El quiosco de prensa, un invento de 1888 en peligro de extinción

Las primeras iniciativas para situar quioscos en el espacio público barcelonés, para la venta de productos o para cobijar actuaciones musicales, datan de mediados del siglo XIX. Aunque el mérito de la osadía de instalar el primer quiosco de prensa se lo apuntó un diario de tarde nacido en 1888: El Noticiero Universal. Desde La Rambla, los quioscos de prensa se extendieron por toda Barcelona.

Foto: Frederic Ballell / AFB

Una multitud se concentra alrededor de un quiosco, en la Rambla, en una fecha indeterminada de 1908, para curiosear los titulares de la prensa del día.
Foto: Frederic Ballell / AFB

El quiosco viene de mucho más lejos de lo que podemos llegar a sospechar. El sabio filólogo Joan Coromines nos ilustra acerca de su etimología: es de origen turco (kyöšk), y significa casa lujosa de recreación, de veraneo, dentro de un jardín con columnas, a menudo con terraza o galería y un pabellón abierto. Esta palabra derivó hacia otros idiomas, como el persa, el pahlavi, el siríaco, el arameo o el árabe, y llegó a Occidente por influencia del francés, que la incorpora ya en el año 1624, aunque el inglés, siempre más liberal en la renovación y enriquecimiento de la lengua, lo había hecho ya un año antes. En castellano no fue aceptado hasta un tardío 1884, con la curiosidad de tolerar tanto la grafía con “q” como con “k”, quizá para mantener así su procedencia exótica. Hasta entonces, la Academia le otorgaba el sentido de pabellón pequeño dedicado a la venta de cara al público o para dar cobijo a un grupo musical. No se hablaba aún de la prensa.

Por este motivo se comprende que, a mediados del siglo XIX, empiecen a surgir unas iniciativas privadas y también municipales para situar algunos quioscos en el espacio público. Ya en 1857, el arquitecto Garriga i Roca, a partir de un proyecto de reforma mínima del Pla de Palau, instaló uno de bebidas: no muy grande, de madera y con una sola ventana pequeña frontal.

En 1870 proliferó la demanda de instalación de quioscos en distintos puntos de la ciudad, motivo que indujo al Ayuntamiento a encargar al arquitecto municipal ya mencionado un proyecto unificador a fin de que todo en su conjunto tuviera un mínimo de decoro. El modelo era de madera, con unas piezas de hierro para reforzarlo y cubierta de cinc. El proceso marchó, como de costumbre, con su característica lentitud, razón por la que no se colocó el primer modelo hasta 1877, en La Rambla.

Este hecho, que fue noticia, espoleó a los ciudadanos más dinámicos, como Miquel Coch, quien al año siguiente presentó un proyecto más ambicioso y atractivo. Este mereció la aprobación y fue a parar a la plaza de Jonqueres. Sin embargo, no duró mucho: la reforma que culminó con la implantación de la vía Laietana lo desplazó a la entrada del nuevo paseo de Colom.

Asimismo, aparecieron otros quioscos de carácter temporal, como unos pabellones con pretensiones en el recinto de la Exposición Universal de 1888 u otros más sencillos dedicados a vender todo tipo de productos para aprovechar, así, el alud de visitantes.

Foto: Frederic Ballell / AFB

Quiosco a la entrada de la calle de Santa Anna, en una fecha imprecisa de los años 1907-1908. El primer quiosco de prensa de La Rambla lo instaló El Noticiero Universal en 1888, año de la Exposición Universal. Pronto estos establecimientos se multiplicaron por La Rambla, y desde aquí se expandieron hacia el Eixample y otras áreas de Barcelona.
Foto: Frederic Ballell / AFB

El primer quiosco de prensa

El mérito de la osadía de instalar el primer quiosco de prensa se lo apuntó un diario nuevo con voluntad de llenar de noticias todas las tardes del año: El Noticiero Universal. Hasta aquel entonces, el Diario de Barcelona era el de referencia, por historia pero también por la ausencia de una competencia consistente, que empezaron a plantear El Correo Catalán en 1876, La Vanguardia en 1881 y La Veu de Catalunya en 1899. Aclarada la situación periodística y social que dominaba la Barcelona de entonces, se pueden comprender algunos hechos relacionados con el tema central de esta evocación.

