificada de manera legal y sin que los multaran, ahora sí que lo podrán hacer siempre que no superen un volumen determinado de decibelios, variable según la zona, y que cumplan unos requisitos de seguridad. La medida pretende reforzar el circuito de música en vivo de pequeño formato, una de las expresiones más populares de la cultura urbana barcelonesa.

Barcelona pasó, en un abrir y cerrar de ojos, del frenesí creativo –de perfil hippie y psicodélico– de los años setenta, localizado en espacios como Zeleste, al descontrol y el ruido de finales de los ochenta. La Barcelona preolímpica vivía su noche con absoluto caos: punkies, hippies y rumberos inundaban todos los rincones de la ciudad.

Ese caos de los ochenta y de los noventa es un mito reducido ahora a literatura, pero que, de manera contradictoria, forma parte de la marca: se vende aunque no exista. Sergio Pitol, el escritor mexicano, relata esa Barcelona en directo desde la calle de Escudellers. En 2016, el autor barcelonés Miqui Otero convierte la Barcelona de los noventa en Rayos. Fidel, Justo, Iu y Brais –protagonistas de Rayos– vivieron su hilarante juventud a principios de los noventa; despidieron una ciudad y vieron nacer otra.

Del caos a la marca, y de la marca a la depresión

El gobierno socialista de Pasqual Maragall puso los cimientos de la marca Barcelona. La ciudad se transformó poco a poco, y pasó de ser un piso de estudiantes rebosante de colillas, con música a altas horas y desayunos anárquicos, a una casa anfitriona para doce millones de turistas, que buscan la Barcelona de folleto y se concentran masivamente en el Port Vell y en el Port Olímpic, zonas que en los últimos años se han convertido en focos de peleas y juerga. Pese a las repetidas quejas de los vecinos de la Vila Olímpica, las respuestas no empezaron a llegar hasta el pasado verano, cuando el Ayuntamiento aprobó firmar un protocolo con la Generalitat para asumir la titularidad y la gestión directa del Port Olímpic, medida que se hará efectiva a partir de 2020, cuando venza la concesión actual.

La escena musical barcelonesa se fue convirtiendo así en una realidad deprimida, marcada por un modelo turístico invasor, que menospreciaba y empobrecía las salas pequeñas. Es más, la noche pasó a ser parte integrante de este modelo.

Una nueva normativa cargada de promesas

Foto: Dani Codina

Actuación en el local de Absenta de Ciutat Vella, en la calle de Sant Carles.
Foto: Dani Codina

El actual equipo municipal asumió el gobierno de la ciudad en mayo de 2015 con un programa que incluía la problemática de las salas de música. El Instituto de Cultura de Barcelona (ICUB) se puso a la tarea para desarrollar un Plan de la música, en coordinación con otros departamentos y los distritos. El plan contempla “diferentes líneas de actuación para reconocer el valor cultural y social de la música en vivo, a la vez que se considera su sostenibilidad en el marco de relaciones vecinales que garanticen el derecho al descanso” de los residentes de las áreas próximas a los locales. El paquete de medidas para promover la música en vivo forma parte del Plan de Culturas 2016-2026, que pretende repensar la relación con el sector cultural de la ciudad durante los próximos diez años, y fue la propuesta de cultura más votada en el proceso participativo del Plan de Acción Municipal 2016-2019 (“Decidamos Barcelona”).

Como avanzadilla del plan, el 11 de mayo el ICUB publicó una circular para regular la realización de música amplificada en directo en los establecimientos de hostelería. A la nueva regulación se pueden acoger los locales como Robadors 23 o el bar Absenta, que hasta su aprobación habían ofrecido actuaciones de forma técnicamente ilegal. La norma, de entrada, fue bien recibida por los músicos y los propietarios de bares y restaurantes, que también se podrán beneficiar de su línea de subvenciones: un total de 400.000 ⁠euros destinados a adecuar los locales a las nuevas exigencias de insonorización. Representa una bocanada de aire fresco para un sector que –sin perder aún su escepticismo– ve en ella una oportunidad para reconstruir el escenario del ocio nocturno musical, entendido como un espacio-tiempo con un gran potencial para la integración social ciudadana. Y también se aprecia positivamente la oportunidad que ofrece para cubrir el vacío entre las dos opciones extremas que hasta ahora se presentaba a los músicos en Barcelona: tocar en acústico en un bar o bien con amplificación en una sala de mayores dimensiones.

