Encuentro previsto

Cinco minutos de margen. Y, si viene, ¿la reconoceré a primera vista?, ¿o me costará saber si es ella y después tendré que disimular con un “Sílvia, no has cambiado nada”? Exactamente las mismas palabras que me estoy diciendo ahora mientras la veo entrar por la puerta principal.

© Lluïsa Jover

© Lluïsa Jover

Estoy seguro de que quedamos el 18 de septiembre a las doce en el Zurich, es decir, hoy. Es la una y ella todavía no ha tenido la gentileza de aparecer por la puerta, mejor dicho, por ninguna de las puertas. Ni por la principal, que de tanto mirarla se me ha quedado grabada en la retina, ni por la lateral, que no paro de atisbar con el ojo izquierdo, lo que me acabará provocando una lesión ocular, seguro. Lo único que puede excusarla es que la cita la fijamos hace veinte años, una tarde que nos pasábamos los apuntes de historia contemporánea y estábamos lo suficientemente aburridos como para hacer cábalas futuristas.

–¿Crees que algún día podremos acabar la carrera? –dijo ella, desesperanzada.

–¡Claro, sólo nos quedan tres semanas y adiós a los malditos exámenes!

–¿Y qué haremos?

–Tú harás unas opos y encontrarás plaza en un instituto a quince kilómetros a la redonda para poder centrarte en seguida y empezar a tener críos con el aburrido de tu novio, y yo iré a recorrer mundo para acabar en una universidad norteamericana haciendo una tesis sobre las costumbres de las nuevas sociedades urbanas y su interrelación generacional.

–¡Y una mierda! Seré yo quien se comerá el mundo.

Y la frase siguiente fue la que desencadenó que yo ahora lleve una hora de espera en el bar más céntrico de la ciudad:

–Quedamos dentro de veinte años, en esta misma mesa, a las doce del mediodía, y lo comprobaremos.

La solté sin pensar, desafiando al destino, y resulta que no, que no me he comido el mundo. Sigo con los exámenes, solo que no soy yo quien los hace, pero sí quien los corrige. Sigo yendo a la misma facultad, a cinco minutos de aquí, uso la misma talla de pantalones, vivo en el piso de mis padres, aunque ellos ya no están, y mi plato preferido sigue siendo el arroz del Set Portes. No puede decirse que haya cambiado demasiado, incluso ha cambiado más el Zurich que yo. Cuando lo derribaron para construir el nuevo edificio del Triangle, una mole gris que compite en fealdad con El Corte Inglés, creí que ya no lo abrirían jamás e incluso llegué a preocuparme por nuestra cita, pero ahora está casi igual, más bien rejuvenecido, como si le hubiesen hecho un lifting.

Quizás debido a esta vida metódica que llevo, yo sí que he recordado la cita y ella no. Es como si el tiempo se me hubiera quedado parado aquel día, en aquella mesa que olía a bayeta, convencido de que tenía que esperar veinte años antes de cambiar algo. Me casé, sí, con la chica que tocaba, pero enseguida regresé a la posición inicial, separándome. De hecho, todos los cambios que he experimentado han sido poco vividos. No me he involucrado, como si me diera pereza tener que asumirlos en esta cita que yo me he tomado como una revisión de vida y que ahora me doy cuenta de que ella ni siquiera ha recordado. El resto de cambios de mi anodina cronología han sido totalmente involuntarios: he perdido el pelo, la agilidad, la memoria, la energía y ahora estoy perdiendo la paciencia. Una hora y cuarto debe de ser la proporción límite de espera para una cita fijada hace dos décadas. Cinco minutos más y me largo.

Ni se me había pasado por la cabeza que ella me fallase. Es curioso. Llevaba días especulando sobre su vida y dudaba de si la Sílvia de cuarenta años me gustaría, si los dos conseguiríamos retomar la confianza que nos mantenía tan unidos cuando estudiábamos, pero la posibilidad de ni siquiera verla, eso sí que no entraba en mis planes de esta tarde.

Ella era una persona muy formal. De hecho, nos complementábamos estupendamente. Yo siempre estaba soñando y era ella quien tenía los pies en el suelo. Lo único que me desagradaba de esta combinación era que su formalidad comportaba que tuviera novios fijos, que le duraban por lo menos tres o cuatro años, y a quienes se mantenía fiel de un modo enfermizo. Gracias a ello, nunca pasó nada entre nosotros más allá del clásico morreo de borrachera que después comentábamos riendo y no volvíamos a recordar nunca más, por educación.

Aplicando una de esas leyes que uno se inventa cuando está esperando en un bar, tendría que concluir que si el informal, que era yo, ha acabado de funcionario de la misma universidad en la que estudió, la formal, que era ella, ahora vivirá en el África subsahariana estudiando lenguas de un par de hablantes y se enamorará cada día de un sátrapa diferente. Con una agenda como esa, no es de extrañar que Sílvia se haya olvidado de mí.

Cinco minutos de margen. Ni uno más. Y, si viene, ¿la reconoceré a primera vista?, ¿o me costará saber si es ella y después tendré que disimular con un “Sílvia, no has cambiado nada”? Exactamente las mismas palabras que me estoy diciendo ahora mientras la veo entrar por la puerta principal, avanzando, eufórica, radiante. Sesenta kilos de Sílvia, de mi Sílvia, que ahora me dice:

–¡Pep, te has acordado!

–Sí, a las doce, en el Zurich –afirmo sin que suene a reproche.

–No, llevo una hora esperándote en el Núria, ¡que ahora es un Burger King infecto! Acabo de entrar en el Zurich por casualidad. Hace muchos años que no vengo a Barcelona y me habían dicho que la habían remodelado totalmente. Es increíble, ¡cómo ha cambiado esta ciudad!

–Así ¿es cierto que vives en el África subsahariana estudiando lenguas de un par de hablantes y cada día…? Bueno, nada.

–¿Pero qué dices?

–Ya te lo explicaré. Llevamos veinte años y una hora y media esperándonos. Tendremos que organizarnos por temas, subtemas y anexos. ¿Una cervecita?

–¡Claro, eso sí que no ha cambiado! Pero ¿qué le ha pasado al Zurich? En lugar de envejecer, como nosotros, está más nuevo que nunca. ¿Cómo se las arreglan, los bares?, ¿hacen un pacto con el diablo?

–No te me pongas fáustica. Se le llama reformas, pero corren el riesgo de perder la esencia, no como nosotros… Yo diría que nosotros dos seguimos igual.

–¿Por qué?

–Porque yo continuo soñando que me comeré el mundo mientras bebo cerveza y tú…

–Recuerdo que me pronosticaste que yo tenía que ganar unas opos y tener muchos hijos.

–¿Y?

–Soy funcionaria en Bruselas y tengo cinco hijos. ¿Pedimos otra?

–¡Que sean cinco más, por favor! ¡No puedo soportar tanta coherencia!

Ada Castells

Periodista

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