Josep Puig i Cadafalch, un presidente incómodo

Foto: Francesc Serra / AFB

Puig i Cadafalch en su estudio.
Foto: Francesc Serra / AFB

Como arquitecto y urbanista, Puig i Cadafalch dejó una huella profunda y perdurable en Barcelona. Pero como político, pese a la relevancia de su función como sucesor de Prat de la Riba al frente de la Mancomunitat, su tarea ha sido discutida.

Personaje poliédrico, complejo, Josep Puig i Cadafalch (1867-1956) fue un hombre de cultura muy notable –arquitecto, urbanista, arqueólogo y restaurador de arte románico– y, en segundo lugar, un político. Con todo, su actuación en este ámbito lo ha convertido en una figura enormemente incómoda. Por ignorancia o por interés ideológico, la historia, siempre mucho más compleja que lo que ha quedado escrito, ha sido muy exigente con él y no le ha otorgado el lugar que se merecía.

La prematura muerte de Enric Prat de la Riba llevó a Puig i Cadafalch a la presidencia de la Mancomunitat (1917-1923), la primera institución nacional catalana desde la derrota de 1714. De este modo se convirtió en continuador y ejecutor de la obra de su antecesor. Previamente había sido uno de los fundadores de la Lliga Regionalista; concejal en el Ayuntamiento de Barcelona (1901-1906); diputado en Madrid (1907-1913), elegido a la candidatura unitaria del catalanismo político, Solidaritat Catalana, formada como respuesta a los ataques contra la revista Cu-cut; y, también, diputado de la Diputació de Barcelona (1913-1914), embrión de la posterior Mancomunitat de Catalunya.

Solo por la ingente obra arquitectónica realizada, Josep Puig i Cadafalch ya se merece un lugar de honor en la historia cultural del país. La Barcelona de hoy día sigue dando testimonio de su compromiso y su actividad en este ámbito. Es uno de los tres arquitectos más destacados del modernismo catalán, junto a Domènech i Montaner y Antoni Gaudí. No olvidemos que buena parte del éxito de la Barcelona actual se debe a estos tres grandes hombres. Fueron personas de ideas y de acción, de una gran civilidad, comprometidas con una idea de país que plasmaron en grandes obras arquitectónicas.

Foto: A. Gil / AFB

Puig i Cadafalch proyectó las cuatro columnas de Montjuïc, representativas de la catalanidad –las actuales son una reproducción de 2010–, para un plan de urbanización de la montaña con motivo de una muestra sobre las industrias eléctricas que se tenía que llevar a cabo en 1917, reconvertida luego en la Exposición Universal de 1929. Las columnas se construyeron en 1919 y se demolieron durante la dictadura de Primo de Rivera; la imagen recoge la caída de la última columna.
Foto: A. Gil / AFB

Tiempos difíciles

Pero si Josep Puig i Cadafalch ha pasado como el presidente olvidado es, entre otros motivos, por una gestión política desacertada. Le tocó presidir la Mancomunitat en un tiempo muy difícil, en unos años muy convulsos social y políticamente. Era la época del pistolerismo, cuando la gente se mataba por las calles de Barcelona. La Mancomunitat se vio desbordada en materia de orden público como consecuencia de los fuertes conflictos sociales. Y no tenía competencias en este ámbito. Hay que decir, además, que la espiral de violencia era la antítesis del espíritu de la institución.

Otro elemento que no contribuyó positivamente al legado político de Puig i Cadafalch fue la difícil relación que mantenía con otros intelectuales destacados que participaban en la obra de la Mancomunitat. Las relaciones con Torres Garcia fueron complicadas; con mosén Alcover, difíciles…, ¡y con Eugeni d’Ors, explosivas! Puig i Cadafalch no tuvo la habilidad característica de Prat de la Riba para rodearse y dirigir un equipo tan potente como el formado por gran parte de la intelectualidad del país (a parte de los tres citados, destacamos la participación de Pompeu Fabra, Antoni Rovira i Virgili, Rafael Campalans y Jordi Rubió, entre otros).

Dicho esto, la obra de Josep Puig i Cadafalch sigue literalmente en pie; tanto la física, que él mismo pensó y firmó como arquitecto, como la política, pensada por Prat de la Riba y que él ejecutó.