Robadors 23 como símbolo y resumen

Foto: Dani Codina

Actuación musical en el local de Ciutat Vella Robadors 23, en la calle del mismo nombre.
Foto: Dani Codina

Con los últimos aplausos la gente sale a la puerta de Robadors 23 y, con ellos, los integrantes del Pol Omedes Special 4tet: comentan, fuman y ríen en esta calle del Raval. El final de la actuación coincide con el cierre de las tiendas y con el paso de los cinéfilos que acuden a la última sesión de la Filmoteca de Catalunya, la de las nueve y media de la noche.

Los Pol Omedes Special 4tet son cuatro a repartir el bote: el trompeta, el saxofón, el contrabajo y el batería. La entrada ha costado cinco euros, y había unas treinta personas de público. ¿Cuánto han obtenido, al final? “Me da vergüenza reconocerlo, pero compensamos lo escaso del sueldo con el placer de interpretar una determinada música en compañía de unos músicos específicos. Me está mal decirlo, porque a Robadors 23 le tengo mucho respeto”, declara Martin Leiton, el contrabajista. Es canario y, pese a un contexto laboral precario, ha escogido Barcelona para aposentarse, hacer música y vivir de ella. Antes tocó en Málaga, Cuba, Buenos Aires, Madrid y en su Tenerife natal.

“En un día normal como hoy suele haber unas treinta personas. Podríamos subir los precios, pero entonces solo vendrían extranjeros. Y, evidentemente, si no hacemos conciertos no acude nadie”, se lamenta Albert Pons, uno de los socios propietarios de la sala Robadors 23, cuya historia resume las contradicciones de la noche musical urbana.

Robadors 23 abrió en 2004, cuando la calle no era mucho más que un pasillo de condones usados y jeringuillas de un solo uso desechadas. Ahora se encuentran allí bares cool y, a dos pasos, el hotel Barceló Raval, que ofrece habitaciones de hasta 300 euros la noche. Desde 2004 lo han cerrado en tres ocasiones por “cuestiones urbanísticas y policiales”, y otras tantas ha abierto de nuevo. A principios de 2016 casi se produjo el cuarto cierre, pero la normativa actual “les salvó por los pelos”, según explica Pons, sentado en la misma barra desde la que asiste a la docena de conciertos que el bar programa semanalmente. En un momento empezará otro: esta vez, de flamenco. Robadors 23, que se ha convertido en un local de culto para los músicos en tránsito por la ciudad, es uno de los bares que aparecen en las guías turísticas como emblemáticos de la noche barcelonesa.

El saxofonista abre la cartera y va guardando el dinero. Se llama Lluc Casares y es uno de esos tantos jóvenes barceloneses que la ciudad ha acabado expulsando de hecho. Es así como justifica su marcha a Ámsterdam: “Allí voy viviendo de la música, pero reconozco que somos una generación que no estamos acostumbrados a ganar dinero. Nuestra vida es ir a tocar a estos sitios, disfrutar de ellos y sobrevivir como podamos”.

El destino de Lluc Casares fueron los Países Bajos, hace ya cinco años, pero si le salen “cositas” por aquí coge un vuelo de bajo coste y vuelve a Barcelona. Se graduó en la Escola Superior de Música de Catalunya (ESMUC), y realizó un máster en Ámsterdam y un intercambio en Filadelfia. Su trayectoria musical se resume hasta el momento con esta tríada: becas, “mucha inspiración de otros músicos” y conciertos en salas pequeñas. También toca en salas grandes, pero son la excepción.

Casares cree que Barcelona es en verdad una ciudad inspiradora, pero también que en ella se hace difícil mostrar los frutos de esta inspiración: hay muchos músicos en competencia entre ellos y se presentan pocas oportunidades para tocar en directo en las condiciones adecuadas.

