Salom, hijo de Sinera, por las calles espectrales de Lavinia

En el centenario de Salvador Espriu. Fantasía de Julius von Fuck con fagot y timbales

© Ana Yael Zareceansky

Y Salom dice:

«Hijo de Sinera por voluntad, y vecino obligado de esta Lavinia de ecos virgilianos, la ciudad de Lavinio, hermano del rey Latino, o la fundada por Eneas en homenaje a su mujer, Lavinia, hija de Latino, en tiempos de fusiones entre aborígenes y recién llegados que anticipaban la futura Roma. Qué lejos de la urbs, nuestra Lavinia, porque estamos dentro de Konilosia, un país situado entre Rarotonga y el Mar del Sueño. Los konilosianos, gente con una historia gloriosa, rodaron, y ruedan todavía, por una pendiente de una decadencia interminable. Son desconfiados, avaros y pobres. Tratan su patrimonio colectivo, espiritual y material, con la mayor de las indiferencias. Ora se creen un pueblo en absoluto inferior, ora adoptan una actitud de una suficiencia ridícula. Los konilosianos no leen nunca nada, no saben nada, nada les interesa [...] Son envidiosos y mezquinos, elogian al poderoso y al mediocre, no toleran el talento ni la independencia de carácter.

»Lavinia es una gran ciudad anárquica y modélica, jovial y plebeya, foco nacionalista de los lavinianos, quienes constituyen un grupo aparte dentro de Konilosia. Tienen una lengua diferente y los defectos konilosianos, aumentados. En Lavinia se baila la danza más bella, se produce una excelsa literatura, y el pueblo es consciente y totalitario. Hay un metropolitano quizás de medio kilómetro de largo, el más importante del mundo: le llaman el Gran Metro. Como Lavinia es una ciudad opulenta, siempre dispone de un señor obispo in partibus de recambio. Nos dedicamos al comercio, a una primaria y grosera explotación fabril, y al ejercicio de la abogacía, que engorda y enlarda nuestra abundosa fauna avispada y lista. Los lavinianos somos los ricos de Konilosia, o al menos lo éramos, antes de la panacea combinada de emigración y turismo.

»En esta ciudad-laberinto, como tantas en la historia –pongamos Ctesifonte, si queréis–, entre una república escarnecida y una cruelísima guerra civil

  • Gorges lascives, pels terrats,
  • xisclen desigs propis de gats.
  • Infants de rostres demacrats
  • roben per fam als plens mercats.
  • [...]
  • A trenc d’albada canta el gall,
  • entren manobres al treball,
  • esmorzant trossos de badall.
  • [...]
  • Menges de fonda o d’ambigú,
  • regalimoses d’oli cru,
  • tornen el fetge gros i dur,
  • com si el tinguéssiu de cautxú.

[Gargantas lascivas, por los terrados, gritan deseos propios de gatos. Niños de rostros demacrados roban por hambre en los rebosantes mercados. [...] Al romper el alba canta el gallo, entran peones al trabajo, desayunando pedazos de bostezo. [...] Comidas de fonda o de ambigú, chorreantes de aceite crudo, vuelven el hígado grande y duro, como de caucho.]

»Anochecer. Calor. Calma. Callejas abajo, pronto me perdía, entre chillidos de críos, vendedores de naranjas y cacahueteros. Polvo, pereza, reyertas, blasfemias. Lluvia de basuras desde balcones misérrimos. Canes tiñosos se disputan mendrugos de inmundicias. Entro en la taberna. Tras el mostrador, me increpa el monstruo achaparrado y cheposo: “¿Qué desea…?” En la habitación alargada, repleta de mesas con manteles manchados, se cobijan una treintena de andrajosos. Gritos, hedor de tabaco baratísimo, cuchillos sobre ternillas, ritmo de sorbos. Un perdis maltrata, silenciosamente, a una pecosa para obligarla a aflojar la mosca. Indiferencia. Desfilan con aspavientos los invertidos: Verge Folla, Pell i Os, Pitoperume, la Colometa, Faisà Daurat, la Lleona, el Lliri, Crisantem. La camarera detalla sus currículums, con desprecio de mujer. ¿Y aquella Afrodita tostada, necia, de andar patoso…? Pero si es… ¡Josep Sereno! Y lo dejo y me voy. En la plaza me rodean los granujas de manos ágiles, trabajos de amores a oscuras, tabernas al baño maría, y rebaños de zascandiles que mascullan palomina cervantina de Terrassa.