No era de extrañar que ningún quiosco se dedicase a exhibir durante aquellos años una prensa que no suponía, de entrada, perspectiva de negocio alguna. Hay que tener en cuenta que muchos ejemplares del Diario de Barcelona los recibían en casa los suscriptores a una hora temprana. Este servicio lo acabó perfeccionando hasta extremos insospechados La Vanguardia.

Así las cosas, el caso del recién aparecido El Noticiero Universal justificaba la introducción de algunas novedades, fruto del espíritu innovador de su propietario y potenciado por un empuje notable y una personalidad de peso. Francisco Peris Mencheta, valenciano, no era ningún novato en el mundo del periodismo: había pasado por varias redacciones de su tierra y también de Madrid, pese a sus inicios como picapedrero, lo que justificaba una iniciativa que algunos, por pura ignorancia, interpretarían como una excentricidad. Y es que, al inaugurar la tercera y definitiva sede del diario en el edificio de la calle de Roger de Llúria, 35, él mismo se subió al andamio por el puro placer de esculpir el nombre de su diario en la fachada.

Peris Mencheta había intuido poco antes que la ciudad más moderna y con futuro de España sería Barcelona, enfrascada ya en la construcción de la Exposición Universal del 1888, por esta iniciativa y por otras también de notable ambición: el primer ferrocarril de la Península, el derribo de las murallas y la colonización del Eixample. Tomada la decisión de venir a competir en Barcelona, optó por la novedad de crear un diario de tarde, momento del día que venía aderezado con muchas noticias y muy frescas, ya que el resto de publicaciones tan solo aportaban las del día anterior. No hace falta insistir sobre la ausencia de radios y televisores para entender la situación exacta del mercado, aunque debería añadirse todavía un dato nada superfluo sino bastante decisivo: su hermano Juan permanecía en Madrid y estaba al frente de la agencia de noticias Mencheta, fundada en 1882, y, por lo tanto, la decana de España. Así pues, El Noticiero Universal disponía de una fuente propia de noticias de una eficacia decisiva.

Foto: Frederic Ballell / AFB

Unos quiosqueros de prensa de la Rambla ordenando el género, en una imagen de 1907 o 1908.
Foto: Frederic Ballell / AFB

El nuevo estilo del “Ciero”

Hay todavía tres factores más que recalcan desde un principio el estilo que, de momento, El Noticiero Universal conseguiría imponer.

Primer factor: un aluvión de vendedores que se pasaban el día en la calle cargados con una gran pila de diarios y que no paraban de gritar: “¡El Ciero!”. Imitaban a los de las capitales de los grandes países extranjeros; por esta razón, cuando Walter Scott mencionaba en sus novelas a “los jóvenes de buenos pulmones”, todo el mundo sabía a quién evocaba. Este reclamo verbal lo escuché yo todavía en la inmediata posguerra, aunque ampliado: “¡CierooPe!”; ni que decir tiene que la coletilla se refería a La Prensa, el otro rotativo que el vendedor ofrecía también a los transeúntes. Aureli Capmany no los mencionaba en su libro sobre los baladreros, aunque en cierto modo su estilo de venta por las calles guardaba cierto parecido. Cuando había alguna noticia importante, este suceso se convertía en el motivo central de su reclamo. Por el contrario, los típicos charlatanes de estilo feriante habían durado muy poco, a pesar de que actuaban alrededor del establecimiento del vendedor. Los quioscos de prensa no existían aún, y lo que hacían algunos diarios era pegar simplemente hojas de propaganda en aquellos pequeños edículos.

Segundo factor: como se ha dicho más arriba, la creación del primer quiosco de diario, que se instaló en Barcelona de la mano de El Noticiero Universal. Todo estaba estrechamente conectado con un evento que estaba destinado a causar una gran conmoción en la ciudad; y es que el 20 de mayo de 1888 se inauguraba la Exposición con una ceremonia presidida por la familia real, en el solemne escenario del Palau de Belles Arts. No era casualidad que tan solo unas semanas antes, el 15 de abril, saliera el diario mencionado para empezar a dar con energía la batalla de la tarde. El hecho de plantearlo en solitario representaba ya un triunfo. Y el haber sabido organizar toda la estructura de la empresa con cierta antelación permitía aprovechar con las mayores ventajas lo que tal vez estaba llamado a ser no solo la primera exposición española, sino también uno de los acontecimientos más importantes de la historia moderna de una ciudad que estaba harto acostumbrada a aportar novedades o primicias a España y también a Occidente, y desde hacía ya algunos siglos. Solo hay que recordar que el catedrático de Historia Económica Jordi Nadal ha sentenciado que Barcelona es la única ciudad del mundo que ha generado dos revoluciones: la comercial, durante la Edad Media, y la industrial, iniciada en el primer tercio del siglo xviii.