Cambio de modelo

Las condiciones en que las salas ofrecen música en directo fue tema de debate intenso en los días que precedieron a las últimas elecciones municipales, y ahora ya se ha introducido de lleno en la esfera de las decisiones políticas: la cuestión no solo tiene que ver con las multas o con un enfrentamiento entre vecinos y locales, sino que afecta al modelo de ocio y al modelo de ciudad en sí. Apostar por la música en directo es uno de los modos de apoyar las manifestaciones culturales de base, y aquí es donde entran en escena las salas pequeñas y las bandas locales.

Carmen Zapata es uno de los nombres que suenan en esa noche, que aún está definiendo su rumbo, que es la barcelonesa. Es gerente de la Asociación de Salas de Concierto de Cataluña (ASACC) y fundadora de la Asociación de Mujeres de la Industria de la Música. La entrevistan en Scannerfm, la primera radio que sonó exclusivamente por internet en Barcelona. Zapata comparte sofá con Miquel Cabal, director adjunto del Heliogàbal, la sala de Gràcia que tuvo que bajar la persiana antes del pasado verano, asediada por las inspecciones de la policía y víctima de constantes multas. Había sobrevivido durante veinte años con una licencia que no se adecuaba a su actividad como sala de música en directo.

“Seguimos viviendo en una precariedad alarmante que no tiene visos de solucionarse ni con facilidad ni deprisa –responde Zapata a una pregunta del entrevistador de Scannerfm–. Aunque hay voluntades que ayudan: con voluntad política es mucho más fácil cambiar las cosas. Pero quien debe demostrar voluntad política y sensibilidad cultural a un tiempo es el Departamento de Interior de la Generalitat, que es quien regula los espectáculos y la actividad de las salas de conciertos. Y ahí con la policía hemos topado”.

Una treintena de salas forman parte de la ASACC. Carmen Zapata nos explica que la entidad, creada en 2001, sigue reivindicando que los conflictos con las salas se gestionen desde una perspectiva cultural y que la responsabilidad de resolver los problemas de la calle no recaiga en los propietarios. “Si alguien grita en la calle, el propietario no debería ser el responsable. Las salas ya se encargan de bunquerizarse”, afirma.

El músico, investigador y productor cultural Daniel Granados, director de programación del encuentro Cultura Viva, de la plataforma de investigación cultural ZZZINC y de Producciones Doradas, asesora al ICUB en materia de políticas musicales. Lleva años empeñado en la idea de que una ciudad debe repensar qué se entiende por música, por manifestación cultural, y a partir de aquí reconocer e impulsar la cultura de base: proteger a quien quiera coger una guitarra en un bar porque sí, y también a quien pretenda ganarse la vida con esta actividad. Granados participó en el desarrollo de la normativa de música amplificada y en el del ya citado Plan de Culturas 2016-2026, que presentó el gobierno municipal al comienzo del mandato.

El bar Absenta, en la plaza del Pes de la Palla, programa regularmente música en directo en su sótano. Con la nueva normativa puede hacerlo legalmente. El bar está prácticamente desierto; solo rompen la calma un hilo musical a un volumen tan solo un punto por encima del silencio y las conversaciones de un par de mesas ocupadas. Ruido blanco, lo llama Daniel Granados.

Los problemas serios vienen de la calle

Foto: Dani Codina

Bar musical La Rouge, en la Rambla del Raval, en horas nocturnas.
Foto: Dani Codina

La nueva normativa vela con extremo rigor por la salud acústica de los vecinos, especialmente en Ciutat Vella, Sants, Gràcia y el Eixample, donde se establecen “zonas de especial saturación de espacios de pública concurrencia” en que es obligado el cierre del grifo sonoro a las 11 de la noche. En caso de que haya una vivienda junto al local, se permite un nivel sonoro –medido en el dormitorio de la vivienda– que no supere los 30 decibelios entre las 7 de la tarde y las 11 de la noche, y los 25 decibelios en horario nocturno, entre las 11 de la noche y las 7 de la mañana.

Foto: Dani Codina

Otra imagen del local Robadors 23, en este caso del exterior.
Foto: Dani Codina

¿Qué son 25 dB? “El silencio. Pedimos la insonorización de los locales para que a las viviendas cercanas no les llegue el ruido –recordaba Granados en el diario digital Catalunya Plural pocos días después de la presentación de la circular del ICUB–. Con todo, el 95 % de las denuncias contra locales de música en vivo no tienen relación con la música en sí, sino con el ruido que se genera fuera del establecimiento. Lo que ahora estamos considerando –en grupos de trabajo formados por representantes de los distritos, de los vecinos y de la Guardia Urbana– son las maneras de intervenir en caso de conflicto”.

