Pedro Olalla: “Hemos perdido la capacidad de pensar en la vejez sin pensar en la decrepitud”

Pedro Olalla. Foto: Albert Armengol

Pedro Olalla. Foto: Albert Armengol

A Olalla le gusta pasear por los lugares de Atenas donde se forjaron conceptos como ciudadanía o participación para recordarnos cómo podría ser y no es nuestra gastada democracia. El helenista volvió a Barcelona en mayo para presentar su último trabajo, una reflexión sobre la senectud y la sociedad que envejece.

Pedro Olalla nació en Oviedo en 1966 y su espíritu inquieto se ha plasmado en todo tipo de formatos y recursos. Tiene una treintena de obras escritas, pero se expresa también a través de la fotografía y el cine, y aún le queda tiempo para hacer de profesor, de traductor y de agitador del pensamiento. Tiene la virtud de no hablar con subterfugios. Con voz pausada y ademán tímido, pronto queda claro que su pensamiento descansa sobre un inmenso bagaje cultural y humanístico. Es considerado uno de los mejores helenistas de nuestro tiempo. Utiliza su conocimiento –profundo y erudito– del pensamiento y la cultura de la Grecia antigua para proponernos una reflexión, a menudo ácida pero siempre nutritiva, sobre el presente.

Está tan enamorado de aquel pensamiento y su fruto más perdurable, la democracia, que vive en Atenas desde hace veinticuatro años, y en sus últimas obras se ha dedicado a redefinir conceptos básicos como ciudadanía, política o la propia idea de democracia para rescatarlos de la perversión y la desfiguración semántica que sufren en el discurso político actual. En sus libros nos invita a pensar críticamente sobre nuestra democracia y compararla con la griega, “el único reducto de la historia de la humanidad en el que el ciudadano común tuvo la capacidad real de decidir sobre el bien común y defenderse ante los intereses particulares y la arbitrariedad de los poderosos”, recuerda, a diferencia de lo que ocurre en las degradadas democracias representativas de hoy, donde “la política ha quedado secuestrada por los poderes económicos”. Porque, se pregunta, “¿qué poder tienen unos ciudadanos que solo pueden votar cada cuatro años las promesas electorales de unos partidos políticos que no se consideran con la obligación de cumplirlas?”

Hoy, recuperar los referentes históricos de la democracia puede parecer incluso subversivo. “Atenas descubrió que la igualdad política debe ser el camino que lleve a compensar la desigualdad económica, y que un sistema no puede llamarse democrático si no aspira a una justa distribución de la riqueza”, sostiene. A Pedro Olalla le gusta recordar que la democracia de Atenas duró más tiempo que cualquiera de las actuales. En realidad, las actuales democracias parlamentarias se inspiran más en el republicanismo romano que en la democracia directa de Atenas, “en que todos los ciudadanos eran llamados, no solo a debatir y decidir, sino a gobernar y ocupar los más altos cargos de las instituciones y las magistraturas, en muchos casos por sorteo”.

Pedro Olalla. Foto: Albert Armengol

Pedro Olalla. Foto: Albert Armengol

Últimamente Olalla ha visitado varias veces Barcelona, la más reciente el pasado mayo para dar una conferencia en el Centro de Cultura Contemporánea (CCCB) sobre la madurez política. Él es uno de los cuatro intelectuales europeos involucrados en el proyecto “Ageing Democracies?”, impulsado por el CCCB y la Open Society Foundation de George Soros. El proyecto se planteó si el envejecimiento de la población europea podía explicar la oleada de propuestas autoritarias, fobia a los extranjeros y repliegue nacionalista. Los politólogos han analizado los comportamientos electorales de los mayores de sesenta y cinco años y su conclusión es clara: en absoluto. El electorado mayor es tan plural y variado en sus opciones políticas como el joven. Tampoco es territorialmente homogéneo. Depende de la historia de cada país. De ningún modo las personas mayores representan el inmovilismo y el conservadurismo. Es un prejuicio. El estudio ha constatado que cada generación suele mantenerse fiel a los principios y valores adoptados cuando se socializaron en política. Por eso es tan importante, según Olalla, la formación de un pensamiento crítico a través de la educación.