Foto: Ramon Manent

Escalera de caracol en una de las torres de la Casa de les Punxes de Barcelona, en la confluencia de la avenida Diagonal y las calles Rosselló y Bruc, obra de 1905.
Foto: Ramon Manent

Al cabo de más de cien años, siguen luciendo en Barcelona la Casa Amatller del paseo de Gràcia; la Casa de les Punxes y el Palau del Baró de Quadras, en la Diagonal; el Palau Macaya, en el paseo de Sant Joan; la fábrica Casaramona, en Montjuïc; Can Serra, sede de la Diputació de Barcelona, en la rambla de Catalunya; los palacios de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia, en el espacio de la Feria de Montjuïc, y las cuatro columnas, frente a la Fuente Mágica, que reproducen las originales que hizo derribar el dictador Primo de Rivera en 1928. En cuanto a su contribución como urbanista, hay que citar todas la reformas que llevó a cabo en este mismo espacio de Montjuïc, así como las de la plaza de Catalunya y la abertura de la Via Laietana, mientras que en el Maresme –especialmente en su Mataró natal, pero también en Argentona, Canet de Mar, Lloret de Mar…– sus obras aún destacan e irradian un espíritu singular y propio.

Como restaurador de monumentos importantes, estuvo a cargo de las obras del Palau de la Generalitat (entonces sede de la Diputació de Barcelona) y de los monasterios de Montserrat, Sant Joan de les Abadeses, Sant Benet de Bages y Sant Miquel de Cuixà; del conjunto románico de Sant Pere de Terrassa y de la catedral de la Seu d’Urgell, además de dirigir las tareas de salvaguarda y restauración del arte románico en el Pirineo. Y, en lo referente a su tarea como arqueólogo, tuvieron un relieve especial las excavaciones que dirigió en Empúries.

Teniendo en cuenta toda la obra que ejecutó en los diferentes ámbitos y los medios de construcción de que se disponía a finales del siglo xix, podemos considerar a Josep Puig i Cadafalch como una persona hiperactiva.

Foto: Ramon Manent

Vestíbulo del palacio del Baró de Quadras, también en la Diagonal, que ha alojado instituciones como el Museo de la Música y la Casa Àsia, y actualmente es la sede del Institut Ramon Llull. Puig i Cadafalch lo construyó entre 1904 y 1906.
Foto: Ramon Manent

La obra de la Mancomunitat

Asimismo, hay que destacar la obra pública impulsada desde la Mancomunitat, de sobras conocida por todos. Sobresalen la Biblioteca de Catalunya, el Institut d’Estudis Catalans, la Escola d’Administració Pública de Catalunya, la Escola Catalana d’Art Dramàtic, la Escola Industrial, la Escola del Treball, la Escola Superior de Bells Oficis, la Escola d’Infermeres y el Institut Cartogràfic de Catalunya.

Como señala el historiador Lluís Duran, “a los presidentes de la Generalitat del siglo xx los conocemos por su nombre. A los presidentes de la Mancomunitat los conocemos por la obra realizada”. Y, en el mismo sentido, el periodista Francesc Canosa destaca que “¡toda la obra de la Mancomunitat se mantiene en pie!”

Esta ingente obra, tanto la personal como la política, ha quedado en un segundo término debido a un error político importante que cometió Puig i Cadafalch: no oponerse a Primo de Rivera. Un error evidente, pero también hay que decir que nadie lo hizo. La crónica política de aquellos días no informa de ningún tipo de manifestación contraria al dictador. No se le ofreció resistencia. La demanda de recuperar el orden en la calle, la seguridad física, eran prioritarias.

Josep Puig i Cadafalch pecó de inocente al creerse que el dictador respetaría la obra de la Mancomunitat y el espíritu de catalanidad que la impregnó. Posteriormente reconoció su error. Doblemente represaliado, sufrió en propia carne las contradicciones políticas del primer tercio del siglo xx. Lo pagó con un primer exilio cuando dimitió de su cargo de presidente de la Mancomunitat, en el año 1923, y con un segundo en 1936, al comienzo de la Guerra Civil.

Puig i Cadafalch fue uno de los hombres de la Lliga que no solo no otorgó ningún tipo reconocimiento al franquismo, sino que se opuso a él desde el primer día. Las actuaciones posteriores a su paso por la presidencia de la Mancomunitat tuvieron coherencia con su trayectoria política anterior, y durante los primeros años del franquismo fue uno de los representantes más activos de la resistencia catalanista cultural.

Tras su regreso a Barcelona en el año 1942, se dedicó a reconstruir el Institut d’Estudis Catalans en su casa de la calle de Provença, la misma donde hace unos meses se descubrió toda la documentación del IEC detrás de una falsa pared que él hizo construir. Con esta documentación se ha podido seguir el hilo rojo de la entidad desde su fundación, a la que él contribuyó, hasta 1956, año de la muerte del arquitecto. Tras la clandestinidad a que se vio obligada durante el franquismo, la institución pudo reiniciar públicamente sus actividades con la recuperación de la democracia y del autogobierno. Un hilo que no se tendría que haber roto nunca.

Joaquim Colominas Ferran

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona

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