“No es la música en vivo lo que genera un problema de convivencia, sino lo que ocurre en la calle –insistía Granados en la citada entrevista–. Hay una cantidad brutal de bares que ofrecen retransmisiones de partidos durante los que la gente grita ‘gol’ o sale a la calle a fumar, y no pasa nada”.

De noche, los decibelios de Ciutat Vella parece que se amplifiquen. En el centro de Barcelona conviven algunas pequeñas salas que programan música en directo, como es el caso de Sidecar o el de Robadors 23, con otros locales con horarios infinitos, pensados para los turistas, activos todos los días de la semana: el turista es quien tiene fiesta a diario, quien al día siguiente no madruga. Poco importa si es martes o viernes.

Ciutat Vella es el segundo distrito más pobre de la ciudad, solo por detrás de Nou Barris. Tiene una renta per cápita de 14.481 euros. A la vez, y según datos del CIS de 2015, es el distrito –junto con el Eixample– que concentra el mayor número de alojamientos turísticos: en las dos áreas centrales de Barcelona se concentra el 55 % de las plazas hoteleras. La ciudad ha sumado casi 20.000 desde el año 2005, con 367 hoteles y 27 apartoteles. Según la Encuesta de Servicios Municipales, la preocupación número dos de los habitantes de Ciutat Vella es el turismo, solo superada en orden de importancia por la precariedad laboral.

El distrito es el banco de pruebas de la ciudad en muchos aspectos, como el de la convivencia de los vecinos con los garitos de música. La concejala que lo representa, la valenciana Gala Pin, ha puesto en práctica políticas destinadas a disciplinar el comercio. La última afecta al turismo y el ocio: Barcelona ha congelado por un año las licencias en Ciutat Vella. Durante este periodo no se abrirán más hoteles, bares, discotecas, establecimientos de alquiler de bicicletas o servicios de información turística. El Consistorio aprovechará este año de moratoria para revisar el Plan de establecimientos de concurrencia pública, hostelería y otras actividades. ¿El objetivo? “Ordenar, priorizar y minimizar el impacto de su actividad sobre los vecinos”, explica Gala Pin.

Para la concejala el ocio nocturno es uno de los principales problemas del distrito, e influye de forma negativa en el descanso de los residentes. Al ajetreo habitual de los últimos tiempos se han añadido los récords del pasado verano, con unos índices de ocupación situados en los niveles de antes de la crisis.

Los responsables de las salas (pequeñas, medias o grandes) saben que el dinero habla en inglés, y que si quieren conseguir llenos cada noche necesitan virar la programación o programar “non stop”. Y, sin embargo, no toda la culpa es suya: la oferta decisiva ya no pasa por las salas, sino por los festivales. En cualquier caso, el efecto es que se resiente la identidad de las salas, que pasan a ofrecer una amalgama de estilos que abarque cuanto más, mejor. En general, las identidades que marcaron las noches europeas de cada ciudad a finales del siglo pasado se han desinflado: Berlín ya no es tan techno, París no tan french house. Y Barcelona ya no es tan… salvaje.

Poder y atractivo de los festivales

Foto: Josep Tomàs

El saxofonista del Pol Omedes Special 4tet, Lluc Casares, tocando en el Jamboree de la plaza Reial.
Foto: Josep Tomàs

Una parte cada vez más importante de estos turistas –se trata de una tendencia en alza– vienen ex profeso a Barcelona motivados por los festivales de música de verano. El Primavera Sound –la mitad de su público es extranjero–, el Sónar, el Cruïlla. La fórmula es sencilla: maratonianas sesiones de bandas y centenares de barriles escupiendo cerveza.

Aurelio Santos deja claro que no le veremos nunca ahorrar para un bono de tres días de este estilo. Lleva más de veinte años vinculado a la escena de la música en vivo de Barcelona, coordinando conciertos. “La gente, sobre todo los más jóvenes, son capaces de trabajar y ahorrar para conseguir los abonos de 200 euros de hasta dos y tres festivales cada verano, pero durante el resto del año no se ven con ánimos de consumir música en directo”. Lo dice molesto, casi enfadado, levantando el tono de voz.

