Una añoranza rusa

Cuando un ruso invoca el gaudi [goce, en catalán] de Barcelona, no confunde el acento, no habla de edificaciones caprichosas, sino que comete un lapsus por el que se escapa una certeza. Añora una ciudad más fácil, con un clima benigno, un buen trato y unas libertades a la vez execradas y deseadas; una ciudad donde las recompensas del cuerpo vienen dosificadas y no a golpes.

Foto: Katia Repina
La plaza Roja de Moscú, con las históricas galerías comerciales GUM y, al fondo, la catedral de San Basilio.

Digo “de Barcelona” y después afino, “de cerca de Barcelona”. Es efectismo: primero resuena el nombre evocador de una ciudad donde en total, ahora lo contaba, he vivido menos tiempo que en Rusia, después ya corrijo. Allí 150 kilómetros no son nada. En cuanto empiezan a esbozar una sonrisa beatífica, deshago el encanto con una palabra, pueblo, que en ruso tiene unas connotaciones, me han explicado, de gallinas en los caminos, miseria, alcoholismo. Añado “de un pueblo cercano a Barcelona”, y me parece que, con tres amplificaciones seguidas, me he aproximado a la verdad. “Te gustan la música y los versos –me dan un toque–, tú no eres de pueblo, no nos engañes”. Sí, gasta mala fama, la provincia, en Rusia, pero eso es otra historia.

Barcelona, en cambio, sin duda despierta las asociaciones opuestas a pueblo. Quien no ha estado en ella la quiere conocer. Para los más enfáticos, ir a Barcelona es su sueño. Hay acogidas que de tan efusivas me hacen pensar si no se trata en realidad de una reacción exagerada frente al extranjero, de una cortesía entusiasta. Entonces hay que interpretar el desagradecido papel del realista: como pseudobarcelonés (porque me había proclamado barcelonés de entrada, impostor), dejar a alguien con unas esperanzas tan elevadas de la ciudad supone una responsabilidad terrible, y no haber rebajado a tiempo aquella Barcelona prometida me volvería cómplice del desengaño. Pero idealizar no cuesta. Me sorprenden más los que han estado en Barcelona y responden con el mismo fervor que los que tienen una imagen de ella. La mayoría ha venido en verano, ¿y a qué? Han subido al Park Güell cuando el sol picaba más, se han amontonado en la Barceloneta. Han fotografiado la fachada neogótica de la catedral y la panorámica alabeada de Montjuïc. Una chica me contó que había pasado un día y que solo había tenido tiempo para La Rambla y la plaza de Catalunya. ¡Y tras ello amaba la ciudad! Aquí han tenido que tomar partido antes. Las tres hermanas de Chéjov, sin que nadie lo sepa, llevan tiempo instaladas en Moscú y ahora claman desde allí: “¡A Barcelona!”

Foto: Katia Repina
Paseantes en la calle de la Princesa de Barcelona.

No sé si en los últimos tiempos la Barcelona mítica se ha resentido del alejamiento forzado, postizo, de Rusia con respecto a Europa. Como lugar de libertades, junto a Ámsterdam, más de un patán seguro que la ha utilizado como espantajo de ciudad depravada. También una fantasía, pero inversa. Los propagandistas oficiosos quieren hacer creer que ellos han preservado unos “valores tradicionales” perdidos en (escribirlo da vergüenza) “Gayropa”, como dicen en lugar de Europa; “valores” que se limitan a odios –cierto– tradicionales, tradicionalísimos. El nombre, en todo caso, todavía guarda un aire sugerente y atrayente, o cuando menos eufónico, porque dudo que con ninguna otra ciudad europea hayan bautizado más negocios: bares, no digamos; en San Petersburgo, una cadena de cafés; en Nizhni Nóvgorod, una tienda de vestidos de novia; en Óbninsk, un restaurante; en Veliki Nóvgorod, una floristería. Hablando de nombres, me gusta cuando toman el del club de fútbol y, como los italianos, te lo presentan audazmente como diminutivo común de la ciudad. “¿Cuánto tiempo viviste en Barça?” Me recuerda, por algún motivo, a los adolescentes de provincia que utilizan el diminutivo real, y feo, tomándose unas confianzas que la ciudad no les ha dado y escondiendo una inseguridad cándida: “Estudiaré en Barna”. No obstante, entre los nombres deformados prefiero el de Gaudí, que viene de los primeros en el torrente de tópicos, en compañía de “¿hace calor en verano?”, “¿roban mucho?”, “Messi” y “estoy en contra de que Cataluña se separe”. Convertido de agudo a llano, el acento toma el apellido ilustre y lo transforma en un cultismo tronado pero repleto de gracia, gaudi [placer, goce en catalán], con regustos de texto ultracorregido, de poeta alpargatero, de broma filológica.

