Sales, Calders, Tísner: tres escritores, tres miradas, tres barcelonas

Este año se conmemora el centenario de tres escritores barceloneses que, pese a haber seguido unas trayectorias vitales paralelas –presididas por las circunstancias trágicas de la guerra, la derrota y el exilio–, son sustancialmente diversos en el aspecto creativo. Ninguno de ellos hizo de Barcelona su protagonista literaria, pero, de modo indeliberado, la “gran ciudad catalana” es el personaje que “juega al escondite” en unos escritos –novelas, cuentos, poemas, artículos, memorias y cartas– cargados siempre de un importante bagaje autobiográfico.

Avel·lí Artís-Gener, Pere Calders y Joan Sales nacieron en 1912 en Barcelona. Casualidad o no, los tres fueron al frente, los tres perdieron la guerra y tuvieron que exiliarse, los tres cruzaron la divisoria por el collado de Ares, los tres conocieron los campos de concentración roselloneses y emprendieron el exilio americano, se reencontraron en México y, al volver, en momentos diferentes, se instalaron de nuevo en Barcelona, donde murieron, respectivamente, en 1983, Sales; en 1994, Calders, y en 2000, Tísner.

Tres trayectorias paralelas para tres escritores sustancialmente distintos, marcados, cada uno de ellos, por la peculiar relación que mantuvieron con su ciudad y las diferentes miradas sobre el mundo que desarrollaron y que expresaron en forma de escritura, aunque ninguno de ellos decidiera emprender la gran novela sobre Barcelona –idea que aparece y se perpetúa durante la década de los treinta, los años de aprendizaje de los tres escritores– y aunque ninguno de ellos haya convertido deliberadamente a la ciudad en protagonista de sus novelas, cuentos, poemas, artículos periodísticos, memorias y epistolarios, los géneros preferentemente cultivados por los tres escritores. Deliberadamente: porque de forma indeliberada, la “gran ciudad catalana” –protagonista innominada de la novela que Calders dejó sin terminar con el título de La ciutat cansada (2008)– es el personaje que “juega al escondite” en todas sus obras, siempre cargadas de un importante bagaje autobiográfico que se manifiesta en forma de recuerdo, de anécdota, de escenario, de carácter o, simplemente, de palabras.

Joan Sales a Siurana de Prades

© Fons Sales
Joan Sales en Siurana de Prades, por la época de creación de Incierta gloria

Joan Sales, el menos militante de barcelonismo de los tres –“soy de Vallclara y nacido en Barcelona en contra de mi voluntad”–, empieza a escribir las cartas que al cabo de los años reunirá bajo el título de Cartes a Màrius Torres (1977) con el trasfondo de la ciudad republicana, joven y libre, políticamente convulsa, que adquiere la fisonomía, debido a la reacción antifascista contra el golpe del 18 de julio de 1936, de la protagonista de la famosa Oda nova a Barcelona de Joan Maragall (1909). Es una Barcelona de “bajos fondos”, anarquista, revolucionaria y, según Sales –el escritor unidireccional de las cartas–, forastera y castellana, que encarna una forma de barbarie anarquista en lucha contra otra barbarie, la del fascismo. Es la ciudad “mala” de la oda maragalliana, que ha provocado una nueva “semana trágica”. “Mala”, tanto por los que actúan como por los que contemplan la escena, aterrados y paralizados, y a quienes Sales, igual que Maragall, increpa: “¿Quién tiene la culpa de que Barcelona haya ardido por los cuatro costados? Nosotros, que hemos dejado que ardiera.” (2-8-1936) Es, pues, la ciudad “convulsionada”, “desquiciada”, escenario de un “carnaval macabro”. Pero al mismo tiempo es “la encantadora”, la ciudad sensual, “delicadamente perversa en esos anocheceres bajo el doble embrujo de la luna creciente y de los árboles recién cubiertos de hojas. El claro de luna, filtrándose entre el follaje, favorece a las barcelonesas y hace que parezcan jóvenes brujas. Es la revolución la que ha puesto estas sutilezas de veneno en el aire de la ciudad; [...] Las muchachas han adquirido, con la revolución que sacude, como dirían los moralistas, ‘hasta los cimientos de la sociedad’, un aire de libertad que encuentro que les sienta bien.” (22-4-1937)