Es el coordinador y speaker de las WTF Jam Sessions del Jamboree, el club de referencia del jazz en Barcelona; la voz del “Thank you for respecting live music” que repite cada lunes desde hace más de quince años. “El modelo de ocio musical que se ha fomentado se basa en los festivales –explica–. En vez de apostar por el consumo regular de música en salas pequeñas, todo se ha concentrado. La gente consigue su dosis de jazz en el Festival de Jazz de Barcelona, la de música indie en el Primavera Sound y la de electrónica en el Sónar. Quiere evasión, mostrarse, construirse una identidad. Si no vas al Primavera, no eres nadie”.

Aurelio Santos pertenece al colectivo de freaks –así se califica él mismo– que consumen música en directo cuatro o cinco veces por semana. “Yo no veo que en Barcelona se tome la cultura como lo que es: uno de los dinamizadores más importantes de cualquier civilización. En cuanto a la nueva normativa, es como recetar paracetamol para el dolor de un traumatismo causado por un choque a 200 kilómetros por hora”, concluye.

La vida continua en el Heliogàbal

Foto: Dani Codina

Viernes de poesía en el Heliogàbal, el emblemático local de la calle de Ramón y Cajal que espera todavía su oportunidad de reintegrarse plenamente al mundo de la música en vivo.
Foto: Dani Codina

Sobre la persiana del bar Heliogàbal, en la calle de Ramón y Cajal, en Gràcia, todavía se aprecia –pintada en estilo de grafiti– el último cartel del festival que organizan en verano coincidiendo con las fiestas del barrio. De su puerta hace tiempo que han desaparecido vecinos y no vecinos aguantando una cerveza y liando un cigarrillo tras otro. Hace muchos días que la sala no se queda pequeña y supera –he ahí uno de sus problemas– el limitado aforo de 39 personas. Con la cancelación de los ingleses Crushed Beaks en enero, el Heliogàbal anunciaba el cese temporal de su actividad como bar musical. Coincidiendo con la entrada en vigor de la normativa de la música amplificada, en mayo, el local clausuraba también el área de bar.

El establecimiento, erigido en protagonista de una reclamación compartida por muchos otros locales de Barcelona, anunciaba que se veía obligado a cerrar hasta septiembre por lo menos. El motivo del cierre era la falta de una licencia de actividades adecuada, lo que llevaba a que las inspecciones policiales acabaran siempre en multa. Mientras se esperaba la nueva normativa no había más solución que cerrar. El Heliogàbal –premio Ciutat de Barcelona 2012– cancelaba también toda la programación especial de celebración de su vigésimo aniversario. “Los ingresos del bar no son suficientes para cubrir los gastos generados, por lo que la única salida es cerrar”, destacaron en aquel momento los responsables del Heliogàbal. La noticia llegaba después de que el local de Gràcia organizara un concierto en la sala Razzmatazz (“Pagar la multa”: el título no engañaba) con el que recaudó cerca de 16.000 euros, gracias a la colaboración de bandas amigas y de una red de apoyo envidiable. Con ellos pudo cubrir una buena parte de los casi 22.000 de la deuda acumulada con la Administración.

Pese al cierre los propietarios de la sala encontraron el modo de trampear la situación: mantuvieron vivo el Cicle Ronda en la Sala BeCool, que para ellos fue balsa salvavidas durante los meses de penuria, y para sus seguidores válvula de escape. Y consiguieron que la luz volviera a brillar tras la persiana del Helio. En efecto, el local fue abriendo de forma intermitente algunos fines de semana, hasta finales de año, para acoger la 18.a edición de su ciclo de poesía trimestral. E incluso programando ocasionalmente algún concierto.

Recuperar la vertiente integradora de la noche

En la capital portuguesa reside un catalán que ha dedicado su tesis doctoral a repensar la gestión de la noche barcelonesa. Jordi Nofre, sociólogo e investigador de la Universidade Nova de Lisboa, ganó en 2009 el premio Joventut, de la Agència Catalana de la Joventut, por el trabajo L’agenda cultural oculta, que aquel mismo año le había hecho merecedor del título de doctor por el Departamento de Geografía Humana de la Universidad de Barcelona.