  • Ah, tristesa, tristesa,
  • ulls meus, terra envilida,
  • ran del mar! A les ombres
  • vacil·lants que s’apleguen
  • ara a l’entorn, començo
  • a recordar l’antiga
  • dignitat, amb paraules
  • d’aquesta llengua morta:
  • carreus d’esforç i pena
  • que bastiran la nova
  • ciutat de les lloances.

[¡Ah, tristeza, tristeza, ojos míos, tierra envilecida, a la orilla del mar! En las sombras vacilantes que se congregan ahora alrededor, empiezo a recordar la antigua dignidad, con palabras de esta lengua muerta: sillares de esfuerzo y pena que erigirán la nueva ciudad de las alabanzas.]

»Salía inquieto, presuroso, sin atreverme a volver la cabeza, de la proyección de M, el vampiro de Düsseldorf, cuando tropiezo con Secundina Llopart, la portera del edificio de la calle Diputació que habitaron mis padres al llegar a Lavinia, en 1915. Nerviosa todavía, Secundina se queja de que un ladronzuelo le ha birlado “treinta sagradas” (“¡Qué nervios! ¡Si hasta he tenido que tomarme una tila!”). Le pregunto por las hermanas Ginebredes. “Magdalena Blasi visitaba cuatro o cinco veces al año –dice Secundina– el piso de la calle de la Llanterna, cerca de la plaza del Sol, donde vivían aquellas desgraciadas. Cada día Amelia bajaba para llevar los encargos de labores de media y hacer cola para conseguir algo de carne para la hermana encamada, a quien acabó deseándole la muerte. La Blasi les dejó poco antes de la guerra y ellas se quedaron solas, esperando una muerte común y entreverada con el cura, el carpintero, el matrimonio joven y los propietarios (si no se iban al campo) del edificio en que vivían.”

  • Un fagot, un patètic
  • violí, a la dansa
  • suburbana dels tristos
  • morts amics. Més profundes,
  • amb excessiu missatge
  • de premi o de condemna,
  • trompetes del Judici.

[Un fagot, un patético violín, en la danza suburbana de los tristes muertos amigos. Más profundas, con excesivo mensaje de premio o de condena, trompetas del Juicio.]

© Paco Elvira / Cover / Getty Images

»De la mano de Secundina –que pasará a la inmortalidad con frase memorable: “Corte quien corte el bacalao, una se queda siempre de portera”–, me encuentro con Efrem Pedagog, E(s)colampadi Miravitlles, Pura Yerovi y, qué casualidad, Magdalena Blasi. “¡Qué día de sol glorioso! –murmuraba, climatológica, la vieja dama–. Y la vida, qué cosas. Ahora que me divertía, pobre hombre, y se muere mientras hacía títeres, en plena calle… Le rezaré un padrenuestro… Eran sabios, aquellos señores…” Y aclaraba Miravitlles: “Discutíamos con un cervantista sobre el número de demonios que vio la Altisidora del Quijote, cuando el hombre se cayó redondo con las manos enguantadas de Altisidora y de Diablo.” La siempre lúcida Secundina cantaba los responsos del titiritero muerto: “El número de este maromo ya no se cantará más en los biribises. Y gracias a que una no jugaba en su lotería: en estos tiempos, si la pifias, sanseacabó.” La joven dama Pura Yerovi, de senos prominentes, reflexionó sobre el huerfanito que ayudaba al muerto: “¡Y aquel infeliz! ¡Un niño abandonado…! ¡Cuánta miseria…! ¡Me pondré mala!” Pero la señora Blasi, imparcial, controló: “Y mira, me ha entrado hambre…”

  • A Ctesifon i altres ciutats,
  • pobres i rics, prou barrejats,
  • cremen el foc dels set pecats,
  • davant la mort que els ha engendrats.
  • Velles malignes d’ulls glaçats
  • dicten darreres voluntats
  • contra parents esperançats.
  • I aquell que resta ja es compon,
  • a Vic, a Reus i a Ctesifon.»

[En Ctesifonte y otras ciudades, pobres y ricos, bien mezclados, queman el fuego de los siete pecados ante la muerte que los ha engendrado. Viejas malignas de ojos helados dictan últimas voluntades contra parientes esperanzados. Y quien queda ya se apaña, en Vic, en Reus y en Ctesifonte.]

Julià de Jòdar

Escritor

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