Rutina provisional

El gran cambio será que el barrio de Sant Antoni tenga el mercado donde siempre, que desaparezcan los puestos provisionales y que todo vuelva a su sitio de antes de 2009.

© Laura Borràs Dalmau

Mi enorme barriga de treinta y seis semanas y media de mellizas fue a la inauguración del mercado provisional de Sant Antoni, en octubre de 2009. La ronda siempre había sido una pesadilla de humos y ruidos hasta entonces. Tres días después paría en la parte alta de ciudad. Y al volver a casa, con la barriga desinflada y dos niñas minúsculas y rosadas, mi suegro sudó de lo lindo para encontrar una alternativa a la ronda y dejarnos ante el portal. Ya en casa, agradecí que la provisionalidad del mercado atenuara el alboroto de la calle, que el mal olor a gasolina cediera su sitio al de pescado, sangre animal y restos de verdura. En pleno posparto, todo lo que te acerque a la tierra, a la víscera, al origen, te resulta balsámico.

Será por ello que, cada vez que dicen que el mercado que hay frente a casa es provisional, se me remueve algo muy hondo, como si me tuvieran que quitar a las niñas al acabar las obras. En casa olvidamos hace tiempo que nuestra rutina fuera provisional. El gran cambio será que el barrio tenga el mercado donde siempre, que todo vuelva a su sitio. El mercadillo de ropa ya no lo veremos desde el balcón. Los puestos de comida no estarán de camino a la escuela. Los de libros ya no cortarán la calle de Urgell cada domingo. Todo volverá al cuadrado que por más de cinco años ha sido una nube de polvo y ruidos rasgada por los cuellos largos de las grúas. Y ya nada será provisional.

¿Cómo puedo no tener vértigo? No sé cómo será en adelante la ruta de la escuela, el café de la mañana, el puesto de Lola. No sé cuántos cambios tendremos que hacer para adaptarnos al cambio los que ahora nos cuidamos la rutina de lunes a viernes, nos la acariciamos mutuamente y ya le sabemos encontrar el pelaje suave. Cómo nos sentiremos después de la euforia de la novedad. Qué echaremos de menos de estos cinco largos años.

Y si pienso en mis hijas, el vértigo se vuelve físico y es un vacío que se me abre justo a los pies. ¿Recordarán el mercado provisional dentro de unos años? ¿O con la memoria nueva adoptarán el mercado nuevo, el de toda la vida, como único, y ese entoldado que veo ahora desde la ventana se lo tendré que recordar yo, como cuando mi madre me recuerda que mi primer mes de vida, antes de ir a vivir a Premià, lo pasé en Sant Andreu, junto a la Fabra i Coats? El mercado provisional será mi Fabra i Coats, pienso, y ahora ya caigo por ese agujero oscuro y sin fondo de la memoria.

¿Qué recuerdo yo de antes de los cinco años? A mis cinco años nació mi hermana y casi no tengo recuerdos de hija única. Los que tengo me los hizo a medida mi madre, con fotos y palabras, y de vez en cuando me los repasa, porque se me desdibujan. Es lo que hacen las madres. Vas por la calle y te encuentras con alguien y, como una wikipedia de carne y hueso, te recitan su biografía y te restauran los enlaces que te unen a esa persona, y tú tienes que asentir, hacer clic en todos los enlaces, pasar el scroll hasta el límite inferior de la pantalla y aceptar aquel recuerdo como tuyo porque los ojos de tu madre, llenos de ceros y de unos, te dicen que no tienes alternativa.

O sea que cuando acabe de escribir –con este respeto denso que no me deja respirar del todo, porque hablar de Sant Antoni cuando hace cinco años que vivo aquí me parece que es casi traicionarlo–, bajaré a fotografiar el entoldado. Más tarde recogeré a las niñas en la escuela, volveremos a casa cruzando por el mercado, y las ayudaré a fabricarse un recuerdo definido y duradero de una rutina que ellas no saben que tiene fecha de caducidad –pronto aprenderán el significado de la palabra provisional. Y cuando llegue el momento, haré de madre wikipedia y les redibujaré los recuerdos de nuestra rutina provisional de cinco largos años en un barrio que nos es definitivo.

Tina Vallès

Escritora

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