En su tesis, Nofre defendía que la noche barcelonesa había sido “expresamente olvidada” por la Administración. “Muy a menudo las políticas de actuación se refieren a la ciudad de día, mientras que la ciudad nocturna queda segregada en términos espaciotemporales”, señalaba. Nofre hablaba de un panorama nocturno orquestado: “La noche de Barcelona ha sido utilizada por las administraciones públicas como una estrategia y como un mecanismo de higienización moral, cultural, social y también política de la ciudad. Hay un doble juego de la Administración en connivencia con las elites que gobiernan la noche en Barcelona porque, básicamente, genera mucho dinero a través de los sistemas impositivos y de recaudación tributaria”.

Jordi Nofre, que actualmente participa en un proceso de revitalización del puerto de Lisboa, nos amplía en videoconferencia algunos de estos conceptos. Le pedimos en entrevista telefónica que identifique a esas elites. “Barcelona es solo ocio y diversión; ya no hay industria. Los empresarios son los que deciden el modelo, no ya de turismo, sino incluso de ciudad”, afirma, contundente. Pero se puede hacer frente a este modelo con voluntad política, en opinión del sociólogo. “¿Por qué el Ayuntamiento sigue destinando dinero público a la promoción de la Barcelona turística y se olvida de los circuitos culturales underground y de los músicos jóvenes, que permitirían subsistir a los locales más pequeños?”, se pregunta.

Si el uso nocturno del espacio público es inseparable de nuestra cultura, expliquémoslo. Jordi Nofre imagina la puesta en marcha de unos créditos de la ESO donde se educara sobre la utilización de la noche y del espacio público, el control de sus riesgos, el respeto a los vecinos y al mobiliario urbano…

“La ausencia de proyecto de noche en Barcelona hace que esté socialmente muy segregada –continúa–. La noche latina se encuentra en un lugar, la jazzística en otro, la china en otro, los muchachos magrebíes suben a Mataró en tren. La noche es un espacio-tiempo que está absolutamente por descubrir como ámbito de integración social. Mi pregunta es: si vemos que el ocio nocturno es rentable y a la vez una oportunidad de integración social, ¿por qué el Ayuntamiento no abre discotecas públicas con una programación diferente?”

La invención del alcalde nocturno

El saxofonista del Pol Omedes Special 4tet, Lluc Casares, regresa a menudo a Barcelona, desde Ámsterdam, para tocar en locales como Robadors 23 o el Jamboree. Aunque escogió su destino como excusa para pivotar hacia los Estados Unidos –el conservatorio local ofrece un programa de  intercambio–, parece ser que la capital de los Países Bajos le ha seducido como hogar. Nos explica que “en Ámsterdam hay más locales que ofrecen música en directo (salas pequeñas, bares), mientras que los establecimientos oficiales (auditorios, salas de conciertos) se benefician de un público más regular. El consumo cultural es más alto”.

Al contrario que Barcelona, la ciudad holandesa lleva años pensando su vertiente nocturna; la noche se ha planificado y entendido como el espacio de socialización y expresión cultural ciudadana inclusiva a que se refería Nofre.

Una de las aportaciones pioneras que Ámsterdam ha hecho al modelo de ocio nocturno es el concepto del Night mayor, o alcalde de la noche, como figura mediadora que se encarga de gestionar y mejorar las relaciones entre los empresarios, los vecinos y el Ayuntamiento. Una de las primeras propuestas del actual alcalde nocturno de Ámsterdam, Mirik Milan, ha sido ampliar el horario de las salas del Barrio Rojo, que pasarán a abrir las 24 horas del día y a programar exposiciones, charlas o música en directo también de día. El modelo está teniendo tanto éxito que ya se está replicando en ciudades como París, Zúrich o Toulouse.

Casares no es en absoluto pesimista sobre el futuro de los que viven de las actuaciones en directo en salas pequeñas. Considera que, si la música es buena, la escena se salvará y se podrá vivir de ella. “Si cuidamos la música, ella también nos cuidará a nosotros”, concluye.

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