Esta Barcelona es la que Sales, ya casado y padre de una niña, inquilino de un pequeño piso en el número 36 de la calle Rosselló, quisiera poder contemplar desde la villa de Horta que tantas veces aparece en el epistolario y que se convertirá en el mirador de excepción desde el que Trini, una de las protagonistas de Incierta gloria –exanarquista, desclasada y milagrosamente convertida al catolicismo–, contemplará los bombardeos contra Barcelona mientras su marido, Lluís, y su amigo Soleràs, están en el frente de Aragón y, entre batalla y batalla, durante los muchos y largos paréntesis de inacción, elucubran sobre el bien y el mal, lo humano y lo divino, la vida y la muerte, el placer y el dolor, y destilan el discurso anticulturalista que vehicula la novela y que Sales formula en diversas cartas a Màrius Torres, como cuando habla, a propósito de las ideas de Acció Catalana, de “eso tan risible de que ‘una nación es una cultura” (2-2-1937) y de hasta qué punto son ilusos poetas como Josep Carner o Carles Riba.

La mirada implacable de Calders

No creo que Sales incluyera entre esos ilusos a Pere Calders, aunque sea carneriana la Barcelona sobre la que opera literariamente el autor de Unitats de xoc (1938) y de Crónicas de la verdad oculta (1954). Es decir, la ciudad pretendidamente plácida, civilizada, casi siempre innominada, que sirve de telón de fondo a las criaturas que se mueven en el mundo literario de Calders. Carentes de juicio y de miedo, como el chiquillo protagonista del cuento “La guerra” de Carner, y sin prejuicios, consiguen desactivar el poder de las grandes palabras y mostrar los mecanismos internos de los relatos sobre los que se sustenta la realidad soterrada. La ironía es la principal estrategia narrativa de la prosa de Calders y, por lo tanto, el bisturí que disecciona las imágenes del mundo que el lector con cierta tendencia a la obviedad acciona automáticamente.

Autoretrat de Pere Calders

© Fons Pere Calders de la Universitat Autònoma de Barcelona
Autorretrato de Pere Calders, en una fecha imprecisa de 1947, en México

En este sentido, no resulta nada extraño que el lector asista, en un cuento como “El desert”, a la transformación de una ciudad de lo más convencional, con calles, casas, árboles, tías, prometidas, encargados, médicos, amigos envidiosos, en el desierto que, metafóricamente hablando, es la vida del personaje que siente que la vida se le escapa y está a tiempo de cogerla con la mano. O, como sucede en la hasta hace poco inédita La ciutat cansada, el cuestionamiento desde dentro del relato de los seis pilares básicos que sostienen una supuesta “ciudad ideal”. Para Calders, por tanto, los “bajos fondos” de la ciudad moderna no son inherentes a determinados individuos o colectivos por razón de género, clase o raza, sino que son inseparables de la condición humana y se hallan en el interior de cada individuo. Aparentemente bondadosa, la mirada de Calders sobre la realidad y las representaciones que uno se hace de ella es implacable.

Y sin embargo Pere Calders está enamorado de la ciudad en la que nació y en la que volverá a vivir después del exilio, a partir de 1962: “Me pasa que a Barcelona la quiero, pese a todos los inconvenientes que tiene como cualquier otra gran ciudad. Solo puedo hablar bien de ella. No me movería de aquí [...] Esta ciudad es al fin y al cabo la capital de nuestro país y me parece ridículo que ahora se hable de combatir un llamado centralismo barcelonés [...] No perdamos de vista que, cualquier cosa que se genere, muy a menudo es de Barcelona de donde parte. Si llegásemos a tener una independencia, una soberanía, el país debería tener un centro en el que necesariamente se concentrasen los servicios neurálgicos del Estado.”

Estas afirmaciones, publicadas en uno de los Diàlegs a Barcelona entre Joan Oliver y Pere Calders (1984), quedan lejos de cualquier intento de mitificación de la ciudad anterior a la guerra, como cuando afirma, con un distanciamiento antisentimentalista no exento de crítica a las políticas franquistas, que los únicos que se sintieron decepcionados al volver fueron sus hijos, que desde México se habían imaginado Barcelona como una especie de “Disneylandia” y a quienes les pareció que, como mínimo en lo que al tiempo atmosférico se refería, sus padres les habían engañado.

Tisner

© Família Artís-Gener
Tísner en los primeros años de
la década de 1980, durante una estancia en Sanillés, en la comarca de la Cerdanya

Muy diferente, en cambio, es la mirada de Tísner, que convierte su llegada al puerto de Barcelona a bordo del Satústregui en un pretexto para “hacer una estremecedora incursión espeleológica en tu interior”, es decir, “buscar las raíces” y convertir esta búsqueda en tema de la propia obra literaria. En este sentido, y a propósito de la primera vista de Barcelona desde el mar, Tísner escribe en el primer volumen de Viure i veure: “Ahora la geografía ya se ordena de acuerdo con la exigencia de la memoria: Montjuïc ya está a la izquierda del cuadro y la ciudad de Barcelona, tu ciudad, se extiende bajo la suave, serena sierra de Collserola, donde cada elemento está ordenadamente en su lugar, como las bien alineadas piezas del ajedrez: Sant Pere Màrtir, el Puig Aguilar, el Tibidabo, Vallvidrera, Collserola y la colina de Valldaura, que es adonde llegan mi vista y mi recuerdo. Quisiera hacer balance de lo que han sido veintiséis años y medio sin reencontrarme con mi ciudad natal, pero las emociones me desbordan y me privan de coordinar como es debido.”