Repensarlo todo, al modo de los clásicos

Su aportación a este proyecto es una pequeña joya (noventa páginas) que acaba de publicar la editorial Acantilado. Se titula De senectute politica. Carta sin respuesta a Cicerón, una deliciosa reflexión en formato epistolar en la que habla de lo que supone envejecer y nos invita a repensarlo todo, desde el modo en que vivimos el paso de la edad hasta el gran problema de la distribución de la riqueza. En unos tiempos en los que a menudo nos sentimos aturdidos por el exceso de información y estímulos, detenernos a reflexionar al modo de los clásicos, como Olalla, es un buen modo de intentar pensar bien.

La sociedad europea envejece, ciertamente, porque vivimos más años y porque la natalidad ha caído en picado. Cuando los niños que ahora nacen cumplan cuarenta años, habrá en Europa más octogenarios que menores de quince años. Pero no lo llevamos bien. “Nuestras sociedades –advierte Olalla– han perdido la capacidad de pensar la vejez sin pensar en la decrepitud. No ven el paso de la edad como una acumulación de experiencia, vivencias y sabiduría, sino como el declinar del valor supremo de nuestra cultura, que es la juventud, que por otro lado es algo destinado a desaparecer”. No se trata solo de añadir años a la vida, sino de dar vida a los años. Porque como ya decía Galeno de Pérgamo, “no es viejo quien tiene muchos años, sino quien tiene mermadas sus facultades”.

Ahora bien, “para llegar a tener una buena vida no basta con ser un buen autor de la propia biografía. Hay que ser coautor, y de los buenos, de la biografía colectiva”. Si la sociedad envejece, ¿significa eso que la democracia puede perder su impulso? No necesariamente: “Envejecer no está reñido con la virtud política, el alargamiento de la vida no explica el deterioro moral ni la tendencia hacia la insolidaridad. Si nuestra democracia se encuentra envejecida es porque ha dejado de ser fiel a su esencia”, escribe en su carta a Cicerón. “Hoy el mundo no es solo más viejo, Marco, también es más rico y más desigual”.

En su libro Grecia en el aire (Ed. Acantilado), Olalla piensa en estos temas desde la sacrificada Atenas actual, acoquinada por la dictadura de unas políticas de austeridad decididas muy lejos. El recorrido por los lugares más emblemáticos de la antigua Atenas sirve de guía para una reflexión sobre el presente. Y encuentra muchas más conexiones de lo que podríamos creer. Cuando pasa, por ejemplo, por el lugar en el que estaba el Jardín de Epicuro, en el barrio Cerámico. Este jardín fue un refugio de pensamiento cuando la ciudad se hundía como proyecto político. Fracasada su resistencia al dominio macedonio después de la muerte de Alejandro, los líderes disidentes fueron perseguidos y se impuso un nuevo orden. Acabó, si no de iure, sí de facto, la democracia tal como la habían entendido hasta entonces. El cambio consistió en que se privó de la ciudadanía a quienes carecían de una fortuna superior a dos mil dracmas, la mayoría de ciudadanos fueron desposeídos de sus derechos y se volvió a la dinámica de la desigualad. ¿Y no sufrimos ahora el peligro de un retroceso en las conquistas sociales y políticas?

Hoy resulta muy oportuno recordar, como propone Olalla, que en sus orígenes la idea de democracia estaba ligada a la idea de desvincular de la riqueza y del origen de casta el poder político y de decisión. Que una de las primeras cosas que hizo la joven democracia de Solón fue dictar medidas para eliminar los privilegios y la preeminencia de los acreedores sobre los deudores, que hacía a estos tan vulnerables que a menudo se veían privados de su condición de hombres libres. ¿No es de esto de lo que se hablaba cuando se discutía sobre la deuda soberana a la Unión Europea? ¿No es de esto de lo que se duele ahora mismo la sociedad griega, recuerda Olalla, cuando ve que lo que ha decidido por amplísima mayoría en un referéndum no sirve de nada porque quienes verdaderamente deciden son los representantes de los acreedores? Pedro Olalla nos advierte que “el progreso retrocede cuando permitimos que unos pocos se aprovechen de la injusticia y la ignorancia”. Por eso, concluye, “uno de los retos más urgentes es recuperar el control de la política y hacer que la legítima potestad de crear y controlar el dinero vuelva a manos de la sociedad a través de mecanismos democráticos de gobierno”.

Milagros Pérez Oliva

Directora de Barcelona Metròpolis

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