Ah, si el nombre de Barcelona mueve en los rusos quién sabe qué visiones exóticas, a mí su Gaudi mal acentuado me resume su esencia: ciudad de un placer más directo, más claro y bien repartido. Caminar, por ejemplo. Inacabables, inhóspitas, las calles allí se alargan sin pasos de peatones, con casas iguales a ambos lados, cubiertas de hielo en invierno, de barro en primavera. Siempre miras al suelo: hoyos, charcos, hielo, adoquines desdentados. La escala cambia, el espacio se dilata. Ya no es que en Barcelona todo esté cerca, es que apetece moverse por ella a pie. El clima no se les olvida cuando empieza uno de esos típicos duelos de elogios. Sigue la comida; iba a celebrar la mesa festiva rusa (conservas caseras, setas, ensaladillas, pepinillos salados, vodka acabado de sacar del congelador), pero realmente no es cocina de diario. Además, algunos prodigios lácteos (el tvorog, la riájenka) no bastan para desbancar la variedad mediterránea, los vinos, los quesos, el café, las terrazas. ¡La abundancia de bares y restaurantes, he ahí lo que olvidan alabar de Barcelona! Quizás porque, mientras estuvieron aquí, entraron sin pensar en el primer local céntrico (y se dejaron un dineral y se fueron contentos, porque en Moscú habrían pagado lo mismo por comer peor).

Más tarde entramos en el ámbito de las relaciones y la comunidad, “todo el mundo sonríe”, y ahí me vengo: les insinúo los abismos de hipocresía que esconden las sonrisas meridionales. Si buscábamos un choque cultural, ahí lo tenemos. ¿Ha pronunciado alguna vez ruso ante un trabajador de hotel o una azafata? Los griegos ponen la misma cara al oír almogávar. Yo, cuando vuelvo y noto que me tratan bien por la calle, me siento en el paraíso de los educados y, con todo, echo un poco de menos aquella inmediatez ruda, aquella sinceridad amarga entre desconocidos. Como Gulliver vuelve del último viaje relinchando, yo llego brusco, desconfiado, mirando a los extraños a los ojos, olvidándome de saludar.

Foto: Katia Repina
El terrado de la Pedrera.

Vivir en Rusia es, sobre todo, incómodo. Hay que aceptarlo, y algunos se lo toman como un orgullo: dicen que les viene de una paciencia antigua y de un desprecio a las comodidades burguesas, al bienestar, a la ufanía. Los placeres, allí, son del alma: gente extremada y acogedora, conversaciones infinitas, música, poemas de memoria, unos ojos vistos en la calle, la lengua, tan bella e imposible, a la que acompaña una literatura fiel… Pero el cuerpo exige su parte, y es la revuelta. Por eso, cuando un ruso me invoca con pena el gaudi de Barcelona, no confunde el acento, no habla de edificaciones caprichosas (a fin de cuentas, en las grandes ciudades rusas también se conservan mansiones de Art Nouveau), sino que comete un lapsus por el que se escapa una certeza. Añora una ciudad más fácil, a escala humana, con un clima benigno, una buena comida, un buen trato, unas libertades a la vez execradas y deseadas; añora un equilibrio, una ciudad donde las recompensas del cuerpo te vienen dosificadas y no a golpes. No tocamos el piano tan bien ni nos sabemos el Nabí de memoria, y nos consolamos en la terraza del chaflán de abajo.

¿Y si mi primera respuesta, “de Barcelona”, fuera cierta retrospectivamente? Desde los inviernos cubiertos del norte o desde las arideces de Lérida me viene a ratos esa añoranza tan rusa, la de la ciudad soñada, que las excursiones de un día no satisfacen. Y eso que, mientras viví y estudiaba en Barcelona, la ciudad no me decía nada, más bien al contrario. También en eso me debo haber rusificado.

Arnau Barios

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