Mayo de 1968, entre el activismo izquierdista y la contracultura

El Mayo francés cumple medio siglo. La revuelta desató en Cataluña una carrera frenética para demostrar quién era más izquierdista y para relevar al PCE-PSUC como partido revolucionario de la clase obrera. El discurso de la contracultura, por su parte, añadió a la lucha política una dimensión cultural y subjetiva: se sostenía que la revolución debía comenzar por uno mismo.

Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

Las imágenes que ilustran este reportaje recogen asambleas, concentraciones y otras acciones de los estudiantes de la facultad de Medicina de Barcelona, en mayo de 1968. Su autor, Josep Pagà Carbonell, las tomó para la revista del Sindicato Democrático de Estudiantes. Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

Los sucesos de mayo de 1968 en París fueron conocidos de inmediato en Barcelona, aunque no tuvieron impacto efectivo hasta meses más tarde, con el nuevo curso universitario. De dar noticia de ello con detalle se encargó el periodista Tristán La Rosa, que desde el 5 de mayo, y durante un largo mes, firmó en La Vanguardia una crónica diaria del levantamiento estudiantil y de la crisis social y política que generó. Sus reportajes, que a partir del 11 de mayo tuvieron un estilo cada vez más empático con la movilización universitaria, se ganaron la primera página del diario hasta el 1 de junio, cuando informó de la manifestación en París de los partidarios de De Gaulle, del encuentro de este con el general Massu y de su mensaje nada subliminal de intervención militar –subrayado por las maniobras de la Segunda Brigada Acorazada en la periferia de París, por si había que resucitar a Thiers. El 2 de junio, Tristán La Rosa, que pasó ya a las páginas interiores de información internacional, concluyó aquella serie abriendo su reportaje con el anuncio: “La revolución ha terminado”.

Muchos de nosotros nunca antes habíamos leído con tanto interés La Vanguardia, ni lo volvimos a hacer luego. Tristán La Rosa nos informó de las barricadas, de los enfrentamientos entre estudiantes y policías, de la ocupación de las universidades, del Odéon, de la huelga general convocada por la CGT; y nos ilusionó, a la izquierda universitaria de entonces, sosteniendo que el poder estaba en las fábricas y “en cierta medida” en las universidades… Durante un mes soñamos con la idea de que en el corazón político de Europa occidental –París lo era todavía– iba a estallar una revolución. El sueño se desvaneció, pero quedaron en duermevela sus consecuencias culturales; y el despertar llegó no tanto en forma de radicalización ideológica –pues la radicalización había empezado en la izquierda universitaria catalana doce meses antes– como en términos de renovación de las formas de movilización y lucha contra la dictadura franquista que habían culminado en la constitución del ilegal, pero no clandestino, Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB), formas que estaban en vía de agotamiento en el curso 1968-1969.

Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

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Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

La radicalización data del curso 1966-1967. Tras el éxito de la constitución del SDEUB en las elecciones libres de comienzos de curso y su organización formal en el acto de la Capuchinada, en marzo de 1966, se produjo la derrota del proyecto gubernamental de las Asociaciones Profesionales de Estudiantes (APE) en su segunda versión, al resultar vencido su jefe Ortega Escós –nombrado por el gobierno franquista– en un histórico duelo verbal que tuvo lugar en el Paraninfo de la universidad con los delegados del SDEUB, liderados por Francisco Fernández Buey. El modelo del sindicato democrático se extendió aquel otoño a las universidades de Madrid, Zaragoza, Valencia y Sevilla, al tiempo que las candidaturas de Comisiones Obreras obtenían un notable éxito en las elecciones a jurados de empresa en las grandes fábricas del área metropolitana barcelonesa.

En algunos ámbitos y en particular en el comité de estudiantes del PSUC, impulsor de las elecciones libres estudiantiles de 1966 y de la Capuchinada, se tuvo entonces también un sueño propio, el de la unión obrero-estudiantil y la posibilidad de derribar la dictadura –más a corto que a medio plazo– mediante una intensa movilización que debería culminar en una huelga general política, pensada en términos de insurrección de masas.

La organización estudiantil del PSUC tenía contactos personales con universitarios catalanes instalados en París, unos refugiados y otros completando estudios (Irene Castells, Jordi Borja), a través de los cuales se recibía noticia del ambiente de movilización que ya existía en Francia en 1967; una movilización centrada particularmente en el rechazo a la guerra del Vietnam y que recibía inspiración de la Revolución Cultural china. Las personas citadas no eran las únicas con conexiones francesas; cuadros del grupo de la Universidad Popular, la organización universitaria del partido Força Socialista Federal (FSF) –denominación adoptada por Comunitat Catalana (CC) a raíz de su definitivo giro hacia el socialismo, en 1964–, habían participado en un seminario político organizado en París por la Jeunesse Communiste Révolutionnaire, trotskista, con la participación de Alain Krivine –más tarde uno de los iconos de Mayo del 68– y Daniel Bensaïd.

Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB


Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

Foto: Josep Pagà Carbonell / AFB

Eran contactos que, por el momento, lo que hicieron fue reforzar las dinámicas propias, catalanas, de radicalización, generadas por una consideración muy optimista de las dimensiones y posibilidades de la movilización de masas. Esa radicalización acabó produciendo una confrontación abierta entre el comité de estudiantes del PSUC y la dirección del partido. La confrontación culminó en una ruptura en abril de 1967, de la que surgiría el denominado Grupo Unidad, al que se sumaron una minoría de militantes obreros para adoptar finalmente la denominación de Partido Comunista de España (internacional). El objetivo del PCE(i) ya no era el derribo del régimen franquista para instaurar un sistema de libertades políticas, sino directamente la revolución socialista. La ruptura interna en el PSUC y la formación del PCE(i) tuvo un efecto dominó, aceleró la radicalización de la FSF e impulsó el giro radical que se produjo también en el Front Obrer de Catalunya (FOC) a partir del verano de 1967.

PCE y PSUC: el denostado comunismo oficial En los meses que siguieron, hasta que el Mayo francés nos alcanzó, se produjo en Cataluña una carrera por demostrar qué organización estaba más a la izquierda, cuál era la que conseguía convertirse en el preciado partido revolucionario de la clase obrera derrotando definitivamente al “revisionismo carrillista” del PSUC y el PCE. Cuando el PC francés y la CGT decidieron dar por terminada la movilización social y se aprestaron a participar en las nuevas elecciones convocadas y a recoger concesiones laborales, faltó tiempo para que esa incipiente “izquierda revolucionaria” –que así se consideraba a sí misma– catalana viera confirmado su diagnóstico y su destino. Aun así, hasta aquel momento la incidencia del Mayo francés era más de ratificación de la acción y la reflexión propia que de innovación.

Pero la innovación llegó finalmente con el declive de la movilización estudiantil barcelonesa causada por la represión sufrida por sus líderes, la aproximación al ciclo final de sus estudios de buena parte de los cuadros y las dudas crecientes sobre la posibilidad de mantener un sindicato ilegal, activamente antifranquista, actuando a cara descubierta. Las innovadoras propuestas de agitación y movilización de Mayo del 68, con sus lemas, su insistencia en el combate cultural, la organización de los comités de curso, la ocupación de los espacios docentes o la autogestión de la docencia –empezando por la discusión de los programas de enseñanza– parecieron una buena alternativa al declive irreversible del SDEUB. El atractivo de la novedad se reforzó con la difusión de las obras de Marcuse –Edicions 62 publicó en 1962 Eros i civilització–, aunque el discurso contracultural del movimiento universitario de Berkeley, anterior al Mayo francés, ya era conocido en Barcelona por los reportajes de la revista Triunfo. El discurso de la contracultura, de la emancipación juvenil, de la libertad sexual, añadió una nueva dimensión a las relaciones personales y a la militancia antifranquista, que extendió sus motivaciones más allá de la política. La revolución incorporó un factor de subjetivización: se sostenía que debía comenzar por uno mismo.

En el curso 1968-1969, el FOC, la FSF, el PCE(i) y estudiantes independientes –algunos de los cuales se agruparon en la Unión de Estudiantes Revolucionarios– promovieron la formación de comités de acción, la “ocupación de cátedras” con actos sonados como el asalto a la clase del profesor Palomeque, en la facultad de Filosofía y Letras, o a la de Pifarré, en la de Económicas, o el intento de ocupación del decanato de Filosofía y Letras, cuyo titular, el doctor Joan Maluquer de Motes, fue defendido por los estudiantes del PSUC del embate de los “izquierdistas”. Ahora sí llegó el impacto de Mayo del 68; un impacto que, a fin de cuentas, fue en Cataluña notablemente ecléctico, con una acumulación de neoestalinismo althusseriano, discursos trotskistas y maoístas e invocaciones contraculturales, más o menos marcusianas, dirigidas contra la cultura burguesa.

José Luis Martín Ramos

Historiador. Militante activo de la izquierda estudiantil en el 68

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