Y el tercer factor: el lugar escogido. Hay que tener en cuenta que se trataba de una novedad, y no por el volumen, la forma y la decoración del edículo sino por su uso. Era la primera vez que un quiosco del tipo que empezaba ya a extenderse por toda la ciudad se destinaba a la venta de prensa. En este caso, básicamente un diario: El Noticiero Universal. No habría sido ninguna sorpresa que lo hubiesen situado dentro del recinto de la Exposición Universal. En cambio, Peris Mencheta, quien, como perfilan las biografías, tenía un olfato finísimo y unas intuiciones acertadas, además de sensibilidad para los valores de la modernidad, consideró que el lugar adecuado, insuperable, era La Rambla. Y no puso uno, sino cuatro quioscos. No creó, por el contrario, un modelo nuevo, sino que siguió el estilo de los que habían aparecido en París tiempo atrás.

Hay que destacar un hecho relevante: los pusieron para quedarse y no solamente para sacar provecho de los meses que duró la Exposición Universal, que cada día generaba noticias. Esta circunstancia me parece definitiva. El propietario Peris Mencheta vio claro que el quiosco era no tan solo una herramienta eficaz sino la herramienta esencial del futuro de la prensa.

Estaría de más decir que, con el paso del tiempo, se impuso una cierta diversidad de estilos y de volúmenes; incluso los había que eran de escalera, denominación con la que se describían las tiendas que aprovechaban la mitad del espacio del portal de entrada a una casa para vender de todo. Hoy todavía quedan en Ciutat Vella algunos ejemplos muy representativos.

Desde La Rambla hacia toda la ciudad

La Rambla no tardó en convertirse en el lugar de excelencia de los mejores quioscos de Barcelona, hasta el punto de que podríamos comparar su relevancia con las floristerías. Pronto se fueron multiplicando. En aquella Barcelona, La Rambla era el corazón de la ciudad, pero con el paso de los años, y habiéndose consolidado y fortalecido la colonización del Eixample, los quioscos fueron expandiéndose hasta llegar a los barrios y también a los polígonos de viviendas que, desde los años cincuenta, fueron personalizando la periferia urbana.

Uno de los atractivos insuperables y tentadores que ofrecían los quioscos de La Rambla era que prácticamente no cerraban. Se trataba de una característica de aquella ciudad tan viva, tan intensa. Cuando estalló el levantamiento del 19 de julio de 1936, el dueño del Café Zurich, el amigo Valldeperas, me confesó que se había dado cuenta de que no podía bajar las puertas: no las había. Exactamente lo mismo que sucedió en la mayoría de establecimientos del Carrer Nou de la Rambla. Y, por lo tanto, un ritual practicado hasta hace pocos años era que, a la salida de los espectáculos o al regresar a casa, se daba un rodeo hasta La Rambla para comprar el diario acabado de imprimir y distribuir.

Pronto algunos quiosqueros supieron enriquecer el negocio con su personalidad. Como Agustí, que tenía el quiosco en La Rambla dels Caputxins o del Mig. Era anarquista de pura cepa y nunca trató de disimularlo. Tanto era así que, siendo Primo de Rivera capitán general de Cataluña, una noche que el militar regresaba tarde de jugar a los juegos de azar prohibidos para irse a dormir, se acercó al quiosco e increpó al propietario con una pequeña provocación, pero pronto pondría fin a la esgrima dialéctica con estas palabras: “Eres muy revolucionario, y te voy a dar un disgusto”. Agustí había conseguido convertir el quiosco en un punto intenso y caliente de tertulia entre las once de la noche y las tres de la madrugada. Los nombres de quienes lo frecuentaban dan fe de ello; me limitaré a mencionar a los más conocidos: Rusiñol, los lerrouxistas Emiliano Iglesias y los hermanos Ulled, Casas, Nonell, los periodistas Mir i Miró y Almerich, Opisso, Alarma, Peius Gener…, y La Moños.

