El orgullo de la sierra

Vallvidrera es un barrio un poco independiente de la ciudad y, sin embargo, barcelonés comme il faut.

Ilustración: Mireia Zantop

Ilustración: Mireia Zantop

Sospecho que Jane Bowles, Pere Calders, Nelly Sachs, Joan Maragall, García Lorca, J. V. Foix y Mercè Rodoreda han vivido juntos en Vallvidrera. Me los imagino en una casa destartalada y señorial de la calle Queralt, que mira al mar por delante y a la plaza de Pep Ventura de las sardanas, los valses, los rigodones y las mazurcas por detrás. Me los imagino en un jardín de humedad elegante, de cara a la ciudad y quizás discutiendo, pero abrazándose rápidamente y regalándose manojos de alcachofas de Crespo y un pan de comino. Me los imagino en Can Trampa con un pedacito de barro de los que tienen en La Mandarina entre periódicos, zapatillas, geranios y madejas. Remover tierra para marcar la propuesta y las manos en el romancero gitano, en los enigmas ardientes, en la sombra del agave, en la estrella de Perris, en cuánta guerra, en los pequeños placeres y en las secuencias. Los veo persiguiendo al Gamberro Infinito hasta la curva de las Monjas. Si han ido allí, debe de ser porque la cola de caballo cicatriza: por allí se la puede encontrar escondida. O quizás porque es a la vez una hierba medicinal y una mala hierba y porque las mezclas descolocan siempre para bien: como este barrio de Vallvidrera, que es un poco independiente de la ciudad y, sin embargo, barcelonés comme il faut: es orgulloso como él solo (se sabe el privilegiado de la sierra), ama sus balcones y su modernismo sencillamente sofisticado, denuncia los desfiles militares de la carretera de Les Aigües, tiene mosquitos tigre y jabalíes, organiza mercados de intercambio y consigue montar una cooperativa de comida ecológica, un Condis y un colmado le bastan o lo simula, dispone de un mercado abandonado y hecho polvo, una casa donde se representa teatro para niños, una coral, una guardería, la escuela Nabí, un centro terapéutico de no recuerdo qué, un estanco y dos inmobiliarias (eso no falla). Y una iglesia deprimente junto a la peluquería, a la que ignoro si va alguien (no lo he visto nunca).

La Vallvidrera de los autobuses que ha costado que llegaran acoge a los extraños con un puntito de recelo, pero los acoge. La estrella es la biblioteca Josep Miracle y el Centre Cívic. Son tan bonitos e imponentes que cumplen la función de plaza de pueblo –desde donde se ve, oh alegría, Montserrat y lo que implica. Niños y más niños hacen montañas de arena y se pelean porque toca y se ayudan porque saben. Hombres y mujeres estudian inglés, hacen yoga y capoeira y asisten a charlas sobre límites y educación emocional. Algunos, un día, forman un corro en torno a la Red de Escuelas Insumisas que organiza mi querida Laia. Quizás la hilera de escritores ha bajado por la carretera de l’Església o de Vallvidrera, porque desde esta curva del asesinato de las monjas se llega fácilmente a Els Xiprers de los mandalas y a Vil·la Joana, donde vivió y murió aquel que, escuchando al demonio, supo que había que reñir con el mundo para amarlo. O porque, un poco más lejos, está la fuente de la Budellera; si han ido allí, estarán cansados y seguro que han ido a remojarse a la piscina republicana de La Floresta. Quién sabe si después han comido a base de seitán y batucada bereber en la Floresteca de la plaza de Miquel Ros, de cordero a la brasa con hule azul cielo y alioli en Can Pichurri o de alguna filigrana deslumbrante en Sant Cugat. El caso es que, más punk o más rico, más hippy o más cool, todo el mundo come. Va bien saberlo, no vaya a ser que dejásemos de valorar las escuelas públicas, la eficiencia del CAP y el amor con que llevan La Puput municipal de los niños más pequeños.

Sospecho que, antes de vivir juntos en la repisa del Punto Verde de Vallvidrera, Jane Bowles, Pere Calders, Nelly Sachs, Joan Maragall, García Lorca, J. V. Foix y Mercè Rodoreda han vivido juntos en la misma casa. Si eres tú, oh lector generoso que compartes los libros, muchas gracias.

Blanca Llum Vidal

Escritora

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