Es el 31 de diciembre de 1965 y “el taxista tiene el buen gusto de subirnos Rambla arriba [...] ¡Me han cambiado los autobuses! ¡Me han quitado los tranvías! ¡Me han puesto tiendas nuevas! ¡Me han teñido la ciudad de un tono forastero! ¡Me han, a mí, me lo han hecho mientras estaba fuera! [...] A fuerza de decir mi ciudad he creído que el adjetivo no significaba filiación, un sencillo gentilicio, sino propiedad física y moral. Acostumbrarse a la realidad será un largo proceso: pasarán algunos años hasta que ya no me sienta exiliado, exiliado de un exilio aún más doloroso que el otro, y será un doble proceso porque al mismo tiempo tendré que habituarme, y aceptarlo, a que si mi ciudad no hubiera crecido durante el tiempo que estuve fuera, habría significado que se había atrofiado [...] Esta Barcelona superficialmente desfigurada es, con todo, mi ciudad. La reencontraré entre los árboles que faltan, entre las caras desconocidas y las calles nuevas. Costará un poco porque no se da fácilmente. Al contrario: es arisca de natural y le gusta jugar al escondite. Pero ahí está: lo descubriré a base de paciencia y de sobresaltos, de traidores miedos de que ya no esté”.

Y, de algún modo, este es uno de los retos de la escritura de Tísner, especialmente la memorialística: reconstruir una ciudad que, en el exilio, ha sido mitificada y que, de nuevo en Cataluña, no ha perdido del todo aquella imagen ideal. Y Tísner se defiende antes de que nadie pueda reprochárselo. Porque escribe: “¿Exagerar es mentir? Cualquier juez, por mediocre que fuese, estaría de acuerdo en calificarlo de legítima defensa.” Y en legítima defensa parece escribir Tísner cuando dedica una parte importante de su producción literaria a resucitar, a través del recuerdo, del cuadro costumbrista, de la anécdota pura, la Barcelona ideal anterior a la guerra, que no es la Barcelona descarriada de Sales, ni la noucentista de Calders, sino la modernista en el sentido más popular y, seguramente, más pintoresco del término.

Solo así se explican, por parte de Tísner, la recuperación sistemática de las anécdotas de Rusiñol, de Peius o de Moraguetes –en cuya estela se sitúa Tísner–, y la recreación de los ambientes de la Barcelona vieja, tipificada, desaparecida, pese a ser consciente del proceso de mistificación a que somete la imagen de la ciudad, tal como lo explica en Al cap de vint-i-cinc anys (1972) el autor de una Guía inútil de Barcelona:

“En el exilio, insensiblemente, uno elabora una imagen perfecta de su país [...] Lo convierte en una tierra incontaminada e incontaminable, robustamente erigida en una cultura ancestral, que hace su camino, que nadie podrá torcer definitivamente. Un montón de razonamientos, profundamente enraizados en el subconsciente, elabora la formidable estampa, sin darse cuenta de que lo que uno ha hecho realmente ha sido clavar a distancia una inyección paralizadora. Inmovilizamos un breve momento de la historia del país y lo magnificamos a placer, disfrazándolo de perenne. No cuenta tanto lo que creemos como lo que queremos creer, lo que necesitamos creer. Porque tenemos que encarar nuestra imagen portátil con otras tierras demasiado presumidas [...] El hecho es que, en el largo período de exilio, uno detiene el tiempo respecto al país de origen [...] Más allá del océano, específicamente en aquel triangulito que echas de menos histéricamente, todo se ha paralizado. Nada se moverá hasta que tú regreses. Has caído, sencillamente, en el dominio de la incongruencia. ¡Diez mil toneladas de egocentrismo involuntario! Y ahora, repentinamente, ha llegado la hora de plantar ante tu propio país aquella imagen-símbolo y compararla con la realidad. Se han acabado las trampas, deliberadas o inconscientes. El análisis es desoladoramente cruel.”

Margarida Casacuberta

Departamento de Filología y Comunicación. Universitat de Girona

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