No solo eran tan atractivos y modélicos aquellos quioscos de La Rambla por ofrecer todavía caliente el periódico del día, sino también por exhibir prensa extranjera y, sobre todo, por recibir revistas de categoría de Francia, Alemania y de Inglaterra, que los dibujantes locales compraban para seguir y descubrir las nuevas tendencias estilísticas que ya apuntaban algunos de los grandes artistas europeos.

Bajo la larga noche de la dictadura franquista se podía perfilar en algún quiosco de confianza la formación de alguna tertulia discreta, portadora de opiniones o de hechos que la censura impedía publicar. Y así viví yo de cerca una que mantenía mi padre en los años cuarenta e inicios de los cincuenta en el quiosco que había en el andén del lado montaña de la entonces rebautizada como avenida de José Antonio Primo de Rivera (Gran Via de les Corts Catalanes). Todavía sigue ahí, algo desplazado hacia la parte superior, y permanece cerrado desde hace unos años por haber vendido de todo menos diarios, sin la licencia correspondiente. Pues bien, la mencionada tertulia estaba formada por los periodistas Sempronio y Jaime Arias (le venía de camino para ir al Noti y averiguar si en el Ritz había llegado alguien que mereciese una entrevista) y Rossend Llates (casado con Maria Canals). El dueño era Tomás, y su sobrino Antoni Torres, árbitro de lucha grecorromana y puntal del Hot Club: me alertaba de las venidas de Armstrong, Hampton o Bechet, y así yo estaba a tiempo de ahorrar para poder asistir a las inolvidables sesiones de jazz que organizaban.

André Maurois, Somerser Maugham y Georges Arnaud (autor de la novela Le salaire de la peur, que Yves Montand protagonizó en el cine y en la que aparecen con papeles breves el pintor y escritor Joan Vilacasas y el gran picassiano Josep Palau i Fabre) coincidieron en dictaminar por qué lo mejor de La Rambla eran sus quioscos, argumentado en estos términos: los de los países extranjeros venden prensa y pornografía; los de La Rambla, también, pero, además, ofrecen variedad de libros: poesía, novela, ensayo, historia.

Cuando, en 1988, tuve el privilegio de acompañar por Barcelona a Stephen Hawking, que se hospedaba en el hotel Ramada-Renaissance, junto a La Rambla, cuando salíamos a la calle una vez estuvo a punto –operación, esa de ponerse a punto, que resultaba de una complejidad extrema– le conté la citada reflexión sobre los quioscos. Al llegar al paseo y descubrir uno, se dirigió sin demora hacia él y lo repasó todo con la mirada, con gran curiosidad. Ante la prensa precisó luego que estaba encantado de ver grandes montones de su libro en las ediciones catalana y castellana, rodeados de revistas con mujeres exhibiendo unos generosos pechos.

Foto: Pere Virgili

El modelo de los actuales quioscos de La Rambla lo definieron en 1972 Pep Alemany y Enric Poblet, que fueron galardonados con el premio FAD de arquitectura de aquel año.
Foto: Pere Virgili

El diseño llegó tarde a los quioscos: la estética no contaba. Y en 1972 Pep Alemany y Enric Poblet proyectaron los de La Rambla, que galardonó el FAD. Los que se extendieron luego por el Eixample y el resto de la ciudad fueron creados por Antoni Roselló.

Me entristece el paisaje peligroso que se está enquistando: cada vez cierran más quioscos, resulta difícil encontrar uno abierto los domingos. Además, pronto degeneran en armatostes medio abandonados y sucios que empeoran el paisaje urbano. Hay que encontrar una solución urgente que ayude a mantener viva la edición en papel.

Cuesta imaginar que el quiosco haya sido un tema de inspiración poética. El escritor Osvald Cardona le dedicó este: “Castell de paper / al cap d’una plaça, / com un fort deté / la gent que hi passa” [Castillo de papel en el extremo de una plaza, como un fuerte detiene a la gente que por allí pasa].

Lluís Permanyer

Cronista de la ciudad

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