Las buenas costumbres de Emili Vilanova

Escenes barcelonines. Emili VilanovaEscenes barcelonines

Autor: Emili Vilanova (selección de Enric Cassany)

Ediciones Proa

456 páginas

Barcelona, 2016

No busquen cotilleos en estos relatos, sino el día a día modesto, rutinario, apagado, de los barceloneses de su tiempo, la segunda mitad del siglo XIX.

La narración “Bèsties embalsamades” termina así: “Como nadie se ha preocupado tampoco de averiguar de qué modo el prometido se tomó la muerte de esta bestia, porque el objeto del presente cuadrito ha sido presentar algunos tipos y no inquietar al lector narrándole cotilleos”. El autor, Emili Vilanova, nos advierte de las características de los cuadros de costumbres que cultiva: unos tranches de vie más cercanos al diorama literario que al cuento propiamente dicho. En consecuencia, no busquen cotilleos en estos relatos (si los necesitan, cómprense el Lecturas), sino el día a día modesto, rutinario, apagado, de los barceloneses de su tiempo, la segunda mitad del siglo xix. Por tal razón, Enric Cassany escogió para la antología el título de Escenes barcelonines, título que lo es también de un libro de 1886 del propio Vilanova. No se equivoquen, pues luego todo son llantos.

En “En lo balneari” (1891), una rareza en Vilanova, está el negativo de toda su obra. En esta narración satiriza el mundo de la burguesía que habla en castellano, afectada, melindrosa y más cursi que una col, muy alejada del pueblo llano que suele retratar en sus cuadros. Porque Vilanova, nacido en 1840 y barcelonés de la calle Basea, defiende la pequeña Barcelona, menestral, sencilla, crédula, tradicional, llana, ajena a los modos y a las nuevas costumbres propias de la modernidad. Entre ellas, la irrupción del castellano en la vida cotidiana de Barcelona, que durante décadas ha sido solo la lengua de la tropa, los funcionarios y los xanxes (los municipales, una deformación de Sánchez). En “Reflexions d’un porter” (1887), el portero se lamenta de que en todo el edificio del Eixample que vigila él es el único que habla en catalán. En “Perladillo” (1889), escribe sobre un andaluz: “Sabía de una capital famosa y muy vividora [Barcelona] en donde quienes acudían a ella hablando castellano triunfaban mejor que los de la propia tierra y mandaban más que nadie”. Para Vilanova, el castellano es “la lengua de los dominadores que imponen multas, riñen, castigan y cobran”.

Todo este mundo pretérito y desaparecido es explicado magistralmente y por pequeñas piezas por el catedrático Antoni Vilanova (sobrino nieto del escritor) en Emili Vilanova i la Barcelona del seu temps (Quaderns Crema, 2001). Aunque Vilanova muere en 1905 y la primera casa derribada de la Via Laietana (llamada entonces de la Reforma) es de 1908, Vilanova vive desolado y con amargura el anuncio de la desaparición de las calles que él ama. En “En Parladé” (1891), Vilanova despotrica del impulsor de la Reforma, debida, según apunta, “a pequeños desórdenes de la vida privada, a miserables desequilibrios vulgares entre lo gastado y lo ganado, y a veces, también, a grandes pasiones, a ingratitudes demasiado grandes, a desamor o felonías y traiciones de una mujer fantasiosa y antojadiza”. “Por el amor de una mujer”, como canta Julio Iglesias, insinúa Vilanova que se abrió la Via Laietana. Todo es posible.

En Vilanova reencontramos los aires de Robert Robert, Juli Vallmitjana y Narcís Oller. Los cuatro retrataron con mano maestra aquella Barcelona que dejaba atrás la vida plácida de pequeña ciudad amurallada, ensimismada y doméstica, y se adentraba en las incertezas de la modernidad.

Enric Gomà

Guionista

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